Notas del traductor: Ni hetalia ni este fic me pertenece, todo es de Hidekaz y George deValier respectivamente.
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BLANCO
La segunda vez, Arthur esta derrotado. Sostiene la prenda blanca de rendición en sus manos, su única defensa contra los invisibles rebeldes americanos que buscan en los alrededores del bosque. Su rifle está vacío; su cuerpo exhausto. Arthur apenas sabe donde esta, o como llego ahí, o incluso porque sigue corriendo. Él sabe que la prenda blanca es inútil. Si lo encuentran, lo mataran.
La luna blanca está apenas apareciendo en el cielo cobalto, brillando a través de los intimidantes arboles negros, altos, frondosos y largos que Arthur ha visto jamás. Los maldice en silencio, maldice la noche que comienza, maldice a los rebeldes, maldice el asalto sorpresa que lo ha visto alejado de sus tropas por segunda vez en un mes. Arthur esta cansado de esto, sus huesos duelen y su aliento quema sus pulmones. Arthur esta cansado de pelear. Dos años luchando con rebeldes americanos, quince luchando con enemigos de Bretaña, treinta y tres años luchando con la vida misma. Arthur no sabe que es paz.
Las pisadas se hacen distantes mientras Arthur se acerca al final del bosque. La silueta de una construcción aparece cercana, en ruinas y desolada, un café rojizo en señal de esperanza contra el cielo oscuro. Arthur corre hacia ahí. La maleza cruje bajo sus botas, su corazón late en su garganta; su rifle pesa en su hombro y la prenda blanca pesa en su mano. Libre de los envolventes árboles, la luna blanca es un silencioso enemigo. Pero los rebeldes no lo siguen, sus voces se han ido.
El edificio fue una vez un establo tal vez, o un granero, o un pequeña y solitaria casa, saqueada y gastada. Arthur cae por la rota puerta de madera y colapsa contra el frio y duro piso. Pasa su mano sobre sus ojos, suspira en incredulidad, deja salir con estremecimiento una exhalación de alivio. En este momento, él esta a salvo; esta con vida. En este momento, él está perdido, vacío y exhausto.
"¡Arthur!"
La voz perfora la piel de Arthur como una bala. Su corazón late, su sangre arde, su respiración se detiene en esa increíble y perforante palabra. Sus ojos vuelan abiertos y su áspero y lleno mundo se limita solo a esto. "Alfred."
El rebelde dorado está sentado contra la pared opuesta, vivido y real y vivo, su mano sostiene su arma y sus piernas extendidas frente él. Su sonrisa es tan alegre como esa tarde en el rio, sus ojos tan brillantemente azules. No ha pasado ningún día en el que Arthur no haya pensado en esa tarde. Pensado en su rebelde dorado, quien sonreía como el sol entre los sauces, con quien compartió naranjas y se rehusó al tabaco y escuchó, cautivado, simples líneas de poesía. Su rebelde dorado, quien se suponía que solo sería una memoria. Pero ¿Qué utilidad tiene admirar coincidencias como esa en tiempos así? La chaqueta azul de Alfred está tirada cerca de él y su blanca camisa esta manchada con rojo. Arthur cruza la habitación, la prenda blanca de rendición cae de sus dedos. "Estas herido."
Alfred ríe, y el sonido lleva el sol amarillo y el cielo azul a esa habitación, gris y moteada por la luna. "Nah, no es nada. Solo mi brazo. Fui herido por uno de esos mosquetes con cuchillo al final."
"Bayoneta." El corazón de Arthur duele extrañamente. Entonces el chico había visto una batalla. Él ha encarado armas que ni siquiera puede nombrar. Arthur se arrodilla al lado de Alfred, tomando agua, vendas y un tarro lleno de ungüento de su mochila.
"Arthur. Sabía que podría verte de nuevo. Sabia que era el destino." Alfred sonríe, haciendo una mueca brillantemente cegadora, mientras Arthur limpia la herida.
Arthur se maravilla con una sonrisa tan blanca en un lugar tan oscuro como ese "No es el destino, es una coincidencia."
"Es el destino." Alfred cree con intensidad.
Arthur no alega. La piel de Alfred es suave al toque y dura con fuerza. Es la cosa más pura que Arthur ha sentido en todos esos años de esa masacre llamada guerra.
"Me he perdido de nuevo, Arthur." Alfred ríe de nuevo, más fuerte esta vez, aun lo mas limpio que Arthur ha escuchado jamás. "Realmente, no creo saber que estoy haciendo."
