¡Hola a todos! Sé que he tardado más de la cuenta pero como os dije he empezado la universidad y a partir de ahora las actualizaciones no podrán ser tan periódicas. Os prometo que cada semana y media o como mucho dos semanas actualizaré. Sobre el capítulo simplemente decir que me ha sido tremendamente difícil de escribir debido a los continuos saltos en los protagonistas. Ir pasando de Altaïr a María con coherencia es bastante complicado aunque no lo parezca. Bueno, no me enrollo más y espero que os guste este capítulo.

Pesadillas

Octubre de 1191 d.C.

La media luna iluminaba levemente las calmadas aguas del puerto, dejando su reflejo plasmado en su superficie que se mecía lentamente debido al movimiento de las pequeñas olas provocadas por el cambio de marea. En el cielo podía observarse una gran acumulación de estrellas que lo atravesaban de lado a lado, siendo algunas de estas notorias y brillantes, mientras que otras más lejanas apenas se dejaban ver. Era un hermoso espectáculo, una noche completamente normal en aquel lugar, pero esta vez tenía una índole especial.

Los Templarios habían abandonado la ciudad aquella misma tarde. La gran revuelta provocada por los chipriotas había sido suficiente para que el Temple abandonase Limassol alejándose de la costa en dirección desconocida. Por fin se respiraba la tan ansiada paz que les habían robado. Las celebraciones en las casas se habían dado hasta bien entrada la noche, aún ahora se podían oír carcajadas y voces inconexas dentro de ellas. Sin embargo aunque en los hogares se respirase un aire de alegría apenas se podía observar a gente en las calles.

Caminando a paso lento y calmado se podían ver dos figuras atravesando el barrio pobre de la ciudad. Ahí la fiesta no parecía ser tan escandalosa como en el resto de Limassol, pero aún así se podían escuchar las voces de sus habitantes muy débilmente si se prestaba atención. María permanecía a la derecha de Altaïr, siguiéndole un par de pasos por detrás ya que era él quien sabía dónde se encontraba el lugar al que se dirigían.

Después de hablar larga y tendidamente sobre en qué lugar iban a guarecerse esa noche habían decidido que al menos se resguardarían en el refugio de la Resistencia. La primera opción del Asesino había sido acampar al raso, a las afueras de Limassol, lejos de cualquier posible peligro que pudiera permanecer en aquel lugar. No era una mala idea, pero pudiendo escoger un lugar bajo techo María se había negado en rotundo a dormir a la intemperie. Aquello había acabado en una pequeña discusión sobre los pros y los contras de ir a un lugar u otro, acabando al final Altaïr sin ninguna razón aparente para evitar que fueran allí.

«Todos los barcos Templarios se han marchado hace horas», pensó María manteniendo el ritmo mientras caminaba. «Ningún soldado sería tan imbécil para quedarse en esta zona después de la revuelta, ¿por qué se niega a ir entonces al refugio?»

Soltó un débil bufido mientras se tapaba la boca con la mano derecha, evitando que saliera un sonoro bostezo. Estaba realmente cansada, aquel día había sido verdaderamente agotador, había llegado a creer que jamás acabaría, por eso se sintió tan calmada cuando vio el atardecer; era la prueba que necesitaba para saber que el mañana llegaría, que las cosas mejorarían. Nada podía ser peor que aquel viaje que había tenido que vivir, eso estaba segura. Miró de reojo a Altaïr que disimulaba de maravilla su cansancio, sabía que él debía de estar igual que ella, pero sin embargo ni en sus gestos ni en su rostro se notaba algún rastro de agotamiento. No sabía cómo se debían de entrenar los Asesinos para mantenerse tan frescos después de eso, pero debía de ser algo bastante duro.

Estaba tan sumergida en sus cavilaciones que no se dio cuenta que él se había detenido en seco y había adelantado su mano derecha para impedir que ella continuase andado. Extrañada por la repentina parada miró hacia delante, vislumbrando una silueta oscura aproximándose hasta su posición. Aunque la tenue luz de luna estuviera iluminando el lugar apenas podía ver nada a su alrededor. Ni siquiera distinguía bien la cara de Altaïr teniéndolo justamente al lado. Escuchó el metálico sonido de la hoja oculta del Asesino salir de su escondite mientras ella se llevaba la mano a la espalda, tocando con suavidad el mango de su daga.

