Amar a un extraño


Aclaración: los personajes son del grandioso grupo de Clamp, y la historia tampoco es mía, si no de Connie Mason, yo solo tengo el papel de adaptadora con el fin de poder entretenerlos un momento.


Summary:

Con una bala alojada en la espalda y una partida de vigilantes siguiéndole el rastro, Syaoran Li se esconde en el primer sitio que encuentra antes de perder el conocimiento: un destartalado rancho en medio de la nada. Cuando se despierta está siendo atendido por una hermosa mujer. Aunque siempre ha sabido que no se puede confiar en el género femenino, cuando aquel ángel castaño le propone un matrimonio de conveniencia —por un corto plazo de tiempo, a cambio de seguir ocultándole de sus perseguidores—, él sólo puede pensar en cómo hacerla suya para siempre.

Sakura Kinomoto necesita un marido… y lo necesita rápido. De otra manera perderá su rancho a manos de un malvado banquero. El desconocido que aparece en su sótano es como un regalo caído del cielo. Aunque Syaoran le asegura que seguirá su camino después de cumplir con su papel, Sakura siente un profundo deseo en su interior cada vez que la besa y se promete a sí misma que él no se irá a ningún lado sin que ella le acompañe.


Capítulo 2

Dolor. Un dolor lacerante y profundo. Un dolor abrasador.

Syaoran intentó librarse de aquel inexorable tormento moviéndose, pero no sirvió de nada. ¿Por qué estaba boca abajo, como si fuera un cordero dispuesto para el sacrificio, sufriendo más de lo que podía aguantar un hombre?

—Cully, está recobrando el conocimiento.

—Aún no he terminado, señorita Sakura. No deje que se mueva.

—Eso intento, Cully, pero es muy fuerte.

De repente, Syaoran soltó un grito y se volvió a quedar inconsciente.

—¡Lo he conseguido, señorita Sakura! —La voz de Cully era exultante mientras dejaba caer en un plato metálico la bala que acababa de sacar de la espalda del desconocido—. Páseme ahora la botella de whisky para desinfectar la herida.

—¿Crees que es lo mejor?

—Es lo único que tenemos.

—¿Vivirá? —preguntó Sakura, llena de preocupación.

—Eso no puedo saberlo. Parece un hombre saludable. No muestra la palidez típica de la prisión. No sé de quién o de qué escapaba, pero no me parece un forajido. De todas maneras sólo es mi opinión.

—Confío en tu juicio, Cully. Ahora ya puedo ocuparme yo sola. Ve a comer algo.

—¿Está segura?

—Sí.

Después de que Cully se marchara, Sakura cubrió la herida con un apósito de algodón realizado con las tiras que había cortado de una sábana. Luego rodeó el pecho del hombre con otra larga lira para mantener el paño en su lugar. Cuando terminó, retrocedió un paso para inspeccionar el trabajo.

Cully había desnudado al desconocido dejándolo en ropa interior mientras ella hervía agua y desinfectaba el afilado cuchillo que el vaquero le había pedido. Cuando regresó a la habitación, el extraño estaba boca abajo cubierto hasta la cintura por una sábana.

La espalda, los brazos y el pecho del hombre estaban bronceados, como si estuviera acostumbrado a trabajar al aire libre sin la protección de una camisa. Era alto y corpulento, un formidable espécimen masculino. Delgado pero musculoso en los lugares adecuados. No tenía acumulada grasa alrededor de la cintura. Supuso que si pudiera verle las piernas, éstas serían tan fornidas como el resto del cuerpo.

Tenía el pelo liso y castaño oscuro y lo llevaba algo más largo de lo que se estilaba, justo por debajo de los hombros, pero aquello no servía más que para realzar aquella agreste belleza masculina. Le había caído un mechón sobre los ojos y Sakura alargó la mano sin pensar para colocárselo. Le pareció suave, espeso y pesado entre sus dedos, y lo estuvo acariciando durante más tiempo del necesario.

De repente se dio cuenta de lo que estaba haciendo y apartó la mano como si se hubiera quemado. Aquel extraño no era una de sus fantasías, sino un hombre al que no conocía. No tenía ni idea de quién podía ser, pues no llevaba identificación de ningún tipo, sólo un montón de dinero en el bolsillo del chaleco. La ropa era de buena calidad y las botas parecían nuevas. Si se trataba de un forajido, desde luego le iban muy bien las cosas.

Cully volvió al poco rato.

