Si pudiera exorcizarme de tu voz.
¿Sabés cuál es tu problema? ¿El principal de tus problemas? Pensás demasiado. Esa cabeza tuya que no para ni un segundo maquina y maquina y maquina desde que te despertás cada mañana hasta que te reencontrás con la almohada y hacés de cuenta que dormís, y seguramente mientras fingís estar sumida en la inconciencia sigue maquinando y maquinando, repitiendo así un circulo que no sólo es vicioso y enfermizo si no también dificilísimo de romper porque está construido de un material más fuerte que el acero: la abstinencia.
Ese ha sido tu principal problema prácticamente desde que tenés memoria.
Es un hábito (el de pensar y pensar y pensar y permitir que tu cabeza maquine y maquine y maquine) que adquiriste sin querer, que no sabés cómo abandonar y que jamás te planteaste aniquilar de alguna forma porque estás demasiado acostumbrada a que las cosas sean así como parar – a los veinticuatro años (aunque no los aparentas, porque tanta seriedad, tanto exceso de madurez y tanto sentido de la responsabilidad siempre te han hecho parecer mayor) – decidirte a cambiarlas.
Claro está que, a veces, las cosas deciden cambiar ellas solas.
Ahora tu problema está mutando: ¿sabés cuál es tu problema ahora? Pensás demasiado... en él.
Él, que en tu opinión es la perfección encarnada.
Él, que con solamente posar su mirada en vos por una fracción de segundo te deja temblando como a una hoja.
Él, que es diez años mayor.
Él, que tiene mucha más experiencia que vos en todos los ámbitos de la vida.
Él, que es tan inalcanzable que a veces te encontrás preguntándote si es humano o si es una suerte de Dios (si lo fuera, definitivamente renunciarías a todas tus creencias y lo convertirías a él en tu Dios).
Él, que decidió que lo profesional y lo personal nunca más volverán a mezclarse en su vida porque ya ha sido herido de tal manera que todavía permanece allí tumbado y sin poder levantarse después del último golpe. Todo por culpa de otra.
Él, que ya ha estado involucrado en relaciones laborales que iban más allá del plano profesional y aprendió que muchas veces (la mayoría de las veces) la combinación termina siendo un cóctel mortal, en el sentido literal de la expresión. Todo por culpa de otra.
Él, que después de varios meses de a penas notar tu presencia (¿qué es peor?, ¿que sea la excepción y no te haga pagar el derecho de piso o que directamente ni registre que estás viva?) te alegró el día (y la semana, y el mes, y si seguimos a este paso probablemente el resto del año) cuando te llamó por tu nombre y no simplemente por tu apellido.
Él, que es – nada más ni nada menos -, tu jefe.
¿Sabés cuál es tu problema? Pensás demasiado, sí, desde siempre que pensás demasiado. Pero ahora no sólo pensás demasiado: ahora pensás demasiado... y en él.
Él, cuya voz tiene un efecto similar al del fuego aplicado a un iceberg (¿hace falta explicar quién juega a ser el fuego y a quién le toca el papel de iceberg? ¿Hace falta aclarar quién derrite a quién?); cada vez que te habla – así sea (y es siempre así) para comunicarte algo relacionado con el trabajo – te consume a tal punto que respirar se vuelve imposible, no temblar es un desafío que te sentís incapaz de concretar, y además de todo, una vez acabada la conversación el fantasma de la misma se queda dando vueltas en tu cabeza y se repite hasta el hartazgo (¿hartazgo tuyo? Jamás).
Es frustrante, hiriente, exasperante, desconcertante. Y lo sabés. Hace rato que te diste cuenta de cómo te frustra, hiere, exaspera y desconcierta.
Pero no podés evitarlo: esa voz te puede, desde la punta de la cabeza hasta la punta de los pies. Y en el fondo, por mucho que pases horas y horas tratando de auto-convencerte de lo contrario, te gusta que te pueda. Y te gusta mucho.
Te gusta tanto que a veces no sabés si lo que sentís cuando te habla es dolor o placer; dicen que ambas cosas están separadas la una de la otra por una línea tan fina que es imposible no se rocen todo el tiempo, produciendo así espasmos y sobresaltos en todo tu sistema nervioso central (tu pobre, maltratado, destruido sistema nervioso central) a tal punto que a veces no sabés si es tu imaginación o si realmente esa voz te ha empujado al borde del colapso y amenaza con dejarte caer del todo la próxima vez que te acaricie los oídos (lo más triste es que muy a menudo te ves rogando que haya una próxima vez, y que esa próxima vez sea pronto).
Si tan sólo pudieras exorcizarte de su voz... Pero no. No querés. No podés, por supuesto, pero tampoco querés.
Admitilo: vivís para escuchar esa voz. Irías a trabajar en tus días libres sólo para ahorrarte el sufrimiento intolerable que te produce pasar veinticuatro horas sin escucharlo hablar; incluso algunas veces estás a un paso de llamarlo por teléfono, conformarte con el simple 'Almeida' que vas a escuchar cuando conteste, y después cortar (más de una vez te sorprendiste a vos misma con el tubo en la mano y los números a medio marcar, pero después el sentido común te devolvió de un golpe a la realidad y te hizo ver que lo que estabas a punto de hacer no encaja perfectamente en las categorías de 'infantil', 'obsesivo', e 'incoherente').
No podés evitarlo.
Ese es el principal de todos tus problemas: no sólo pensás demasiado, no sólo te maquina la cabeza de forma tal que se escapa de tu control, no sólo pensás en el hombre menos indicado de la manera menos indicada, si no que tampoco estás esforzándote por cambiarlo, evitarlo, evadirlo, aniquilarlo, adormecerlo, deshacerte de ello.
Porque no querés.
Dios permita cualquier cosa en tu vida, desde lo más fuerte hasta lo más leve, pero que jamás se le ocurra exorcizarte de Tony Almeida.
Que te manden directo al infierno, pero que jamás te exorcicen de su voz.