Altaïr miraba fijamente a la silueta sin quitarle el ojo de encima. Por la corpulencia era un joven sin armadura, no mucho más alto que él. Tal vez únicamente fuera un ciudadano que volvía a su casa de una de las muchas fiestas que había por Limassol, aunque a esas horas de la noche era demasiado sospechoso como para no estar alerta en cualquier momento. El desconocido se detuvo a escasos dos metros de ambos. Ellos permanecieron quietos, esperando la reacción del sujeto que dio un par de pasos hacia delante dubitativamente.

—¿Altaïr? —se oyó preguntar al muchacho—. ¿Eres tú?

María se giró para contemplar al Asesino; si la persona le había reconocido tenía que ser un aliado, alguien de la Resistencia. Vio como el sarraceno movía su mano izquierda escondiendo nuevamente su hoja oculta. Él ladeó la cabeza hacia ella y asintió, confirmándole de esta forma que no se trataba de ningún peligro.

—Sí, Cyrus —respondió acercándose al joven.

Al aproximarse pudieron verlo mejor. Era el muchacho que los había estado buscando después de que Altaïr la salvase de los guardias que planeaban encerrarla. Apenas debía de tener la misma edad que Felix, quizás algo menor. Estaba completamente absorto en la presencia del Asesino ya que no pareció caer en la cuenta de que María lo acompañaba, que había permanecido un par de pasos detrás de él fijándose en el joven por encima del hombro del sarraceno.

—No esperaba que siguieras en Limassol —dijo en un tono que denotaba admiración y respeto por el Asesino—. Después de todo lo ocurrido pensé que te habrías ido tras los Templarios —sonrió ligeramente—. Sé que no es mucho, pero te agradezco profundamente lo que has hecho por mi pueblo. —Inclinó ligeramente la cabeza haciendo que Altaïr asintiera.

—Sólo cumplí con mi palabra —aseguró—. ¿Y los demás?

—Están velando el cuerpo de Alexander —respondió cambiando su voz a una triste y pesarosa—. Nada más empezar la revuelta fuimos al castillo, pero las catapultas empezaron a destruirlo todo y no pudimos entrar. —Lanzó un leve suspiro—. Encontramos su cadáver en el patio exterior. Casi se nos cae un muro encima mientras lo movíamos, pero conseguimos ponerlo en un lugar seguro —terminó diciendo mostrando una mueca que intentaba disimular la ira que desprendían sus ojos—. Aún no sabemos quién nos traicionó, pero cuando demos con él le daremos su merecido.

—No será necesario —contestó María llamando por primera vez la atención del muchacho. Dio un par de pasos hasta quedar a la misma altura que Altaïr y se cruzó de brazos—. Fue uno de los vuestros, quería que los Templarios le pagasen por la información —dijo soltando una risa carente de humor—, que poco sabía él que el Temple paga la traición con la muerte.

—Tú… —La mirada de Cyrus que había permanecido amistosa mientras hablaba con el Asesino ahora se había tornado oscura y furiosa—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabes eso? —preguntó en un tono bastante peligroso.

María frunció el ceño comprendiendo que aquello era una acusación en su contra. Seguramente el joven creía que ella había tenido algo que ver por su afiliación con los templarios, pero únicamente había sido una oyente de los planes de otro. Si hubiera podido habría salvado a Alexander, sin embargo las circunstancias no se dieron y únicamente había podido honrarle matando a su verdugo. Observó que Altaïr también la miraba extrañado, como si fuera la primera vez que oía algo como eso.

—No me mires así, no tuve nada que ver con eso —se defendió—. Escuché como dos caballeros Templarios lo decían en el puerto. Que llevarían al líder de la Resistencia al castillo, que alguien cercano a él lo había traicionado. Por eso llegué allí antes que tú —respondió con tranquilidad para luego girarse hacia Cyrus con el ceño ligeramente fruncido—. Y lo que yo haga aquí no te importa, niño.

—¿Niño? —repitió, atónito por el uso de esa palabra para referirse a él— ¿Qué diablos dices, mujer? ¡Sólo eres una maldi…! —Se había adelantado hacia ella pero Altaïr se colocó en medio de ambos impidiéndole el paso.

—María está de nuestro lado ahora, Cyrus. Es nuestra aliada —contestó con seriedad.

