¡Mucho gusto de nuevo! n.n Aquí les traje la continuación. La verdad es que desconocía que existiera otro fic así de Naruto o.o Lo siento. Si quieren, lo borro. No quiero ningún problema. Precisamente para que la historia no sea igual, no he leido aquel fic. Así que si tiene silimitudes, es sin querer. En todo caso, a menos que ustedes me digan de borrarlo, lo continuaré n.n. Son capítulos cortitos, la verdad u.ú.
NOTAS:
-Parejas: Hetero.
-OOC, UA.
-Romance, fantasia, humor y algo de drama.
-Si tiene buena acogida, será actualizado tras: Tu, yo y el apellido Echizen.
-Yo siempre continuo mis historias, pero agradezco mucho los rw para saber si les interesa.
Resumen:
Sakuno Ryuzaki entrará en una vivienda abandonada como su hogar. ¿Podrá convivir con un fantasma que siempre echó a sus dueños? ¿Qué ocurre, cuando el fantasma se enamora de ti? ¿Qué sucede si comienzas a verle y te enamoras?
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Fic dedicado a Jacky :3
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Autora:Chia-Uchiha o pervert-chan
Cap primero.
Un jefe sensual y recordatorio fantasmal.
Movió sus cabellos bajo el agua, sintiendo como esta se esparcía por ellos, acariciándolos y apartando los restos de jabón. Canturreaba una canción antigua y cuando las hebras estuvieron finalmente listas y aclaradas, lo escurrió, saliendo finalmente de la ducha.
Llevaba ya una semana viviendo en el piso y había hecho los requisitos más importantes. Contrató el agua, gas y luz. Comida. Arregló la antena y colocó su antigua televisión en la salita. Su radiocasete había ocupado el lugar de el roto. La nevera había sido comprada nueva y el resto de las necesidades de una cocina tendría que esperar hasta su siguiente paga. Había gastado demasiado en una cama nueva, cortinas, almohadas, ropas de cama, mantelería, etc. De cosas.
Su abuela le envió todas las cajas y sus ropas ya habían sido colocadas en el armario correctamente colocadas. Fotos, discos, jarrones, incienso y hasta un teléfono de aspecto antiguo que tenían que venir a ponerle línea.
Recogió los cabellos en una toalla y cubrió su cuerpo con el albornoz, antes de sentarse en el baño y terminar el acicalamiento de sus uñas. No era de pintárselas cada día, pero sí regulaba su corte, especialmente, desde que pequeña sufrió el arranque de una de ellas.
Su decisión de vivir en aquel piso era notoria. No podía echarse atrás y ya se encontraba demasiado cómoda como para desearse ir. Había ido a muchas de las editoriales y una de ellas terminó por acoger su trabajo. No era novelista. Tampoco periodista, pero le gustaba escribir relatos cortos y románticos. Por suerte, una revista dedicada a la mujer, acogió sus historias. Decidieron publicarlas en cada número por catálogos y si tenía suerte, respondería a todas las preguntas que le ejercieran, además, de poder tener un corto lugar en algún rincón especial. Aquello la encantó.
Un renglón propio en el interior de una de las revistas. Suspiró maravillada, imaginándose alguna carta de una admiradora indicándole que había plasmado entre sus letras algún momento especial de su vida y que no se atrevía a contar. Aquello era maravilloso y un escalofrió de felicidad la recorrió por completo. Lo mejor de todo, es que tenía mucho tiempo libre y el sueldo, prometía ser bueno. Algo que le vendría muy bien para mantener los gastos de el piso y terminar de comprar las cosas que le hacía falta.
Miró hacia la puerta cerrada de el baño. La televisión cambiaba repetidamente de canal y comprendió que "él" o "ella", continuaba ante el aparato. Su acompañante de piso la había aceptado totalmente y nunca parecía haber optado por el mal humor. Ni siquiera cuando encendió el primer incienso con olor a jazmín. Pensó que se enfadaría y tiraría algún objeto o cualquier cosa, pero no fue así. Nada importunó aquel olor.
Ni siquiera cuando los cambios llegaron en la decoración y la luz comenzó a acogerse en la casa. Nada apagada y limpia de impurezas tras su largo cierre, había sido coronado con el toque femenino que cataloga a toda mujer y no pareció desagradarle.
