CAPÍTULO 2

Un nuevo día comenzaba para Lexa en Hogwarts. Había desayunado aquella mañana junto a Luna en el gran salón y en esos momentos se dirigía al club de duelo, una clase que tenían una vez al mes y en la que les enseñaban a batirse en duelo por si en algún momento pudieran necesitar aquellas habilidades. Solían hacerlo entre dos casas, para que así hubiera menos alumnos y tuvieran más oportunidad de practicar; en aquella ocasión, los alumnos de la casa Gryffindor asistirían a la clase junto a los de la casa Slytherin. Menuda casualidad.

Se colocaron alrededor de la alargada plataforma donde los alumnos debían realizar el combate de hechizos, y su cuerpo se quedó rígido cuando, al otro lado, pudo observar los ojos azules de Clarke Griffin clavados en ella. La rubia estaba, como no, rodeada de Blake, Peverell, y todos aquellos matones de la casa de color verde a los que tanto temía. Aunque tenía que reconocer que, últimamente, no la acosaban tanto como solían hacer en años anteriores, cuando iban a por ella hasta en varias ocasiones en un mismo día; y sabía que aquel cambio se debía a Griffin, que en más de una ocasión había visto obligando a su grupo a dirigirse a otro lado cuando ella estaba cerca. ¿Debía agradecérselo? Por supuesto que no. Eso es como debería haber sido siempre: Lexa por un lado, sin molestar ni hacer daño a nadie, y los Slytherin por otro. Pero, en el fondo, sentía que de alguna forma la estaba protegiendo y no entendía por qué. Eso sí, siempre pregonaba eso de que "Woods era suya" y, de vez en cuando, seguía acorralándola y mirándola con aquellos ojos azules penetrantes de forma amenazante, para después dejarla ir sin más.

¿Qué pasaría por la mente de Clarke Griffin?

Sacudió aquellos pensamientos de su mente cuando los profesores Severus Snape y Minerva McGonagall aparecieron por la puerta del aula para dar comienzo a la lección. El profesor Snape era, además del encargado de las clases de pociones, el jefe de la casa Slytherin, mientras que la profesora McGonagall era la jefa de la de Gryffindor, y su profesora de transformaciones, su asignatura favorita.

-Buenos días, alumnos -saludó formalmente la profesora mientras subía a la plataforma acompañada de Snape-. Hoy tenemos un nuevo club de duelo, y necesitamos un voluntario de cada casa, ¿quién de la casa Gryffindor quiere batirse en duelo?

Lexa animó a Luna a hacerlo, ya que mientras se vestían en sus dormitorios le comentó que siempre quería salir y acababa sintiéndose inhibida. Nunca, en las veces anteriores que habían asistido a aquel club de duelo, habían salido como voluntarias, siempre habían sido unas meras espectadoras y, por una vez, querían probar lo que sería poder enfrentarse a otro alumno.

-Sales tú y en la próxima salgo yo –susurró a su amiga, que la miró algo indecisa, pero acabó asintiendo y levantó la mano, siendo llamada por McGonagall.

Junto a Luna subió un chico de Slytherin, que fue elegido por Snape, y con las instrucciones de los profesores comenzaron a batirse en duelo. La morena no perdió de vista a su amiga, sintiéndose nerviosa en un instante que parecía que el rival iba a desarmarla, pero acabó quedando victoriosa ella, y cuando volvió a su lado, le dio un apretón en el hombro antes de escuchar que su profesora llamaba a un nuevo voluntario.

-Yo, profesora -dijo Lexa con decisión.

-Muy bien, Woods -le dijo la profesora, animándola a subir a la plataforma y seguidamente se dirigió al profesor Snape-. Severus, ¿otra preferencia entre tus estudiantes o dejarás que alguien suba como voluntario?

-Creo que dejaré que algún valiente suba aquí, si se atreven -dijo el profesor en el mismo tono serio de siempre-, ¿algún voluntario?