Ignorando por completo los comentarios del muchacho se giró para mirar directamente al Asesino parpadeando varias veces, como si no llegara a comprender bien las palabras de él. ¿Aliada? ¿Acababa de decir que la consideraba una aliada? Eso sí que no se lo había esperado bajo ningún concepto. Sin poder evitarlo un divertido pensamiento pasó por su mente.

«Primero esclava, segundo consorte y ahora aliada», se dijo intentando reprimir una sonrisa.

—¿Aliada? —preguntó Cyrus con desconfianza—. Yo no me fiaría de ella. —Aquello hizo que María se olvidase de su inocente diversión y le dirigiese una mirada bastante airada.

—¡Pero tú quién te has creído para opinar sobre mí, niño! —bramó intentando acercarse al muchacho siendo interceptada por el largo brazo de Altaïr que la frenó.

—María —pronunció él con seriedad ganándose que ella empezase a murmurar cosas sin sentido en voz baja—. ¿Cuándo es el entierro?

—Mañana al amanecer, a las afueras de la ciudad —respondió rápidamente Cyrus.

—Allí estaré.

El joven asintió y continuó andando por la calle, no sin antes lanzarle una mirada cargada de rencor a María antes de perderse en la oscuridad. Ella se cruzó de brazos nuevamente bastante molesta su actitud. ¿Qué edad tenía que tener? ¿Quince? ¿Dieciséis? ¡Un niño nada más! Al igual que Felix. Niños que se creían lo suficiente hombres para manejar una espada pero no tenían ni idea de lo que era la guerra.

Altaïr se quedó mirándola. Entendía que se hubiera puesto a la defensiva cuando Cyrus decía que no se fiaba de ella, pero tenía que comprender que la reacción del chico había sido normal. Limassol había sido invadida por los Templarios, haciendo que el temor y la muerte recorriera esas calles durante demasiado tiempo como para olvidarlo todo de la noche a la mañana. Ella había llegado a Chipre como Templaria, puede que con el viaje hubiera cambiado de parecer, que hubiese abierto los ojos, pero aquello no cambiaba el hecho de que aquel rencor latente estuviera mínimamente justificado.

—Yo intenté salvarlo… ¿Quién se cree ese niño para reprocharme algo? —musitó más para sí misma que para su acompañante.

—¿Qué? —preguntó no sabiendo a qué se referían sus palabras.

—A Alexander, intenté salvarlo. Quería hacerlo —reiteró—, pero eran tres y yo no tenía mi espada. Podía haberlos neutralizado si fueran dos, sin embargo tres… —negó lentamente con la cabeza—. No puede hacerlo, pero al menos vengué su muerte. Hice justicia.

María tenía la vista dirigida al suelo, como si sus pues fueran la cosa más interesante del mundo. En aquel momento jamás se habría esperado que ella apareciera detrás de aquel templario diciéndole donde se encontraba el archivo, traicionando a los suyos para ayudarle en su búsqueda. Verla cambiar de opinión hizo que se sintiera ridículamente feliz durante unos instantes.

—Sí, lo hiciste. Hay hombres que merecen morir —respondió calmado—. Pero no todas las muertes tienen justificación.

—Que tú me digas algo así creo que me lo puedo tomar como un chiste, ¿verdad? —se movió ligeramente dejando ver una pequeña sonrisa ante su comentario—. No eres de los que predigan con el ejemplo.

—¿Por qué dices eso? —comentó extrañado.

—Has acabado con muchos templarios, además de tus objetivos —gesticuló—. No creo que ellos supieran a que fin servían verdaderamente. Creían hacer lo correcto, pero aún así los mataste —explicó—. Sus muertes no están justificadas, pero eran necesarias para tus planes —puntuó—. Por eso que tú digas eso suena casi como un chiste.

Altaïr se fijó en ella. Esta vez tenía la cabeza erguida, mirándole directamente aunque la luna apenas podía permitir que se distinguieran bien sus azulados ojos. Sus palabras eran ciertas. Había pensado lo mismo cuando se enfrentó a Bouchart. ¿Cuántos jóvenes habían muerto innecesariamente creyendo ciegamente en algo que era un error? ¿A cuántas personas habían engañado al igual que María? Él jamás había perdonado la vida a ninguno de sus objetivos, ni tampoco a los que no lo eran. Siempre había cumplido con su trabajo eficientemente, hasta que la conoció a ella. La única vez que se negó a matar a un Templario.

