Creo que fueron horas las que caminamos, pero no logró estar segura, el cansancio y el aturdimiento me hacían perder la noción del tiempo. Clive iba por delante de mí, cargando de Kende. Admiraba la seguridad con que se movía, parecía uno más del montón. Cada tanto volvía la cabeza hacia atrás para asegurarse que yo seguía allí y me lanzaba una mirada impaciente para que apure el paso. Para él era fácil decirlo, no era capaz de sentir el agotamiento que yo sentía. Al principio, íbamos por calles atestadas de gente; era un dolor constante, tal como en mis pesadillas. Ahora, ya entrada la noche, las veredas estaban desiertas y podía permitirme detenerme por unos segundos.
- ¿Cómo lo haces? – solté de repente con la voz quebrada, no había notado que estaba llorando.
Clive volteó a verme. Kende dormía sobre su hombro, ajena a absolutamente todo. La envidiaba.
- Solo sigo adelante – respondió, indicando el camino con la cabeza. Lo conozco, quería que creyera que mantenía todo bajo control.
- ¿Cómo? – volví a preguntar, dejándome caer contra una pared.
Él se acerco. Su mirada no era dura ni impaciente, era igual de relajante que la de mi padre. El sabía que yo no solo me refería al agotamiento físico o sensorial.
- Aira… tenemos que seguir – dijo – Nuestros padres estarán bien, sobrevivieron a muchas cosas antes, esto no es nada para ellos – agregó para consolarme, y apuesto a que es lo que se estuvo repitiendo todo el día.
- Gryffin…
- La conoces, es igual a mamá.
Sonreí, tenía razón.
Instantáneamente se me vino a la cabeza la última imagen que tenía de ella antes de salir de aquel mundo. Estaba parada codo a codo con nuestra madre, las dos listas para atacar. En sus miradas, ambas verdes, había algo más que la irritación que lo lleva a uno a pelear, era más bien una especie placer por hacerlo.
- ¿Seguimos? – preguntó.
Me enderecé y asentí. Bajó el ritmo del paso y caminábamos lado a lado.
- ¿Sabes a dónde ir?
- Claro – me contestó – fuimos un día. Eras muy chica, no creó que lo recuerdes.
Lo miré de soslayó y le pegué un puñetazo en el brazo.
- Idiota.
Él es noventa segundos más grande yo ¡Solo noventa segundos!
- Como sea – dijo – sé dónde es, solo espera a sentir el olor a vainilla.
Caminamos otro tramo. Kende se despertó, se re movió un poco y fingió que seguía dormida. Creó que es mejor así. Traté de recordar el lugar que decía Clive, pero solo logré acordarme del olor a vainilla y una cosa que dijo mi padre:
- No olviden este lugar.
Por lo visto, Clive no lo olvido, yo sí. Tuvo que haber sido antes de que nos mudáramos a nuestro propio mundo de sombras, así que tendríamos menos de seis años.
Doblamos en una esquina y entramos en una zona residencial. Ya no se veían edificios y no había ninguna señal de movimiento, debía de pasar de la medianoche. Como me adelantó Clive, empecé a sentir el olor a vainilla. Kende levantó la cabeza y me miró ilusionada por encima del hombro de mi hermano.
- No hay postre Kende – le dije.
Clive se rió y ella volvió a su posición anterior; solo que no estuvo así mucho tiempo, porque no tardamos en llegar.
Nos detuvimos frente a una casa blanca de rejas negras, igual al resto. En la entrada había una planta de rosas blancas y otra de jazmines, que disimulaban solo un poco el olor a vainilla. Había un aparato pegado a la reja, Clive dejó a Kende en suelo y presionó el botón que había en él.
- ¿Quién vive aquí? – pregunté – Clive… - insistí cuando no me respondía.
- No lo sé – dijo encogiéndose de hombros – nuestro padre solo dijo que vengamos aquí si necesitábamos ayuda.
Volví la vista hacia la puerta de la casa, no quería pensar en ello pero…
- ¿Necesitamos ayuda?
No me miró, él sabía la respuesta. Por primera vez en mi vida no sentía el peso de la situación sobre mis hombros, al contrario, estaba desorientada, sin saber qué hacer o qué pasaba. Hasta hace unos días me quejaba de tener que ser yo quien controlara todo, ahora que no podía hacerlo, lo extrañaba. Me impacienté y volví a llamar a la casa, esta vez golpeé las manos.
Alguien habló por el intercomunicador del aparato junto a la reja. Era una mujer.
- ¿Si?
Con Clive nos miramos. Él esperaba que yo respondiese, en un mundo normal así sería; pero yo no sabía qué decir, no sabía dónde estábamos o qué queríamos.