"Esta bien, Alfred. Al final, ninguno de nosotros sabe que estamos haciendo."
"¿Estás perdido?" La voz de Alfred parece tranquila.
"Sí." Arthur siente que puede admitirlo, ese lugar es brillante y oscuro y esta perdido en algún sitio, atrapado entre los negros arboles y la blanca luna. Igual que una casa de campo en algún cuento del folklor. En este negro y blanco lugar, Arthur puede admitirlo. "Si, Alfred. Estoy perdido."
"Es gracioso ¿No crees, Arthur? Como cuando nos perdemos, terminamos encontrándonos."
Arthur esta confundido, intrigado y cautivado por este risueño rebelde dorado. ¿Por qué, de los miles de hombres que Arthur ha pasado en su vida, es este inocente enemigo quien fácilmente penetró en su alma y marcó su memoria y le recordó que tiene un corazón?
El corte es poco profundo y Arthur ata las vendas con una práctica facilidad. Alfred toca el blanco vendaje suavemente, casi fascinado. "¿No moriré?"
Una sonrisa surge del pecho de Arthur y se posa en sus labios. "No. No morirás, no por esta herida."
Alfred no sonríe. Mira arriba lentamente, las negras pestañas pintan sombras en las blancas mejillas, sus grandes ojos azules brillan con la luz de la luna. "Pero si nos encuentran, nos mataran"
Arthur sabe que es cierto. Sus uniformes juntos son una sentencia de muerte. Los casacas rojas o los rebeldes: ambos podrían disparar al ver este rojo, blanco y azul. Aun así, dice, "No Alfred, la armada rebelde ha pasado, y el regimiento británico esta marchando hacia el oeste." Arthur hace una mueca inmediatamente. Ha dicho demasiado.
Alfred no lo nota. "Pero podrían encontrarnos." Habla suavemente, un susurro sin aliento en el silencio. "Podrían, Arthur. Tal vez quemen la cabaña."
Arthur no sabe si Alfred habla de los británicos o los rebeldes. De cualquier manera, esto lo golpea como una acusación, y memorias que no son bienvenidas, de flamas naranjas y corazones negros y carmesís gritos ardientes asaltan a Arthur. "No. Ellos no nos quemaran."
Alfred sigue, hacienda caso omiso a las palabras. " Podríamos morir aquí," dice roto y obstinado, como un niño refutando estar en lo correcto. "Podría morir, y nunca he conocido nada mas que un beso."
Las palabras se hunden lentamente. El reducido mundo de Arthur se reduce aun más: al palpitante pecho de Alfred, su pesada respiración, a la suave, dura y firme piel bajo los dedos de Arthur. Con ligera incertidumbre, la mirada de Arthur se reúne con la de Alfred. Pero los ojos que mira no tienen miedo. Son intensos, honestos y llenos de esperanza; son el más claro azul que Arthur ha visto jamás. Arthur afirma su agarre en el brazo de Alfred. "¿Un beso?"
Alfred huele como a campos dorados, como el cielo raso de primavera, como el claro sudor que corre las puntas de su cabello. Como libertad; como paz. Su mano esta presionando suavemente la parte trasera de la nuca de Arthur. "Por favor," susurra, sus labios se separan y buscan los otros. Arthur solo puede aceptar su petición, solo pueden rendirse.
Los labios de Alfred son como fuego, sus manos como el viento. Él besa como si se estuviera quemando y solo Arthur puede sofocar las llamas. Arthur se rinde con urgencia, se eleva con intensidad, pero calma la intensidad de Alfred con lentos toques y suaves palabras. Lazos, nudos y botones desechos. El rojo, blanco y azul caen olvidados en el piso. Ese lugar sigue siendo brillante, oscuro y perdido en algún sitio; pero ahora nada es negro, y nada es blanco.
Arthur se ha acostado con todo una armada de hombres. Encuentros con militares sin rostro, arrebatos detrás de barracas y bajo tiendas de campaña, con aquellos que hacen el amor como si estuvieran peleando por el poder. Citas apresuradas y vergonzosas, en habitaciones que huelen a vino y polvo, con aquellos cuyo amor es comprado y vendido. Y hace mucho, noches que parecían durar para siempre; perdido en los brazos de quienes prometían, quienes adoraban, pero quienes nunca volvían por él.