-Yo misma –la morena se tensó al oír aquella voz. Mierda, eso no era lo que esperaba cuando había hablado de forma convencida. No quería batirse en duelo con Clarke.

-Excelente, Griffin -la chica subió a la plataforma y enseguida ambas se pusieron una frente a la otra, mirándose fijamente a los ojos-. Recordad: usad hechizos solo para desarmar a vuestra rival, no quiero enviar a nadie a la enfermería -dijo antes de abandonar la plataforma junto a la profesora McGonagall para que diese comienzo el duelo.

Las dos se encontraban a apenas dos metros de distancia, sin apartar las miradas en ningún momento. McGonagall les indicó que podían comenzar y alzaron sus varitas, colocándolas en posición vertical frente a sus caras, tal y como exigía el protocolo en los duelos.

-¿Asustada, Woods? -inquirió Clarke.

-Más quisieras.

Se dieron la vuelta, andando en dirección contraria a la otra, dejando la suficiente distancia para poder realizar los hechizos. Lexa se dio la vuelta al mismo tiempo que lo hacía Clarke, y sus ojos se conectaron una vez más antes de que sus varitas apuntasen con decisión hacia la otra.

-¡Expelliarmus! -exclamó con decisión y seguridad Lexa, observando cómo Clarke recibía el hechizo y se alzaba varios centímetros del suelo, para caer con un golpe seco contra él segundos después, observando que su varita había acabado a varios metros de ella. Se levantó lo más deprisa que pudo para recogerla y apuntó a la morena con la rabia dibujada en su cara.

-¡Rictusempra! -fue Lexa en esta ocasión la que recibió el impacto, empezando a reírse a carcajadas bajo el hechizo de las cosquillas con las rodillas hincadas en el suelo.

Intentó levantarse como pudo para lograr realizar el contraataque. Llevaba pensando en esos movimientos desde hacía varios días y quería comprobar lo efectivo que serían para desarmar al oponente en un duelo.

-¡Desmaius! -Clarke volvió a caer al suelo tras el último encantamiento de Lexa, dejándola más aturdida que los anteriores, necesitando varios segundos de más para recomponerse, segundos que Lexa aprovechó para acercarse a ella levemente hasta que, con una sonrisa orgullosa, apuntó con su varita al techo y conjuró el último hechizo- Accio varita.

La varita de su rival voló hasta su mano y, de repente, oyó cómo los de Gryffindor comenzaban a corear y aplaudir, pues había ganado el duelo. Miró a Clarke, que todavía estaba sentada sobre la plataforma y se acercó a ella, devolviéndole la varita y ofreciéndole su mano para que se levantase, pero la rechazó.

-¡Excelente! -exclamó la profesora McGonagall, con un tono notable de orgullo por Lexa, que volvió donde se encontraban todos sus compañeros, entre ellos Luna, que le revolvió el pelo cuando se acercó hasta ella- ¿Quién será el siguiente?

Lexa asistió a los siguientes duelos que se sucedieron durante toda la clase, en los que la mayoría de veces ganaba el miembro de la casa Gryffindor, tal vez porque ellos se caracterizaban por la valentía y la humildad. Intentaba estar pendiente en todo momento de lo que sucedía en la plataforma, de verdad que sí, pero le era imposible cuando Clarke Griffin la miraba desde el otro lado de esa forma que le ponía tan nerviosa. ¿Por qué tenía esa fijación con ella? ¿Por qué sentía esos nervios cuando sus ojos se cruzaban? Mil preguntas, y ninguna respuesta.

