"La mujer es el animal más difícil de complacer; podría negarla, odiarla hasta la locura, pero eso solo significaría mi muerte."

M. L.

¿En verdad no gustó el min pao? Mi corazón se rompe cortesanas… lo bueno es que sano rápido… Ahora a mí me da curiosidad saber qué preguntas quieren hacer, si se refieren a la historia o son de índole personal, como por ejemplo esas divertidas sobre la ropa interior o qué se usa para dormir…

En fin, en ambos casos podríamos negociar.


Si ganó la primera competencia de baile a los tres años, la palabra Broadway la escuchó a los dos, según le contaron… y en la sonrisa que le siguió mostró sus dos filillas de dientes blancos, sin más; también le contaron aquello.

Años después lo primero que imaginó fue que Broadway significaba el nombre de un teatro, y no de toda una ciudad de teatros.

Cuando tuvo edad suficiente para comprender de qué se trataba, su pequeño cuerpo, aun más pequeño por aquella época, sufrió una descarga de vértigo y agitación al mismo tiempo, prácticamente insostenible; y eso no se lo contaron, ya que lo recordaba a la perfección.

Siempre supo que desear todo con tanta intensidad la llevaría a un desequilibrio emocional y mental seguro, y que nadie podría salvarla de ese destino injusto para aquellas personas que se jactan de ser verdaderos soñadores.

Se pasó la adolescencia sintiendo deseos que podía cumplir y lo hizo, hasta que comenzar a ser adulta significó más que la palabra en sí misma.

Ser adulto se torna aburrido e incomprensible para un niño, y ser niño se vuelve el mayor deseo de un adulto a medida que los años transcurren.

Entonces era real aquello de que nunca se está conforme, porque siempre faltará algo; simplemente era inevitable.

Y parecía ser ése el momento azaroso para que la atosigaran todas esas sensaciones, en medio de una gasolinera, observando como un muchacho cambiaba el neumático pinchado de su auto. Estaba siendo esa adulta que ansiaba volver a ser niña, por lo menos por algunas horas, y no la favorita de la ciudad de los teatros desde hacía más de tres años.

Cualquier niño se negaría rotundamente a pasar por aquellos trasiegos si alguien tuviera la gentileza de revelarle qué es lo que tendrá que hacer en el futuro para lograr ser una estrella.

Pero entonces un niño no lo comprendería, porque eso también era natural e inevitable.

Ser estrella significaba recorrer un camino yerto y solitario, y nunca se llegaba en realidad a una cumbre exacta; en cambio ser popular, salir en tapas de revistas, firmar autógrafos, tener romances y ocupar páginas en la prensa del corazón… bueno… eso era más fácil; más efímero pero más sencillo. Solo bastaba con mostrarse desnudo desde la Estatua de la Libertad, y la fama vendría sola, y los romances vendrían solos, y también el dinero.

Ahora, amar lo que se hace convierte a cualquiera en una estrella. Sentarse detrás del tocador para maquillarse y poder entregar aquello incontenible supeditado al cuerpo, no solo hablaba de ser alguien que brilla, sino de tener tesoros para contar en la posteridad.

Como un relicario, una carta, un recuerdo.

Lograr que Funny Girl estuviera tres años seguidos encabezando taquillas en Broadway y fuera de Manhattan era un precioso tesoro que pisoteó absolutamente todos los aires de diva que alguna vez pudo haber tenido. A base de esfuerzo y dedicación, junto con sus entrañables compañeros de elenco, por primera vez en su vida pudo redefinir la expresión brillar como una estrella para siempre.

Aquél era un mundo demasiado complejo en el que había que luchar para permanecer; año tras año aprendió a vivirlo a flor de piel. En esa necesidad de vigencia lo sentía, en esa tremenda y ahogante necesidad de que toda la expresión que tenía para derrochar perdurase el mayor tiempo posible; en aquel grito del cuerpo radicaba parte de los tesoros que poseía...