—Yo me quedaré con él ahora, señorita Sakura. Vaya a comer algo. No podemos hacer nada más por él, salvo asegurarnos de que está cómodo.

—Me pregunto quién será —reflexionó Sakura en voz alta.

Cully encogió sus delgados hombros.

—Me temo que tendremos que esperar a que esté lo suficientemente bien como para decírnoslo.

—Volveré dentro de un rato —dijo Sakura acercándose a la puerta. Se detuvo en el umbral y añadió—: Intenta que beba algo de agua antes de que le suba la fiebre.

—No se preocupe, señorita. Me encargaré de todo.

Segura de que Cully velaría por el herido, Sakura salió de la habitación. Aún tenía muchas tareas pendientes que no admitían más demora. Se dirigió a recoger los huevos y, mientras estaba en el gallinero, pensó que debería de matar un pollo. El caldo le sentaría bien al herido. Cuando se despertara —si se despertaba— estaría famélico.

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Syaoran gimió y abrió los ojos. El dolor que le entumecía la mente parecía provenir de todo su cuerpo. Recobró la consciencia lentamente. Yacía sobre algo blando y suave. ¿Sería una cama? Movió el cuello poco a poco, mirando hacia los lados, y vio a un hombre dormitando en una silla. Era enjuto y su cara curtida y arrugada como el cuero daba testimonio de años de trabajo al aire libre, bajo el sol, el viento y la lluvia. Vio que el anciano sacudía la canosa cabeza al percibir sus movimientos y que abría los ojos de repente, clavándolos en él.

—Así que ya ha despertado, ¿verdad? ¿Le gustaría beber un poco de agua?

Syaoran tragó saliva y asintió con la cabeza bruscamente, lo que hizo que la habitación le diera vueltas.

—Por favor... —graznó.

El anciano le sostuvo mientras bebía.

—Despacio, beba poco a poco.

—Gracias —dijo Shaoran con voz débil—. ¿Dónde estoy?

—Se encuentra en el rancho Circle K —Entonces el hombre fue directo al grano—: ¿Quién le ha disparado?

—¡Oh!, ¿ha despertado ya?

Syaoran giró la cabeza hacia la voz y se encontró con un ángel; pensó que sufría alucinaciones. La mujer que acababa de entrar en la habitación era demasiado hermosa para ser real. Al momento se puso en guardia. Las mujeres con aquel aspecto eran todavía menos de fiar que las demás. Sabía por experiencia que tenía que ser extremadamente cuidadoso con las mujeres hermosas, pues solían ser muy engreídas.

Aquella mujer era extraordinariamente guapa. Tenía el pelo del mismo color que las gavillas de trigo maduro y le caía sobre la espalda en una trenza, y los ojos eran tan verdes como las esmeraldas. Su cuerpo curvilíneo se apreciaba a la perfección con aquellos pantalones ceñidos que vestía y los pechos se erguían insolentes bajo la camisa, de tal manera que Syaoran percibió los pezones presionando contra la gastada tela.

La mujer se acercó a la cama.

—¿Cómo se encuentra?

—Jodido. Me duele todo el cuerpo. ¿Han podido sacar la bala? —La limpia y femenina esencia de la joven inundó sus fosas nasales, haciéndole contener la respiración hasta que le resultó imposible seguir haciéndolo.

—Es a Cully a quién debe agradecérselo.

—Todavía no está fuera de peligro —dijo Cully—, y vigile su lenguaje cuando hable delante de la señorita Sakura.

—Lo siento —masculló con ferocidad. Paseó la mirada lentamente por las curvas de la joven. Jamás se había tropezado antes a una mujer vestida con pantalones. ¿Qué clase de mujer sería?, se preguntó.

—¿Quién es usted? —le pregunto ella con curiosidad—. ¿Quién le ha disparado? ¿Qué hacía en el sótano de mi casa? La mayoría de los hombres habrían pedido ayuda en la puerta, ¿de quién o de qué se esconde?

Syaoran abrió la boca para responder pero no fue capaz de decir una palabra. Las pocas que había pronunciado habían agotado sus fuerzas. Con un suspiro, se dejó llevar de nuevo por la inconsciencia.

—¿Está bien? —le preguntó Sakura a Cully con preocupación.

—Todavía respira —dijo Cully—, lo que no sé es cuánto tiempo más lo seguirá haciendo.

Sakura puso la mano sobre la frente del desconocido.