X X X

-Buenos días, alumnos. En la lección de hoy hablaremos de las maldiciones imperdonables -comenzó a dar la clase Galatea Merrythought, profesora de Defensa contra las Artes Oscuras. Galatea era un fantasma, llevaba demasiados siglos impartiendo esa asignatura, pero debido a una baja temporal del profesor nuevo, volvió a conseguir su puesto de toda la vida. Parecía que Dumbledore le tenía aprecio y siempre la tenía en cuenta para estos momentos. A pesar de haber llevado el temario leído y de pensar que se iba a sentir con fuerzas para recibir la lección, Lexa sintió un escalofrío recorrerla completamente al escuchar a su profesora anunciar el tema del día-. El uso de cualquiera de ellas contra un ser humano está castigado con cadena perpetua en Azkaban. Mi objetivo es enseñaros a combatirlas. Tenéis que prepararos, tenéis que armaros contra ellas; pero, por encima de todo, debéis practicar la alerta permanente e incesante -miró a la clase con detenimiento-. ¿Alguien podría decirme cuáles son estas maldiciones que he mencionado?

-Está la maldición imperius, que supondría el control total de la persona -levantó la mano Lexa mientras hablaba, siempre le gustaba participar en clase, aunque eso supondría más críticas como aquellos cuchicheos que escuchaba a sus espaldas, pero le daba igual, prefería tener ese tipo de reconocimiento por sus participaciones orales en clase, y en su casa nunca se habían quejado de los puntos extras por su dedicación.

-Así es, Woods. Este maleficio puede manipular desde una a varias personas en contra de su voluntad, creándoles un estado de inconsciencia. Podemos combatir la maldición imperius, pero se necesita una gran fuerza de voluntad para negarse a ser manipulada, y no todo el mundo la tiene.

-¿Se podría hablar de, por ejemplo, el amor en este caso? -preguntó a la profesora, que sonrió, hasta que se escucharon unas voces en una esquina del aula.

-El amor, lo que todo lo salva -se escuchó la voz burlona de Blake acompañada de unas risas. Lexa se giró y observó al grupo, viendo que Griffin sonreía levemente mirando a sus compañeros antes de fijarse en ella, observándola casi sin pestañear, como siempre hacía.

-Sin ir más lejos, señorita Blake, en la historia de la magia tan solo una persona ha podido salir viva a la maldición letal, y fue gracias al escudo que provocó el amor. Así que sí, Woods, el amor es una fuerza inmensurable y muy poderosa -sonrió a su alumna-. Ya que la he mencionado, otra maldición imperdonable sería la maldición asesina, Avada Kedavra –con tan solo nombrarla su cuerpo sufrió un escalofrío-, ésta provoca la muerte a quien la recibe de forma inmediata e indolora. ¿Alguien podría decirme la que falta? –hizo una pequeña pausa observando a la clase- ¿Sí, Griffin?

-La maldición cruciatus -se escuchó su voz, y Lexa cerró los ojos, apretando un puño. No, no iba a aguantar la clase, estaba decidido-, también se conoce como el maleficio de la tortura… -la clase se quedó en silencio cuando la morena se levantó de forma automática, disculpándose al pasar por el lado de la profesora, que le sonrió comprensiva mientras salía del aula.

Una vez fuera, se dejó caer sobre el banco que había frente a la clase y se sintió idiota por pensar que iba a poder soportar la lección. Recordó cuando leyó el tema el día anterior y su seguridad pensando que iba a poder aguantar la clase completa. A lo mejor no era lo mismo leerlo que escucharlo, y la imagen de lo que pudiese haber vivido su madre cuando entraron esos mortífagos en su hogar, buscando la localización de su tía, solo lograba que su cuerpo temblase y sus ojos se empañaran de lágrimas de forma automática. Apretó el final de la túnica con los dedos, intentando controlar el llanto, cuando vio un pequeño papel saliendo de debajo de la puerta del aula y llegando donde ella estaba hasta apoyarse sobre su pierna. Lo cogió y abrió para leer en él con una cuidada caligrafía: "No estás sola".

Se extrañó al leer esas palabras, ¿quién habría sido? Suspiró y se guardó la nota en el bolsillo derecho de la túnica antes de sacar un pañuelo y mirarlo entristecida, observando aquellas letras bordadas: E. W. Era de su madre, y necesitaba algo suyo para llevar siempre con ella, así que su padre le ofreció dos: aquel pañuelo y un anillo que siempre llevaba puesto plateado con la forma de un fino nudo en mitad de este. Siempre le habían dicho que era igual que su madre, y se sorprendió al comprobar que hasta en los dedos lo eran, porque le quedaba perfecto.