- Marethyu.
- ¿Eh? – preguntó la mujer, solo que…
Yo no había hablando, y Clive tampoco lo había hecho. La voz había sido aguda e infantil. Miramos hacia abajo y Kende estaba de puntitas, bien pegada a la reja. Los dos nos volvimos a mirar. Boquiabiertos. Él alzó las manos y se encogió de hombros.
- Disculpe ¿Puede repetir lo que dijo? – a través del parlante, pude notar que la voz de la señora había tomado cierto nerviosismo.
Me di cuenta que Kende no volvería a hablar. Probablemente no volvería a hablar jamás, o dentro de mucho tiempo.
- Marethyu, él nos envía – articulé, siguiendo la idea de mi hermana pequeña.
La mujer se tomó un tiempo, y luego de unos segundos, escuché sus pasos cautelosos yendo hacia la puerta. Tardó otro minuto en abrir la puerta. Lo dudó mucho, ya que fue y vino varias veces. Finalmente, nos abrió una mujer rubia, de ojos azules, que rondaría los cuarenta años, aunque se veía ejercitada.
- ¿Quiénes son? – soltó en un tono no muy amistoso, que hizo que Kende se escondiera detrás de mis piernas.
El aire comenzó a llenarse del olor a vainilla y a algo más… tierra mojada.
- ¡Clive! – exclamé en voz baja.
Pero entonces noté las manos de la mujer y el resplandor plateado que surgía de ellas.
- Soy Aira – dije en voz alta – ellos son mis hermanos, Clive y Kende. Teníamos que venir aquí en caso de que necesitáramos ayuda.
- ¿Quién les dijo eso? – preguntó.
- Marethyu – contestó Clive.
Era claro que no confiaba en ella, las motas ocres de su aura seguían alrededor de sus brazos, y dijo Marethyu, cuando simplemente pudo decir nuestro padre.
- ¿De dónde lo conocen? – ella tampoco confiaba en nosotros, reconocía su posición de ataque, era muy parecida a la de mi madre.
- ¿De dónde lo conoces tú?
De acuerdo, tengo que admitirlo, Clive es realmente bueno en esto de la "desconfianza". Mi madre siempre nos dice: no se fíen de nadie, ni siquiera de mí. Esa frase siempre me dio escalofríos.
La mujer bajo la guardia, solo un poco.
- Soy Sophie Newman ¿Eso les dice algo? – reconocía esa mirada, nos estaba poniendo a prueba.
Kende tiró de mi pantalón. Por supuesto que nos decía algo aquel nombre. Cómo no me había dado cuenta antes: el olor a vainilla, no, a helado de vainilla, el aura plateada y su aspecto… es igual a él. Clive abrió y cerró la boca, pensaba lo mismo que yo: cómo no nos dimos cuenta. Supongo porque esas eran historias que nos contaban de pequeños, nunca las tomamos en serio.
- Oro y plata – susurre, pero ella me escuchó.
Sus manos dejaron de brillar, nos miro a los tres con detenimiento y caminó lentamente hacia el portón que separaba el jardín de la casa con la calle. Ninguno habló, solo hasta que estuvimos adentro cuando Clive sacó un papel de su bolsillo y se lo entregó. Me quedé observándolo ¿Qué era eso? También me di cuenta de la tierra en toda ropa, del sudor en el rostro y del gran moretón en su mejilla. La mujer, Sophie, leyó la nota una y otra vez, en sus ojos brilló una pequeña luz de ilusión.
- ¿Él te la dio? – preguntó.
Clive asintió.
- No entiendo, reconozco su letra, pero no entiendo qué quiere ¿Por qué quiere que los proteja? ¿Qué sucedió?... ¿Quiénes son?
Los tres nos miramos.
- Yo soy Aira y ellos son mis hermanos, Clive y Kende – volví a decir – tenemos otra hermana, Gryffin, tiene doce años, - agregué – pero parece más pequeña, o más grande, depende de dónde la mires.
- Si aquí dice los cuatro – afirmó ella, volviendo a mirar el papel - ¿Dónde está?
Kende nos miró a mí y a Clive, haciéndonos la misma pregunta. Por segunda vez en la noche se me llenaron los ojos de lágrimas:
- Si lo supiéramos – dije – no estaríamos aquí.
- Pero… ¿Qué sucedió?
- Esa es otra excelente pregunta Sra. Newman – respondió Clive.
- ¿Por qué él quiere los proteja?
- Porque somos importantes para él, creo.
- ¿Por qué?
- Es nuestro padre.
