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Anaklasis
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II
Que todos sean uno
Los hombres aguardaban pacientemente por la llegada del nuevo emperador. Once de ellos conformaban el consejo que agilizaría las labores del monarca, guiándolo con pericia a través de un arduo trabajo para mantener la paz y bienestar de los súbditos.
Todos y cada uno de ellos fueron elegidos con base a las exigencias del pelinegro, quien al tener un vasto conocimiento en los juegos de la política, precisaba de sujetos brillantes, capaces de encargarse de ciertos factores sin riesgo a perder la cabeza por una traición. Rostros jóvenes se contemplaban unos a otros, manteniéndose estoicos ante la incertidumbre respecto al llamado.
Escucharon el andar firme y fuerte del nuevo emperador, atisbando como las pesadas y enormes puertas de madera se abrían de par en par, mostrando al emperador en galardonado con un atuendo sencillo, nada ostentoso como se imaginaba, sin portar la corona que remarcaba el poderío conferido.
Sasuke contempló sin disimulo a todos y cada uno de los chicos ahí reunidos. Provenían de casas nobles, por sus venas corría sangre real, lo que otorgaba cierto prestigio sobre los demás. Reconoció el rostro de unos cuantos, varios de ellos lo acompañaron en las más arduas batallas, entablando el respeto y admiración mutua.
—Es todo lo que conseguimos. — Susurró Kakashi, asegurando que el comentario quedara entre él y el pelinegro. Sasuke asintió con un leve gesto, postrándose en la silla principal, evitando perder tiempo en tonterías como saludos banales.
— ¿Alguno de ustedes sabe el motivo por el que los reuní aquí?— Preguntó con voz tan fuerte y firme como el hierro, haciendo estruendo en toda la habitación casi inmersa en la afonía.
Consternados, guardaron silencio, uno debía ser el valiente que expusiera la posible idea por la que su presencia fuese solicitada.
—Somos trece hombres. — Habló un joven de cabello blanco y ojos violetas, acaparando la atención. — Esto es una reunión de consejo, al menos que se trate de otro asunto que nuestro nuevo emperador decida tratar. — Sonrió burlonamente.
—Hozuki Suigetsu, la "Reencarnación del demonio"— Respondió el azabache, sonriendo ínfimamente al reconocer la insolencia del aludido. Existían un montón de historias sobre el extraño modo de batalla del guerrero. Algunos lo tachaban de loco, otros de genio, el chiste era que todos conocían el turbio pasado del peliblanco, situándolo como un posible enemigo a la corona. — ¿Por qué te encuentras aquí cuando tu lugar está en Qestroysal? — Espetó, Sasuke, percibiendo como el semblante el muchacho permanecía intacto ante sus palabras.
—Nacido y criado en Qestroysal, pero fiel a Aponía. — La sonrisa burlona aún era perceptible en sus labios. La reencarnación del demonio fue un hombre errante, divagando de Imperio en Imperio hasta establecerse en Othana. Después de conseguir venganza por su cuenta, el emperador de Ecriles, opto por exiliarlo, enviándolo a una muerte segura, pagando su crimen con el estigma de ser un traidor. Hashirama Senju no dejó pasar desapercibidas las habilidades en el combate, planteando un acuerdo donde Suigetsu pelearía con honor en nombre de Aephonia.
—Eso parece. — Murmuro el azabache. Guardó silencio durante algunos segundos, sosegando las ideas en su mente. Tenía la obligación de finalizar con la anarquía y ponerle un punto final a la guerra que aún se peleaba afuera. Nunca imaginó que un emperador poseyera una vida tan ajetreada, todo parecía lujos y banalidades. — Los convoque porque ustedes conformaran el nuevo congreso, cada uno es parte importante del reino, por lo tanto, deben cumplir adecuadamente las labores que les ordene. Depositó mi plena confianza en que acataran mis órdenes.
Después de lanzar el discurso de introducción, Sasuke nombraría a los ahí presentes como asesores de distintas ramas. Cada uno de ellos se encargaría de sembrar el orden en nombre del emperador.
—Hatake Kakashi será mi consejero personal, la mano derecha. — Sasuke no encontraba nadie más en quien confiar, además, el hombre fue el portador de la noticia, preparándolo para la enorme obligación que recaería sobre sus hombros. — En mi ausencia, todo lo que respecte al Imperio recaerá sobre él.
—Sera un honor.— Mascullo Kakashi, preparándose mentalmente para servir con pericia al nuevo y joven emperador, quien necesitaría ayuda para no perder la cabeza y comandar con exorbitante habilidad a Othana.
—Nara Shikamaru. — Llamó el pelinegro, obligándolo a ponerse de pie. — Comandante de la guardia real. — Anunció. El joven asintió con pesadez, convertirse en comandante suponía tener bajo control a todos lo que conformaban la guardia real y la infantería.
—Yamato, te confiero el poder de ser consejero de Edictos. — Sasuke encontraba aquella labor un tanto atenuante. Luego de tantos años en el campo de batalla, permanecer alejado de la guerra parecía algo prácticamente imposible para él. Prefería batirse en un duelo a muerte contra un enemigo que permanecer postrado en un amplio trono ejerciendo sus deseos. Continuo otorgando títulos y responsabilidades a los hombres ahí presentes.
Una vez finalizada esa labor, comenzaron a ponerse al tanto sobre los problemas que asechaban el Imperio, otorgando las primeras tareas a los consejeros de mayor importancia, quienes no depuraron en lanzar posibles soluciones a espera de su revisión y visto bueno por parte de Sasuke.
Pasaron horas y horas emitiendo opiniones respecto a lo que favorecía al pueblo en general, empleando presupuesto necesario para iniciar con los proyectos en mente.
