Capítulo I.

Wallachia, Europa Oriental, 1423.

—La deseo.

—Llevar la corona de dos países no es suficiente para ti, ¿debes tener también una princesa Transilvana? —preguntó Sasuke, con renuente admiración por la desenfrenada ambición de Kiba. El humano poseería el mundo si le dieran la oportunidad. Era un hombre como el que le gustaría ser a Sasuke tras su inexistente corazón.

—Hinata será mía: intacta, inmaculada, una página virgen sobre la cual únicamente yo escribiré.

Y qué desastre podría hacer él con esa página virgen, pensó Sasuke. El hombre comenzaba a sonar como si fuera un grupo de estrellas de alguna constelación.

—Me aseguraré que Neji rompa el contrato entre su hermana Hinata y Naruto Uzumaki, pero persuadir a Neji para que case a Hinata contigo será trabajo tuyo —Sasuke levantó una ceja demoníaca, negra como la medianoche, examinando al decidido hombre—. Pero dudo que tengas dificultad.

Kiba era joven y hermoso, y a pesar de su evidente obsesión por las vírgenes estaba poseído por una violenta crueldad que Sasuke no había encontrado a menudo en sus cuatro mil años como demonio. Un guerrero feroz y sorprendentemente brillante e intrigante, Kiba había asesinado y traicionado en su camino al trono de Wallachia. Ahora tenía sus ilusoriamente suaves ojos castaños puestos sobre su vecino del noreste, el principado de Moldavia.

—Desde luego no tendré ningún problema. Y no es solo por el fresco y juvenil cuerpo de Hinata que lo deseo —Kiba hizo una pausa y lamió sus labios, con una mirada remota en sus ojos.

—¿No? —preguntó Sasuke, cuando Kiba no continuó.

El hombre parpadeó y volvió al presente, sus ojos perplejos por un momento, mientras consideraba sus proyectos.

—El matrimonio con Hinata Hyūga —la verdad es que yo no sé lo que ustedes, los demonios, entienden de política humana y geografía, pero Maramures es un principado Transilvano que comparte una frontera con Moldavia— el matrimonio con Hinata consolidará los lazos en la región, lo que me ayudará a conquistar esa tierra.

—La única mosca en tu ungüento es que el hermano de Hinata, Neji, la ha comprometido con el Príncipe Naruto Uzumaki —dijo Sasuke.

—Él intenta terminar una contienda de muchas generaciones entre Maramures y Moldavia, el muy idiota. Hay algún tipo de maldición sobre la familia que él cree que puede romper casando a su hermana, y no escuchará razones.

Sasuke cruzó los brazos por encima de su pecho y se levantó como si estuviera a gusto dentro del círculo de la vela que lo sostenía.

—Debes de estar desesperado de verdad, para haber arriesgado tu alma inmortal convocándome.

Kiba resopló.

—Como si Dios se preocupara por los asuntos humanos.

Sasuke se encogió de hombros. No iba a discutir cuestiones religiosas humanas con un hombre que tenía incluso menos idea de lo que era bueno y malo que los demonios del Mundo Nocturno. Él, por accidente, había dado un paso en el borde interior del círculo de convocación, sacudiéndose con una ondulación de sus curtidas alas negras para liberar la tensión de ellas. Procuró no permitir que sus puntas cruzaran la línea del círculo; una ráfaga de dolor sería la recompensa por tal descuido.

Por el rabillo de un ojo atrapó el movimiento: una cortina aterciopelada en un extremo del cuarto se hinchó brevemente y onduló, como si alguien se hubiera movido detrás de ella.

Kiba no estaba solo.

Responder al hechizo de convocación de Kiba había sido un riesgo. No estaba obligado, como algunos mitos humanos sostenían; pero el Mundo Nocturno estaba lleno de viejas historias de tontos demonios que habían sido atrapados en el círculo de convocación de algún humano y como resultado se habían encontrado esclavizados o destruidos. Sasuke había estado esperando siglos, sin embargo, por una oportunidad como esta que Kiba le presentaba, y riesgo o no, estúpido y tonto o no, no la dejaría pasar. Solo esperaba que su entusiasmo no fuera evidente para Kiba, y para quien estuviera al acecho detrás de la cortina.