—Está ardiendo. ¿Qué podemos hacer?

—Podemos intentar bajarle la temperatura mojándole. He oído decir que si se baña a una persona febril con agua fría, se consigue que le baje la fiebre.

Cully salió de la estancia dejando a Sakura a solas con el hombre.

—No se muera —susurró ella—, por favor, no se muera. —No sabía por qué, pero el mero pensamiento de que aquel desconocido se muriera le resultaba insoportable. No sabía de dónde venía ni quién era, pero algo en él la conmovía.

Perdido en las profundas y dolorosas sombras, Syaoran oyó aquella dulce voz que le impedía caer en la oscuridad que le reclamaba.

Eligió enseguida no morir. Si esa mujer, que ni siquiera le conocía, quería que siguiera vivo, él debía intentar que así fuera. Se lo debía tanto a ella como a sus hermanos.

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Syaoran regresó lentamente al mundo de los vivos. Había recuperado y perdido la consciencia varias veces durante las horas críticas de su recuperación. Había notado que alguien derramaba agua fría sobre su cuerpo. Alguien con las manos suaves y una voz que desafiaba al propio demonio para salvarle. Su primer pensamiento coherente fue que le debía su vida a una mujer llamada Sakura. El segundo, que aquello le podía acarrear un montón de problemas.

—Casi le perdemos —dijo la joven cuando vio que él clavaba los ojos en ella—.Bienvenido.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —preguntó Syaoran con la voz áspera y ronca.

—Tres días. Hemos llegado a pensar que la fiebre acabaría con usted. ¿Tiene hambre?

—No demasiada. Lo que tengo es mucha sed.

—Tiene que comer algo. He hecho caldo de pollo. ¿Cree que podría sentarse y apoyarse en la espalda?

Él apretó los dientes.

—Si me ayuda creo que lo conseguiré.

Ella se movió con celeridad para ayudarle a darse la vuelta de manera que pudiera apoyar los hombros en las almohadas que había colocado previamente. Syaoran encontró que el dolor era casi tolerable y que no le importaba sentir un poco si con ello dejaba de estar boca abajo. Entonces, tuvo otra urgente necesidad y se movió incómodo.

—¿Qué pasa? ¿Le he hecho daño?

—No. Necesito... er... es decir, quizá podría decirle a algún hombre que me ayude.

Cuando se percató de lo que quería, la cara de la joven adquirió un brillante tono rosado.

—Le diré a Cully que suba y regresaré después con el caldo. Entonces podremos hablar. Ni siquiera sé cómo se llama.

Media hora después, Sakura regresó a la habitación con una bandeja en la que llevaba una humeante taza de caldo. La dejó en la mesilla de noche y se sentó en el borde de la cama para alimentarle.

—No necesito su ayuda —gruñó él, poco acostumbrado a ser atendido por una mujer.

Sakura permitió que intentara valerse por sí mismo, sabiendo que él todavía estaba demasiado débil para utilizar la cuchara con agilidad.

Después de varios intentos inútiles, Syaoran le ofreció la cuchara con un «usted gana». Odiaba exhibir cualquier tipo de debilidad delante de una mujer.

Mientras cogía la cuchara y la introducía en el caldo para acercársela a los labios, Sakura pensó que aquel hombre era demasiado terco para su bien. Observó que tragaba a regañadientes y que, cuando el tazón estaba casi vacío, giraba la cabeza a un lado.

—No quiero más.

—De acuerdo —dijo Sakura, dejando la cuchara al lado del tazón—. Bueno, dígame, ¿cómo se llama?

Él la miró con el ceño fruncido. No le gustaba sentirse indefenso. Tal y como lo veía, tenía dos opciones: podía decir la verdad o mentir. Pero esto último le parecía algo despreciable después de cómo habían cuidado de él.

—Me llamo Syaoran Li. ¿Quién es usted?

—Sakura Kinomoto. ¿De dónde procede, señor Li?

—De los alrededores. De aquí y allá. Cully me ha comentado que estamos en el rancho Circle K.

De repente, Syaoran recordó la conversación que había oído en el sótano mientras estaba allí escondido.

—¿Quién es Yue Tsukishiro y por qué la amenaza?

Sakura se echó atrás sorprendida.

—¿Quién le ha hablado de Yue Tsukishiro?

—La oí discutir con él mientras estaba escondido en el sótano. ¿Qué se traen entre manos?

Sakura se puso a la defensiva.

