CAPITULO 2: VIAJE AL SUR

Hans y Elsa llegaron esa tarde a las Islas del Sur, cuando el sol se estaba poniendo. Oystein, el hermano mayor de Hans, había mandado un carruaje por ellos. Hans suspiró y ayudó a Elsa a subir, para después subir él. Apoyó tristemente la cabeza en la puerta del carruaje.

A Hans no le gustaba para nada volver a casa. Las últimas dos veces que lo había hecho, las cosas habían estado mal. La última vez Elsa había sido forzada a romper su corazón. La anterior, había sido enviado en desgracia después de su mala conducta en Arendelle.

Elsa se pudo imaginar los pensamientos de Hans, y tomó su mano, apretándola cariñosamente. Después señaló por la ventana.

-Tu país es realmente hermoso, Hans- le dijo Elsa, intentando hacerlo pensar en otras cosas más agradables- y sorpresivamente cálido, pero agradable. No se parece mucho a Arendelle. Que puesta de sol más asombrosa…-

Hans sonrió, y Elsa lo imitó. Había logrado desviar los pensamientos de su esposo al menos en ese momento. Y era cierto lo que dijo. Lo poco que alcanzó a ver antes de que anocheciera, había sido hermoso. Y diferente a Arendelle.

Una vez que llegaron al castillo real, bajaron del carruaje. Elsa no soltó la mano de Hans cuando Oystern los recibió en la entrada. Era un hombre mucho mayor que ellos, lo cual era lógico si había otros once hermanos entre él y Hans. Elsa aún se sorprendió de ésto, ya que Georg era el quinto hermano y, aunque sí se veía mayor que Hans, no se observaba una diferencia tan marcada como con Oystern. Quizá era que Georg siempre ostentaba una enorme sonrisa, la cual se acentuaba cuando Leo estaba cerca, y lo hacía verse mucho más joven. Oystern, en cambio, estaba con el ceño fruncido, y miraba a Hans con una expresión extraña que Elsa no pudo descifrar.

El nuevo rey de las Islas del Sur tenía el cabello pelirrojo largo, mucho más largo que el de Georg y de un tono más oscuro que Hans, una poblada barba y bigote, y gruesas cejas castañas. Todos los hermanos de Hans parecían tener el mismo tono verde de sus ojos. Los de Oystern, sin embargo, no tenían el mismo brillo alegre que los del rey de Arendelle.

-Hans, que bueno que viniste- dijo su hermano mayor con seriedad y un poco de frialdad, lo cual sorprendió a Elsa. Esperaba un poco más de calidez entre los dos hermanos, dada la situación. Luego recordó que los trece hermanos no solían llevarse muy bien entre ellos, al menos no todos.

Oystern se volvió a Elsa y se inclinó.

-Su majestad, gracias a los dos por honrarnos con su presencia- dijo el nuevo rey de las Islas del Sur.

Elsa sonrió amablemente. Para ella no pasó desapercibido que su cuñado no se refirió a Hans por su título real.

-Gracias por su bienvenida- le dijo Elsa, inclinándose levemente. Oystern sonrió rápidamente y se volvió a Hans, volviendo a su rostro serio y un poco molesto.

-Ya hemos preparado todo para su llegada- dijo Oystern- espero no te moleste que los hayamos acomodado en tu antigua habitación, claro, la adaptamos para que la reina Elsa también se sienta cómoda. Los sirvientes llevarán sus cosas ahí-

-Gracias, Oystern- le dijo Hans.

-Por cierto- agregó Oystern, acentuando, si era posible, su ceño fruncido- nuestro padre les dejó una carta, y una caja a cada uno de ustedes dos, cuyo contenido no nos atrevimos a revisar. También están en tu habitación-

Elsa lo miró, sorprendida. ¿El rey había dejado algo para Hans y para ella? Oystern se inclinó y se despidió, diciendo que necesitaba hacerse cargo de otros detalles para el funeral y la coronación. Elsa se volvió hacia su esposo, interrogante, y éste le sonrió levemente, apretando su mano.

-Vamos, Elsa- dijo Hans con una sonrisa algo traviesa- te mostraré mi habitación de soltero-

Elsa rió, rompiendo la tensión que había sentido cuando Oystern estaba ahí, y lo siguió entre los pasillos del castillo, hasta llegar a su habitación. La joven no pudo evitar comparar su habitación con la de Hans. La puerta y su ubicación eran muy parecidas a la suya. Tocó la madera pintada de blanco, con algunos toques azules, y sonrió ante la coincidencia.