Quitando de lado su aceptación a sus costumbres de decoración, cuando trajo la televisión comprendió que algo de interés parecía tener, pues más de una vez la había visto encendida y que el mando que ella había dejado sobre el aparato, estaba sobre el sofá. Fue entonces cuando se le ocurrió una simple idea, aunque no estaba de el toda segura de hacerlo. Aquello la atemorizaba y dar la opción le resulto terriblemente de terror.
-Esto…- y estúpida muchas veces al verse hablar sola- tengo una idea…
Abrió una libreta y dejó un bolígrafo sobre la mesa.
-Como… yo no puedo verle… y comprenderá… no puedo estar bañándome todos los días en baños públicos- miró su bolso y entristeció- mi economía comenzará a caer notablemente y tendré que irme de el piso- protestó con tristeza- además de que es muy peligroso… Le propongo algo, por favor- e hizo una reverencia- puede… puede tocar cosas… como el mando… las ventanas… ¿Qué le parece si… para estar más segura… usted… está viendo la televisión mientras yo me baño, o haciendo algún ruido que me guie?
Estúpido. Aquello era totalmente estúpido, lo sabía. Pero, ¿qué demonios había hecho otra persona en su lugar? Había tenido esa idea y realmente le parecía brillante. Señaló el cuaderno y el bolígrafo antes de seguir.
-Por favor…
Ante sus ojos, el bolígrafo se alzó y las letras se formaron sobre el papel en blanco. Al parecer, su acompañante quedó de acuerdo en ese hecho y cumplía a rajatabla su parte de el trato. Todavía desconocía su sexo, pero era un acompañante tranquilo y desde entonces, cada vez que quería saber algo sobre sus pensamientos, le entregaba un cuaderno y el bolígrafo en espera de sus respuestas. Estas solían llegar, pero casi siempre tenían sus razones y porqués.
Salió al exterior de el servicio y el cambiar de la televisión se detuvo, aunque comenzó de nuevo cuando se adentró en el dormitorio. Y aquello lo único que le daba a entender es que el trato había sido aceptado, o, era una mujer su acompañante. Aunque tenía ciertas dudas. ¿Una mujer se molestaría en dejar la tapa de el baño alzada? La primera vez que se la encontró, no podía creerse que los fantasmas todavía fueran al servicio después de muertos y entonces pensó que debería de dejar de ver películas que no hacían más que alimentar su imaginación. Tenía muchas cosas que aprender.
Y aquel simple dato de la taza levantada, fue lo que le hizo pensar que realmente, fue un hombre el que murió en aquella casa. Se sentía desprotegida y protegida a la vez. Porque muchas veces se había quedado dormida mientras escribía ante la máquina de escribir y cuando a media noche había despertado, tenía algo encima cubriéndola. Cualquier ropa.
Un día, descubrió un gato negro subido en la ventana cuando regresaba de comprar y parpadeo al verle moverse como si alguien le estuviera acariciando. Eso sí, cuando la vio a ella, echó a correr. Se sorprendió de aquello, pero cuando se miró al espejo comprendió la razón. Rio como loca cuando entendió la razón. Los gatos odiaban el agua, pero por tal de que ella no le mojara, huyó hasta la casa de su ama.
Desde luego, muchas cosas habían pasado en tan solo una semana y no le habían molestado para nada. Podría llegar incluso a acostumbrarse. Al fin y al cabo, esa presencia siempre estaría ahí por más que quisiera.
Suspiró y se miró al espejo nuevamente. El traje de chaqueta parecía amoldarse a su cuerpo pero como siempre, pensó que la percha no servía. Se deprimió levemente y buscó las carpetas con sus notas. Tenía que llevarlas a la revista a tiempo. Cogió el bolso y e hizo una reverencia ante la foto de su madre, para salir y cerrar la puerta tras ella.
Bufó molesta y se volvió, encontrándose de nuevo la puerta abierta. Rodó su mano por el manillar de la puerta y palpó. Primero algo extraño y finalmente, el llavero. Cuando sacó la llave de la puerta se miró las manos. Últimamente había tenido la sensación de rozar algo cuando "él" parecía ayudarla, o, al menos, estar cerca. Pero, si podía tocar objetos, ¿no podría tocarla a ella también? Ladeo la cabeza y sonrió.
-¡Gracias!- Exclamó marchándose.
El cierre de la puerta llegó cuando estaba bajando al exterior y se preguntó porqué había tardado tanto en cerrar. Miró el reloj y salió. Llegaría tarde.