Sasuke bajó los párpados y echó una estrecha y escrutadora mirada a Kiba. No debía preocuparse sobre esto, por lo menos; Kiba parecía bien envuelto en sus propios esquemas, sus amplios y oscuros ojos, la transpiración humedeciendo los bordes de su pelo de un profundo castaño, volviéndose negro contra su piel bronceada. Era, indudablemente, la primera vez que un demonio había estado lo bastante loco como para contestar a la invocación de Kiba, y el humano parecía estar al borde de un estallido maníaco de risa o de tener un ataque ante su sorprendente éxito.

Sasuke decidió hacer alguna mella en la confianza de Kiba. Sutilmente flexionó sus músculos y se dio la vuelta para que Kiba pudiera verlo por entero. Tenía un cuerpo formado por las fantasías de los sueños de las mujeres: alto, ancho de espaldas, suavemente musculoso, y con una virilidad que incluso en reposo humedecería a una mujer de deseo y a un hombre le haría querer alejarse para ocultar su propio y escaso recurso.

Sasuke vio los ojos de Kiba hacer una evaluación rápida de los atributos de Sasuke, luego vio la sorpresa antes de que alejara la mirada tímidamente.

Sasuke se rió silenciosamente. Ningún humano podría ganar una guerra de tamaño contra un demonio; sobre todo contra un íncubo como Sasuke, que había sido creado únicamente para capturar los sueños sexuales de las mujeres mortales. Pero Kiba no tenía que saber que Sasuke era solo un simple demonio de sueños sexuales, en la parte inferior de la jerarquía, más que ser la fuerza principal de oscuridad y destrucción que Kiba asumía que era.

No, los humanos no sabían casi nada acerca de la verdadera naturaleza de los demonios, la magia, y los mundos más allá del suyo propio. Hurgaban con sus migajas de conocimiento y se creían sabios y malignos, pero no eran más que ignorantes niños que jugaban con sombras. Creían que sus religiones abarcaban todo lo no visto en el universo, cuando en verdad había mundos y dimensiones lejanas más allá de sus imaginaciones del Cielo y el Infierno. Un lugar tal era el Mundo Nocturno.

Sasuke sospechó que Kiba no había ganado ese conocimiento por sí mismo; quienquiera que estuviera al acecho detrás de la cortina era probablemente culpable de alentar a Kiba para que convocara a un demonio. Una vez que Sasuke tuviera lo que deseaba, tendría que agradecer al oculto ayudante por su estúpida ignorancia.

Sasuke tenía toda la intención de aprovechar esta ignorancia y volverla su propia ventaja.

Había tenido suficiente esclavitud en el Mundo Nocturno, nunca había sido su propio amo.

Preferiría gobernar como un rey sobre la tierra en una breve, apasionada y gloriosa vida mortal de poder absoluto, que vivir otro milenio en el Mundo Nocturno, sirviendo en solitario a mujeres mortales sexualmente frustradas, un simple gigoló de sueños. Quería una existencia que importara, incluso si esta era breve.

—Hinata será mía —dijo Kiba—. Neji la comprometerá conmigo, y me dará su lealtad también. Su otra hermana está casada con Zaku, el gobernante húngaro de Transilvania. Ellos se unirán a mí a través de Hinata, y juntos aplastaremos Moldavia bajo nuestros talones.

Un tipo agradable, este Kiba, lleno de amor fraternal. Sasuke decidió que no había ninguna razón para sentirse culpable acerca lo que planeaba hacerle, asumiendo que Sasuke fuera propenso a la culpa para empezar, lo cual no era. No era un humano gimoteante y lloroso, después de todo. Al menos, aún no.

—A cambio del arreglo del rompimiento del compromiso de Hinata, ¿juras por tu alma inmortal darme lo que te he pedido? —preguntó Sasuke.