Entraron a la habitación y, como Oystern había mencionado, todo estaba preparado para ambos, con una gran cama a diferencia de la pequeña que tenía Hans. Éste le indicó que Oystern seguramente había añadido un par de enormes espejos para Elsa. Una vela aromática ardía junto a la cama, dándole un agradable olor a toda la habitación. Las cortinas, del mismo color azul de la puerta, revelaban una ventana desde la cual podían ver el puerto y el mar.

-Era la habitación más aislada del palacio- le comentó Hans- y ninguno de mis hermanos la quería. Pero ellos nunca supieron de la hermosa vista que tenía…-

Elsa sonrió.

-Todo está perfecto, Hans- dijo ella.

Fue entonces cuando notaron, como había dicho Oystern, que sobre la cama había dos cajitas, y dos cartas. Un par decía "para Hans" y el otro "para Elsa". Hans reconoció la letra de su padre.

Los dos se miraron entre sí y suspiraron. Elsa apretó la mano de Hans y le dio un beso en la mejilla, para animarlo. Hans le sonrió de regreso y tomó la primera caja y la carta que llevaba su nombre. No era muy larga.

Para mi hijo menor, Hans, que de todos es de quien me siento más orgulloso por haberse decidido a escuchar a su corazón. Un verdadero príncipe y un verdadero héroe.

Hans sonrió. Su padre lo conocía bien, a pesar de ser el menor de sus hijos. Abrió la caja y dejó escapar una exclamación de asombro. Era el anillo de esmeralda de su padre, el mismo que siempre había visto usar desde que tenía memoria. Todos sus hermanos codiciaban ese anillo, porque creían que quien lo tuviera, sería el rey de las Islas del Sur. Sin embargo no fue así en este caso.

-Gracias, padre- dijo Hans en un susurro, sonriendo. Elsa lo besó en la mejilla. Hans se volvió a su esposa- ¿y que tiene el tuyo?-

La caja que iba dirigida a Elsa era un poco más grande. La joven abrió su carta, apoyando su espalda en el cuerpo de Hans, quien la recibió contento.

Para la hermosa reina Elsa, a quien no tuve el placer de conocer en persona, pero que por su amor y su capacidad de perdonar supe que su corazón era tan hermoso como los rumores sobre su belleza. No pude imaginar otra mujer a quien le venga mejor este pequeño obsequio.

Elsa, fue un placer haber sido tu amigo y aliado durante estos años. Y fue un honor para mí que formaras parte de mi familia. Deseo con todo mi corazón que Hans y tú tengan una larga y feliz vida juntos. Cuando vea a tu padre, le contaré en lo que te has convertido, y estará muy orgulloso de ti.

Albert Westegard, rey de las Islas del Sur.

Elsa sonrió y apretó la carta contra su pecho, tratando de evitar que se le escaparan las lágrimas. Segundos después, tomó la caja y la abrió. Miró asombrada su contenido. Era una hermosa diadema de oro blanco, con varias formas parecidas a copos de nieve, en cuyo centro cada figura tenía un pequeño diamante. Mientras Elsa la miraba, Hans la tomó y se la puso. Después susurró a su oído.

-Estoy de acuerdo con él, te viene perfecta- dijo él con una sonrisa- debía quererte mucho porque esa diadema es especial. Era la diadema preferida de mi madre-

Elsa lo miró, y se quitó la diadema con dedos temblorosos para volverla a mirar. Era hermosa y magnífica, y el significado emocional de ese obsequio era enorme.

-Oh, Hans, no puedo aceptarla- dijo Elsa después de unos segundos, algo nerviosa al ver el maravilloso obsequio y el valor sentimental que debía haber tenido para el rey, y que tenía seguramente para Hans- tu cuñada, la nueva reina, es quien debería tenerla, esto es demasiado para mí, y yo… es decir…-

Hans sonrió de manera tranquilizadora. Su padre sabía bien lo que hacía, hasta el final. Y sabía que su padre quería a Elsa muy por encima de sus envidiosas cuñadas.

-Shh, mi padre tenía razón- dijo Hans, tomando la diadema de manos de Elsa otra vez y colocándosela. Se veía muy hermosa con ella puesta- debes conservarla, o mi padre se enojará contigo…- y la besó. Ante tales argumentos, sobre todo el beso, Elsa no protestó más.