Como logar que Quinn estuviera en primera fila aquella inolvidable primavera de marzo para su estreno; como ser una de las damas de honor en la boda de Kurt y Blaine, tres años atrás, aunque ese capricho se saltara todos los preceptos y costumbres; o como embarcarse en el ambicioso y presente proyecto de llevar Yentl al teatro, por primera vez en la historia.

Tesoros… estaba llena de ellos… y poco importaba salir en tapas de revistas cuando lo verdaderamente importante, ciertas veces, se encontraba dentro de cuatro paredes.

Se refregó los ojos con cansancio; todavía estaban irritados. Ya había llorado de rabia lo suficiente, enfurecido otra cuota más y vuelto a llorar de desilusión otro poco.

Cómo todo podía llegarse a complicar tanto; cómo era posible…

—Bien señorita; hemos terminado por aquí… —anunció el muchacho, apareciendo frente a ella de pronto, sacándola de sus reflexiones entre melancólicas y furiosas.

Rachel le sonrió débilmente, colocándose sus gafas oscuras.

—Genial; déjame buscar en mi bolso…

Abrió la puerta del conductor para llegar a su cartera, cuando desde el vidrio delantero observó con curiosidad como un hombre mayor y una mujer, más o menos de la misma edad, salían del minimercado a paso ligero, haciéndole señas al muchacho.

—¡Muchacho, muchacho; ven aquí! —le gritó el hombre, levantando con vehemencia los brazos, mientras no perdía de vista al auto.

Rachel se irguió un tanto apenada por él. El chico, de unos dieciocho años, hizo un buen trabajo, y seguramente se estaba pagando los estudios…

Rápidamente el joven se acercó, y el hombre mayor le murmuró algo con bastante énfasis, provocando que bajara la cabeza. Al parecer se trataba de una buena reprimenda.

Rachel sacudió la cabeza con reprobación; los mayores observaban indignados al joven empleado, pero cuando enfocaron las miradas en ella lo hicieron con una sonrisa de oreja a oreja.

—Señorita Berry… Es usted Rachel Berry, ¿verdad? —exclamó y confirmó el hombre al mismo tiempo, acercándose con timidez. El regañado ya se estaba perdiendo dentro del local.

Y Rachel le sonrió en respuesta, algo incómoda. Ahora entendía aquella llamada de atención.

—Sí… —afirmó, alargando una mano al ver que los recién llegados se quedaban parados sin saber qué hacer—. Un placer.

—¡Oh no, el placer es todo nuestro! —exclamó él, aceptando rápidamente el saludo con su mano libre, ya que en la otra sostenía una caja con donas—. Yo soy Fred, y ella es Lily, mi esposa desde hace cuarenta años.

—Vaya, felicidades —dijo Rachel, tomando ahora la mano más efusiva de la mujer.

—¡Has visto Lily! ¡De cerca es aún más bella! —la halagó Fred, mientras su esposa no dejaba de asentir y sonreír.

Rachel hizo otro tanto, llena de calor.

—Hemos ido a ver tres veces la obra. Una vez con cada hijo, ya que ninguno está viviendo en New York. ¡Qué maravilla de jovencita! —aduló esta vez Lily—. En cada visita los arrastrábamos a cada uno; jamás les gustó el teatro hasta que la vieron a usted.

—Eso me pone muy contenta. Es muy halagador… —respondió la joven, riendo ante esa confesión.

—¡Y eso no es todo! —expresó con entusiasmo el marido, desorbitando más sus ojos azules—. La seguimos en todas sus presentaciones por televisión; su voz es maravillosa…

Rachel bajó unos segundos la mirada, sintiéndose enrojecer.

—Gracias; la verdad es que nunca dejo de estudiar. La profesión es muy exigente.

La esposa se adelantó antes de que su marido pudiera decir algo más.

—Por favor; díganos cuándo va a volver.