—Comprendo —dijo mientras asentía lentamente—. Estamos cerca, vamos.

Aunque el tono utilizado por el Asesino había sido el de siempre María sintió como si se hubiera equivocado. No había planeado que sonase como una queja o una tonta regañina, simplemente que él le dijera que no todas las muertes tienen justificación le parecía algo muy burdo de su parte. Ella sabía perfectamente qué muertes estaban bien y cuáles no, lo había visto con sus propios ojos, durante todo el transcurso de la guerra había llegado a ver cosas verdaderamente horribles. Imágenes que por mucho tiempo que pasase jamás se olvidarían, recuerdos que la atormentarían durante el resto de su vida.

Ambos caminaron en silencio hasta llegar al pequeño almacén en el que se había instaurado la Resistencia después de que quemasen su anterior refugio. Apenas se podía ver nada en su interior al no haber ninguna vela encendida. María entrecerró los ojos pudiendo distinguir gracias a la tenue luz que entraba por las rendijas de las ventanas algunas figuras inexactas que debían pertenecer a mesas o sillas desperdigadas por el lugar. Pero lo que más le llamó la atención fue un fuerte aroma a podrido que hizo que se tapara la nariz rápidamente antes de seguir respirando ese emponzoñado aire un minuto más.

—¿Qué es ese olor? —inquirió mientras se giraba hacia el Asesino que no parecía sorprendido por esa peste.

¿Habría comida podrida en aquel lugar? ¿Algún animal muerto en alguna esquina? Fuera lo que fuese apestaba bastante. Escuchó como Altaïr lanzaba un pequeño suspiro como si se previese esa reacción por su parte.

—La cabeza de Barnabas —contestó ladeando la cabeza—. Por eso no quería dormir aquí.

—¿La cabeza de…? —Antes de poder terminar lanzó un fuerte bufido—. Típico de Bouchart —comentó a regañadientes—. ¿No podías haberme dicho eso cuando te pregunté por qué no querías que nos quedásemos aquí? Hubiera sido una muy buena razón no querer dormir en un lugar que apesta a muerto.

—El almacén tiene dos plantas. Dormiremos arriba —indicó mientras se acercaba hacia una alejada zona de la sala abriendo una pequeña puerta—. Mañana nos encargaremos de la cabeza.

—No, te encargarás tú —señaló—. Yo no pienso cargar con la cabeza de un muerto.

Aún asfixiada por aquel fétido olor siguió al Asesino hasta el final de unas estrechas escaleras que daban a una pequeña habitación en el piso superior. La ventana estaba abierta de par en par haciendo que la luna iluminase cara rincón de aquel sitio. Contaba con una especie de cama encima del suelo, una mesa y un par de sillas pegadas a una esquina. Una parca decoración que era de esperar de la zona pobre de la ciudad. Sin embargo María se acercó hasta el camastro tumbándose en toda su extensión respirando nuevamente el aire limpio que se le había privado en la planta inferior.

—¡Una cama! —exclamó con alegría—. Hace semanas que no duermo en una cama.

Era blandita, con un forro de paja, cubierto con una roída y vieja manta llena de parches de diferentes telas, pero le daba igual. Comparado cualquier sitio en el que había dormido las dos últimas semanas aquello lo consideraba un lujo. Se incorporó viendo como Altaïr se había colocado justamente al lado de la cama, sentándose pegado a la pared mientras mantenía la cabeza alta.

—¿Vas a dormir sentado? —preguntó María mientras alzaba una ceja—. ¿Acaso no sabes que las personas normales dormimos en camas?

—Sólo hay una —respondió como si esa fuera respuesta suficiente.

—¿Y? —inquirió—. Podemos dormir de lado, es larga. —Entrecerró los ojos mirándole directamente—. Si crees que con esto estás demostrando ser un caballero por dejarme la cama para mí créeme que te equivocas.

—Ayer viajaste en un barco, seguro que apenas descansaste —repuso en su defensa.

