Hola! Como mañana me será imposible actualizar, os dejo esta noche el siguiente capítulo, gracias! en serio que no esperaba que nadie comentase siquiera, sé que no es una pareja (en principio) demasiado popular. (el drarry llegará pronto pero tenemos que ver como evolucionan ellos dos ^^) Gracias por las lecturas y en especial a Sthefynice y xonyaa11. Un poco de paciencia con James, no es un personaje fácil, pero por otra parte, si habéis leido algún fic mío sabreis que lo mio es escoger personajes complicados, sólo dadle un par de capítulos más al chaval. Y bueno, ya sabéis, cada escena está basada en un sentimiento, en este caso es la angustia, la siguiente es la pasión.

Las adevertencias del primer capítulo siguen vigentes mientras no diga lo contrario, lo que significa que es un texto con referencias explícitas a relaciones entre hombres, sentimentales y sexuales, y habrá un uso de lenguaje adulto.

Espero que os entretenga, un beso!


Angustia


Para Scorpius, Hogwarts nunca ha sido el lugar con el que soñó cuando era pequeño y su padre le contaba anécdotas de sus años allí. Sabe de sobra que fueron otros tiempos, peores y más oscuros que los que le ha tocado vivir, pero, mientras recorre el pasillo que le conduce a la torre de Ravenclaw, siente que el castillo y todo cuanto contiene son sus enemigos.

Jadea apresurando sus pasos, que resuenan en la piedra grisácea y desgastada. Ha creído ver una sombra al doblar la esquina. Malditos sean los hechizos que hacen que en cada ocasión el camino para acceder a la sala común sea diferente. Nota cómo la frente se le perla de sudor. Se detiene para secar la humedad viscosa que le resbala por la nuca y el cuello. Los largos mechones dorados se le pegan a la cara en gruesas hebras. Recuerda las miradas, las risitas; "¿Te sientes muy orgulloso de tu pelo, Malfoy? Eres un maldito maricón, Malfoy, cuando acabemos contigo no vas a sentirte tan guapo." Sabe que en algún momento cumplirán sus amenazas. Casi es capaz de oler sus ansias de provocarle daño. Traga saliva con fuerza mientras escucha de nuevo los consejos bien intencionados de su padre. Draco le ha enseñado que los duelos a escondidas y las rencillas nunca conducen a ningún lado. Puede verle ante él, esa primera vez en el despacho de la Directora. La misma que, sólo por poseer el apellido Malfoy, ha supuesto que Scorpius es el causante de la pelea. Siente la indignación recorrer cada fibra del cuerpo de su progenitor como propia, percibe la derrota en su voz mientras le lleva a un lado y le pregunta si desea regresar a casa. Ve las ojeras, la tensión. Y se niega. Los Malfoy no deben huir, es algo que ha escuchado desde la cuna.

La luz del atardecer incide en el suelo y las paredes, creando sombras alargadas en el suelo. Se apoya en la pared, intentando recobrar el resuello. Se asoma al vacío y escucha los ecos de otros pasos. Distingue la risa, la malicia, y apresura su ritmo; sólo tres tramos más, treinta escalones cada uno, noventa pasos y será libre. Sabe lo inteligente que es, está convencido de que resolverá el acertijo que le permitirá entrar en su sala común antes de que le alcancen. Entonces, cuando ya casi ha alcanzado el segundo rellano, descubre horrorizado que el castillo, que parece odiarlo, ha vuelto a mutar y ante sí hay una puerta que cruza sin detenerse a pensarlo con claridad. El sucio espacio le es totalmente desconocido. Los rayos anaranjados del ocaso iluminan las partículas de polvo, creando la ilusión de que le rodean gruesos cordeles de diminutas virutas de oro en suspensión. El ambiente cerrado le aturde, huele a tierra, un aroma acre y seco, inundando sus pulmones, mientras camina buscando la salida. A través de la pared distingue voces ahogadas, risotadas. Pesadas botas resuenan contra el suelo de piedra. Se muerde el interior de la mejilla y sin dudarlo empuña su varita. Abre la puerta que tiene más cerca y suspira. Está justo a dos pasos de la entrada cuando de nuevo escucha esa risa sardónica que le paraliza. Se gira y aprieta los dedos en torno a la madera, tiene los nudillos están blancos por la tensión. Musita una disculpa silenciosa para su padre, pero se niega a seguir escapando.

Son cuatro, están en séptimo y físicamente son hombres. El corazón le martillea fuerte, es como una pelota que rebota en el interior hueco de su pecho. Le duelen las costillas mientras les encara. A tres de ellos les pasa por encima, casi sin mirarles, les conoce, son unos bravucones que sólo siguen al líder del grupo, que en ese momento está rezagado, apoyado indolente contra la puerta por la que Scorp ha accedido al opresivo lugar.

—Vaya, pero si es el niño bonito... —Su voz de barítono ha perdido las estridencias de la adolescencia. Percute suave y melosa en el silencio que reina en el descansillo. Nota cómo una gota de sudor resbala desde su sien, baja por el pómulo hasta rodarle por el cuello. Se estremece, el vello de la nuca se le eriza. Lucha por mantener la compostura, a pesar de saber que lleva todas las de perder.

—Estáis muy lejos de vuestra torre, ¿acaso no conocéis el camino? —comenta, contento de ser capaz de hablar de forma normal, sin que se note su agitación.

Los ojos almendrados de James tienen el color del coñac, chispean con algo cercano a la diversión mientras le evalúa. Cada segundo que transcurre parece hacerlo con más lentitud que el anterior. Scorp aprieta la mandíbula, notando cómo el nerviosismo le derrota. El Gryffindor ladea la cabeza y sonríe; un moribundo rayo de sol incendia su cabello castaño, llenándolo de reflejos cobrizos. El vello de su incipiente barba chispea, enfatizando las líneas puras de su mandíbula. Lleva floja la corbata y eso le permite ver la perfección del cuello pálido. Eso es lo peor de todo, imagina para sí, aquel sentimiento aberrante que le hace tiritar ante el joven que se está acercando con pasos lentos y felinos. La congoja, la íntima vergüenza que, por fortuna, nadie más que él conoce. Nota cómo el amargo nudo que le aprieta la garganta se tensa. Los ojos arrasados por las lágrimas de frustración. Odia volver a ser superado por el mayor de los Potter.

Los labios, llenos y jugosos, se tuercen en una mueca que los afea, pero aún así la puñalada del deseo hierve en su vientre. Alza la cabeza cuando el alto pelirrojo se para a centímetros de su cuerpo. Puede distinguir el olor de la hierba en sus ropas mientras una mano fuerte se cierra como un cepo sobre su muñeca. Un ademán desfigura su rostro ante el doloroso tirón que le hace trastabillar. Las risitas de los tres cómplices le hacen gruñir por lo bajo.

—Salid de aquí y controlad la escalera, esto lo arreglaremos entre Malfoy y yo, a solas —ordena.

Una vez más, ha perdido.