Este capítulo va por la Navidad, por dormir desnuda y por la nieve.
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ooOOoo
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La pala se hundió en la nieve con bastante facilidad. Había nevado durante toda la noche, y el callejón parecía tener una moqueta blanca y perfecta. Dennis miró a los lados por unos segundos y sonrió, tocar la nieve virgen era la mejor sensación del mundo. Se quitó los despeluchados guantes con ilusión y...
—¡Ángel va!
Ni siquiera la vio venir; Verity se zambulló en la nieve entre risas y aspavientos. Dennis apenas pudo apartarse.
—¡Ay, ay, que fría, demonios!—chilló ella, retorciéndose hasta que no fue más que un una especie de rollito de crema lleno de nieve. Verity profirió una última carcajada al cielo y se dejó caer de espaldas. Tenía los ojos brillantes y algo vidriosos, suspiró—. ¿No piensas que el invierno es la mejor época de año?
—Un poco frio y muerto —aportó Dennis, sacó la varita y con algunas florituras dotó a la pala de vida. El instrumento comenzó a despejar nieve y él asintió, complacido—. Yo prefiero la primavera.
—Tonterías. Hay bichos, alergias y ortigas. Odio las ortigas —susurró, abrazándose.
—Vas a coger frio.
—Nah.
Dennis no insistió. Ella seguía moviendo los brazos y piernas, lento pero sincronizado. De sus labios surgían volutas de vaho como si fuera la locomotora de un tren.
—¿En qué piensas?
—En trenes.
Verity le miró un segundo y acabó por romper a reír. Intentó incorporarse, pero no podía. Seguía cayéndose y riéndose, tropezando y riéndose. Se estaba poniendo muy roja. Dennis se acercó a ayudarla, tarea harto complicada puesto que ella no ponía mucho de su parte.
—¡Ey, Dennis! ¡Chuuu, chuuu!
Junto los labios amoratados y comenzó a entonar un sonido extraño, entre bocina de barco y trombón.
—¿Qué haces? —preguntó él entre risas, pero Verity sólo seguía emitiendo ese sonido—. Para, me va a doler la cabeza.
Pero ella sólo se calló cuando la puerta de la tienda se abrió, y apareció un George en bata y patucos de felpa, con una taza de café en la mano y una mueca difícil de leer.
—Joder, ¿qué hacéis? He llegado a pensar que nos tiraban bombas o algo.
Dennis sólo pudo mirar a Verity, y ella a él. Cuando ambos estallaron en carcajadas George llevó los ojos al cielo y sorbió de su taza.
Dennis llegó a preguntarse si hizo eso porque sí, o si se llevó la taza a la boca para ocultar su sonrisa.
—¡Qué era un tren, por Merlín! —bufó Verity con los brazos en jarra.
—¿Eso un tren? —una de las cejas de George se levanto bastante más que la otra. A Dennis se le escapó una risita y tuvo que taparse la boca.
—Que sí. Ya sabes, cuando te avisan de que el tren se va marchar.
—Pues yo pensaba que había una catástrofe natural.
—George, no tienes ni idea.
Él apuró lo que quedaba en su taza y miró a Dennis.
—¿Tú qué opinas? —inquirió, divertido.
Dennis miró de reojo a Verity y sopesó sus opciones.
—Pues no soy un entendido de esto; pero creo que Verity ha entonado una preciosa elegía en cetáceo— Apenas lo hubo dicho recibió un fuerte pellizco de su compañera—. ¡Ouch!
George llegó a sonreír. Abrió la boca como si fuera a añadir algo aún más ingenioso. Dennis había jurada verle brillar por unos instantes.
Y la volvió a cerrar. Miró a ambos unos instantes. Fue como si se hubiera puesto un manto de pesado silencio. Se giró y entró de nuevo en la tienda.
Cuando Dennis miró a Verity en busca de la misma pregunta que él tenía, ella también se había girado. Se abrazaba a sí misma para quitarse los restos de nieve.
—Vamos, deberíamos entrar ya.
La pala encantada seguía apilando nieve sin perturbarse, y a su espalada en ángel de nieve de Verity parecía pequeño.
Y frágil
ooOOoo
—¿No vas a ir a casa por Navidad?