-Gracias, Woods, nos has librado del muermo de clases de hoy -escuchó frente a ella, y vio a Blake saliendo con Carrow y Peverell.

Se levantó de forma automática, y empezó andar por el pasillo, intentando huir de ellos; no tenía el día para soportar también a los Slytherin.

-Ey, Woods, ¿vuelves a casa para seguir llorando? -escuchó sonidos burlándose de ella, haciendo como si llorasen.

-Ey, Woods, ¿quieres que te acompañemos para que no te pierdas? –las pisadas detrás de ella le ponían los pelos de punta.

-Ey, Woods, ¿por qué vas tan rápido? -la pusieron contra la pared y pudo enfocar esos ojos verdes felinos característicos de la morena. Siempre le habían dado miedo, y más cuando la miraba de esa forma, con ese brillo que le hacía temblar y esa sonrisa de satisfacción- Te estamos hablando, es de mala educación si no nos escuchas. Será mejor que te quedes ahí quieta -se separó de ella y la apuntó con la varita-. Locomotor Wibbly -una luz roja salió tras la realización del movimiento exacto, y dejó de sentir las piernas.

Cerró los ojos cuando se acercó Carrow a ella, mordiéndose el labio internamente para controlar el temblor que siempre provocaban, aunque notaba las lágrimas salir de sus ojos de nuevo. Entre la chica y él empezaron a quitarle la túnica entre risas, mientras que el tercero hacía de guardaespaldas de lo que pasaba ahí, observando el pasillo para que no se acercase nadie.

-Carrow, Blake, ¡ya basta! -gritó una chica que se acercaba desde el final del pasillo.

-Griffin, ¿dónde estabas? Te estás perdiendo el streaptease especial de Woods -abrieron paso para que ella fuese la que estuviese delante, e intentó ser desafiante y no apartar la vista de sus ojos azules.

-D-de... -respiró hondo para que no le temblase la voz cuando sus manos se pusieron en su túnica- Déjame en paz -consiguió que sonase firme, pero se sorprendió cuando se puso a abrochársela, colocando cada prenda en su sitio.

-¿Me señalas a quién te ha tocado? -preguntó molesta, pero Lexa no se movió, y la escuchó suspirar antes de que se girara para observar a su grupo- Os he dicho mil veces que la dejéis en paz. Creo que dejé claro que Woods es mía, ¿tan difícil es de entender?

-Vamos, Griffin… Todos sabemos que Woods es la más facilona -protestó Carrow, quien abrió los ojos cuando la rubia golpeó su mejilla con la mano, escuchándose en todo el pasillo, y tras eso sacó su varita, apuntándole directamente- No hag…

Petrificus Totalus! -dijo tras hacer el movimiento correcto, y el chico se quedó totalmente inmóvil en mitad del pasillo. Lexa se sorprendió cuando la rubia lo empujó sin ningún miramiento, creando un sonido sordo cuando el cuerpo de Carrow golpeó el suelo.

-Joder, Clarke... -suspiró Blake, pero cerró la boca cuando Clarke le apuntó con la varita.

-¿Tú le has hecho algo? -la morena negó repetidamente observando la varita de su amiga, y Lexa volvió a ver los ojos claros de la chica enfocarla-. ¿Te ha tocado Octavia?

-N-no -aguantó el aliento durante unos segundos, donde sus ojos recorrieron su rostro completamente y cogió aire cuando se acercó más a ella, apretando con la punta de su varita en su yugular.

-No me mientas, Woods.

-E-es verdad… -susurró con miedo, y suspiró cuando se guardó la varita en la túnica, separándose de ella.

-Vete de aquí.

-No p-puedo mov…

-¿Qué dices? -la volvió a mirar con esos ojos azules claros que tan nerviosa la ponían.

-No puedo moverme… -murmuró agachando la mirada.

