Creció escuchando historias fantásticas como todos los niños. Sirenas, animales que hablan, fantasmas y realeza. Sus favoritas eran las de ladrones y bárbaros luchando en nombre de un reino pacífico y unificador. Odiaba las melifluas historias de hadas , le parecían bobas y cursis. Pero desde aquella tarde, no había hecho más que leer sobre hadas. En los libros que su hermana guardaba no había ninguna que vistiera ropas negras, esas eran las brujas. Pero las brujas no eran niñas rubias de piel blanca. Y ninguna de las hadas en sus libros tenía los ojos así. Prismáticos, dorados y azules. No había en ningún libro una criatura que se asemejara a su belleza. Incluso en las postales de ángeles que su madre apilaba en su cajón, ni siquiera ellos se acercaban. Necesitaba respuestas pero no quería revelar su descubrimiento. Muy profundo quedó en su mente el cuento de un hada que al ser descubierta y confundida con un demonio, fue asesinada a pedradas. Y él no era tan malvado. Debía encontrar una manera de volver pero sin arriesgarse a ser descubierto.

-¿Vas a comerte eso o vas a seguir mirando hacia la nada como un idiota?- su padre le sacó de sus pensamientos, mirando a la cuchara que iba por la enésima vuelta en su plato de sopa sin que la llevara a su boca. Resopló, a punto de hacerle una seña obscena como respuesta en la forma habitual de su familia. Pero el color ligeramente amarillento de los fideos le dio una idea.

- Estoy pensando que hace un mes que fuimos con los Tweak-

-Craig tiene razón, prometiste que está vez me comprarías un pastel de fresas- Por primera vez no sintió que fuera molesto que su hermana lo interrumpiera. Laura volteó a ver a su marido, asintiendo con la cabeza y al hombre no le quedó más que resoplar, volteando los ojos.

-Mañana a las dos vengo por ustedes. Dos en punto, quien no esté a tiempo, se queda- dio por terminada la conversación y el niño por fin llevó la cuchara s sus labios con una sonrisa ganadora.

Desde que tenía memoría podía sentir la tensión constante en el ambiente al salir de casa. Escuchaba a los adultos hablar de la Revolución en un país cercano que amenazaba no sólo con obligar a su país a recibir más gente extranjera buscando trabajo, sino también a la posibilidad de que esos falsos ideales de liberación y rebeldía infectaran a los habitantes con orígenes hispanos que ya habían sido "domesticados" lo cual pondría en peligro de una sedición al de por sí tambaleante pueblo americano. Craig no entendía ninguna de esas palabras pero siempre le hacía un hueco en el estómago cuando su padre comenzaba a insultar a los que llamaba sus amigos si tan sólo insinuaban que esos " piojosos aborígenes" eran personas huyendo de los ríos de sangre. Ellos tenían la culpa de que su familia no tuviera una mejor casa o la posibilidad de comer carne más de dos veces al mes. A Craig le parecía que el culpable era su padre por no aceptar trabajar más de cinco horas al día, aunque ya no lo decía en voz alta por miedo a las bofetadas que a veces le daba, dejándole las orejas zumbando y la cara caliente. Se pegó a la falda de su madre cuando Thomas puso su mano en su cabeza, buscando hacerle un cariño. El hombre rió con burla antes de abrir la puerta del establecimiento.

Le gustaba el olor a madera y café tostado, el humo de los cigarros que los hombres fumaban haciendo caras graciosas al darle un mordisco entre bocanada y bocanada a lo que comían. Era de los pocos negocios que seguía manteniendo cierta estabilidad a pesar de la incipiente crisis. Su café era el mejor de la región y comer un pastelillo era como darle un bocado al paraíso. Así solían expresarse los adultos, a Craig no le gustaba el amargo café que su padre siempre pedía. Él prefería el espumeante chocolate. Lo prefería con agua que con leche y su padre también ya que era unos centavos más barato, pero Tricia siempre protestaba y acababa cediendo ante la amenaza de un berrinche de la niña, aunque Thomas no lo dijera abiertamente, Craig sentía que su padre tenía preferencia por su hermana sin darse cuenta que la estaba volviendo malcriada. La señora Tweak dejó un momento la taza que estaba sirviendo para salir de la barra y recibirlos.

-Laura, Thomas, qué agradable verlos- su sonrisa amable la hacía más bonita, con esos ojos azules con notas verdes y su forma suave de hablar. Si no era por el café, podía ser que el local tuviera tanta gente por el carácter dulce y amable de los señores Tweak- ¿A quién tenemos aquí? Una preciosa princesa y un apuesto caballero- su hermana ocultó su risa tras su mano pero él no tuvo manera de disimular el sonrojo en sus mejillas- Richard está en la trastienda pero en cuanto se desocupe le diré que venga a saludarlos-

-Ustedes siempre están atareados, es una fortuna que no tengan hijos o no podrían atender tan bien su negocio- Laura se sentó en la barra con su hija en piernas, mientras Thomas y Craig se acomodaban a su lado.

-A veces desearía tener uno para que nos ayudase, es mucha carga para nosotros solos y nos estamos haciendo viejos- sabía lo que pedían mes a mes, así que sin preguntarles, ya les había servido- podrías venir a ayudarnos los fines de semana, Craig, te pagaría con todo el chocolate que puedas beber- le guiñó un ojo al dejar su taza. Los ojos del niño comenzaron a brillar mientras sus labios se curvaban en una sonrisa. Esa era su oportunidad.

-¡Claro!-se había levantado sobre su asiento, azotando las manos sobre la barra.

-Cariño, sólo estaba bromeando- Laura volteó a mirarlo divertida.

- Papá y tú siempre están regañándome porque los fines de semana no hago nada de provecho y yo estoy harto de compartir mi chocolate con Tricia-

-En realidad yo no tendría problemas sólo si tu padre está de acuerdo, claro-

- Si con eso logro que deje de estarse metiendo en problemas aunque sea dos días a la semana, por mí está perfecto- Thomas encogió los hombros, dándole un sorbo a su café. La señora Tweak volteó a mirarlo con una sonrisa luminosa. Algo había en esa familia, lo sabía, algo sin duda mágico. Estaba ansioso por decubrirlo.