Rachel titubeó. ¿Qué decirles? Aquello que la haría volver le estaba trayendo más dolores de cabeza que otra cosa… Justamente estaba allí para resolver un importantísimo caso de vestuario prófugo.

—Pronto; hay algo en vista más que interesante, y estamos trabajando en ello.

—¡Qué alegría escuchar eso! ¿Podría comentarnos algo más? —volvió a intervenir el esposo.

—Lo lamento pero no; los productores y el director podrían llegar a matarme.

Lily miró a su marido con regaño.

—Entendemos, por supuesto —se apresuró a decir éste, haciéndole una mueca a su compañera.

Eran encantadores, pensó Rachel con una sonrisa.

—Dejemos ya a la señorita, Fred; seguramente estará muy ocupada.

—Sí, sí, por supuesto. No queremos ser entrometidos.

Ambos habían pronunciado sus comentarios con tan sincero afecto, que a Rachel se le hizo un nudo en la garganta.

—Un poco apremiada, nada más —murmuró con voz queda.

Esas muestras de cariño la tomaban siempre por sorpresa, y la dejaban sin palabras.

—Lo imaginábamos —afirmó la señora, extendiéndole la caja de donas que le quitó a su marido, y que la joven recibió con sorpresa—. Para el viaje; acéptelas, por favor. Qué honor que Rachel Berry haya pasado por la gasolinera. ¡Nadie lo va a creer!

—Bueno… la atención fue magnífica, así que recomendaré a todo el mundo que pase por aquí —expresó la broma con una ancha sonrisa.

Se despidió del matrimonio que volvió a saludarla efusivo. Quiso pagar el trabajo del chico, pero la pareja se lo negó rotundamente. Después de insistir tres veces y encontrar más negativas tomó la manija del auto y se dispuso a abrir, pero Fred la detuvo.

—Señorita… —el hombre se adelantó un par de pasos.

Rachel se giró hacia él, expectante.

—Fred…

—Ese Tony era para la obra, pero… definitivamente es suyo.

A Rachel se le formó otro nudo incontenible, y asintió con agradecimiento.

—Gracias Fred; es uno de mis grandes incentivos desde que tengo uso de razón —masculló sensibilizada.

—No pierda el camino entonces, que ya llegará.

Rachel volvió a asentir en silencio. En un impulso se acercó a él y le dio un rápido beso en la mejilla, poniéndolo colorado.

—Si algún día llego a ganar uno… recordaré a Lily y Fred —prometió con ojos enormes.

Con la mirada iluminada el hombre mayor se tocó el pecho, palmeándolo con una gran sonrisa de orgullo.

—Será un gran honor, Rachel.

Después de un último saludo, la joven finalmente se instaló en el coche con un hondo suspiro. De dos admiradores que tenía, ganó un enemigo. El muchacho no solo recibió un reto por no reconocerla, sino que también le sería negada la paga por un trabajo que hizo responsablemente.

Volvió a suspirar.

Siempre que le sucedían esas cosas necesitaba unos minutos para recuperarse, así que observó el movimiento que hacían los coches a su alrededor. Esa tarde no todo estaba siendo pesado y horrible.

Durante toda la mañana Spike le dejó la cabeza hecha un nudo reforzado; su insistencia para que no haga ese viaje terminó con su paciencia, así que volvió a dejarlo plantado.

Ya estaba decidido; lo haría y punto. Se peleó con medio mundo y la otra mitad la estaría esperando para llevarla a la horca, pero debía hacerlo. Se sentía completamente avergonzada y responsable.

Maldita Monique… Maldita zorra…

Pensar que pasaría las siguientes dos o tres horas manejando era realmente un panorama desalentador, mucho más si no conocía su destino en lo absoluto, con el agregado de que trataría personalmente con un hombre desconocido, altanero e irresponsable que estaba en deuda con ella y la mitad de su equipo.

Miró la caja de donas con una sonrisa. No podía comerlas, pero el gesto fue realmente enternecedor.