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Movió la mano repetidas veces. De nuevo había intentado salir, pero no lo consiguió. Ni siquiera por las ventanas podía hacerlo. Cada vez que una de sus extremidades osaba tocar el exterior, la corriente que le golpeaba era numerosa y hasta al punto de hacerle estallar. Aquello era peor que la muerte que tenía que vivir para convertirse en lo que era. Un fantasma que no hacía otra cosa que vagar en el lugar que murió. Pero, antes había visto a otros como él fuera de el lugar en el que había muerto. Y nunca sabía las razones.
Se dejó caer sobre el sillón y miró a su alrededor. Desde luego, aquella chica se había empeñado en remodelar la casa en su toque femenino, aunque no había abandonado el toque de antigüedad. La cama nueva que había comprado tenía el mismo estilo y seguramente, le habría costado una pasta.
El dulce olor a jazmín impregnaba cada rincón de la casa, apagando cualquier resto de humedad y cerrado que quedara en el lugar. La había visto encender el incienso temerosa. Seguramente, esperaba que él se quejara o algo. Pero había tomado la decisión de dejarle hacer lo que quisiera, mientras no le importunara.
Miró el cuaderno sobre la mesa, con el bolígrafo descansando sobre la última hoja que él mismo había escrito. Le había parecido interesante aquel día. No era determinación, pero sí miedo lo que la había llevado a hacer tal cosa. Podría haberla dejado hablando sola y no responder a sus deseos, al fin y al cabo, era su casa, no de ella. Si quería bañarse, podría seguir haciéndolo en los baños públicos. Pero las explicaciones que ella le expuso, tenían su lógica. Si gastaba demasiado dinero tendría que irse. Y, por la noche, existían mucha clase de bandidos.
Por eso mismo, decidió aceptar y mientras ella siempre hacía sus momentos de acicalamiento, se sentaba ante el televisor y esperaba. Tampoco es que sintiera interés en verla. Habían entrado otras mujeres con mejor cuerpo y sex-appel que echaba para atrás. Por desgracia, estaban demasiado unidas a su pareja como para tolerar ver comiéndose los morros a los dos. Fue por eso que los terminaba expulsando
Ryuzaki Sakuno era tranquila. Despistada, razón por la que muchas veces, tras dar un largo suspiro, tenía que volver a abrirle la puerta, apagarle el fuego de la cocina. La televisión cuando se dormía, hasta la radio. Se le solía olvidar cerrar las ventanas antes de irse a dormir o, apagar la luz. Algún día se olvidaría la cabeza.
Se miró la mano por un instante y frunció el ceño. Últimamente, sus contactos habían aumentado. Simples roces en sus manos y ella parecía notarlo, pues los momentos que se miraba las manos eran dado tras un roce. Nunca había tocado humanos y por eso, no sabía si la hería o realmente le sentía de una forma extraña, sin dolor. Nunca se lo preguntaría. No era de escribir o hablar sus sentimientos y preguntas que pudieran dejarlo en grave evidencia.
-Unmm… así que esta es la casa donde vive- murmuró una voz tras él- vaya, parece que sí que es cierto que hay cierto invitado.
Dio un salto y se volvió. Parpadeo. Una mujer atravesaba la mitad de la pared, mirándole con atención de arriba abajo. Finalmente, terminó por salir y mostrarse a él. Sentía que la había visto con anterioridad, pero desconocía donde. Cuando la mujer le tendió la mano, presentándose, lo comprendió.
-Sakura Ryuzaki, ¿tu eres?- Preguntó moviendo la mano en señal de que la aceptara.
-Echizen Ryoma- y movió la cabeza como simple saludo.
La mujer suspiró y caminó por la habitación. Era claramente un fantasma. Si era así, ¿por qué ella también podía moverse?
-Soy la madre de Sakuno- informó-. Estaba preocupada por ella y vine a verla. No es algo sencillo, pues venir desde donde vivíamos hasta aquí, es un largo camino. Suerte que mi hija siempre lleva algo mío- enarcó las cejas para darle a comprender que no entendía-. Oh, supongo que como eres tan joven no lo comprendes, pero, para que los fantasmas nos podamos trasladar, una persona tiene que llevar algo nuestro.
Chasqueo la lengua. Sus padres habían quemado todas sus pertenencias cuando murió. Era imposible que algo quedara de él. Llevó una mano hasta su mentón cuando la mujer se había subido en la cama y daba saltos a dispares. Divertida y de energía inagotable por ser lo que era, parecía más una joven adolescente que una mujer madura. Cuando se dejó caer sobre la cama, lo miró con atención.
