¡Hola! Sé que me pedisteis en los reviews que siguiera la historia, pero 1) hasta que no cierre el reto, no puedo hacer nada, y 2) no estoy en posición de alargar ninguna historia más por el momento. Si algún día me animo (que yo creo que sí) sacaré el OS de esta recopilación y lo publicaré como una historia independiente, con su continuación.
La inspiración para escribir este OS la saqué de un post de Tumblr, así que créditos a la persona que lo escribió.
DISCLAIMER: Todo lo reconocible pertenece a J.K. Rowling, el resto es mío.
AVISO: Este fic participa en el reto temático de Abril: "Palabras al azar"del foro "La Madriguera".
Personajes: Fleur Delacour, Bill Weasley.
Número de palabras: 859.
WOMEN
Ver más allá.
Aunque parezca mentira, Fleur Delacour no se fijó en un primer momento en Bill Weasley por su cuerpo musculoso, las pecas que adornaban su nariz o ese pelo rojo como el fuego. Tampoco se fijó en su personalidad magnética o su sonrisa carismática.
Fleur se fijó en Bill porque, por primera vez en su vida, un hombre la veía.
Los poderes veela heredados de su abuela no aparecieron hasta que no cumplió los doce. Ese mismo año empezó a asistir a Beauxbatons, y las miradas de sus compañeros de clase empezaron a posarse en ella con una fijación que no tardó en volverse incómoda. Los chicos no podían evitar mirarla de arriba abajo cuando pasaba por delante, y las chicas empezaron a acusarla de vanidosa. Pronto las palabras que emplearían contra ella dejarían de ser tan suaves.
Como si Fleur tuviera la culpa de sus genes.
Pasó los dos primeros años de su pubertad intentando disimular su cuerpo, como si así pudiera lograr pasar desapercibida, pero cuando cumplió los catorce, entendió que no podía negar lo que era. Y tampoco podía asumir la culpabilidad que sentían los demás por desearla, odiarla o admirarla.
No, Fleur no se escondería.
Para cuando cumplió los dieciséis, ya se había acostumbrado a las miradas lascivas y los comentarios a media voz susurrados a su paso. Y había aprendido a ignorarlos. ¿Por qué debía privarse de vestir como quisiera, si iba a ser el centro de atención llevara pantalones largos o minifalda? Ella no tenía por qué avergonzarse de nada.
Al final, Fleur no había tenido otro remedio que adquirir ese toque de vanidad que caracterizaba a todas las personas guapas. Sí, era atractiva; y no todo el mundo podía decir lo mismo. Si iban a tacharla de presumida y altiva, al menos que lo hicieran con algo de fundamento.
Obviamente, le cansaban las conversaciones sobre lo guapa que era y lo afortunados que se sentían los chicos de poder salir con ella. Aquel muchacho de Hogwarts, Roger Davies, no fue una excepción: estaba tan embelesado admirándola que apenas pronunció dos palabras juntas en todo el Baile. Los únicos que se salvaban eran Harry Potter y su amigo pelirrojo, pero hasta a ellos les costaba hablar con normalidad cuando la tenían delante. No podía culparlos, pero tampoco podía fingir que no le molestaba su comportamiento.
Por eso, cuando llegó a trabajar el primer día en Gringotts, se quedó desconcertada al ver que su jefe, Bill Weasley, la recibió con una sonrisa cálida y un apretón de manos. Mientras le enseñaba el edificio, Bill se puso a charlar como si nada.
―Me han dicho que quieres mejorar tu inglés. ―Fleur asintió―. ¿Por qué elegiste venir a Gringotts? ―preguntó el joven .
Ella se encogió de hombros.
―Me parece un lugag integuesante. No quiego encegagme en un sitio y estag sentada seis hogas al día en un trabajo abuguido.
―Me gusta esa actitud. Y ese acento ―añadió Bill―. Es divegtido ―dijo, imitando el acento francés de Fleur.
Cuando terminaron y Fleur ya salía, se giró disimuladamente a ver si estaba observándola, como hacían todos. Se llevó una buena sorpresa al comprobar que el hombre estaba entretenido escribiendo algo en una libreta. Al notar la mirada de Fleur clavada en él, Bill levantó la vista y le dedicó una sonrisa antes de volver a sus asuntos.
Fleur salió de allí con una sensación nueva en el pecho: por primera vez, alguien podría valorarla por ella, y eso la emocionaba.
Estar con Bill era sencillo: era un buen jefe, un mago diestro y, con el tiempo, un amigo con el que podía hablar durante horas sin cansarse. Y cuando él la invitó a un café después de un día particularmente duro, Fleur aceptó sin pararse a pensar en las segundas intenciones del hombre, porque sabía que no tenía ninguna.
―¿Sabes? ―dijo Bill―. Me has sorprendido.
Fleur enarcó una ceja.
―Espego que sea en el buen sentido.
Él rio.
―Por supuesto. Me gustan las personas que saben lo que quieren. Aunque tengas una lengua demasiado afilada a veces ―añadió, risueño.
Fleur soltó una carcajada.
―Egues el primego que me dice eso. A la caga, al menos.
Bill se encogió de hombros.
―La vida es demasiado corta para callarse las verdades, ¿no crees?
Y siguieron hablando hasta que se hizo de noche y los echaron de la cafetería. Cuando llegó el momento, fue Fleur quien se puso de puntillas para besarlo. No estaba acostumbrada a que los chicos se lo tomaran con calma, y tener por primera vez la libertad de decidir qué quería fue maravilloso.
Cuando empezaron a salir, Fleur le preguntó qué había visto en ella para enamorarse, y Bill le dio decenas de razones: la forma en que fruncía el ceño cuando alguien decía algo que no le gustaba, la sonrisa de satisfacción cuando replicaba de forma cortante a algún comentario «halagador», la forma en que pronunciaba las erres, la emoción con la que hablaba de su hermana pequeña…
Por supuesto, sí le dijo que era hermosa, pero solo cuando terminó de enumerar todas las cualidades (y los defectos) que la hacían una persona digna de ser admirada.