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Kristoff y Anna regresaron de su paseo en la tarde, ya casi para oscurecer. Sitron y Sven habían estado felices de salir al bosque a pasear. Anders le había tomado cariño tanto al reno de Kristoff como al caballo de Hans, pero a esa hora y después de toda la actividad, el pequeño rubio estaba dormido, rendido en los brazos de su madre. Anna sonrió.

-Vaya, deberíamos sacarlo a pasear más seguido, si esa es la manera de que se duerma temprano- comentó Anna, pasando a Anders de sus brazos a los de Kristoff para poder bajarse de Sitron- buenas noches, Sitron, gracias por tu compañía- añadió acariciando su hocico.

El caballo relinchó en un tono bajo y se dejó guiar por los cuidadores de regreso al establo, igual que Sven. Anna tomó la mano libre de Kristoff, y ambos se dirigieron de regreso a la entrada del castillo, cuando notaron algo fuera de lo normal.

-Mira eso- señaló Kristoff, sonriendo, hacia la entrada de las cocinas del palacio.

Era Ferdinand, que paseaba con una chica tomada de su brazo.

-Es Lydia, y está con Ferdinand- dijo Anna, espiando detrás de la columna de la entrada- ese sí que se enamoró esta vez-

Anna y Kristoff pudieron ver como Ferdinand acompañó a Lydia a la entrada de la cocina del castillo, por donde los sirvientes ingresan los productos para cocinar, y besó su mano para despedirse, para después mirarla desaparecer en la cocina. El general sonrió y se volvió hacia el castillo.

-Ay, que romantico…- murmuró Anna, y Kristoff se echó a reír.

-Vamos a descansar, amor- le dijo Kristoff- un par de minutos más y quedaré tan rendido como Anders después del paseo de hoy-

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Unas horas después del anochecer llegó Georg a las Islas del Sur, acompañado de la reina de Oeste. El quinto príncipe llegó con un semblante mucho más serio que el que normalmente ostentaba, y Elsa no estaba muy segura que solo fuera por la tristeza de la pérdida de su padre. Leo, por su parte, parecía estar un poco incómoda a su lado, así que Elsa dedujo que los dos habían tenido problemas. La reina de las nieves suspiró. Por lo que Elsa sabía, Leo seguía resistiéndose a casarse con él, a pesar de que era evidente que Georg la adoraba y no la quería solo por su corona.

Hans se había ido a hablar con otro de sus hermanos, y Georg se inclinó para dejar a Leo sola y seguir a Oystern. Elsa aprovechó para acercarse a su amiga y preguntar que había sucedido.

-Leo- dijo Elsa. La joven se volvió y le sonrió.

-Elsa, me da gusto verte- dijo Leo sonriendo- hace un par de años que no nos vemos, desde el día de tu boda. ¿Cómo está Anna, y tu sobrino?-

-Ellos están bien- dijo Elsa, y miró de reojo a donde había desaparecido Georg-¿qué sucedió con…?-

Leo se encogió de hombros, dando a entender que no quería explicar nada. La mirada insistente de Elsa la hizo hablar.

-No es nada, discutimos un poco de camino acá- dijo Leo- ahora me siento mal, creo que lo hice sentir mal, y no era el momento de pelear, sobre todo por lo de su padre-

Elsa sacudió la cabeza.

-Dime una cosa, Elsa- dijo Leo tras unos minutos- Hans incluso trató de quitarte tu reino, y al final ustedes se enamoraron. ¿Cuándo o cómo estuviste segura que te amaba a ti y no estaba contigo por tu reino?-

-Leo, yo…- comenzó Elsa, pensativa, pero después sacudió la cabeza en señal de desaprobación- espera, Leo, Georg te ha esperado pacientemente por más de dos años. No te ha presionado. Te ha ofrecido aceptar que cambies las leyes de tu reino para que él no pueda ser rey o no tenga poderes de rey si llegara a casarse contigo. Es obvio que te ama y quiere estar contigo como sea, aunque eso signifique perder la posibilidad de tener poderes de rey-

Leo se cruzó de brazos.

-No estoy segura…- dijo ella, y se puso a pensar- quizá tengas razón, Elsa, pero sigo teniendo miedo-

-Tarde o temprano tendrás que arriesgarte, Leo- dijo Elsa- o lo perderás-

Leo se quedó pensativa. Tal vez Elsa tenía razón. En todo el tiempo que lo había conocido, Georg jamás había dado una sola señal de hacer algo por egoísmo. Al contrario, no había demostrado mas que adoración hacia ella.