El hecho de que Verity llevara una enorme nariz roja de pega le dificultaba un poco mirarla directamente. Sobre todo porque se iluminaba como si fuera una bola de discoteca, y entonaba con voz de pitufo castrati un "jingle bells" algo distorsionado.
—¿Adónde? Mis padres hace mucho que murieron —afirmó como si nada. Tenía los dedos llenos de cola por no dejaba de hacer adornitos de papel. Antes de que él quisiera expresarle sus condolencias ella le sonrió, negando suavemente—. No te preocupes, lo he superado. Además, sólo tengo a mi tío abuelo Samuel, y es un viejo gruñón. ¿Sabes el cuento ese de los fantasmas de las navidades? Pues es igual que el protagonista.
Dennis cogió una de las tiras de hombrecitos y la extendió.
—¿Es avaro y egoísta?
—Y tramposo. Vamos a ver, ¿quién hace trampas al monopoli? Oye no lo estires mucho, eh.
—Tranquila —aseguró, devolviéndolos con sumo cuidado—. ¿Y entonces que harás?
—Pues me quedaré aquí.
—Pero George se va a ir con Angelina a casa de sus padres —ella se encogió de hombros —. No puedes estar sola en navidad.
Dennis fue consciente de que había sonado como una imposición; pero no hizo nada para intentar corregirse. Verity exhaló un bufido.
—Es que odio la Navidad —concedió.
Él alternó la mirada entre sus ojos y el horrible accesorio.
jingle all the way!
—¿Y para qué hacemos muñequitos de adorno?
—No tiene nada que ver, me gusta hacer estas cosas. Me relajan. Y deja de asesinar con la mirada a mi nariz de Rudolph. Las cosas que cantan cosas felices son bonitas.
Oh, what fun it is to ride...
De verdad que le estaba costando no quitárselo y lanzarlo por la ventana.
—¿Y el invierno? Dijiste que te encantaba —Ella sólo se llevó la mano a la cara, divertida. Se le veían las venas y toda la piel del dorso brillaba de rojo y blanco.
In a one-horse open sleigh!
—Pero bueno, ¿y qué tiene que ver? El invierno no es sólo Navidad, ¿lo sabías?
—Vale, pero es la parte más importante —Verity le sacó la lengua—. Venga, no te pongas así.
—¿Y tú? ¿No tienes ningún plan en Navidad?
—Ir a casa de mis padres, supongo.
Now the ground is white,
Go it while you're young ...
Verity terminó de recortar la última tira y sacó la varita. Con unos cuantos movimientos de muñeca colocó las filas de monigote de manera que colgaran de los armarios empotrados de la cocina.
—Me gusta el blanco — susurró. Nadie le había preguntado, pero ella parecía tener la necesidad de explicarse. Se giró de nuevo hacia Dennis. Ya no sonreía—. Que no me guste la Navidad no significa que tenga que ser objeto de pena.
Take the girls tonight,
¡And sing this sleighing song!
Dennis negó enérgicamente.
—Bien, me alegra que haya quedado claro.
—Pero sí lo es quedarse sola.
—Dennis.
Just get a bob-tailed bay ,
two-forty as his speed ,
—Buenas tardes, chicos —Ambos se giraron hacia la puerta, donde acababan de aparecerse George y Angelina llenos de bolsas y nieve—. ¿Ves, Angelina? Te dije que el mejor plan era estar en casa y hacerse un chocolate. Ellos son más listos que nosotros.
Hitch him to an open sleigh,
And crack! you'll take the lead.
Angelina no le hizo el menor caso, cediéndole sus bolsas a Dennis en cuanto este se levantó para ayudarla.
—¿Qué hacíais?
—Muñecos de papel.
Jingle Bells
Jingle Bells
Angelina miró a Verity por unos instantes. Asintió y comenzó a colocar las cosas.
Jingle all the way!
—Te he comprado lo que me dijiste, Verity. Aunque no he encontrado el té chuqui —George enarboló un papelito con unos cuantos garabatos de letra redondeada.
—Chai. No importa. Gracias.
Oh, what fun it is to ride ,
Dennis pensó si había sido el único en reírse, internamente claro, con lo de chuqui. Le pasó a Angelina dos tarros de nueces y se le olvidó.
¡In a one-horse open sleigh!