—En realidad no es asunto suyo, señor Li. Bueno, ¿por dónde íbamos? Ah, sí, ¿quién le disparó?

—Nadie que usted conozca —replicó Syaoran.

Comenzaron a cerrársele los ojos y Sakura se dio cuenta de que debía de estar cansado. Pero aún tenían mucho que aclarar. Syaoran Li no iba a poder ocultarle la verdad.

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Al día siguiente Syaoran se sintió más fuerte. Pudo comer solo y comenzó a tener mucha hambre. Se estaba comenzando a plantear levantarse de la cama e intentar caminar de un lado a otro, cuando escuchó que se acercaban unos caballos. Supo sin que nadie se lo dijera que eran los vigilantes. Estaba demasiado débil para escapar, pero salió arrastrándose de la cama y, tambaleándose de dolor, se dirigió hacia donde estaba su ropa para coger las armas. Por desgracia, sus revólveres no estaban con la ropa y no los veía por ninguna parte.

Casi le abandonaron las fuerzas cuando se acercó a la ventana y echó un vistazo. Estaba en lo cierto. La partida de vigilantes de Dry Gulch acababa de entrar en el patio y les vio frenar en seco al ver a Sakura trabajando en el establo. Se sintió algo aliviado cuando Cully se puso al lado de la joven armado con un rifle. Temía que hicieran daño a la chica y eso era lo último que deseaba. No quería que resultara herida por su culpa.

Con una aguda punzada de pesar, se dio cuenta de que se le había acabado la suerte. En cuanto ella supiera que los vigilantes le estaban buscando y por qué, le entregaría gustosa a Touya Amamiya. Enterró la cabeza entre los brazos y esperó.

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—Lamento molestarla, señora. Soy Touya Amamiya, de Dry Gulch. Somos vigilantes de Montana en busca de un fugitivo de la ley. ¿Ha visto por aquí en los últimos días a un hombre alto, de cabello castaño oscuro? No puede haber ido mucho más lejos sin caballo.

Sakura y Cully intercambiaron unas miradas de complicidad. Cully encogió los hombros como diciéndole con ese gesto que era cosa suya decidir si entregaba a Syaoran a aquellos representantes de la ley.

A Sakura no le gustaron los vigilantes. En el mejor de los casos parecían una pandilla de maleantes y su líder tenía el aspecto de ser un hombre perfectamente capaz de asesinar a sangre fría.

—¿Qué ha hecho el fugitivo?

—No es apto para oídos sensibles, señora —respondió Amamiya evadiendo la pregunta.

—No obstante, quiero saberlo por si necesito defenderme de él en el caso de que aparezca por aquí.

—Sí, que no sea porque no estaba advertida. Syaoran Li sedujo a una joven de buena familia y se negó a casarse con ella cuando la dejó embarazada.

—¿Eso es todo? —preguntó Sakura, aliviada al saber que no era un asesino ni un ladrón.

—No, todavía hay más, señora. Cuando Cora Lee Doolittle insistió en que se casara con ella, él la golpeó brutalmente. Es una suerte que no haya perdido al bebé. Presentaba un aspecto lamentable, señora.

Sakura contuvo el aliento e intercambió otra mirada con Cully.

—¿Están seguros de que es culpable?

—¿Acaso le perseguiríamos si no lo estuviéramos? ¿Le han visto por aquí?

Sakura vaciló y Amamiya comenzó a impacientarse.

—¿Y bien? O le ha visto o no. Syaoran Li es un hombre cruel y sanguinario. Sus hermanos y él son unos maleantes que llevan años aterrorizando a los buenos ciudadanos de Dry Gulch. Es culpable, se lo aseguro.

Sakura intentó imaginar a Syaoran Li dándole una paliza a una mujer y no pudo; sin embargo no le resultó difícil imaginarle seduciendo a una chica inocente y deleitándose en ello. Por desgracia, ella no era la indicada para juzgar si Syaoran Li era capaz de cometer un acto tan despreciable. Miró a Cully, pero no recibió ninguna ayuda por su parte.

Finalmente se dio cuenta de que los vigilantes seguían esperando una respuesta y les ofreció la que le dictaba su conciencia.

—Lo siento, por el Circle K no ha aparecido ningún hombre que responda a esa descripción. De hecho, no nos hemos tropezado con ningún desconocido desde hace mucho tiempo.

Touya Amamiya le lanzó una penetrante mirada mientras los demás hombres se llevaban la mano al ala del sombrero en un gesto de despedida.