Elsa sonrió con paciencia. Quizá tomaría tiempo que su amiga se diera cuenta. O mejor dicho, que aceptara que Georg la amaba por quien era. Unos minutos más tarde, volvieron Hans y Georg, y se inclinaron.

-Oystern nos invita a bajar a cenar- dijo Hans, ofreciendo su brazo a Elsa y sonriendo- ahora que ya hemos llegado los trece. No sé, tu, pero yo me muero de hambre-

Elsa rió y tomó el brazo de Hans dejándose guiar por él entre los pasillos del castillo hacia el comedor. No pudo evitar notar que Leo y Georg se quedaron unos segundos detrás. Georg ofreció su brazo a la joven, quien lo tomó y lo miró algo preocupada.

-Georg, yo…- comenzó ella.

-Tranquila, está todo bien- dijo el príncipe con una sonrisa tranquilizadora- si te parece bien, hablaremos más tarde. Ha sido un largo viaje y no has comido bien…-

Leo asintió y se dejó guiar por Georg. Pensó nuevamente que quizá Elsa tenía razón. Georg la había esperado pacientemente. Sacudió la cabeza. Lo pensaría más tarde. Ahora tenía otras cosas en que ocuparse.

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Una vez que volvieron a sus habitaciones, Kristoff y Anna pusieron a Anders en su cama y apagaron la luz para que pudiera dormir. Cerraron la puerta del dormitorio y se retiraron a su habitación.

-Quizá deberíamos hacer algo para ayudar a Ferdinand- dijo Anna mientras se cambiaba a su camisón para dormir- Lydia es una chica muy dulce, quizá hagan buena pareja y sean felices-

Kristoff sonrió y sacudió la cabeza. Anna estaba enamorada y quería ver a todo el mundo tan feliz como ella. De hecho, desde que nació Anders, no había parado de presionar a Elsa y a Hans de que se animaran a tener un bebé ellos también, causando que su hermana se ruborizara ante la sugerencia.

-No creo que Ferdinand necesite de nuestra ayuda, Anna- dijo Kristoff, sonriendo- por lo que vimos hoy, a mí me parece que está muy bien, y a ella parece gustarle mucho-

Toc… toc…

Anna se volvió a la puerta.

-Adelante- dijo la princesa. Kai entró y se inclinó.

-Sus altezas- dijo el mayordomo- disculpen la interrupción tan tarde. Hemos recibido noticia que se dirigen al palacio unos campesinos que viven en el norte de Arendelle, en el límite con el reino de Trondheim, que desean una audiencia con su majestad mañana. Como la reina Elsa y el rey Hans no están en Arendelle, se preguntan si sus altezas podrían recibirlos el día de mañana…-

-Por supuesto- dijo Anna- si hicieron tan largo viaje, no podemos dejar que regresen así nada más, trataremos de ayudarlos…-

Kai sonrió y se inclinó.

-Mañana a primera hora entonces- dijo Kai- me encargaré de que se les dé alojamiento y alimento en la ciudad real tan pronto como lleguen-

-Gracias, Kai- dijo Anna, y el mayordomo sonrió antes de irse.

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En las cocinas del palacio, Gerda dio una última revisión antes de mandar a todos los sirvientes a dormir. Le sorprendió encontrarse a Lydia aún en la cocina, decorando distraídamente un pastel, con una sonrisa boba.

-Lydia, querida, ya es tarde- dijo Gerda sonriendo, aunque mirándola sospechosamente- deberías ir a descansar. La reina y el rey están fuera de Arendelle estos días, y no creo que los príncipes te llamen en la noche para llevar el té. Yo me encargo-

-Gracias, Gerda- dijo Lydia con una sonrisa- no quiero molestarla. Además, tengo una habitación aquí en el palacio, me quedaré aquí si no le importa-

Gerda sonrió y asintió.

-Muy bien, niña, te llamaré si se necesita algo, ahora fuera de aquí, vete a descansar- dijo Gerda. La joven asintió y se retiró de la cocina. Gerda la miró alejarse con una enorme sonrisa y sacudiendo la cabeza- cabeza de enamorada, eso es lo que le pasa…-

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La cena en las Islas del Sur fue exquisita. Elsa, que no era fanática de los mariscos, pero las deliciosas preparaciones de los isleños la cautivaron. Mientras cenaban, no podía evitar notar que algunos de los hermanos solteros de Hans lo miraban con odio y envidia. En este caso, Elsa sabía muy bien porqué. Muchos de ellos querían ser reyes, y Hans lo había logrado, a diferencia de ellos.