En momentos como esos extrañaba la palabra justa y amorosa de sus padres, pero no podía llamarlos. Con la madurez que la definía, Rachel Berry lo resolvería sola, sin consuelo.

Su teléfono comenzó a llamar y lo tomó con desgano al imaginar que sería por quinceava vez Spike, pero la sorpresa inundó su rostro cuando una imagen mucho más interesante apareció en la pantalla.

—¡Hola, cielo! —contestó alegre.

Hola, Rach…

—¡Qué alivio escucharte! En verdad me alegraste todo el día, todo completo —aseguró la mujer con una media sonrisa, mientras se relajaba contra la butaca.

¿Por qué? ¿Te sientes mal?

—No… solo que… estoy teniendo algunas horas complicadas desde ayer a la tarde, y tú ya me alegraste todo el largo día que me queda por delante.

Se escuchó una risa franca del otro lado que recargó la suya.

¿Así como tú me lo alegras a mí cuando me llevas al zoológico?

—Igual mi amor, exactamente igual...

La vocecilla del otro lado se quedó unos segundos en suspenso, hasta que se escuchó algunos ruidos de movimiento y un ladrido.

Oye, Rach; ¿me escuchas?

Ahora esa voz aguda se escuchó en un murmullo, provocando una mueca divertida en la mujer mayor. Conocía demasiado bien ese tono y se preparó.

—Sí, acá estoy. Escucho atenta.

Mamá me dijo que podía pedirte solo un regalo cada dos meses… y… ¿recuerdas ese documental que vi la semana pasada?

Rachel se llevó una mano a la boca para no reír.

—Claro que sí. Te llamé para recordarte el horario.

Sí, sí, ése… bueno…

Y de pronto la niña se detuvo abruptamente, y escuchó algunos ruidos extraños que interrumpieron el pedido seguro que iba en camino.

Los tonos de hija y madre se mezclaron a lo lejos, ya que la segunda parecía haber descubierto la cuidadosa estrategia de demanda que había logrado hasta ese momento la primera, para su nuevo capricho.

Una retando a la otra, la otra peleando tozudamente por ese antojo y el perro ladrando insoportablemente entre ellas. Hasta que, por supuesto, la voz cantante fue la triunfadora. La madre concienzuda le ganó a la hija, y lo que se escuchó del otro lado segundos después fue un desanimado chillido.

¡Rachel, mamá no me deja…!

No era justo para su niña mimada, pero Rachel estaba apretando cada vez más la mano contra su boca para no reír a las carcajadas, y desalentarla más.

—Escucha, yo hablaré con ella, no te preocupes. Dile que hace más de cuatro meses fue mi último regalo, lo recuerdo bien, y el de tu cumpleaños no cuenta, así que no… —el diálogo se interrumpió nuevamente, pero esta vez fue por su propio teléfono; tenía una llamada entrante.

Observó la pantalla brevemente y cerró los ojos con pesar.

—Cariño, me está entrando una llamada y tengo que contestarla sí o sí…

Pero, Rach…

—No te preocupes por nada —dijo rápidamente y con profunda pena, ya que se sentía como una desalmada por tener que cortar su conversación de esa manera—. Te prometo que lo solucionaremos. ¡Eres mi tesoro, nunca lo olvides!

Y con esa última declaración atendió la otra llamada con un mohín disgustado.

—Bien…

¡Bien, sí, bien…! ¡Al fin me atiendes! ¡Dónde diablos estás!

Rachel frunció el ceño mientras colocaba los auriculares al teléfono. El tempo apremiaba.

—Un poco más de educación, criatura salvaje, que me has hecho cortar una importante conversación con Beth.

Suspiro irónico del otro lado, motor encendido de éste y volantazo para salir del estacionamiento.

Por si no te das cuenta, "esto" también es importante… ¡Demasiado!