—Tres días en posesión de mi cuerpo mortal. Sí, lo juro —Kiba estuvo de acuerdo—. Pero no antes de que Moldavia sea conquistada. No puedo arriesgarme a que un demonio tome el control de mi cuerpo hasta que mi posición sea segura. Ven a mí cuando la victoria sea mía, pero mucho antes de que me case. No te tendré tocando a Hinata a través de mis manos.

Sasuke alzó una ceja.

—¿Estás tan seguro de que tendrás éxito?

—Minato y sus hijos tienen más orgullo que sentido, y carecen de disciplina. Moldavia caerá como una manzana madura de un árbol. Una buena sacudida al tronco y se vendrán abajo.

—Incluso si no logras atrapar tu manzana, estarás en deuda conmigo.

—Si fallo, mi cabeza estará sobre una pica —dijo Kiba, luego se rió fuertemente—. ¡Podrás entonces tener posesión de ella cuanto lo desees!

Sasuke se preguntó otra vez si el hombre estaba completamente cuerdo.

—Si no me pagas lo que está previsto, si rompes nuestro acuerdo, visitaré a tu Hinata y tomaré de ella cada gota de esa inocencia que tanto aprecias.

La diversión de Kiba murió, y una luz oscura entró en sus ojos.

—No harás eso.

—Espero no necesitarlo. Cumple con nuestro trato y permaneceré lejos de ella. Rómpelo y la visitaré cada noche hasta que ella esté educada como una puta, y beberé su placer como vino. Finalmente, si no cedes, mis visitas agotarán la vida misma de ella, y morirá debido al placer que yo he tomado de ella. Tu preciosa virgen y todos sus lazos de familia estarán perdidos para ti por siempre.

Esta era la única amenaza que Sasuke podría hacer a Kiba, obligarle a mantenerse hasta el final del acuerdo. Un demonio no podía tomar posesión de un cuerpo humano a la fuerza; el humano tenía que permitir entrar de buen grado al demonio. Forzarlo terminaría en la muerte tanto del humano como del demonio.

Una vez en posesión de un cuerpo humano, sin embargo, un demonio astuto podría quedarse mientras le gustara, siempre que no llamara la atención de Mei, la Reina de la Noche, o de un entrometido exorcista humano. Esto hizo que Sasuke se pusiera furioso incluso de pensar en que un sacerdote mortal lo echara del cuerpo de Kiba después de todo el duro trabajo que habría supuesto entrar en él. Esperaba no ver nunca uno.

—Muy bien —dijo Kiba—. Hemos hecho nuestro trato.

—Sí, lo tenemos.

Sonrieron, el hombre al demonio, el demonio al hombre, y una sombra se movió otra vez en la esquina de la visión de Sasuke. Cuando miró, no había nada que ver, pero una molesta duda atravesó la mente de Sasuke. ¿Kiba planeaba engañarlo, tal como Sasuke planeaba engañar a Kiba?

Cuando uno hace un trato con el diablo, nada era nunca lo que parecía. Y en este caso, Sasuke no se consideraba a sí mismo el diablo.

Pero el trato estaba hecho.

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Maramures, norte Transilvania.

Sasuke estaba de pie en la entrada de la recámara de Neji Hyūga, mirando como la súcubo Karin se agachaba sobre el pecho del hombre y le enviaba a una pesadilla, que le obligaría a violar el compromiso de su hermana Hinata con Naruto Uzumaki.

Eso era todo; en pocos minutos su parte del pacto con Kiba estaría completa, y sería solamente cuestión de esperar que Moldavia fuera aplastada. El cuerpo de Kiba sería entonces suyo, y dejaría para siempre el Mundo Nocturno. Gobernaría su propia vida, respondería solamente a sus propios deseos, y serían otros quienes brincarían para realizar sus deseos. Sus caprichos representarían la vida y la muerte. Impondría su voluntad de una forma que ningún demonio del sueño podría, cada una de sus acciones dejaría una señal perenne sobre esta realidad, en este mundo físico.

También respiraría, y sudaría, y sentiría el duro suelo bajo sus pies. Envejecería. Tendría una esposa, y le haría lo que solamente había hecho a las mujeres en sus sueños. Conocería lo que era realmente tener deseos de tocar a una mujer, una mano sólida contra carne sólida.