Georg, por su parte, no prestaba mucha atención, parecía triste y distraído, mientras que Leo parecía evitar su vista. El rey Oystern y su esposa estaban la cabecera de la mesa, y algunas de las cuñadas de Hans también estaban presentes junto a sus esposos, aunque Elsa no las conocía.

Mientras cenaban, Elsa no pudo evitar notar que la mayoría de los hermanos de Hans se parecían. Todos eran pelirrojos, aunque con tonos diferentes de cabello y longitudes y peinados variados. Todos sin excepción tenían pecas y penetrantes ojos verdes. Claro, unos eran altos y otros bajos, algunos regordetes y otros en forma. Unos sonrientes como Georg y otro de los hermanos más jóvenes, de quien Hans le indicó que era su doceavo hermano, y otros, bueno, algo serios o solemnes, como Oystern.

Al final de la cena, Oystern, el hermano mayor de Hans, se puso de pie y alzó su copa. Los demás presentes lo imitaron.

-Muchas gracias a todos por acompañarnos esta noche- dijo el nuevo rey de las Islas del Sur- mis hermanos y yo tenemos unos detalles que arreglar juntos y a solas, así que les pediré a mis hermosas cuñadas que pasen a la sala de estar con mi reina mientras arreglamos estos asuntos. Encontrarán que tenemos un excelente té-

La esposa de Oystern y otras chicas, esposas de algunos de los príncipes, se levantaron de la mesa tras las palabras del nuevo rey y salieron de la sala. Elsa y Leo hicieron lo mismo, y se mantuvieron un poco de las demás. Algunas de ellas las miraban, resentidas y con envidia. La reina de las nieves no entendía que era lo que estaba ocurriendo.

-¿Qué les pasa a…?- preguntó Elsa, confundida.

-Georg me contó que las otras princesas te tienen envidia, Elsa- dijo Leo, sonriendo y tratando de no reír- el difunto rey Albert siempre se refirió a ti como su nuera preferida y como la reina más hermosa que pertenecía a su familia, incluso delante de ellas. De hecho, se rumora que el rey te dejó un regalo magnífico, mientras que a ellas no-

Elsa recordó la hermosa diadema que le había regalado y tragó saliva. Leo siguió sonriendo, adivinando que aquel rumor era cierto por la cara que puso. Pero Elsa sintió un vacío en el estómago que la obligó a sentarse. Volvió a sentirse mareada.

-No, no otra vez- susurró Elsa para sí misma, llevándose las manos a la cabeza y cerrando los ojos para evitar que el mundo se moviera alrededor de ella. Leo se apresuró a sentarse junto a ella, preocupada.

-¿Qué sucede, Elsa?- dijo Leo en tono alarmado- ¿te cayó mal la cena?-

Elsa sacudió la cabeza, aun con los ojos cerrados. Ese movimiento empeoró su mareo, así que lo dejó de hacer.

-No, Leo, ya llevo varios días con este extraño mareo y… he vomitado un par de veces- dijo Elsa, llevándose una mano a la boca del estómago, mientras mantenía la otra en su frente- debí pescar alguna enfermedad en Arendelle…-

Leo miró a Elsa y cambió su rostro preocupado por una sonrisa.

-Elsa, no creo que sea una enfermedad- dijo Leo, mirándola fijamente- deberías contarle esto a Hans. Yo… creo que estás embarazada- añadió al ver el rostro interrogante de Elsa.

-¿Yo… que?- dijo Elsa, sorprendida y perpleja. Estaba segura de que había escuchado mal lo que dijo su amiga. Leo, sin embargo, la abrazó con emoción, lo que confirmó que no se había equivocado al escuchar.

-¡Creo que estás embarazada! Oh, Elsa, Hans va a estar tan feliz cuando sepa… y Anna también- dijo Leo emocionada- eso es hermoso, Elsa-

Elsa miró su abdomen interrogante. No había ningún cambio o señal de que estuviera creciendo, pero ahora que Leo lo mencionaba, había tenido más apetito últimamente, y esos "mareos" y su cansancio. Los síntomas coincidían.

-Creo… creo que tienes razón, Leo, podría estarlo- dijo Elsa, y sonrió ampliamente.

¿Y si sí era cierto que estaba embarazada? ¡Iba a tener un pequeño príncipe! La joven reina de las nieves entrelazó sus dedos con impaciencia, ante la mirada sonriente de su amiga. No podía esperar para decírselo a Hans.

