Deidara ideó un millar de planes para molestar a Itachi, de los cuales, por supuesto, ni uno sólo dio resultado. El Uchiha no se dejaba ver demasiado durante el día, por lo que era prácticamente imposible saber en qué momento comía. Así que colocarle un explosivo en el almuerzo quedaba descartado.

También intentó hacer una escultura de él, caricaturizándole, para ponerle en ridículo delante de sus compañeros, pero apenas hubo acabado sintió la necesidad de hacerla estallar, antes de que nadie pudiera verla.

Finalmente, Deidara decidió planear algo usando la los datos de Itachi sobre los que estaba completamente seguro, los cuales no eran muchos. Lo único que conocía de aquella persona era que venía de Konoha, donde había sido considerado un genio hasta que asesinó a su clan y huyó de allí para ingresar en Akatsuki. Y, además de eso, sólo sabía que ocupaba un dormitorio en uno de los extremos de la guarida, bastante alejado del resto. Un lugar al que todos preferían no acercarse. Era el lugar donde él dormía, indefenso, sin esperarse que uno de sus compañeros pudiera estar acechándole. Deidara dibujó una sonrisa perversa al pensarlo. Era el plan perfecto. Entraría allí de noche y buscaría algo comprometedor para ponerle en ridículo. Y si no encontraba nada, le pondría una bomba bajo la cama.

Deidara esperaba ansiosamente a que oscureciera. Estaba tan excitado que apenas era capaz de pensar en otra cosa que no fuera su venganza. Incluso sus compañeros, notaron que estaba algo ausente, acostumbrados como estaban a que él aprovechara cualquier ocasión para declarar que el arte es una explosión e hiciera una disertación al completo sobre ello. De cualquier modo, todos ellos estaban demasiado pendientes de sus propios asuntos personales como para darle importancia.

Y, finalmente, la noche llegó. Deidara aguardó un rato más, para asegurarse de que Itachi estuviera bien dormido y, después de asegurarse de que nadie le descubriría, comenzó su camino hacia el dormitorio del moreno.

Cuando hubo llegado ante su puerta, el rubio apoyó una oreja sobre la misma, comprobando que no hubiera ningún movimiento en el interior que indicara que su víctima no dormía, para posteriormente abrirla y penetrar en aquella estancia, totalmente desconocida para él.

Sus ojos tardaron unos momentos en acostumbrarse a la oscuridad –la única iluminación era la luz del pasillo que entraba a través de la puerta semiabierta- tras los cuales pudo ver que se encontraba en una habitación bastante sencilla. A un lado había un armario de madera, de un color oscuro. Frente al mismo, apoyada contra la pared había un escritorio. Justamente delante de ésta se adivinaba la forma de una silla. Por último, al otro lado estaba la cama donde Itachi reposaba.

Deidara sonrió. Estaba allí, en el dormitorio de Itachi Uchiha, a punto de culminar su venganza. Lo había hecho perfectamente. El moreno ni siquiera podía sospechar que él estaba allí. Su respiración profunda y regular le indicaba que seguía dormido. Había sido más inteligente que él, quien le había subestimado.

Pero lo que el rubio no sabía es que cuando decidió entrar allí no había tenido presente algo muy importante. De hecho, lo más importante. De la misma manera que cuando Itachi se burló de él, olvidó que había decidido que su intención ya no era hacerle enfadar; cuando Deidara planeó hacer todo aquello, olvidó lo que había desencadenado todo y, finalmente, le había llevado hasta allí: sus sentimientos por el moreno.

Pero todo aquello volvió a su mente en apenas un instante, cuando miró la cama y, más concretamente, a quien descansaba sobre ella. El pelo de Itachi no estaba recogido en su habitual coleta, sino que estaba suelto y se desparramaba por la almohada. La manta con la que se cubría tan sólo llegaba hasta su cintura y Deidara pudo comprobar que el moreno tenía por costumbre dormir sin camiseta. El rubio no pudo evitar plantearse si no estaría completamente desnudo y notó cómo se ruborizaba ligeramente ante la imagen que cruzó su cabeza en ese momento. Clavó sus ojos en su pecho desnudo, que se movía al ritmo de su respiración, intentando despejar su mente sin éxito. Lentamente, Deidara deslizó su mirada por el cuello de Itachi, su mentón hasta llegar a sus labios semiabiertos. Nunca se había planteado que pudiera haber algo tan sensual como lo que estaba viendo en aquel momento. El rostro del Uchiha estaba relajado, nadie habría podido decir que tras ese él se ocultaba un peligroso criminal.