Por primera vez sentiría los deseos y los placeres de ser un hombre, más allá de robar los ecos de la lujuria que experimentaban las mujeres mientras dormían.

Sasuke miró a Karin cuando se agachó sobre la cama. Tenía una larga cabellera roja, mientras que la de Sasuke era negra, pero tenían la misma llamarada en sus ojos, y una piel perfecta como rayo de luna. Karin era todo lo que una fantasía masculina podría invocar, nalgas redondeadas unidas a una cintura diminuta, unos pechos llenos y altos que se zarandeaban. Los demonios como él no tenía ningún deseo sexual por sí mismos, pero Sasuke pensaba que si hubiera sido humano, podría haber cosas peores que hundir su espada en aquella pequeña carne de súcubo.

Tal vez cuatro milenios jugando con la pasión de los seres humanos habían tenido un precio: a veces creía que casi podía sentir los deseos físicos como un humano. A veces se imaginaba tomando a Karin en el plano mortal; de encontrarle un cuerpo humano para habitar, a su lado. Había visto en ella un poco de sí mismo, el cansancio que el Mundo

Nocturno le producía a él; el mismo anhelo de una existencia diferente, aunque sentía que ella tenía miedo de admitirlo.

Estaban violando las reglas del Mundo Nocturno interfiriendo en las vidas de los príncipes, y se enfrentarían al más grave de los castigos si los atrapaban: Mei, la Reina de la

Noche, probablemente los entregaría a los Dioses del Día para hacerlos trizas. Él había necesitado la ayuda de Karin, después de todo. Él únicamente podía invadir los sueños de las mujeres. Un súcubo como Karin solo podía invadir los sueños de los hombres. Se había aprovechado de su amistad con Karin y su cansancio del Mundo Nocturno, incitándola a que violase las reglas y lo ayudara, mientras que cualquier otro de los milenarios Oneroi, sus colegas demonios de los sueños que invadían los sueños de los niños, le habría rechazado, y habría denunciado a Sasuke a Mei.

Neji gimió y se retorció cuando Karin se sentó sobre su pecho, con su mano sobre su frente, enviando pesadillas al hombre envejecido. Sasuke había dejado los detalles del sueño a Karin y no le interesaba saber qué horrores había causado en la imaginación de Neji. Aunque hábil con los sueños de satisfacción sexual, Karin era más conocida entre los súcubos por su virtuosismo en las pesadillas sexuales.

El movimiento de Neji molestó a la desaliñada mujer que dormía junto a él, despertándola a medias. Abrió sus nublados y adormitados ojos por el sueño, y por un momento dejó salir un chillido ensordecedor. La neblina del sueño afectaba su visión y le permitió visualizar a Karin por un momento, hasta que despertó completamente y perdió toda visión de la noche. Sin embargo, el maldito grito de la moza hizo estragos con el sueño de Neji, que se irguió de golpe alzando su cabeza canosa, su boca desencajada y los ojos llenos de un terror indescriptible.

Karin azotó sus enormes alas negras y se elevó en el aire, sosteniéndose encima de los humanos con una expresión de fastidio sobre sus facciones encantadoras y perversas.

El humano retiró las sábanas y se bajó de la cama. Atravesó la habitación completamente desnudo, su virilidad marchita por el frío tendía a desaparecer entre la mata de pelo canoso.

Caminó rápidamente seguido por un invisible Sasuke y abrió la puerta de su recámara, pasando por delante de sus guardias reales sin detenerse. Estos se quedaron demasiado sorprendidos para hacer algo más que mirarlo fijamente y tropezar detrás de su príncipe, en su afán por seguirlo, llamándole y haciéndole preguntas que Neji no contestó. Cuando por fin recuperaron sus sentidos, salieron en su búsqueda.

Curioso, Sasuke los siguió, con Karin a su lado.

—¿Qué le hiciste?—preguntó Sasuke, no queriendo, sin embargo, saberlo por completo.