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Mientras tanto, la discusión que se estaba llevando a cabo entre los hermanos no era exactamente pacífica ni amena. Parecían bastante molestos, sobre todo Hans, Georg y Oystern, quienes eran los principales enfrascados en la discusión.

-Eso es una completa falta de respeto hacia ella y hacia tu propio hermano, Oystern- dijo Hans con seguridad, molesto por lo que acababa de escuchar- no puedes hacerles eso-

-Tú no te metas, Hans, ni siquiera es asunto tuyo- dijo el nuevo rey, cruzándose de brazos.

-No, pero Leo es amiga de Elsa, y es amiga mía también- dijo Hans con seguridad- Leo no va a estar a gusto así, además ya sabías que si Georg y ella no están…-

Georg, que había estado en silencio todo ese tiempo, se aclaró la garganta. No le gustaba para nada el arreglo que había hecho su hermano mayor, pero tampoco deseaba que Leo se sintiera incómoda por su culpa. Mucho menos que tuviera problemas con los otros hermanos.

-Gracias por tu ayuda, Hans, no hace falta discutir más- dijo Georg pacientemente, poniendo una mano sobre el hombro de su hermano menor y sonriéndole levemente. Se volvió a Oystern- yo hablaré con ella y llegaremos a una solución. Gracias por tu preocupación-

Hans miró a su hermano, y sacudió la cabeza. Vaya que Georg era demasiado bueno para su propio bien, como para permitirle esa "bromita" a Oystern. Claro que el mayor de sus hermanos sabía muy bien que Leo aún no se decidía a casarse con Georg, y eso podía hacer que ella malinterpretada las cosas y empeorara todo. Hans suspiró. Una vez que los hermanos salieron, Hans acompañó a Georg.

-¿Hay algo en lo que te pueda ayudar, Georg?- preguntó Hans, preocupado por su hermano. Georg sacudió la cabeza y sonrió.

-No te preocupes tanto, Hans- dijo Georg, encogiéndose de hombros- estoy seguro que pronto se resolverá todo-

Los dos llegaron a donde se encontraban Elsa y Leo esperándolos, en la puerta de la habitación de Hans, ambas con una enorme sonrisa.

-Vaya, esto es prometedor- dijo Hans al verlas así, alzando una ceja sospechosamente.

Como buen hombre que era, Hans sabía que si dos mujeres pasaban tiempo juntas y te recibían con una sonrisa, esto significaba que habían planeado alguna travesura.

-¿Qué están tramando ustedes dos esta vez, chicas?- preguntó Hans.

Antes de que contestaran, Leo tomó la mano de Georg y tiró de él para llevarlo al lado contrario del pasillo. El príncipe se dejó tirar por ella.

-Vamos, Georg, dejémoslos solos- dijo Leo sin soltarlo, guiñando un ojo- estos dos tienen mucha miel que derrochar, y no deberíamos estar cerca…-

Georg la miró, interrogante y sorprendido por su cambio de actitud, y ella se puso de puntitas para susurrar algo al oído del príncipe. Georg abrió los ojos desmesuradamente al escucharla, miró a Hans y a Elsa, y asintió tratando de reprimir una sonrisa.

-Creo que tienes razón, Leo, además tengo que hablar contigo de un pequeño problema que surgió ahora que hablamos con Oystern- el dijo Georg, y se volvió a Hans- nos vemos mañana, Hans-

-Espera, Georg- dijo Hans- ¿no necesitas ayuda con…?- pero Georg ya estaba lejos con Leo, y le hacía un gesto con la mano de que no había problema. Hans suspiró y se volvió a Elsa. Sonrió y besó el cuello de su joven esposa- ahora sí, mi amor, confiesa… ¿qué estaban tramando ustedes dos? Esa sonrisa me pareció altamente sospechosa- murmuró contra la piel de la reina.

-Espera…- dijo Elsa.

Ella sonrió, tiró de su brazo y lo condujo dentro de la habitación. Una vez que estuvieron dentro, con la puerta cerrada y sentados, comenzó a contarle.

-Hans, estos últimos días he estado extraña, he estado con mareos y vómito- dijo la joven, algo nerviosa, llevándose la mano a su abdomen. Hans pareció alarmarse, pero ella sonrió para tranquilizarlo- y creo que… creo que estoy embarazada, Hans-

Hans la miró, boquiabierto. Elsa esperó pacientemente su reacción.