Deidara sentía que ardía. La sangre que se había acumulado en su cara cuando se había ruborizado viajaba ahora hacia otro lugar de su cuerpo. No podía seguir allí. La temperatura dentro del dormitorio parecía haber subido varios grados.

El joven artista retrocedió. Tanta belleza le intimidaba. Si le hubieran preguntado en ese momento, habría afirmado que el arte verdadero era lo que tenía delante y, al contrario de lo que hacía habitualmente, habría rechazado cualquier otra opinión. Debía irse o se volvería loco. Y, sin embargo, su cuerpo no respondía como él quería. Sólo podía retroceder torpemente.

Finalmente, tropezó con la silla y se tuvo que agarrar a la misma para no caer. No estaba seguro de que sus piernas pudieran aguantar más tiempo sin ceder.

El ruido que todo esto provocó hizo que Itachi se despertara. Abrió sus ojos lentamente, volviendo a la realidad desde el mundo de los sueños. Luego, giró su cabeza a la misma velocidad, con la intención de descubrir cuál era la causa de que su descanso fuera interrumpido.

-¿Quién…?-preguntó cuando vio la figura al lado del escritorio, entornando los ojos para poder distinguirla mejor-¿Deidara?-preguntó, olvidándose de cualquier fórmula de cortesía que acostumbrara a usar.

Deidara sólo podía mantener la vista clavada en la persona tumbada sobre la cama, la cual, poco a poco comenzó a incorporarse. Su expresión no era la misma de siempre. Aunque calmada, no denotaba la misma indiferencia. Deidara supuso que estaba sorprendido. No podía culparle. Tenía que decir algo pronto.

-Sí, soy yo.-logró articular tras unos instantes, procurando que su voz sonara tranquila.

-¿Y qué es lo que quieres? Debe de ser muy tarde.

Itachi se había puesto en pie. Deidara descubrió con alivio que, al menos, sí llevaba unos pantalones puestos. Aunque lo cierto es que eso no cambiaba mucho las cosas. Sentía que podía explotar en cualquier momento. Sabía que su erección era más evidente cada segundo y el hecho de que Itachi se estuviera acercando a él no mejoraba su situación. Debía actuar rápido, y lo que más creíble iba a sonar era, precisamente, la verdad.

-Quería molestarte. Como no te soporto, pensé que sería buena idea colarme aquí de noche preparar alguna pequeña broma, hmm. Pero parece que tan sólo logré despertarte. Al menos eso te habrá molestado, hmm.

A Deidara le daba igual que Itachi le sacara de una patada si eso significaba salir de allí. Cuando había decidido enfadar al Uchiha, era con la intención de que éste no se enterara de lo que había hecho hasta el día siguiente, de manera que él pudiera tener bien cubiertas las espaldas. Pero, en ese momento y situación y, sobretodo, en su estado de excitación, no podía esperar enfrentarse al moreno y salir bien parado. Podría usar una de sus figuras de arcilla, claro, pero para que eso pudiera funcionar contra un Itachi despierto y alerta tendría que ser de una magnitud suficiente como para tirar el refugio entero, lo cual no acabaría de ser del gusto de los demás.

Así que lo único que podía hacer era rezar por que el moreno no se ensañara demasiado con él. Al menos, habría logrado su objetivo inicial: molestarle lo suficiente como para provocar una reacción en él.

Esperó a que Itachi se acercara sin moverse de su posición junto a la silla. Era mejor actuar de una forma medianamente natural y no parecer demasiado nervioso. Miró al Uchiha a los ojos, intentando aparentar lo más retador posible. Éste le devolvió la mirada en silencio durante unos instantes que parecieron eternos.

-Siento decepcionarte, pero tus juegos infantiles no me molestan.-dijo sin apartar la vista, avanzando un poco más hacia el otro.

"Demasiado cerca" pensó Deidara. No se sentía capaz de responder a sus provocaciones. Sólo podía mirar el rostro de Itachi, el cabello que lo enmarcaba y caía sobre sus hombros, sus ojos oscuros. Sus ojos… hacía tiempo que no los veía sin el Sharingan activado y no pudo evitar sumergirse en ellos. Se sentía furioso consigo mismo, con su falta de control. Si seguía así durante mucho tiempo, se abalanzaría sobre él.

"Quizá eso, al menos, sí que le moleste" se dijo el rubio, pudiendo tan sólo disfrutar de la ironía de aquel momento.

-¿Estás tan furioso conmigo que no puedes hablar?-quiso saber Itachi, sin perder su tono frío-¿No me vas a decir que no eres infantil, que lo que te ha traído aquí no es un juego de niños?

Y antes de que Deidara pudiera reaccionar, era él quien tenía al moreno encima. Y tampoco pudo hacerlo cuando sintió sus labios posándose sobre los suyos y su mano posándose exactamente sobre su erección.