—Eso es lo único que queríamos saber, señora. Si ven al hombre que estamos buscando, le sugerimos que nos lo haga saber lo antes posible. No se puede andar por ahí pegando a las mujeres. ¿Vive aquí sola, señora?

La lujuriosa mirada que le dirigió hizo que se le pusiera la piel de gallina.

—Mi... mi marido está reuniendo unas reses en las montañas —mintió.

Él se llevó la mano al sombrero.

—Que tenga un buen día, señora. Creo que lo mejor será regresar a Dry Gulch. Quizá los hermanos Li sepan dónde se esconde Syaoran.

Sakura observó con nerviosismo cómo los vigilantes cabalgaban hacia el portón. Rezó para no haber actuado precipitadamente al ocultarles una información tan importante, pero no le había gustado su actitud.

—Espero que sepa lo que está haciendo, señorita Sakura —dijo Cully—. Jamás me han gustado los hombres que van por ahí golpeando a mujeres indefensas.

Sakura se giró para enfrentarse al anciano.

—¿Crees que lo ha hecho?

—No soy quién para juzgarle. No tengo intención de permitir que haga lo mismo con usted, así que me limitaré a vigilarle.

—Li no está en condiciones de hacerle daño a nadie en este momento y no parece la clase de hombre capaz de hacer las cosas de las que le acusan.

—El tiempo lo dirá, señorita Sakura —dijo Cully, encogiendo los hombros—. Creo que voy a continuar con mis tareas ahora que se han marchado esos hombres.

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Syaoran no tuvo fuerzas para volver a la cama. Se quedó sentado debajo de la ventana, esperando a que los vigilantes entraran en la habitación de un momento a otro. Se preguntó si le colgarían allí mismo o esperarían hasta abandonar el rancho. Deseaba que lo hicieran fuera, odiaría que Sakura presenciara algo tan horrible.

Oyó que se abría la puerta y se preparó para lo que vendría.

Sakura entró en la estancia y se sorprendió al ver a Syaoran en ropa interior debajo de la ventana.

—¿Por qué no está en la cama? ¿Quiere que se le abra la herida, señor Li?

Syaoran levantó la cabeza y clavó los ojos en Sakura lleno de confusión.

—¿Dónde están los vigilantes?

—Se han marchado.

Syaoran no podía creer lo que oía.

—¿Por qué no me ha delatado?

Cuando las mujeres hacían algo inesperado, siempre era por algo.

—Déjeme ayudarle —dijo Sakura, preguntándose a sí misma qué podía responder a esa pregunta.

Syaoran le puso el brazo sobre los hombros y se apoyó en ella mientras recorría los pocos pasos que les separaban de la cama. Se sentó en el borde del colchón, sin fuerzas para moverse, así que fue ella quien se inclinó y le subió las piernas a la cama antes de cubrirlas con una sábana.

—¿Por qué lo ha hecho, señorita Kinomoto?

Sakura sabía que tenía que responderle, pero no podía explicarle su renuencia a entregarle a los vigilantes.

—No soy quién tiene preguntas que responder, señor Li. Por ejemplo, ¿es usted realmente el hombre que buscan?

Syaoran apretó los labios en una línea tensa. Mentir no serviría de nada.

—Lo soy.

—¿Es cierto lo que dicen que ha hecho? ¿Pegó a una mujer?

—No.

—¿Niega haberla seducido?

—Lo niego todo. Jamás he tocado a Cora Lee. ¡Y ella miente si afirma lo contrario!

—¿Por qué ha huido?

—Ya ha hablado con los vigilantes. ¿Cree que comprobarían los hechos antes de colgarme de un árbol? Además, no pienso permitir que una mujer me obligue a casarme con ella.

Sakura sostuvo la turbulenta mirada de Syaoran sin rastro de temor. Se le aceleró el pulso y la atravesó una insidiosa sensación. ¿Qué le ocurría? No pudo negar la perturbadora emoción que le habían provocado aquellas palabras. Syaoran sonaba y parecía implacable desde el pelo castaño oscuro y la rígida mandíbula, a la intensidad ardiente de aquellos ojos ámbares, crueles e inquebrantables. Se preguntó quién sería la mujer que le había convertido en un hombre tan amargado.

Hubo un largo silencio, roto sólo por el suave gemido que surgió de los labios de Syaoran. Mientras tanto, en la mente de Sakura sólo resonaba una pregunta: «¿Miente Syaoran Li?»