-Así que tú eres el hijo de los Echizen.
Entrecerró los ojos confuso y Sakura sonrió.
-Mi madre conoció a tus padres. Hace ya muchos años. Tu tenías doce años cuando yo tenía cuatro. ¿Sabes qué significa eso y cuanto tiempo llevas muerto? Mi hija ni siquiera había nacido. Yo tenía diecisiete años cuando tu moriste. Tuve a Sakuno con treinta. Si haces cuentas, no tardarás en descubrir la edad que tienes.
-Sesenta y tres años…- bufó asombrado.
-Ajá… esa es tu edad. Llevas treinta y ocho años muerto. Eres un viejo con aspecto de joven.
La mujer rio divertida y apartó sus cabellos castaños antes de acercarse hasta él.
-Dime, ¿recuerdas como moriste?
-Fiebre- respondió.
La mujer negó con la cabeza antes de acariciarle la mejilla con ternura maternal. Se alejó levemente y parpadeo, frotándose el rostro.
-¿No sabías que entre nosotros nos podemos tocar? ¿Tampoco que podemos tocar a los humanos como tocamos los muebles? O, ¿qué pueden llegar a vernos?- Preguntó la mujer asombrada- ya veo… Igual, como no has salido de aquí, no lo sabes. Está bien.
Se sentó en el sofá y le sonrió.
-Te enseñaré algunas cosas, a cambio de un favor.
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Suspiró aliviada y caminó entre los largos pasillos. Esperaba no perderse. Había llegado con el tiempo justo y ahora, era capaz de perderlo por culpa de su orientación. Miró el reloj de nuevo antes de que su cuerpo perdiera el equilibrio al chocar contra alguien. Al instante, su cadera quedó apresada por un fuerte brazo y todo su peso fue lanzando hacia delante. Gimió al sentir que sus senos eran aplastados contra un musculado torso y avergonzada, alzó la mirada. Unos brillantes ojos azulados golpearon contra los suyos y una sonrisa llenó aquel rostro.
-¡Señor Tooyama!- Exclamó alarmada- ¡Discúlpeme!
-Kintaro, Sakuno, Kintaro- corrigió el hombre sonriendo- ¡No me hagas viejo!
Sakuno afirmó preocupada. Kintaro Tooyama era su jefe. Él había creado la revista femenina en un intento, según explicó en su entrevista de trabajo, para conocer mejor los sentimientos de las mujeres. Era un joven casadero y esperaba poder saber qué clase de hombres deseaban las mujeres y si aceptarían a uno de veinticinco años con un carácter infantil. Cuando la entrevistó, ella pensó sinceramente que sí tenían que aceptarle. Ella lo haría. Y se sonrojó cuando los pensamientos le surcaron la mente.
-Ah… esto…- murmuró mirando su cintura- ya… ya estoy bien.
-Ah, sí.
La dejó libre asegurándose antes que no perdiera de nuevo el equilibrio. Desde que lo conoció, se había dado cuenta de que era bastante dado a las cercanías y no se molestaba si lo echaban atrás. Volvía a intentarlo. Debía de tener una paciencia ilimitada.
-¿Vienes para entregarme las dos primeras páginas?-Preguntó Tooyama mirando las carpetas con interés.
-¡Oh, sí!- Exclamó recordándolo- las terminé y quería traerlas como quedamos.
-Entonces, pasa a mi despacho- aconsejó el pelirrojo- yo también tengo algo que decirte, Sakuno.
Y como siempre hacia, terminó su frase con una gran sonrisa. Aunque le extrañaba que tan pronto, quisiera hablar con ella. ¿Qué falta podría haber hecho si recién comenzaba? Tooyama se quitó la chaqueta de el traje, dejándola a un lado sin cuidado alguno, antes de sentarse pesadamente sobre el sillón de relax y ofrecerle la frontal a su escritorio. Le entregó las páginas y se sentó. Kintaro pareció interesarse por un momento por las hojas y finalmente, tras golpearse los hombros, dejó las hojas archivadas.
-Tienes talento- aclaró mirándola- pero, se nota tu inexperiencia- la picó divertido- ¿Estás casada?