-¿Qué le habéis hecho, joder? -se quejó, y agarró al otro chico de los cuellos de la camisa, poniéndolo de forma brusca contra la pared, justo a su lado. Clarke Griffin era la que llevaba a ese grupo y parecía que cuando no le hacían caso se cabreaba de verdad, porque todos tenían el miedo reflejado en los ojos.

-¿Qué mierda te pasa a ti? ¿Desde cuándo eres la defensora de una Gryffindor cobarde? Esta sangre sucia debería estar fuera de este colegio y lo sabes.

Clarke movió al chico de la pared, lo empujó y volvió a sacar la varita.

Expulso! -el cuerpo de Peverell salió por los aires hasta el final del pasillo, antes de que la señalase a ella, con la cara llena de furia e hiciese el contrahechizo para que pudiese mover las piernas- Vete de aquí, Lexa.

Se quedó sorprendida por que la llamase por su nombre, y asintió, antes de irse de allí a paso ligero, mirando hacia atrás sobre su hombro para ver a las dos chicas en una conversación acalorada, y se puso nerviosa cuando ese celeste volvió a clavarse en ella, volviendo a mirar al frente. Caminó más rápido, queriendo salir de ese pasillo cuanto antes. Quería dejar de pensar en la clase a la que acababa de asistir, y quería dejar de pensar en el cambio de comportamiento de Clarke Griffin; sobre todo el por qué le estaba gustando que la defendiera.

X X X

Cuando terminaron las clases de ese horroroso día, decidió ir a hacer una visita a Hagrid, ya que hablar con él mientras tomaban uno de aquellos tés que preparaba solía tranquilizarla, así que fue hasta la cabaña donde vivía el guardián y tocó la puerta suavemente, rezando internamente porque estuviese allí y no tuviera que darse media vuelta.

-Lexa -le dijo con una sonrisa casi oculta por su espesa barba negra cuando abrió la puerta, haciéndose a un lado para dejarla pasar-, ¿todo bien? -frunció el ceño cuando la vio tan decaída.

-No he tenido un buen día hoy -confesó, dejándose caer sobre uno de los grandes sillones de la cabaña-. Se han juntado varias cosas y no me encuentro bien.

-¿Qué ha ocurrido? -se interesó Hagrid mientras ponía al fuego una tetera sin necesidad de que Lexa le dijese nada.

-Hoy hemos hablado de las maldiciones imperdonables en clase de Defensa contra las artes oscuras -comenzó a decir, jugando con sus manos y con la cabeza agachada-. Pensaba que podría soportarlo, que no me afectaría, pero, tras la maldición letal, he tenido que salir de clase.

-Oh, Lexa -se lamentó el semi-gigante, yendo hacia ella y cogiendo una de sus manos entre las suyas-, sé lo difícil que es eso para ti, y es normal que te afecte tanto. Pero ya verás que después del té que estoy preparando te sentirás mejor -sonrió y ella lo hizo también, sintiendo cómo la presencia de su amigo la calmaba.

-Gracias, Hagrid -le contestó, y se quedó unos segundos pensativa-. A veces pienso en aquellas veces cuando enviaba una carta a casa y no solo la recibía mi padre, ¿sabes?

-Lexa -le llamó-, sé que tu madre estaría muy orgullosa de ti, de todo lo que estás consiguiendo en esta escuela. Seguramente seas la mejor estudiante de tu curso.

-No lo creo -dijo Lexa negando con la cabeza-. Además, hoy ha sucedido algo más… -dijo de repente, mientras Hagrid iba hacia el fuego para retirar la tetera y acercarla a la mesa que había frente a Lexa.

-¿Te han vuelto a hacer algo esos mequetrefes de Slytherin? -preguntó con rabia en la voz.

-No exactamente -dijo, y Hagrid se sentó a su lado, mirándola, sin entender muy bien qué es lo que quería decir-. Bueno, sí, me inmovilizaron las piernas; pero Griffin apareció y se enfrentó a ellos para que me dejasen en paz, hizo el contrahechizo y dejó que me fuera de allí.