—Quiero decirle lo mucho que agradezco su ayuda —dijo Syaoran, sintiendo los efectos de haberse levantado de la cama—. Pero si no le importa, estoy muy cansado y preferiría seguir más tarde con la conversación.

—No dude que la continuaremos, señor Li, quiera usted o no. En Rolling Prairie también hay vigilantes y le aseguro que son tan crueles como los de Dry Gulch. No me costaría nada enviar a Cully a buscarles.

—Haga lo que considere oportuno —dijo Syaoran, demasiado cansado como para que le importara—. Pero será mejor que lo haga rápido, antes de que me encuentre lo suficientemente bien como para huir.

—Podría hacerlo, señor Li —dijo Sakura con la voz áspera por la furia mientras salía de la habitación.

«Maldita mujer», pensó Syaoran enfadado. No movería ni un dedo por ninguna, y odiaba tener que agradecerle algo a una de ellas. No podía decidir si había sido buena suerte, o no, que el destino le hubiera conducido a Circle K y a la señorita Sakura Kinomoto.

Su último pensamiento antes de sumirse, exhausto, en el sueño fue que sería muy afortunado si no se despertaba y se encontraba a los vigilantes sacándole de la cama para colgarle en el árbol más cercano.

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—¿Qué ha dicho Li sobre los cargos que le imputan? —preguntó Cully cuando se reunió con Sakura un poco más tarde—. ¿Es culpable?

—Lo ha negado todo, por supuesto, salvo que es el hombre que buscan. Francamente, no sé qué pensar. Me resulta difícil creer que el hombre que duerme arriba sea el individuo cruel que ha descrito el señor Amamiya.

—Las apariencias engañan, señorita Sakura.

—¿Por qué no dijiste nada si piensas que es culpable de lo que le imputan?

Cully escupió el tabaco que estaba mascando entre sus pies.

—Jamás me han gustado los vigilantes. Se consideran la ley, pero no lo son.

Sakura se estremeció.

—No podría estar más de acuerdo. —No podía sacarse de la cabeza la manera en que la había mirado Touya Amamiya—. Por desgracia, tendremos que aguantarlos hasta que haya una ley justa en el territorio.

—¿Qué va a hacer ahora con Li? —preguntó Cully.

—De momento nada. Está demasiado débil para suponer una amenaza. Tomaré una decisión llegado el momento. Pongámonos a trabajar, las tareas esperan.

—¿Se ha olvidado usted de Tsukishiro, señorita Sakura? Regresará pronto en busca de una respuesta. Sé cuánto significa este rancho para usted.

—Tengo que encontrar las escrituras, Cully. Sé que mi padre no hipotecaría el rancho sin decírmelo. ¿Dónde pueden estar? He rebuscado por todos lados.

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Dos días después, Yue Tsukishiro se presentó en la puerta de Sakura.

—Está usted muy guapa hoy, Sakura. Le quedan bien los pantalones, pero cuando nos casemos se pondrá vestidos y actuará como una dama. Su padre fue demasiado permisivo e indulgente con usted.

—Dígame qué quiere, señor Tsukishiro, tengo que ocuparme del rancho.

—No por mucho tiempo, querida —dijo él con una sonrisa falsa—. ¿No va a invitarme a pasar?

—Estoy muy ocupada.

—De hecho, yo también. —La empujó al interior de la casa—. Siempre me ha gustado esta casa. Su padre tenía muy buen gusto.

Sakura sintió que le invadía una furia impotente.

—¿Qué es lo que quiere, señor Tsukishiro?

—Primero, me gustaría que me llamara Yue. Dentro de poco estaremos casados.

—No mientras me quede aliento en el cuerpo.

—Un cuerpo muy hermoso —dijo el recién llegado, clavando la mirada en los redondos pechos de la joven—. Apenas puedo esperar para tenerla en mi cama. Vamos a disfrutar mucho el uno del otro.

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Syaoran oyó voces en el piso de abajo y frunció el ceño al identificar que había un hombre hablando con Sakura. Había oído antes esa voz. Intrigado, se levantó de la cama.

Se detuvo en el umbral para descansar mientras escuchaba la conversación que flotaba en el aire.

—¿Por qué sigue acosándome, señor Tsukishiro? —escuchó que decía ella.