Nuevamente, estaba agradecido de no ser el receptor de alguna de las obras de arte mentales de Karin.

Karin se encogió de hombros, observando asombrada la respuesta violenta de Neji a la pesadilla.

Neji alcanzó otra puerta custodiada, la empujó, abriéndola sin ceremonias, y se detuvo en el umbral. Su respiración era pesada e irregular, obteniéndola en jadeos, y se quedó allí de pie mirando como un loco dentro de la oscuridad. Sasuke, con su visión del Mundo Nocturno, podía ver la habitación tan claramente como si fuera de día.

Una niña con el pelo azulino, de no más de catorce años de edad, dormía pacíficamente en una cama ubicada en el centro de la habitación, la hermana menor de Neji, Hinata.

Que cosita tan pequeña e inocente, destinada a ser el centro de atracción de tantas pasiones impetuosas. Sasuke extendió la mano hacia fuera para captar sus sentidos, tratando de recoger alguna pista de Hinata en sus propios deseos sexuales. Captó un hilo débil de lujuria, nada más que un susurro a través del Mundo Nocturno. Estaba en la cúspide entre la infancia y la femenina adultez; ni una cosa ni la otra. Su cuerpo había comenzado a cambiar, sus pechos un poco más abultados, su cintura más estrecha, pero las ansias sexuales que sentía solo eran una neblina apacible si se las comparaba con la torrencial lluvia en la que se transformarían en los próximos años.

Estaba seguro de que ningún íncubo la había visitado. Era el trabajo del íncubo aliviar la frustración sexual de las mujeres, y Hinata no había tenido un momento en su breve vida para saber de tales frustraciones. Los íncubos otorgaban placer a las mujeres en sus sueños cuando no podían encontrar ninguna satisfacción con sus maridos y torpes amantes, la mayor parte de los cuales no tenían ni la menor idea de la existencia del clítoris. Los íncubos, de vez en cuando, también enviaban pesadillas sexuales a mujeres como castigo por crímenes como el adulterio con el joven robusto y caliente hijo del vecino, el cual, de algún modo, sí estaba al tanto del clítoris. O porque se burlaban del pene corto de su marido, o fingían orgasmos. Para Hinata, en cambio, estos delitos y decepcionantes apareamientos, por ahora, solo pertenecían al futuro.

Neji se calmó cuando vio a su dormida hermana, y luego, después de inspirar profundamente, se giró y caminó con los andares característicos de un anciano, de regreso al salón y luego hacia su propia recámara. Karin se movió tras él, vigilándole, luego Karin lo miro con pesar y acusación en sus fieros ojos rojos.

—Vete —dijo Sasuke, deteniéndola antes de que pudiese hablar. Podía ver la pregunta en sus ojos, preguntando si su trato con Kiba valía lo que le acababa de hacer a Neji. Por supuesto que lo era, hasta donde le interesaba a Sasuke, pero su silenciosa acusación era inesperada; no había tenido conocimiento de que Karin hubiera sentido compasión por alguien, o culpabilidad por alguna de sus acciones, hasta este momento.

Sasuke tocó el pelo del súcubo, peinándolo con sus dedos al pasarlos a través de sus sedosos bucles rojos, y luego dejó caer su mano sobre el hombro suave y desnudo de Karin. Un murmullo del poder sexual fluyó de ella hacia su mano, recorriendo el cuerpo de Sasuke como si fuera un macho humano a quien había ido a visitar por la noche, entregándole un pálido sabor de lo que era ser un hombre con deseos lujuriosos.

—Hiciste como te pedí, y te lo agradezco. Ahora, vete —su mano se apretó sobre la de ella con advertencia—. No se volverá hablar de esto salvo entre tú y yo. Prométemelo.

Karin tembló bajo su tacto, luego asintió con la cabeza. Representaría la destrucción de ambos si Mei alguna vez se enterara de esto. Solamente Hashirama, Tobirama, e Hiruzen, Príncipes del Mundo Nocturno, tenían permitido interferir en los sueños de reyes y gobernantes de la tierra, y por lo tanto, tal vez cambiar el curso de la historia de la humanidad.