Rachel revoleó los ojos. Ella no estaba ni enterada del brusco giro de los acontecimientos en solo veinticuatro horas.

—En diez minutos cruzaré el puente Williamsburg… —dijo casi sin aliento, esperando el grito que le haría estallar los tímpanos… y llegó.

¡Qué! ¡No…! ¡No... no puedes "hacerme" esto; no puedes "hacernos" esto! Oh dios…

Rachel se desesperó al escuchar la desesperación de la otra martilleándole la cabeza y los oídos. Estaba segura de no poder soportar otra escena más sin estallar en sollozos y mandar a todos al diablo, literalmente.

Trató de tranquilizarse y prestar atención a la calle. Era una imprudencia lo que estaba haciendo; hablar y manejar no iban de la mano, pero no tenía opción.

—Tranquilízate, por favor… Mira… hace un día, un maldito día atrás, yo era la mujer más feliz del mundo; iba a seguir los planes tal cual los trazamos, con pasajes, trajes de baño y gafas nuevas… ¡Y todo se fue al demonio!

Entonces es cierto… no viajarás… Nadie me dice nada; me siento una idiota…

La voz ahogada le llegó como una cachetada en pleno rostro a Rachel, y tragó saliva. Entendía perfectamente que se trataba de un momento sumamente especial y aquélla estaba sensible como jamás en la vida, por eso trató de ser lo más responsable posible, como siempre.

—Escucha… nadie más lo sabe; y soy la única responsable en decírtelo. Yo tenía que hacerlo… así que aquí voy… ¿está bien?… —finalmente se confesó en un murmullo, a la vez que tocaba bocina al coche que tenía enfrente para que avanzara—. Todo se complicó, San… tengo que cruzar el maldito distrito para averiguar dónde está el vestuario de la mitad de los actores, incluido el mío. El guión todavía no se terminó de adaptar, el director no se quiere reunir todavía con sus actores y la mitad del mundo está enojado conmigo, incluida Beth. Seguramente la decepcioné por haber terminado la llamada de esa manera...

¡Y para qué diantres tienes representante! ¡Qué haces tú viajando a Brooklyn!

Rachel resopló con fuerza y frenó violentamente ante un semáforo en rojo.

—Seguramente no para encontrarla teniendo sexo con un hombre en mi cama mientras yo no estaba… ¡Mi propia cama! ¡Maldita Monique!

La luz roja del semáforo cambió a verde, pero el rojo brillante perduró en la frente de Rachel, hasta bajar por sus ojos.

La conductora quedó enfurecida, y Santana, del otro lado, estalló en carcajadas.

La pobre Santana acongojada y prácticamente histérica desapareció, y ese detalle solo hizo enfurecer más a la diva tras el volante.

—¿Lo ves?; te lo digo, completamente indignada, abochornada, asqueada… ¡Y tú me pagas con tu estúpido sentido del humor! ¡Por dios, Santana! ¡Estoy a punto de tener un ataque de nervios, y voy a cortarte la llamada en este momento!

¡No, no; espera!

Al instante la otra cesó las carcajadas y se quedó en silencio.

En verdad es una mierda... lo siento… Me dejas helada; ya veo por qué nadie más lo sabe.

Rachel suspiró con cansancio.

—Por supuesto que no; y nadie debe saberlo. Es un bochorno… Me siento responsable por todo esto. Trabajaba conmigo y en definitiva, yo dejé que las cosas se me fueran de las manos…

A ver… ¿Cómo te ahogas así? Tienes a tantos mequetrefes que podrían hacer eso por ti. ¡Hay teléfonos, Rachel!

—¡Hay llamados que ni siquiera son atendidos, Santana! Y ya te lo dije, me siento responsable. Yo opté por arriesgar mi pellejo y ahora lo estoy pagando. Si quieres que las cosas salgan…

—…bien; hazlas tú misma.

Rachel sonrió cuando Santana completó su frase.

—Tú lo has dicho.