—Se le olvida, querida, que es mi banco el que posee la hipoteca que pesa sobre sus tierras. Si no se convierte en mi esposa, me veré forzado a embargarlas. El rancho será mío nos casemos o no, pero si es mi mujer podrá continuar viviendo aquí, donde ha nacido y crecido. Conozco el afecto que siente por este lugar. Y ya sabe lo mucho que la deseo.

—Cuando regrese mi prometido, encontrará la manera de demostrar que es usted un mentiroso y un tramposo.

—Siga soñando, querida. Le juro que no se casará con nadie más que conmigo. Y ahora, ya que lo haremos dentro de poco, me gustaría catar sus encantos.

Antes de que se percatara de sus intenciones, Sakura se encontró apretada contra el pecho del banquero. Era más fuerte de lo que parecía y sus inútiles intentos para zafarse sólo sirvieron para enardecerle más.

—¡Suélteme!

—Todavía no —dijo Tsukishiro, aplastando los labios contra los de ella.

Desde su ventajosa posición, Syaoran escuchó con frustración la violenta lucha que tuvo lugar a continuación entre Sakura y Tsukishiro. Se sentía indefenso como un gatito. Si por lo menos tuviese su arma... Se estaba preguntando si perdería el conocimiento al bajar las escaleras, cuando Sakura hizo innecesaria su intervención. La joven levantó la rodilla y la clavó en la ingle del hombre con la fuerza suficiente para que cayera al suelo. Él gritó y se dobló sobre sí mismo con un gemido de agonía.

—Me las pagará —dijo con la voz entrecortada—. En cuanto estemos casados, lamentará haberme atacado. Tenía intención de tratarla bien, pero por lo que veo necesita ser domesticada.

Syaoran emitió una risa ahogada. Se cuidaría mucho de no alborotar las plumas de la señorita Sakura Kinomoto. Esperó hasta que estuvo seguro de que Tsukishiro no tomaba represalias para regresar a la cama. No era necesario preocuparse. Cully apareció en la casa unos momentos después y parecía lo suficientemente disgustado como para apretar el gatillo del rifle que llevaba en las manos. De hecho, Syaoran esperaba que lo hiciera.

—¿Le está molestando esta mofeta, señorita Sakura?

—El señor Tsukishiro ya se iba, Cully. Trae su caballo.

Tsukishiro se había incorporado ya aunque todavía se agarraba la ingle protectoramente.

—Este hombre se largará de aquí en cuanto nos casemos —escupió, lanzándole al anciano una mirada venenosa—. Volveré con la ley en la mano. Sé lo mucho que quiere a estas tierras, así que traeré también un predicador por si acaso ha cambiado de idea y quiere casarse conmigo.

—No se moleste —dijo Sakura con valentía—. Me casaré con mi prometido en cuanto regrese, que será cualquier día de éstos.

Tsukishiro se rió.

—Por cierto, hágame el favor de deshacerse de los pantalones y elegir algo femenino para nuestra boda.

Syaoran se apoyó en la puerta y observó la partida de Tsukishiro, intrigado sobre quién sería el prometido del que habían hablado. No le gustaba nada Yue Tsukishiro. Le calculaba unos treinta y cinco años. Era un hombre que podía resultar atractivo, pero la mirada que dominaba su rostro, alargado como el de un hurón, era huidiza y no ofrecía confianza. Sus ojos eran tan claros, que más que azules resultaban incoloros. Aunque era de estatura y constitución medianas, Syaoran sospechaba que era más fuerte de lo que parecía.

Pero se dijo que eso no era asunto suyo. Él tenía sus propios problemas. Había sido acusado de algo que no había hecho y no podía volver a su casa hasta que sus hermanos aclarasen las cosas.

Syaoran no podía culpar a Sakura por proteger su rancho; él hubiera actuado de la misma manera. Su casa y su familia lo significaban todo para él. La única diferencia era que los hermanos Li poseían un rancho próspero y no tenían necesidad de hipotecar sus tierras.

No tenía demasiadas ganas de regresar al lecho ahora que había salido de él. A pesar de que seguía teniendo breves episodios de fiebre, cada día estaba un poco más fuerte, y no faltaba demasiado para que estuviera recuperado por completo. En un par de semanas podría abandonar la cama de manera permanente. Tenía que ponerse en contacto con sus hermanos de alguna manera y enterarse de si Cora Lee seguía sosteniendo la misma historia, incluso debía saber si los vigilantes seguían persiguiéndole.

—¿Qué hace ahí? —preguntó Sakura, colocando la bandeja de comida en la mesilla de noche y acercándose a Syaoran para ayudarle a regresar a la cama.