Negó avergonzada. Nunca había tenido novio ni relaciones. Y dentro de ella creía que no debía de importarle a su jefe. Aunque sí admitía que la falta de experiencia se notaba en sus líneas. Redactaba besos que ni sabía cómo sabían o se debían de dar. Caricias que desconocía en el tacto. Abrazos posesivos, miradas electrizantes y frases que desconoció al completo. Era, tal y como ella misma se declaraba, una mujer sin experiencia por una percha incompleta. Era normal que algo así se mostrara en sus escritos. Dibujaba situaciones con su mente virginal.
-Lo siento…- se disculpó afligida.
-No, tranquila- respondió el hombre moviéndose agitado- la verdad, describes demasiadas fantasías que encandilan. Simplemente es que, como hombre, descubrí ese dato.
Negó con la cabeza y volvió a recostarse sobre el sillón, encendiendo un cigarrillo antes de continuar. Tosió ante el olor y Kintaro lo apagó, mirándole preocupado.
-Lo siento, no sabía que…
-No se preocupe- interrumpió-. No es necesario. Con abrir una ventana…
Tooyama negó y volvió a mirarla.
-Había otra cosa, Sakuno, que quería hablar contigo. Es… sobre tu residencia- murmuró arrugando las cejas y dando un toque más serio a su juvenil rostro- ¿Es cierto que vives en la casa encantada?
Se cubrió la boca para no soltar una carcajada. ¿Una casa encantada? Debía de estar bromeando. Aquella casa no era una casa de terror. Aunque tenía que reconocer que era ahora cuando mejor se estaba. Kintaro la miró con terror y se agarró al filo de la mesa temblando ligeramente.
-¿Lo está?- Preguntó con voz infantil- ¿Es cierto que está embrujada? ¿Qué tiene millones de aliens dentro que pueden devorarte por la noche? ¿Qué clase de talismán tiene para que no le pase nada?
-¡Señor Tooyama!-Exclamó angustiada- Por favor, no es nada de eso. Es una casa como cualquier otra. Un buen lugar para mí.
-¿No tienes miedo?- Preguntó alarmado.
-No hay nada que temer ahí-. Rio avergonzada- es un piso muy acogedor. Me va bien para mi economía.
-Entiendo- El joven se frotó el mentón- ¿Y si te alquilo yo una de mis casas?
-No- negó sorprendente rapidez. Parpadeo y sonrió avergonzada-. Perdón por mi rudeza. Pero… le juré a alguien que saldría adelante sola… y quiero hacerlo.
Tooyama suspiró, derrotado.
-Está bien-. Aceptó sonriendo-. Mientras estés bien.
-Lo que…- se frotó los brazos preocupada- le… ¿puedo pedir… el pago por las páginas?- Preguntó forzadamente-. La máquina de escribir gasta demasiada tinta y…
-¿Quieres comprarte un ordenador?- Inquirió Tooyama- ven conmigo. Tenemos algunos antiguos que te servirán. Ya que trabajarás para nosotros, te vendrán bien. El miércoles me encargaré de que te lo lleven- aclaró mostrándole los diversos aparatos- esto te ayudará. Acéptalo como un regalo.
-¡Son demasiado caros!- Exclamó.
-Y yo rico- se defendió él riendo a carcajadas-. Por favor, Sakuno. Tengo demasiados.
No le quedó otra y terminó por aceptar. Realmente agradecía aquel gesto, aunque creía que no se lo merecía. Tenía en mente comprar un ordenador, pues ayudaba más de lo que parecía y la vieja máquina de escribir no le daba para más. Tooyama le aconsejó que esperara al final de el mes para terminar de cobrar, pero, que si necesitaba urgentemente el dinero, se lo daría. Ella se lo negó.
-No se preocupe. Intentaré pagarle el ordenador cuando pueda.
Tooyama había fruncido el ceño, apoyándose sobre el quicio de la puerta cercana y mirándola con atención. Demasiada atención, pues la rojez inundó su rostro en un instante.
-Sí- afirmó sonriendo con infantilismo- quiero que me lo pagues con una cita, Sakuno- dijo melosamente- una cena. En tu casa. ¡Dios, quiero ver tu casa por dentro!- Confesó- quiero conocer si los rumores son ciertos.
Enrojeció nuevamente y meneo la cabeza como negación. ¡Dios santo! ¿Llevar un hombre a su casa? ¿¡Tan rápido!? Se frotó la frente preocupada, hasta que una carcajada la hizo detener sus dispares pensamientos. Miró al hombre, que le acaricio los cabellos, removiéndolos.
-No decía ahora, ya. Primero, supongo que tendremos que conocernos, ¿no crees?
Y sin borrar su sonrisa, se alejó alzando una mano.