Y tú lo llevas a cabo al pie de la letra.

Rachel torció la boca ante el tono de reproche.

—Tarde para cambiar.

Maldita seas tú y esa manía de controlarlo todo.

La aludida elevó una ceja con ironía, pisando un poco más el acelerador.

—Ni siquiera; ya ves cómo salen las cosas. Pero te aseguro que Kurt me va a escuchar; y Monique… me aseguraré de que nadie más la contrate, por zorra.

Ahora sí Santana rió en consenso, porque ella también lo hizo, más relajada de poder contar con su amiga para pasar ese mal trago.

No me fallarás, Berry; ¿verdad?

Rachel se conmovió ante el murmullo que quedó pendiente en lo auriculares, y que le llegó al corazón. Esa mujer tenía el pecho abierto, ofreciéndole todas las inseguridades y temores lógicos que daban esos momentos tan importantes y únicos en la vida.

—No te fallaré, mi sensible criatura salvaje. Soy la chica Broadway.

Santana le gruñó algunas maldiciones, provocándole más risas. Ya estaba en la mitad del puente; se sentía satisfecha.

—Oye; de esto ni una palabra a nadie o te planto; te juro que te planto…

Y lo decía enserio; pensó en ello todo el camino. Tal vez esa era la excusa perfecta para explicar por qué tardó tanto en realizar un camino básicamente sencillo.

Midwood era un barrio tranquilo, lo supuso al recorrerlo en el último tramo de su peripecia hasta dar con la residencia del buscado hombre.

Cuando vio la casa de dos pisos y el coqueto porche desde el auto respiró con alivio. Tres horas en encontrarla, tres horas de caminos que se le hacían familiares todo el tiempo… porque los había recorrido una y otra vez…

Desde que salió del puente se encontró retomando calles, retrocediendo, frenando y preguntando varias veces. Toda esa aventura se debía a un solo motivo: se había perdido; y no solo una vez, ni dos… sino varias, aun teniendo la dirección claramente especificada. Sabía que sucedería eso en algún momento; no era una mujer que se guiara con facilidad. Literalmente su cabeza solía estar entre nubes musicales, y aquel día no era la excepción.

En el trayecto se dio el gusto de insultar a todos los que lo merecían, pero en especial al nombre que tenía escrito en su agenda, Vanko Isyn.

Jamás había escuchado ese nombre, ni su "afamada" trayectoria, pero según Moore era el mejor sastre de todo el país. Sí... también lo había insultado a él sin tapujos y casi con una actitud psicópata dentro del auto.

Estúpido caprichoso. ¿Por qué querer que el vestuario de los actores principales lo haga un modisto ucraniano? No podría saberlo, y a esas alturas ya no le importaba.

Lo único que le entraba en la cabeza embotada y exhausta era que allí tenían todo lo que se necesitaba y más. ¡Era Broadway, por todos los santos! La meca de los costureros y costureras, de los escenógrafos, de los músicos...

Por más que sea el mejor, Logan Moore era un maniático pervertido que se acostaba con hombres mucho más jóvenes que él, y estaba loco… y terminó enloqueciéndola a ella.

Sin perder más tiempo bajó del auto con las rosquillas de Lily y Fred. Servirían para una buena causa. Si ese hombre era tan importante e inaccesible, las buenas impresiones siempre abrían puertas impredecibles. Aunque se tratase de donas con glaseado común…

Se arregló el cabello y luego presionó el ornamentado llamador. A los pocos segundos una mujer mayor abrió la puerta.

—Buenas tardes— saludó una rígida ama de llaves con fuerte acento.

—Buenas tardes; estoy buscando al señor Isyn.

—¿De parte de quién?

—De Rachel Berry.

La mujer solo asintió, abriendo más la puerta para que se adentrara.

La recibió una lujosa entrada, vaticinando un interior con una decoración algo antigua y recargada, pero con estilo. Algo vacilante miró su humilde caja de rosquillas. Por un segundo dudó… pero ya tenía unos pasos resonantes a su espalda.