—¿Y qué? Tú también ibas en un barco en las mismas circunstancias, así que no me jodas Altaïr —chasqueó la lengua—. Si lo que te da es vergüenza dormir a mi lado o algo, pues bien, eres raro. A mí no me importa. —Se tumbó de lado en la cama—. Como si no hubiera tenido que dormir rodeada de hombres antes. —Bufó sonoramente mientras cerraba los ojos.

Aquella extraña reacción por parte de la inglesa hizo que el Asesino frunciera ligeramente el ceño. ¿Qué él era raro? ¿Sólo por no querer dormir en la misma cama que ella? Había pensado que le molestaría, incluso le ofendería que le dijera que dormirían juntos. Una cosa era hacerlo uno al lado del otro mientras estaban sentados a una distancia prudencial y otra muy diferente compartir la cama. Pero aquella mujer no hacía más que sorprenderle cada vez más. No sólo había sido ella quién le había invitado a que durmieran juntos, sino que se jactaba de no ser la primera vez que dormía rodeaba de hombres. Estaba seguro que en el Temple ocultar su verdadero sexo la había vuelto así de descarada con el tema de compartir cosas con otros varones.

«Qué extraña eres, María», pensó soltando un pequeño suspiro mientras cerraba los ojos apoyando la cabeza en la pared. «Demasiado extraña.»

Las horas fueron pasando, haciendo que poco a poco las risas y conversaciones se fueran acabando. Sumiendo a la ciudad de Limassol en un extraño silencio, envolviéndolo con un aura de tranquilidad. Sin embargo no todos los habitantes disfrutaban de un pacífico sueño. María se movía intranquila de la cama mientras gruesos goterones de sudor corrían por su frente, sumergida en uno de sus macabros recuerdos.

Por mucho que intentase evitarlo las pesadillas de aquel fatídico día en Acre siempre se repetían. Delante suya aparecían decenas de personas apiñadas en una esquina pegados a las murallas de la ciudad, mirando con terror a los soldados que les impedían salir de aquel cerco. María se encontraba junto con los guardias, paralizada totalmente. Sabía que era lo que iba a ocurrir, lo había vivido decenas de veces, jamás variaba y aquellos oscuros ojos siempre clavaban su mirada en sus claras orbes.

Esa mujer musulmana que estrujaba fuertemente contra su cuerpo a sus dos hijos pequeños, uno que apenas debería tener cuatro años lloraba escandalosamente mientras que el mayor de unos ocho se afianzaba a las piernas de su madre mirando al cielo con pavor. En su vida podría olvidar esa escena. En pocos minutos los ruegos se convirtieron en alaridos de dolor y el olor a piel quemada llenó la atmósfera. El aceite hirviendo hizo que la piel de los infieles se inflamara poniéndose de un horrible color rojo, el calor era tanto que pudo ver como rostro de piel se desprendían dejando a la vista el blanco color del hueso. Los que intentaron escapar fueron empujados hacia los demás, dejándolos morir como animales.

Pero ella apenas se fijó en los demás, sus ojos permanecían siempre clavados en aquella mujer y sus hijos. La infiel intentó parar el aceite con su propio cuerpo para proteger a sus niños, pero fue inútil. Los llantos unidos a los alaridos de la gente eran una tortuosa sinfonía que después dejaba paso al más mortal de los silencios. Lo peor no fue aquello, sino aquel pequeño que aún vivía entre los brazos de su madre muerta. Tenía el rostro quemado, se le veían los músculos de los brazos con su piel totalmente ensangrentada, pero aquellos titilantes ojos cargados de miedo, mirándola directamente hasta que su diminuto cuerpo no pudo aguantar el dolor que estaba sufriendo. Esa mirada de agonía era lo que no la dejaba dormir por las noches.

—Lo siento… —musitaba después de ver ese macabro espectáculo—. Lo siento yo no…

«Fuiste la culpable», escuchó decir a la petulante voz que parecía haberse instalado en su cabeza.

—Cumplía órdenes… —susurró acongojada—. Si pudiera volver atrás… si pudiera evitar aquello lo haría.

«Únicamente son palabras vacías», le recriminó. «Sabías que estaba mal, sabías que no era lo correcto y lo permitiste. »

—Jamás quise que algo así ocurriera. Fueron órdenes de Robert, yo tenía que obedecer —se lamentó.

—Para después traicionarme, María.