-¿Estás segura?- preguntó él. Elsa se encogió de hombros. La verdad no estaba segura, pero por sus síntomas, era muy probable. Hans sonrió ampliamente, sus ojos verdes se iluminaron, y no supo que otra cosa hacer más que abrazarla- oh, Elsa, no sabes lo feliz que soy en este momento…-

Elsa sonrió también. Hans estaba tan feliz como ella. Su esposo la empujó suavemente para que quedara acostada boca arriba sobre la cama, y se colocó sobre ella, para besarla.

-Eres maravillosa, Elsa- dijo Hans, dejando sus labios para besar su cuello- te amo tanto, mi hermosa reina…-

Por ese momento, todas sus preocupaciones se podían ir a volar. Estaba con Hans, y su vida era perfecta. En ese momento.

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Georg estaba feliz por Hans, ya que se había enterado por lo que Leo le había susurrado, pero le esperaba un momento algo desagradable. Su hermano Oystern, sin duda para presionarla, había acomodado a Leo en sus habitaciones, y fingido que no sabía que no estaban comprometidos. A Georg no le hizo ninguna gracia, ya que lo menos que quería es que Leo pensara que él la quería solo por alguna extraña urgencia de casarse con una reina.

-Leo, mi hermano Oystern cometió un error- dijo Georg apenado- quiero que sepas que nada de esto tuvo algo que ver conmigo…-

Leo asintió tranquila. Estaba demasiado feliz por lo de Elsa como para enojarse por alguna cosa.

-Creyó que tu y yo… bueno, el caso es que nos acomodó en la misma habitación- dijo Georg, y añadió rápidamente- ya le aclaré el error, pero no hay otra habitación, ya que vinieron muchos visitantes. Quédate con ella y, si no te molesta mi presencia, yo dormiré en el sillón-

Leo lo miró. El príncipe se veía genuinamente preocupado de que ella pudiera llegar a pensar mal de él. Incluso su expresión de sufrimiento. La joven reina se puso de puntitas y lo besó en la mejilla.

-Tranquilo, Georg, sabes que jamás pensaría nada malo de ti- dijo Leo.

Ambos entraron a la habitación. Leo se cambió y se metió a la cama, mientras que Georg que acomodó en el sillón. Una vez que apagaron las luces, Leo se dio la vuelta y lo miró.

-¿Georg?- dijo ella.

-¿Mmm…?- respondió él.

-Yo debería ser quien durmiera en el sillón, ésta es tu habitación- dijo ella, apenada.

Georg sonrió y sacudió la cabeza.

-No te preocupes, no me molesta para nada- dijo él, sonriendo- además, deseo que estés lo más cómoda posible. Por cierto, lamento lo que te dije camino acá- su tono de voz se volvió más bajo, y más serio- perdóname-

Leo sonrió.

-Te perdono si vienes a acompañarme- dijo Leo.

-Te estoy acompañando- dijo Georg, dejando escapar una risita.

-Sabes a lo que me refiero- dijo ella.

Georg suspiró y se levantó. Se inclinó hacia la cama y besó a la joven en la frente. Vaya que sí necesitaba mucha paciencia con ella, pero en realidad la amaba y no quería dejarla por más difícil que fuera. El príncipe se metió a la cama como le pidió Leo, a su derecha. Ella se acercó a él y hundió su rostro en el pecho de él.

-¿Te sientes bien?- dijo él, recostándose sobre su lado izquierdo, para volverse hacia ella.

-Georg, tienes razón en todo lo que me has dicho- dijo Leo en voz baja- durante todo este tiempo me has demostrado de sobra que me amas, y yo solo he tratado de endurecer mi corazón ante lo evidente, tratando de negar lo que me pasa. Pero no puedo seguir así, tengo que aceptarlo. Te amo, Georg…- y el príncipe sintió los labios de la joven sobre su mentón- y sí quiero… quiero casarme contigo-

Georg sonrió ampliamente y la atrajo para sí. Buscó en la oscuridad los labios de la reina y, cuando los encontró, la besó con pasión. Sus manos recorrieron el fino camisón de la reina hasta su espalda, mientras que ella acariciaba sus cabellos rojos, ya que había echado sus brazos al cuello de él. Sentían ambos corazones desbocados por el contacto. Cuando Georg sintió la rodilla de la joven deslizándose suavemente sobre su costado derecho, se dio cuenta que estaba a punto de perder el control.

-¿Leo?- dijo Georg en voz baja, besando su mejilla.

-¿Mmm?-

-Leo, espera, no podemos…- dijo el príncipe con suavidad, besando su frente- por Dios que te amo y te deseo, pero esta no es la manera…-

Leo protestó con un gruñido, que hizo reír a Georg. Con suavidad, la hizo girarse sobre la cama, para que quedara de espaldas a él. La mantuvo abrazada contra él, hasta que las respiraciones de ambos se normalizaron.