¡Miss Berry! No puedo creer que haya venido en persona a mi hogar.

La joven se volvió asustada, y pestañeó varias veces ante la mirada del hombre que tenía enfrente.

Era muy alto, de rasgos fuertes y prominentes. Especialmente su nariz; era enorme y tallada… y se llevaba todo el escrutinio casi alevoso. El cabello castaño estaba bien ajustado a su nuca en una coleta, y una barba y bigotes al estilo chin puff adornaban ese rostro particular.

No solamente la fama de este hombre lo predecía, sino todo su aspecto; desde el cabello, pasando por el llamativo pañuelo de seda que le rodeaba el cuello, hasta sus zapatos acharolados.

—Señor Isyn… Finalmente nos conocemos.

Rachel aceptó con una sonrisa el apretón afeminado que recibió de aquél.

—Yo ya te he visto, miss Berry. Cómo no ver tu fluida, perfecta y armoniosa figura. Cuando mis asistentes trajeron tus medidas quedé fascinado. Las considero exquisitas, y tuve que verlas en persona —hizo un gesto con la mano y sonrió—. Nunca lo hago si no vienen a mí, pero contigo hice una excepción…

El fuerte acento ucraniano junto con ese intenso escrutinio de su persona completa golpearon su rostro con un intenso sonrojo. ¿Cuándo la había visto?

—B-bueno, le agradezco… yo no lo…

—No me digas que te envió Logan —interrumpió su titubeo, haciendo otro ademán para que lo siguiera a la enorme sala.

Rachel se llevó una mano a la nuca, visiblemente nerviosa.

—En realidad no; hubo algunos problemas y tuve que venir hasta aquí. Es urgente que tengamos alguna respuesta sobre el vestuario, señor Isyn.

—Vanko, por favor —pidió el hombre.

—Vanko, sí… —aceptó ella con media sonrisa forzada.

El hombre atemporal rió gravemente, invitándola a que se acomodara frente a él en un sillón que tal vez tendría poco menos de un siglo, y un tapizado con complicados bordados que realmente no llamaba a ningún trasero a sentarse. Pero de todas formas Rachel lo hizo, y luego aquél excéntrico modisto, cruzando sus largas piernas.

—Ustedes los americanos son… tan impacientes. Al arte no puede apremiarlo el tiempo, miss Berry.

Rachel enarcó sus cejas; su mirada oscura pareció echar chispas.

—No estoy muy de acuerdo con ello, Vanko. Una obra es una consecución de pasos a seguir rigurosamente… —trató de explicarse sin que se le notara el enojo que la estaba invadiendo—. No sé lo que habló con Moore…

Aquél elevó una mano, como restando importancia.

Miss Berry no se preocupe por Logan; el vestuario que me pidió está completo; solo falta las pruebas correspondientes.

—Pero cuándo… —musitó ella, sintiendo que esa parsimonia se le estaba apretando fuertemente en el cuello.

—Siete días más —confirmó con una sonrisa ladina, logrando que su mostacho se moviera vivamente.

Siete días más... Ya tenía la bendita respuesta que fue a buscar.

Una pelea con el universo, planes destrozados, un viaje en auto de tres horas mientras se extraviaba por las calles de Brooklyn, la sensación de estar en una película de Hitchcock… para tan solo tres palabras y una muy mala atención del anfitrión.

Con un suspiro se recostó contra el respaldo, dejando la caja de rosquillas sobre la impoluta y ovalada mesa ratona de la época de Moisés.

Mr. Vanko, el viaje hasta aquí ha sido largo y agitado. Me vendría muy bien un té chai; traje donas… muy norteamericanas, por cierto.


Quería agradecer los rws anteriores, de Disfraz y del primer capítulo de FDP. Anímense a postear las silenciosas; es bueno saber que están por ahí, y me dan más ganas de continuar.