Al oír aquella potente voz tuvo que girarse para enfrentar cara a cara a la persona que jamás había aparecido en sus pesadillas. Robert de Sablé se encontraba delante suya de la misma forma que lo recordaba, con la armadura reluciente mientras sostenía su casco clavando sus castaños ojos en los de ella. La respiración de María aumentó, nunca había aparecido él en sus sueños, ¿por qué lo hacía ahora?

—Nos traicionaste, María —repitió con tono severo.

—¡No! —exclamó aturdida—. Yo jamás os traicioné. Fuisteis vosotros, me mentisteis, nos mentisteis.

—Le dijiste al Asesino donde estaba, me traicionaste… —su voz era profunda y hueca—. Jamás te mentimos, te dijimos que traeríamos la paz y por eso luchábamos.

—¡Convertiríais al mundo en esclavos!

—Era necesario —fue lo único que le respondió.

—¿Al igual que sus muertes? —preguntó señalando a la montaña de su espada—. Siempre lo decías, algunas muertes son necesarias, ¡pero te equivocabas! ¡Ellos no debieron morir!

—Tú les dejaste morir, María. Sabes que fue así.

—¡Tú lo ordenaste! —bramó furiosa—. ¡Lo dijiste! ¡Que sufran el infierno en vida que es lo que tendrán tras su muerte! ¡Tú me lo ordenaste!

—Pero no te negaste, María. Eres tan culpable como yo —dijo en un tono bastante cínico antes de evaporarse.

La respiración de la inglesa era agitada y acelerada. No se había esperado que el fantasma de Robert estuviera en sus sueños, aquello no tenía nada de normal. Intentó tranquilizarse pero nuevamente dos lejanas figuras llamaron su atención haciendo que abriera los ojos sorprendida, ¿qué hacían ellos allí? ¿Cuánto tiempo hacía que no soñaba con ellos? ¿Meses? ¿Quizás años? La figura de una mujer alta y recatada junto a un hombre fornido con una frondosa barba se aparecieron frente a ella.

—Ibas a ser nuestro orgullo —habló su madre con voz rota—. La señora de un gran castillo, dueña de grandes terrenos. Una dama.

—Yo jamás quise eso —respondió rápidamente—. Nunca quise ser una dama, eso era lo que vosotros queríais, no yo. Yo jamás lo quise así —negó ante sus palabras retrocediendo lentamente.

—Nosotros queríamos nietos, María —la potente voz de su padre hizo que se girase a verle—. Pero tú nos ofreciste cadáveres. Nos deshonraste —esta vez su tono era duro e inflexible—, eres una vergüenza para nosotros.

Dio un par de pasos hacia atrás, demasiado confusa como para responder a sus palabras. ¿Qué clase de pesadilla era esa? ¿Por qué aquellos fantasma que había enterrado hacía tantísimo tiempo volvían para atormentarla? Entendía perfectamente el recuerdo de la masacre de Acre, lo comprendía e incluso se había acostumbrado a que esa pesadilla se repitiera una y otra vez.

«Tú eres la culpable», resonó en su cabeza produciendo un eco bastante duradero.

—¡No! ¡Yo no quise, yo jamás quise! —Notó como le temblaban las manos mientras se las llevaba a la cabeza agarrando fuertemente sus cabellos—. ¡No soy una traidora! ¡No soy una dama! ¡Jamás quise esas muertes!

Sentía todo su cuerpo convulsionar al mismo tiempo, aunque sabía que inequívocamente aquello era una pesadilla no sabía cómo huir de ella, cómo despertar. Cerró fuertemente los ojos mientas se ponía de rodillas en el suelo, rogando a cualquier deidad que hubiera que se apiadara de ella en esos momentos y le permitiera volver a la realidad.

—Tranquila… —escuchó en la lejanía, como un tímido susurro—. Tranquila.

Notó como si una mano le los cabellos con suavidad, consiguiendo que sus temblores se acabasen casi en el mismo inicio del roce. Alzó la cabeza sorprendiéndose al encontrar delante suya a Altaïr, su mano estaba suspendida en el aire ya que su cabeza se había alejado al alzarla. ¿Qué hacía él en su sueño? ¿Por qué aparecía sorpresivamente? Se encontraba completamente erguido delante suya, delante de una luz tan potente que apenas le permitía enfocarle bien. Sin embargo si llegaba a ver sus ojos, cargados con la misma intensidad y sentimientos que vio cuando la ayudó a levantarse después de haber acabado con Bouchart.