La musiquilla acabó y la nariz dejó de iluminarse. Sólo se escuchaban las bolsas de plástico, los armarios chirriando y George sacudiéndose la nieve de la chaqueta. Verity acarició la superficie de la nariz con el dedo índice. Dennis le miró, suplicante, pero ella no le miraba a él. Esperó unos instantes y entonces la apretó. Se reanudaron las notas aflautadas, pero Verity no esbozaba mueca alguna.
Dashing through the snow...
Tres segundos. Tres segundos tardó Angelina en dar dos pasos, acercarse a ella y apresar el accesorio en un puño furioso. En poco más lo tiró al suelo y lo pisó. Crack. La vocecita siguió una estrofa más, con el tono fragmentado y la música silenciada. La nariz soltaba pequeñas chispitas.
Y Verity sonrió. Abrió la boca y dejó salir el aire. Angelina tenía la cabeza gacha, y temblaba un poco.
Dennis se encontró mirando a George y no a ellas, sorprendiéndose de que no hubiera intentado detener a Angelina, o que no estuviera diciendo algo. Lo que fuera. Parecía cansado.
No, más bien acostumbrado. Como un viejo sentado una butaca que siempre ve el mismo partido de rugby grabado en un cinta de VHS.
Le embargó la típica sensación de incomodidad parecida a cuando vas a casa de un amigo y su madre le echa la bronca delante de ti. Pero Dennis no estaba del todo seguro de quien era el enfadado, quién se había equivocado y quién sólo miraba. Y si él tan solo debía permanecer callado o hacer algo.
¿Pero el qué?
Dio un paso hacia atrás.
—Imbécil.
—Verity. Basta —la voz de George no tuvo ningún tipo de filtro. Era hasta antinatural.
—No se lo digo a ella —Dennis no podía decir que conociera a Verity como la palma de su mano, pero sin duda sabía que esa mirada de reproche ponzoñoso no le pegaba. No le correspondía. Con paso firme ella tomó las cosas que George le había traído: un brick de ponche de huevo, una bolsa enorme de surtido de patatas y ganchitos y dos cajas de galletas con mantequilla, y se marchó de la habitación.
ooOOoo
—¿Se puede?
Ni siquiera tocó la puerta, no creyó que hiciera falta.
—¿Verity?
—Sí —la voz que llegó del otro lado fue suave, y eso era una buena señal.
O eso quería pensar Dennis.
La habitación con la que se encontró al abrir la puerta era totalmente idéntica a la suya. Misma cama de patas de hierro. Misma mesita redonda con una silla más o menos parecida. Una cómoda empotrada contra la pared y una ventana. Pero no, no era igual. La ventana de Verity estaba abierta de par en par, aún y con el frío. Algunos copos de nieve se acumulaban en el cincel y se escuchaba el murmullo residual del callejón. En la mesita había varias pilas de libros de distintos tamaños, lo que parecía ser un estuche de acuarelas muy usado, varios pinceles en un vasito de cristal sucio y un enorme bloc lleno de papeles que sobresalían formando un caos de colores y formas.
La cómoda sí que era igual, aunque tenía unas bragas sobresaliendo de un cajón y Dennis creía estar seguro de no tener bragas. Y luego la cama, con un enorme y con pinta de calentito edredón de plumas color gris pálido. Y con una montaña en el centro que debía de ser Verity.
Dennis se quedó en el marco de la puerta, dudando. Nunca había estado en la habitación de una chica que no fuera su madre, y no sabía si tenía que actuar diferente o decirle que era muy bonita, o preguntarle si podía sentarse en la silla.
O algo.
Carraspeó. Y el bulto reptó bajo el edredón hasta que surgió una cabellera rubia por uno de los bordes. Verity le miró. El edredón le tapaba la boca y su voz quedó algo opacada.
—No quiero ponerte nervioso, pero estoy desnuda.
Ahora sí que estaba perdido. Dennis formó un "oh" con los labios y le dio la espalda.
—Es que no me gustan los pijamas, y no me meto en la cama con la ropa que he llevado durante todo el día. Me parece asqueroso —añadió. Dennis estaba seguro de que sonreía—. Tranquilo, que no voy a salir de aquí. Tus ojos están a salvo —él apenas se movió—. ¿Estás bien?