-Recuerda comprar el Lunes la revista- Recordó antes de alejarse.
Suspiró aliviada y decidió tomar su regreso a casa tras comprar la comida y cena. No entendía como aquel hombre podía estar tan lleno de infantilismo y seducción a la vez. Se lamio los labios. Quizás, esa noche, podría escribir algo nuevo y por mucho que le costara borrar de su mente, el personaje tendría toques infantiles y sería tan cariñoso como él. ¿Se daría cuenta el pelirrojo? No había sido amor a primera vista. Estaba segura de ello. Sin embargo, algo le decía que podría terminar de enamorarse de él.
Cuando entró en el piso, se sorprendió al ver su cama desecha y que las ventanas estaban abiertas. Arrugó la nariz al sentir un leve olor familiar y dejó caer las bolsas en el suelo, cuando sus ojos dieron con el cuaderno que siempre utilizaba para comunicarse con su visitante. Sería capaz de reconocer aquella letra en cualquier parte de el mundo.
-Mamá….- jadeo angustiada- ¡Mamá!
Miró a su alrededor y parpadeo antes de frotar sus ojos incrédulos. Por meros instantes, había sido capaz de ver a su madre. Negó con la cabeza.
-Debo estar cansada…-susurró.
-No, cariño, no estás cansada- negó la voz familiar- sí que puedes verme. Lo sabía. Desde pequeña has tenido ese don. Por eso mismo te envié a este lugar.
-Mama…- susurró temblando.
Las frescas manos acariciaron su rostro y sintió los labios rozarle la frente. Hasta que su madre no se lo había recordado no había sido capaz de recordar sus hazañas anteriores con diversos fantasmas. Demasiados que había visto. Familiares, etc. Y ahora, comprendía por qué la mujer la envió. Al menos, algo de ello. Lo extraño había sido, que, sentirlo era fácil, pero, verlo, era otro tema. No podía ver a su acompañante. ¿Lo conseguiría alguna vez? ¿O es que por ser malo no podía visualizarlo?
-Aquí estarás bien, cariño- murmuró sonriente la mujer- Ya lo verás. Vive. Yo, ya no podré ayudarte más. La persona que está contigo te ayudará. Pero, poco a poco, también tendrás que devolverle el favor, ¿De acuerdo?
Afirmó entre lágrimas. Lágrimas que impidieron levemente ver como su progenitora desaparecía lentamente. Se dejó caer de rodillas y lloró. Hasta que un suspiro de resignación no llegó hasta ella, no recordó que no estaba sola. Sonrió entre lágrimas.
-Gracias… por cuidar de mí.
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Notas autora:
Pues hasta aquí llegó n.n.
Lo sé, cortito, pero ya les digo que es de capis muy cortitos.
Quiero dar las gracias a las doce personas que me dejaron sus rw :3.
Ojalá que siga siendo de su agrado n.n
Respondiendo a sus dudas, les tengo que decir, que el fic se sale y acerca a muchas de las creencias sobre fantasmas.
Tal y como se ha explicado en este capi, puede tocar, dejarse ver y hasta hablar con ella. (Ya comienza a escucharle suspirar (sucede al final de el capítulo)). Lo único que todavía no puede hacer, es salir a la calle. y pronto se resolverán más cosas de sus porqués.
En cuanto a la pregunta (mayormente exigida por pm ú.ù) de si habrá lemon (se deprime) pues no lo sé, jooo (gemido de pataleta de niña pequeña deprimida), ¿Es que la trama no es suficiente buena como para demandar (lease exigirme con amenazas en los Pm que me llegaron) lemon? Para que me crean, aquí les dejo el trozo de uno:
"Te he leido últimamente y he visto que has goldao fics en los que no das Lemon. Pues mira, si no vas a seguir escribiendo Lemons, no te leere.
Así que pon Lemon de una buena vez en tus fics o traeré una orda ante Chia, que creo que ya comienza a a ver".
Notesé, por favor, que no he querido corregirlo para respetar al autor. Cuando entré en su profile para ver quién era, no tenía ni para responder pm y tampoco ficha.
A razón de estos muchos hice la encuesta. Esto solo me lleva a querer dejar de escribir con estas amenazas y las ideas de que no valen nada si no tienen lemon.
Esto era lo que quería decir. Perdón por haber hablado de más y disculpen si realmente ofende mi escritura y tan solo es digna de leer por Lemon u.u.
Nos vemos :3