-¿Clarke? -asintió mientras él servía el té en dos tazas para ambos- En realidad no me sorprende tanto, yo he hablado varias veces con ella y parece… -se quedó pensativo, quizás buscando las palabras correctas- buena chica.

-Hagrid, lleva años haciéndome la vida imposible -le recordó-, ¿cómo puedes decir que es buena chica? Que ahora me esté protegiendo y parezca que no quiere que sus amigos me hagan nada no la convierte en una santa de la noche a la mañana.

-No, pero solo digo, Lexa, que tal vez las cosas no son como parecen -le dijo, mientras bebían de sus tazas los dos-. Slytherin es una casa complicada, y todos los que están allí es por algo, pero Clarke... hay algo en ella que no me encaja allí.

Lexa se quedó pensando en las palabras que le acababa de decir Hagrid. ¿A qué se refería con que había algo en Clarke que no encajaba? Estaba claro que no era como todos los demás, con ninguno de los otros Slytherin que se habían dedicado a perseguirla durante todos los cursos que llevaba en Hogwarts había sentido esos escalofríos que recorrían su cuerpo como le pasaba cuando Clarke clavaba sus ojos en ella o cuando se acercaba a su rostro más de la cuenta.

¿Qué había en Clarke Griffin que la hacía tan distinta al resto de Slytherin? ¿Y por qué no podía dejar de pensar en alguien que se había dedicado los últimos años a divertirse a costa de su sufrimiento? Debía dejarlo correr, apartar esos pensamientos de su mente y centrarse, lo sabía; pero hacerlo no era tan fácil como decirlo. Por el momento, se dedicó a escuchar las increíbles historias de Hagrid sobre dragones o gigantes, ayudándole a desconectar de los problemas que tenía en su día a día.

Más tarde, el paseo por los pasillos de Hogwarts hasta llegar a la sala común fue tranquilo, a pesar de haber ido alerta los minutos que le costaba recorrer a pie el castillo entero hasta llegar a la torre de Gryffindor. Cuando cruzó el retrato de la Dama Gorda, la sala estaba iluminada por la luz tenue de la chimenea. Probablemente la gente estaría en el Gran Comedor cenando, pero ella no tenía apetito esa noche. Fue directa hasta las escaleras de caracol que conducía hacia su dormitorio, cuando alguien la llamó. Se giró de forma automática y vio a Anya sentada en uno de los sofás con un libro en las manos. Ella ya estaba en el último curso y siempre le hablaba de su preparación a los exámenes ÉXTASIS y lo nerviosa que estaba, pero también le chivaba aspectos importantes para prepararse en las distintas pruebas de las asignaturas que tenía durante los cursos, y estaba muy agradecida por eso y por la amistad que habían formado durante los años. Siempre había sido como una hermana mayor, una guía para ella desde que entró en el mundo del colegio Hogwarts.

-Hola, Anya, ¿has cenado ya? -preguntó amable, acercándose y sentándose a su lado.

-No… No tengo hambre hoy –contestó, una vez le confesó que cuando estaba ansiosa se le cerraba el estómago y no le entraba nada para comer-. ¿Y tú? ¿Has cenado?

-Entonces hoy no tenemos ninguna de las dos apetito -sonrió a la chica, recibiendo el mismo gesto de su parte.

Apoyó su espalda en el sofá, cerrando los ojos momentáneamente, y quedándose con el ambiente de paz que se respiraba siempre en aquella sala. Era el olor de Gryffindor, el mismo olor que ella nunca iba a tener porque, realmente, era una cobarde. ¿A quién quería engañar? Ni siquiera aguantó una clase teórica sobre maldiciones, quizás Peverell tenía razón y no debía estar ni en ese colegio.

-¿Estás bien, Lexa? -sentir su mano en la rodilla la sobresaltó, y observó el rostro preocupado de su compañera, que siempre había conseguido reconfortarla los días que había estado baja de ánimo, sobre todo desde el curso pasado cuando empezó con los TIMO.