—¿No tienes frio? —fue consciente de que su voz sonó más aguda de lo que quería. Volvió a carraspear.
—¿Lo dices por la ventana? Oh, no. Le he hecho un hechizo de asilamiento. Es que no me gusta tenerla cerrado.
—Claro, ya —Dennis se sintió terriblemente estúpido. Y nervioso. Las mejillas le quemaban—.Y... ¿Estás bien?
Por un momento no dijo nada. Entonces volvió a escuchar movimientos de edredón y se tensó.
—Espera un segundo. Voy a ponerme algo, no quiero hablar con tu espalda —se escuchó más lio de edredón, cajones abriéndose y cerrándose varias veces y de nuevo edredones—. Vale ya. Puedes girarte.
Dennis deseó para sí que esas bragas que colgaban siguieran allí. Miró a Verity, llevaba una camisa lisa que le tapaba hasta los muslos. Estaba sentada sobre el amasijo de capas que ahora era su cama e intentaba hacerse un recogido con lo que parecía ser un pincel. Intentó resistirse, pero miró hacia la cómoda. Ya no colgaba nada de nada.
Enrojeció.
—¿Qué? No voy a ponerme sujetador, estoy en mi cuarto. Te aguantas.
—¿Qué? ¡Ay dios! —se tapó la vista con las manos sin dejar de mascullar aspavientos.
—Qué inocente eres.
Eso le dolió. Se quitó las manos de la cara. Inspiró y la miró. Verity tenía sendas cejas levantadas y esperaba.
—¿Estás bien? —susurró.
Ella sonrió.
—Sí —parecía que lo decía en serio—. Siento que hayas tenido que ver eso.
—Si te digo la verdad no estoy seguro de lo que he visto.
—Ya, yo tampoco lo estaría. Ven, siéntate —propuso, haciéndose a un lado. Dennis vaciló, pero acabó por sentarse al borde de la cama. Muy al borde, a decir verdad —. Te vas a caer de culo.
—¿Pero nadie va a explicarme nada? —replicó. Echó el culo un poco para dentro.
—Depende, ¿has preguntado?
Dennis frunció el ceño.
—Te estoy preguntando.
—No lo has hecho. Me has preguntado si es que nadie te va a explicar nada. Y hay muchas cosas que podría explicarte —hizo un pausa y esbozó una sonrisilla—. Más de las que yo pensaba.
—Muy graciosa.
—Pero es cierto.
—Vale, vale, ¿qué pasa con...?
—Espera —Verity alzó el dedo índice, interrumpiéndolo. Dennis se echó instintivamente hacia atrás—. Tienes cuatro preguntas.
—¿Cómo dices?
—Sí porque tres es un número demasiado manido y cinco son demasiadas.
Abrió la boca, la miró y volvió a cerrarla. Meditó unos instantes y acabó por juguetear con sus dedos. Plegó el meñique y la miró, interrogante.
—Sí, cuatro —Dennis sacudió sus cuatros dedos, pensativo.
—¿Puedo pensármelas?
—Claro.
—¿Y puedo preguntarte cualquier cosa?
Verity le miró durante unos segundos. Le guiñó un ojo y asintió. Dennis se preguntó si se habría puesto aún más rojo.
—Vale. Acepto —afirmó, extendiéndole una mano. Llegó a pensar si le sudaría, pero Verity la estrechó con la suya antes de que pudiera pensarlo mucho.
—¿Eso es todo? No quiero echarte, pero me gustaría volver a despelotarme.
—Dios que imagen, vale. Sólo una cosa más —se puso en pie, de repente le entró mucha vergüenza—. Me gustaría... Bueno, a ver, estoy pensando en quedarme en Navidad.
—¿Aquí? —Dennis asintió—. Muy cruel, ¿y tus padres?
—No sé qué es más cruel, si quedarme aquí o ir a casa, pasar una cena viendo como lloran a mi hermano muerto y sentirme despreciable por no compartir su tradición de amargarme la vida porque mi hermano no está.
Sólo fue consciente de lo que dijo cuando hubo terminado. Y se sintió algo mareado. Mareado pero bien. Verity no dijo nada, sólo asintió algo sorprendida.
—Gracias. Me voy para que te desnudes.
Fue consciente de la carcajada de Verity a su espalda.