Deidara simplemente quedó ahí parado durante unos segundos, dejando que Itachi le besara. Mientras que una parte sólo deseaba sucumbir y dejarse llevar, otra le decía que era mejor parar en ese momento. Aquello era demasiado bueno para poder terminar bien.

-¿Qué estás haciendo?-preguntó, separándose unos centímetros, para lo que necesitó hacer acopio de toda su fuerza de voluntad. Su voz sonó algo temblorosa, ya que le costaba controlarse, teniendo en cuenta las caricias de Itachi en su entrepierna.

-Ni siquiera ahora eres capaz de relajarte.-respondió el otro con inalterable tranquilidad, usando su mano libre para empezar a bajar los pantalones del rubio.

Deidara iba a volver a decir algo, pero lo único que salió de su boca fue un gemido contenido cuando el moreno comenzó a masturbarle. Además, no podía engañarse. La razón principal de no resistirse era que, realmente, no quería. Itachi estaba allí, provocándole un inmenso placer, al que no tardó en rendirse. Ya no se preguntaba nada, no se planteaba por qué el Uchiha estaba haciendo aquello, ni si no se arrepentiría luego. Nada importaba excepto ese momento.

Itachi le empujó hasta que cayó en la cama, sentado. Después se arrodilló entre sus piernas. El contacto de la lengua húmeda del moreno sobre su miembro casi hizo que Deidara se derritiera.

Itachi comenzó por lamer su glande, despacio primero, tomándose su tiempo, sin olvidarse de un solo punto. Lo recorrió con su lengua, jugueteando con la punta de la misma en los lugares más placenteros. La respiración agitada de Deidara fue acelerando a medida que lo hacían los movimientos de Itachi. Los esfuerzos que estaba haciendo por no gemir fueron vanos cuando el moreno se introdujo el pene en su boca, usando sus labios para ejercer una mayor presión en el extremo, aún lamiéndolo con dedicación. Alzó sus manos para ayudarse, acariciando las zonas más sensibles con ellas. Nada se le escapaba. Cuando las suaves caricias llegaron a sus testículos, Deidara pensó seriamente que le iba a ser imposible aguantar tanto placer. Su cara ardía del mismo modo que lo hacía su entrepierna, estimulada de la forma más eficaz por el Uchiha, quien aumentaba la velocidad de sus acciones excitado por los gemidos del rubio.

Llegó un momento en el que Itachi ya no podía ir más rápido. Los movimientos de su lengua acompañaban a los de sus labios, que al mismo tiempo se acompasaban a los de las yemas de sus dedos, consciente de que Deidara no iba a poder contenerse durante mucho tiempo más.

Y el orgasmo llegó, como una potente explosión de gozo que viajó desde la pelvis de Deidara hasta su cerebro, haciendo que casi gritara. Nunca había sentido algo así. Ese estallido era tan diferente de su arte, pero infinitamente más satisfactorio.

De hecho, el orgasmo que acababa de experimentar también estaba muy por encima de cualquier anterior. Ya había tenido algunas relaciones previas a entrar en Akatsuki, con hermosas damas a las que conocía durante sus misiones terroristas. Pero jamás había llegado a sentir algo como aquello. Jamás había conocido a alguien como la persona que ahora estaba arrodillada entre sus piernas.

Deidara bajó la vista, aún agitado. La sustancia blanca y pegajosa liberada en la eyaculación se había derramado sobre el pecho de Itachi, a quien no parecía importarle lo más mínimo. Simplemente, miró a Deidara a los ojos.

Y entonces el rubio vio que el Uchiha, pese a respirar agitadamente y tener la piel de un tono algo rosado, consecuencias obvias del esfuerzo realizado, seguía aparentando la misma indiferencia de siempre. Lo que acababa de ocurrir no parecía haberle afectado lo más mínimo.

Entonces, ¿por qué lo había hecho? ¿Qué era lo que le había llevado a hacerle sentir a Deidara el mayor placer posible, si para él seguía sin significar nada?

El rubio apretó los dientes y miró a Itachi con ira. Había llegado el momento del arrepentimiento que ya había predicho cuando todo había comenzado, pero había sido apartado de su mente por las caricias del moreno.

No obstante, ahora ya no había nada que le pudiera hacer olvidar. Volvió a encontrarse con aquellos pozos vacíos que eran los ojos negros del Uchiha.

-Quítate de ahí, hmm.-le ordenó Deidara, furioso.

Itachi obedeció en silencio, dejando al otro ponerse en pie, volver a colocar su ropa en el lugar correspondiente y salir de allí rápidamente, sin dirigir una mirada atrás.