Syaoran odiaba admitirlo, pero todavía estaba demasiado débil para permanecer levantado más tiempo. Sin importar lo mucho que detestara estar enfermo, hacía menos de una semana que había estado a las puertas de la muerte.

—¿Qué le hace pensar que esa comadreja de Tsukishiro está mintiendo sobre la hipoteca? —preguntó Syaoran mientras Sakura le colocaba la bandeja en el regazo—. Quizá sea cierto que su padre hipotecó el rancho.

—¿Ha estado escuchando a escondidas?

—Hubiera sido imposible que no lo hiciera. —Clavó los ojos en ella.

Pensó en lo hermosa que estaba con la cara encendida y los vividos ojos verdes brillando de furia.

—Si Tsukishiro miente, debería tener usted la escritura de las tierras. ¿La tiene?

Sakura negó con la cabeza.

—He puesto la casa patas arriba buscándola, pero no he podido encontrarla. Pero sé que mi padre no hubiera hipotecado el rancho sin decírmelo.

—¿No tiene ninguna idea de qué podría haber ocurrido?

—Ninguna, pero... poco después de la muerte de mi padre, alguien entró en la casa. No echamos nada en falta, así que no le di importancia. Era una época amarga. Los vaqueros comenzaron a irse y el ganado desaparecía. Poco después, Yue Tsukishiro comenzó a acosarme y a decirme que debía pagar la hipoteca, insistiendo en que se había vencido el plazo.

—¿Y qué pasa con su prometido? ¿Por qué no la ayuda?

Sakura le dirigió una mirada sorprendida.

—Eso no es asunto suyo.

—Tiene razón. Dentro de unos días seguiré mi camino. —Pero Syaoran seguía intrigado.

—¿Adónde irá? No parece el tipo de hombre al que le guste huir. Ese tipo, Touya Amamiya, mencionó algo sobre sus hermanos. ¿Y sus padres?

—Han muerto —dijo él con la voz tensa—. Sólo quedamos Takashi, Eriol y yo. Soy el mayor. Nuestro rancho está situado al oeste de la localidad de Dry Gulch. Eso es todo lo que necesita saber, señorita Kinomoto.

—Y mucho más de lo que deseo saber, señor Li.

«Hombre imposible», pensó Sakura con mal humor. No era más que un desagradecido. Debería haberle dejado morir.

Esa noche, Sakura picoteó la cena mientras buscaba sin cesar una solución a sus problemas. Llevaba semanas toreando a Tsukishiro con un prometido inexistente. ¿Qué iba a hacer cuando aquel hombre ficticio no apareciera? Casarse con Yue Tsukishiro estaba fuera de toda cuestión. El banquero le daba asco. Sólo pensar en que la besara, la tocara y le hiciera lo que solían hacer los matrimonios hacía que le entraran ganas de vomitar. Pero, ¿acaso tenía otra elección?

Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa —sin importar lo que fuera— para no perder las tierras que su padre había trabajado durante más años de los que quería recordar, afanándose de manera incansable para hacerlas prosperar. Pero casarse con Tsukishiro no era una de esas cosas.

Se le revolvió el estómago al pensarlo y dejó el tenedor en el plato antes de apartarlo. Tenía que hacer algo, pero ¿qué? ¿Por qué no podía tener un prometido dispuesto a ayudarla a pelear contra Tsukishiro? ¿Por qué...?

Sakura se quedó paralizada mientras en su mente se formaba una idea que lo solucionaría todo. Era algo tan simple que parecía imposible que no se le hubiera ocurrido antes.

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Continued…


Notas: Y aquí el segundo capitulo… apuesto a que ya saben cual es la idea que se le ocurrió a Sakura o no? (si no se les ocurrió juro que llorare).

En otro asunto he decidido que actualizare dos veces por semana, los cuales serán domingos y jueves; el motivo se debe a que tengo planeado no tardarme mucho adaptando la historia, pues después de terminar esta publicare una de mi autoria (la cual empezare a escribir un poco mas adelante ya que ahora no tengo mucho tiempo).

Muchas gracias a Shiroi, Karenh y Beabi por los Reviews; a Lydia Zs Carlton y ogba95 por ponerme en favoritos y, a Sarita Li, Calina Sosa y Beabi por ponerme en alertas. ¡Gracias!

Bueno… ¡Hasta el domingo!

Daanyehla!