-Tranquila, Anya, estoy bien. Solo cansada, hoy ha sido un día agotador –vio cómo apartaba la mano de su pierna cuando se levantó del sofá-. Buenas noches. Nos vemos mañana en el desayuno -la vio asentir, y empezó a andar hacia las escaleras de las habitaciones de las chicas.

-Buenas noches, Lexa -la morena la miró sobre el hombro y le sonrió, observando que ella también lo hacía levemente.

Caminó hasta llegar a su habitación, estaba vacía, y lo agradeció porque necesitaba en esos instantes unos minutos a solas tras haber estado en clases y con Hagrid. Se sentó en el suelo frente a su ventana y admiró el cielo en silencio, recordando aquellas escenas con su madre en su niñez, cuando iban todos a la orilla del río Támesis en familia y adoraban las estrellas. Su madre era amante de la astronomía, y siempre le había hablado de las distintas constelaciones que adornaban el cielo por la noche. Si cerraba los ojos casi podía sentir la calidez del cuerpo de su madre abrazándola cuando tenía siete años sobre el césped y su voz susurrándole de forma tierna cada uno de los nombres de las estrellas, señalándolas para que supiese cuál era cuál, y contándole historias que se inventaba. Sabía que se las inventaba para hacerla más fuerte.

-Y mírame, mamá... –se entristeció, agachando la cabeza para mirar sus manos, dejando caer una lágrima de sus ojos- Intentaste que fuese fuerte, y no soy más que una cobarde.

Se limpió las lágrimas con el dorso de las manos tras quitarse las gafas, y buscó el pañuelo en sus bolsillos para limpiar los cristales. Se las volvió a poner porque encontró el papel arrugado que había recibido esa mañana. "No estás sola". Otra vez le vino a la mente la pregunta de quién podría haber sido, y si realmente no estaba sola, ¿por qué no se lo hacía saber físicamente y no solo por un papel?

El recuerdo de lo sucedido con la nota la llevó al momento en el que Clarke Griffin la defendió con esa furia, y cómo no tuvo ningún pudor en golpear o lanzar hechizos a sus amigos. Además, se había dirigido a ella, por primera vez, por su nombre, sin que usase el apellido. Volvió a su mente aquel sentimiento de agrado, porque le gustaba que le defendiera. Su pensamiento lógico sobre aquello era que así conseguía que no la tocasen, y lograba un poco de tranquilidad en su día a día en el colegio, porque no podía haber nada más allá del simple hecho de no ser atacada por aquel grupo de Slytherin. ¿Verdad?


Hola, Hola. Marinsey al habla.

¿Qué os ha parecido el segundo capítulo?

Para empezar nos gustaría aclarar que tengáis en cuenta que Clarke y Lexa se conocen desde primero, y si están en sexto (había puesto sexo, así, como dato. En fin...) llevan cinco años "conociéndose", o más bien, sabiendo que la otra existe, aunque sea para molestarla un rato.

¿Os ha gustado la escena del duelo? Somos un poco frikis, o más bien, crecimos de la mano del mundo de Harry Potter y, sabemos que hay lectoras que no han visto/leído nada de eso, así que intentamos que en el capítulo todo se vea más o menos explicativo. La escena de "¿Asustada, Woods?" *fangirling*

Maldiciones imperdonables, qué bonitas que son. Nos gustaría saber qué pensáis de esta escena y, en concreto, del comportamiento de Clarke. *Música de tensión*

¿Os gustaba Hagrid? ¿Libro/película? ¿En ningún lado porque odiáis la magia y sobre todo a Potter? Ugh, qué asco me daba Haurri... TEAM HERMIONE. Uh... cómo me voy por las ramas... Parece que Hagrid es un buen amigo de Lexa, ¿os gusta su relación con ella?

Lexa dice que le gusta que Clarke la defienda, pero... ¿hay algo más allá? *música de misterio*

Decidnos teorías. Y muchas gracias por los comentarios.

Nos leemos el miércoles.

Un abrazo mágico de Marinsey.