Sasuke la soltó, con su mano hormigueando con los ecos del deseo mortal robados y desvaneciéndose ya de su cuerpo. Los íncubos y los súcubos no tenían ningún deseo sexual propio; sentían solamente las sombras que les lanzaban los cuerpos lujuriosos de los seres humanos. Lo que sintió de ella debió de ser simplemente una sombra de los hombres a quienes había visitado. Burlándose de él, haciéndolo desear aún mas sentir ese deseo que había notado en su propio cuerpo, sintiéndolo por Karin, o sentirlo, tal como Kiba lo hacía, por Hinata, con una fuerza abrumadora que destruiría países con tal de satisfacerlo.

Cuando Karin empezó a desaparecer, regresando al plano del Mundo Nocturno, Sasuke se giró hacia la puerta de entrada de Hinata otra vez. Miró fijamente a la princesa dormida e inocente, tratando de analizar qué era lo que había atraído a Kiba tan fuertemente de esta niña por encima de todo lo demás. ¿Por qué los humanos caían enamorados o presos de lujuria con una persona pero no con otra? Las diferencias entre ellos parecían demasiado nimias como para que importaran.

Antes de ser consciente de lo que estaba haciendo, se encontró de pie al lado de la cama, mirada hacia abajo, a Hinata. Inconsciente de que hubiera un demonio en el interior, uno de los guardianes cerró la puerta de la recámara, dejando a Sasuke a solas con la niña.

Hinata dormía con una mano empuñada sobre la sábana y colocada debajo de su barbilla, como si tuviera frío. Su largo pelo azulino estaba enredado sobre la almohada, sobre su cuello, y casi rozaba el borde de la cama. La cara rebosante de juventud comenzaba a mostrar los pómulos altos de la mujer en la que se convertiría, y las pestañas que reposaban gruesas e inocentes sobre sus mejillas pronto se batirían con el coqueteo y las miradas de soslayo.

Se le ocurrió a Sasuke que si todo seguía según lo planeado y tomaba el control permanente del cuerpo de Kiba, Hinata sería suya. Cuando fuera lo suficientemente mayor para casarse, él tendría una esposa hermosa, virginal, con la que podría llevar a cabo, por fin, cada acto sexual que había realizado en las mentes de las mujeres durante los últimos cuatro mil años. Sería su carne la que él tocaría con su mano; su sexo virgen podría ser lo que primeramente penetrara. Serían uno, compartiría su cama todas las noches, y sería suya para explorar todo cuanto quisiera

Kiba no sería el que desflorara a Hinata; sería Sasuke.

Sin deseos propios, pese a que no sentía lujuria cuando miraba a Hinata. Solo dolor, con un abatimiento carente de cualquier deseo hacia ella en absoluto. Lo que realmente sentía era curiosidad por esta joven, se encontraba absorto en la cosa que podía provocar tal fervor en el cruel corazón de Kiba.

Quizá podría encontrar el modo de que Karin poseyera el cuerpo de Hinata. Sería mucho más interesante perforar su himen si fuera la anciana Karin quien viviera tras ese inocente rostro, más que una ignorante muchacha humana. Había visto demasiado de las mentes dormidas de mujeres humanas para no sentirse ya intrigado por ellas. Él y Karin, sin embargo, podían gobernar juntos, lado a lado, sobre demonios y humanos, y permitirse cada acto carnal que alguna vez hubiera conocido la humanidad. Karin podría ser su igual y un desafío. Una muchacha humana como Hinata era nada en comparación. Era solo un cuerpo y una simple mente infantil.

Los ojos de Hinata se abrieron

Sasuke se congeló en el lugar. ¿Estaría aún lo suficientemente dormida como para verle y gritar? ¿O estaría totalmente despierta, y paralizada?

Ninguna de las dos cosas. Sintió su piel hormiguear con una extraña sensación cuando sintió la mirada de Hinata moverse lentamente por su cuerpo, haciendo una pausa en sus genitales, y luego dirigiéndose como empujada por una corriente hasta llegar a su cara, su expresión no indicaba ningún cambio respecto a la inconsciencia del sueño, sus labios rosados como pétalos entreabiertos mientras respiraba tranquilamente. Sus ojos eran de un raro lila, volviéndose perlados.