Iba a responder, planeaba hacerlo, pero algo se lo impidió. Una repentina molestia en el pecho hizo que bajase la mirada observando como un puñal sobresalía de él. Se llevó la mano hasta ahí, viendo que esta se manchaba de sangre. Parpadeó sintiéndose todavía más confusa, girándose para ver cómo había llegado hasta ahí aquel arma para encontrarse de frente con el rostro quemado de aquella mujer musulmana de Acre.

—¡No habrá misericordia para los pecadores! —gritó provocando que al contraer el rostro parte de este se resquebrajara dejando a la vista el hueso.

Dio un repentino salto de la cama respirando de forma acelerada mirando a su alrededor, comprobando que ninguno de sus fantasmas la habían seguido. No había nadie a su lado a excepción de Altaïr que parecía dormitar sin percatarse de la pesadilla que María acababa de tener. Sintió el sudor caer por su frente mientras su pecho subía y bajaba demasiado rápido. Inspiró hondamente llevándose una mano al corazón notando el frenético ritmo que llevaba. Había sido una pesadilla, únicamente eso, una horrible pesadilla. Se volvió a tumbar en la cama mirando fijamente el techo, la luna ahora se encontraba más alta que antes lo que permitía una mejor iluminación de la habitación.

—No hay misericordia para los pecadores… —repitió en un susurro llevándose las manos al rostro.

¿Por qué había soñado con todo aquello? Normalmente lo único que veía era la masacre de Acre mientras se culpaba que hubiera sucedido. Pero esta vez había aparecido Robert y sus padres. ¿Por qué ahora? Además de la divina aparición de Altaïr casi proyectado como un ser superior enfrente de ella. Todo aquello tenía que deberse a la discusión de esa tarde, sí tenía que deberse a ello. Demasiados sentimientos encontrados como para no estallar en algún momento.

«Tal vez por eso me dijo lo mismo…», pensó mirando de reojo al Asesino que permanecía con la cabeza agachada, al parecer dormido profundamente. «Intentaba que me calmase, quizás por ello apareció en mi sueño.»

Sí, eso era perfectamente razonable. Inconscientemente en su pesadilla había querido consuelo, alguien que la rescatara o despertase de alguna manera y la última persona que le había proporcionado algo parecido a aquello había sido él. Por eso se había colado en su sueño. Lanzó un suspiro dándose la vuelta sobre sí misma mirando directamente por la ventana. Prefería no soñar, simplemente cerrar los ojos esperando que amaneciese. Mañana todo sería más sencillo.

Continuará...

Decir que ha sido difícil de escribir sería quedarse corto. Me ha resultado tremendamente complicado, intentar darle cierto protagonismo a Altaïr en este capítulo, aunque obviamente quien más se ha llevado este ha sido María ya que así estaba planeado desde el primer momento. He tenido que reescribir el capítulo un par veces porque sinceramente, me parecía horrible como me estaba quedando hasta que he llegado a este término medio donde no me disgusta pero tampoco me acaba de cuadrar del todo (sobre todo la parte del sueño), por eso sinceramente me gustaría que opinárais sobre él. ¡Oh por cierto! A partir de ahora los review, a excepción de los anónimos, os los contestaré por MP. Para así no sobrecargar mucho las notas de autora.

¡Muchas gracias a las más de setenta personas de más de diez nacionalidades distintas que habéis leído el primer capítulo! ¡Me hace muy feliz ver que después de cautiva me seguís leyendo la mayoría!

Paulaichiruki, bueno aquí tienes la continuación :P Y no, no es 1192. Altaïr mata a Robert a inicio de Septiembre del 1191 y un mes después acaba con Bouchart en Chipre, así que por ahora están en 1191, ya llegará el próximo año XD. Tranquila que llegará.

Bueno, muchas gracias a todos. Y en especial agradecimiento a la gente de: España, Chile, México, Estados Unidos, Venezuela, Reino Unido, Perú, Brasil, Nicaragua, Polonia, Malasia, Kazajistán, Argentina, República Checa, Grecia, Panamá, Bulgaria y Rusia. ¡En serio muchas gracias a todos por visitar y leer mi fic! Espero que este capítulo os haya gustado y que esperéis con ansia el siguiente.