Pero esto es diferente. Esto se siente correcto; se siente puro. La piel dorada de Alfred brilla con la luz de la luna, cálida y temblorosa mientras yace desnudo contra Arthur, mientras jadea y suspira y busca continuamente por los labios de Arthur. Sus ojos azules se oscurecen y crecen con asombro cuando Arthur se aparta y separa sus muslos y guía a Alfred en su interior. Su voz es como un canto atrapado en sorpresa sin aliento. Arthur se siente joven, y se siente viejo, y aunque está manchado con muerte y pecado, este rebelde dorado lo hace sentir blanco y nuevo otra vez. En este momento, esta a salvo; esta vivo. En este momento es encontrado, lleno y restaurado.
Mientras la noche se convierte en mañana, los labios y manos se vuelven más intrépidos, hasta que Arthur pierde la cuenta de las veces que intercambiaron placer con el otro. Es audaz, blanco y agudo; rompe cada parte de él y lo reconstruye en alguien que se preocupa, alguien que siente. Ellos jadean, gimen y suspira; hablan, tocan y ríen; finalmente colapsan, saciados y agotados, con sus extremidades entrelazadas y el tarro de ungüento vacío en el suelo. Arthur piensa que puede permanecer ahí en esa casa de campo de cuento de folklor para siempre. Piensa que puede abandonar su regimiento y negar esta guerra. Arthur piensa que ahora, finalmente, el conoce lo que es la paz.
"Arthur." El abrazo de Alfred esta muy apretado, muy desesperado. Es el único lugar donde Arthur ha querido permanecer. El piso es duro bajo ellos, pero Arthur apenas lo siente. "Arthur," Alfred dice de nuevo, su voz baja y ronca en el frio aire de la mañana. "La gente podría decir que esto esta mal. Pero… pero esto no se siente mal, Arthur."
"No lo esta." Arthur susurra las palabras en el cabello de Alfred, humedecido por el sudor. El cree las palabras. Se deja a si mismo olvidar que este chico es su enemigo, olvidar que tiene la mitad de su edad. "No esta mal, Alfred." El olor a lluvia llega con el amanecer, fresco y claro, y por primera vez Arthur no se siente sucio con el sudor de otro hombre en su piel.
Alfred voltea la cabeza hacia Arthur, buscando sus labios de nuevo. "La lluvia ya viene."
Lluvia. Mañana. Separación. La no deseada realidad golpea la mente de Arthur, se sitúa como una roca pesada en su estomago. Él no puedo permanecer ahí. Él no puede negar esta guerra. Solo ha conocido una noche de paz, y nunca imaginó que una noche fuera tan corta. Suspira cansadamente. "Lluvia en la madrugada. ¿Te gusta la lluvia, Alfred?"
La risa de Alfred es solo un suspiro entrecortado, pero sigue llevando el sol amarillo a la habitación. "Seguro. Cuando huelo la lluvia venir, me gusta yacer en los campos, mirar el cielo y esperar las gotas de lluvia. Seguro amaría mirar el cielo contigo, Arthur."
Arthur no responde, pero piensa que nada podría ser más hermoso que ver el cielo con su rebelde dorado. Desea poder dejar en el pasado estos crueles e insensibles días, poder aferrarse a la blanca luna llena que antes maldijo tan tontamente. Arthur nunca había sentido tan amargo odio por el sol naciente. E incluso ahora, los ojos de Alfred son sinceros, honestos y esperanzados.
"Aun creo en el destino, Arthur. Creo que te veré de nuevo."
Arthur se apoya en el brazo de Alfred como creyendo él. Pero cree de forma diferente que Alfred. Él cree que regresara con su regimiento. Cree que continuara peleando sin saber porque. Cree que Alfred es muy bueno y torpe para todo esto. Arthur cree que esta noche es la más pura, profunda paz que ha conocido nunca, y el amanecer la quemara.
Un rayo de luz atraviesa el techo, cae en dos uniformes entrelazados; una pila olvidada de deber y odio. En el brillo del amanecer, el rojo, blanco y azul ante los ojos de Arthur. Colores indistinguibles.
Y entonces rojo…
Notas del traductor: Actualicé esto ahora porque no se hasta cuando tendré una computadora en mis manos. El ultimo capitulo esta ya terminado, así que solo es cuestión terminar de traducir (llevo la mitad) y conseguir en los próximos días (o semanas u.ú) una computadora con conexión a internet.
Agradezco a los que dejaron Reviews, favoritos y siguen la historia, los haré llegar al autor original.