—¿Por qué está en mi habitación? —preguntó con una voz ronca y embotada por el sueño.

Él se estremeció, sobresaltado por el sonido. Nunca había sido interpelado de este modo, solo había oído gritos por parte de las mujeres que se despertaban. ¡Y las mujeres dormidas nunca le habían hecho preguntas tan directas! Había visto a mujeres que caminaban, decían estupideces y comían en sueños, todo con los ojos abiertos. Tal vez este era uno de esos casos, solo...

—¿Ha venido a robar mi alma? —preguntó.

—No robo almas —dijo él, sintiendo un cosquilleo de alarma. Ella hacía preguntas lúcidas y con sentido, que era algo que los sonámbulos no eran capaces de hacer.

—¿Va a hacerme daño?

—Probablemente no —había algo extraño, algo realmente insólito en esta muchacha. Y para un demonio, este hecho insólito podía significar peligro.

—¿Por qué me mira con el ceño fruncido?

—Porque tú no puedes saber que estoy aquí. ¿Estás despierta? —preguntó francamente.

—No lo sé. Dime tú.

Él avanzó hasta los pies de la cama, observando mientras los ojos de ella lo seguían en su trayectoria. El cuerpo de ella no se había movido, su mano todavía estaba empuñada y descansaba bajo su mejilla, su pecho continuaba elevándose y descendiendo con la profunda regularidad del sueño. Era inquietante, y el cosquilleo de alarma se convirtió en un río desbordado, incluso cuando Sasuke sintió una creciente oleada de deseo. Su presencia estaba magnificando las pequeñas pasiones de la niña, llevándolas más allá de lo que debía sentir una niña que todavía no era una mujer. Pero el íncubo no obtuvo ningún placer de tales anhelos poco naturales.

Debía dejar este lugar, por el bien de ella y el suyo propio. Empezó a retroceder.

—¿Eres real? —preguntó ella.

La pregunta lo hizo detenerse en su retirada.

—Solo tan real como tus sueños.

—Quizá yo soy tan real como tus sueños. Dime, demonio, ¿por qué he visitado tu sueño?

—Los demonios no sueñan.

—¿No lo hacen? Qué triste para ti. Entonces, ¿cómo sabes qué cosa deseas?

Él sacudió su cabeza. Las mujeres dormidas no conversaban con demonios en sus sueños, y ciertamente no les planteaban preguntas filosóficas. Sasuke estaba sintiendo una fuerte conexión sobrenatural en Hinata, y tal vez esa era la razón que había lanzado a Kiba como un loco sobre ella, lo supiera él o no.

Hizo una mueca cuando una idea lo golpeó. ¿Esta sería su esposa, una vez que robara el cuerpo de Kiba? Ella probablemente sabría que era un demonio poseyendo a un humano, un humano que debía de haber sido su marido, y que lo tenía embrujado. A las mujeres mortales no les gustaba la idea de tener relaciones sexuales con demonios, y el matrimonio con uno, probablemente, sería demasiado enorme en su balanza de las cosas deseables.

—Vuelve a dormir, Hinata, y olvida que alguna vez me viste.

Ella cerró sus ojos obedientemente. Con un suspiro de alivio, Sasuke empezó a escabullirse hacia el Mundo Nocturno. Antes de que lo hiciera, sin embargo, los labios de Hinata se curvaron en una sonrisa.

—Sueña conmigo, demonio. Porque lo desees o no, nos encontraremos de nuevo.

¿Cómo sabía ella eso?

—Serás tú quien no lo deseará —dijo él suavemente, y se escabulló hacia el plano del Mundo Nocturno.

Se encontrarían otra vez, pero cuando lo hicieran, eso podría significar que había tenido éxito al tomar el cuerpo de Kiba o que había fallado completamente y vendría a ella para tomar su venganza.

De una manera u otra, ella no estaría feliz de verlo.