-Duerme, mi hermosa reina- le dijo Georg con cariño- pronto haré que todo lo que desees sea realidad-

Leo sonrió y cerró los ojos. Georg, por su parte, había pensado que la idea de su hermano Oystern había sido terrible, pero resultó mejor de lo que hubiera imaginado ninguno de los dos.

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A primera hora, Anna se levantó temprano, con mucho esfuerzo, claro está, para recibir a los visitantes de las aldeas del norte. En ausencia de su hermana y su cuñado, Anna y Kristoff ocuparon los tronos en la sala principal. Los aldeanos entraron ante la indicación de Kai, algo temerosos y confundidos, pero se tranquilizaron al ver la sonrisa de Anna.

-Buenos días- dijo Anna- como les informó Kai, mi hermana la reina Elsa y mi cuñado el rey Hans no están en Arendelle en este momento. Mi esposo y yo esperamos poderlos ayudar de alguna manera-

-Su alteza- dijo uno de los aldeanos- hemos venido con graves noticias. El reino vecino del norte, Trondheim, ha sido atacado por tropas desconocidas. En un principio creímos que pertenecían a Weselton, pero no llevan su escudo, sino uno desconocido…-

Anna estaba alarmada.

-Y estas tropas, ¿han entrado a territorio de Arendelle?- preguntó Kristoff, antes de que Anna saliera de su sorpresa. Él estaba más tranquilo.

-No, su alteza- dijo el aldeano, sacudiendo la cabeza- no se han acercado tanto a nuestro territorio. Lo supimos porque algunos campesinos de Trondheim huyeron hacia nuestras tierras, y nos contaron de la devastación que están sufriendo ahí…-

-Los rumores dicen que tienen rodeado el castillo del rey- dijo otro de los aldeanos- otros dicen que el joven rey ya es prisionero de los invasores-

Anna miró interrogante a Kristoff. Trondheim era uno de sus reinos aliados, aunque aún seguía haciendo negocios con Weselton. No sabía de que se trataba esa invasión o si era una amenaza para Arendelle. Kristoff puso una mano sobre el hombro de Anna.

-Un grupo de soldados los acompañará de regreso a sus hogares- dijo Kristoff, tras analizar lo que debían hacer por uno o dos minutos- se encargarán de proteger las aldeas cercanas a la frontera, y de averiguar alguna noticia de Trondheim. Una vez que los reyes de Arendelle regresen, les haremos saber la situación para que complementen nuestras acciones…-

Los aldeanos sonrieron y se inclinaron, agradeciendo a los príncipes por la audiencia y por su ayuda.

-Eso me huele mal- dijo Anna, una vez que se quedaron solos- será Weselton o será…-

-¿Tu tío malvado? No lo sé. Creo que Trondheim limita al norte con Troms, ¿no?- dijo Kristoff, y Anna asintió- por eso pensé en mandar tropas para vigilar la frontera. Pero no podemos hacer ni decidir nada más hasta que Elsa y Hans regresen y conozcan la situación- tomó papel y pluma y comenzó a escribir.

-¿Qué es eso?- preguntó Anna.

-Creo que deberíamos escribir una carta a Oeste, advirtiéndoles de lo que está sucediendo- dijo Kristoff- Trondheim está en su frontera en el noreste. Si algo afecta a Trondheim, el reino de Oeste debe estar alerta igual que nosotros.Y si ellos tienen alguna noticia que nosotros desconozcamos, seguro nos la harán saber-

-Tienes razón- dijo Anna- démonos prisa-

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¡Hola! ¡Que gusto leer sus reviews! Pues sí, era bastante evidente pero a Elsa no se le había ocurrido. En cuanto a las amenazas, bueno, como precaución ya llené mi trinchera de provisiones, porque tengo la ligera sospecha que la necesitaré. Muchas gracias a todos por sus palabras, me encanta. Nos leemos pronto!

Abby L.

PD: Dato curioso. Hardrada existió, fue un rey vikingo de Noruega que en 1066 invadió Inglaterra para quitarle el trono a Harold en tiempos de los sajones, ya que él también tenía el mismo derecho. Perdió y murió en la batalla, pero gracias a él, William el conquistador pudo vencer a Harold y convertirse en el primer rey de Inglaterra. Me gustó su nombre rudo para un villano. Saludos!