—Sugiero, mi señor, que lo ideal es buscarle una esposa apropiada para ser emperatriz. — Murmuro Kabuto Yakushi, consejero de rumores. El hombre tenía un aspecto extraño, nada intimidante pero demasiado asusto para jugar con las piezas en el tablero.
—Aún es demasiado pronto para pensar en eso. Debemos enfocarnos en cosas con mayor importancia. — Dijo Sasuke de manera tajante. No planeaba encontrar una mujer en esas instancias.
—Por supuesto, su excelencia, pero no queremos que suceda algo similar a la situación de nuestro difunto emperador Hashirama ¿verdad?— Todos se congelaron, asintiendo internamente. Era difícil de admitirlo pero el hombre tenía razón. Si el joven emperador llegaba a morir sin un sucesor asegurado, la corona divagaría en el aire, haciendo de Othana un país vulnerable ante la vista de sedientos conquistadores. — Además, es una idea factible para solventar los gastos que la guerra dejó.
—Hmp. — Bufó, frunciendo el ceño y desviando la mirada a la mesa. Odiaba la idea de someterse a un matrimonio por convencía, su unión podría ser fructífera para el reino, en cambio no para ellos. Sasuke sabía muy bien que en el momento que fue coronado, su vida había dejado de pertenecerle.
— ¿Y a quién sugiere?— Cuestionó Shikamaru. — Existen pocas princesas en el mundo, dudo mucho que alguno de los emperadores ofrezca a una de sus hijas como un puente para el pacto de paz.
—Es preferible entablar una alianza con algún emperador. — Añadió Suigetsu. — El emperador posee el respeto y lealtad de las casas nobles de Othana, buscar una mujer dentro del reino sería un desperdicio.
— ¿Qué dicen de Mei Terumi?— Murmuró Yamato, lanzando a la primera candidata para ser emperatriz.
— ¿Y manejar dos imperios desde la distancia? Por supuesto que no. — Interrumpió Kakashi. — Mei Terumi es una mujer orgullosa. Yaguar ha muerto y los rumores dicen que ella será proclamada emperatriz de Qestroysal. En caso de hacer un pacto de paz con ella, esta no es la forma adecuada.
—Kurotsuchi, nieta del emperador Onoki de Adrain. — Sugirió Suigetsu. — Digamos que posee una belleza convencional, es audaz y bastante tenaz.
—El viejo Onoki es bastante rencoroso y leal a su imperio. No perdonara con facilidad las ofensas del pasado. Considerará que su nieta será nada más y nada menos que un sacrificio innecesario.— Espetó el peliblanco, reduciendo las posibilidades de encontrar una excelente mujer para gobernar a lado de Sasuke y otorgarle un heredero.— Por lo tanto, todo queda reducido a buscar a una princesa aquí en Othana.
—La mayoría de ellas han sido prometidas o están casadas. — Interrumpió Shikamaru. — Todo esto es muy problemático. — Dijo, hastiado del divagamiento.
—Hiashi Hyuga tiene una hermosa hija.— Inicio Kabuto, atrayendo las miradas ante el tono de voz sombrío.— Al igual que los Senju, Uzumaki y Uchiha, la familia Hyuga es milenaria, sangre de reyes y dioses corre por sus venas. Hinata Hyuga es la mejor candidata que tenemos. — Una vez más, asintieron en silencio.
Sasuke no pudo evitar pensar en la hermosa joven del prado. De ser posible, elegiría a esa mujer como su compañera.
—La casa Hyuga es leal sirviente. Elegir a la heredera supondría para nosotros el apoyo total. Con la fortuna que posee, saldaremos las deudas del imperio. — Agregó Kabuto, frotando sus manos por debajo de la mesa al ver que sus palabras surtieron efecto.
—En ese caso, que sea de esa manera. — Sin decir más, Sasuke se puso de pie, emitiendo una respuesta asertiva sobre el posible compromiso con la princesa Hyuga. — Envíenle un cuervo a Hiashi Hyuga, él y su familia estarán conmigo en la mesa principal del banquete de hoy.
—Sus deseos son órdenes, su majestad. — Kabuto sonrió satisfecho, realizando una reverencia mientras el emperador abandonaba la sala.
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El palacio recibía con las puertas abiertas a los invitados al boquete en honor al nuevo emperador.
Las familias nobles se congregaban en el centro de Aephonia, luciendo sus mejores atuendos para presentarse con Uchiha Sasuke, nuevo héroe en la historia de Othana.
Sasuke, permanecía sentado en el trono de mármol negro, portando con orgullo la corona de hierro sobre su cabeza, luciendo estoico e indiferente al panorama que lo rodeaba. Atendía con seriedad a las molestas presentaciones de los líderes, escuchando halagos repetitivos sobre sus hazañas, percibiendo como la gloria perdida de su familia retornaba al considerarlo una especie de dios entre los hombres.
Poco fanático de los banquetes y bailes, el pelinegro prefería no invertir demasiado tiempo en esa clase de eventos, sin embargo, al tratarse del emperador, su presencia era vital, sumándole a esto la posible propuesta de matrimonio, fomentando una alianza entre el Imperio y la familia Hyuga.
Kakashi permanecía de pie a su lado, como una estatua de marfil. Su labor era darle a conocer al pelinegro los nombres de las personas que se acercaban a saludarlo, una muestra de cortesía y respeto. Al igual que el emperador, Kakashi encontraba fastidioso todo eso, puesto que había sido participe de eventos de igual o mayor magnitud desde que fue nombrado caballero.
— ¿Cuánto falta para finalizar esto?— Preguntó Sasuke en voz baja, asintiendo a las reverencias con un leve gesto, casi imperceptible.
—Solo falta una casa más. — Sentencio Kakashi, recibiendo un mensaje por parte de un soldado, anunciando la llegada de la familia faltante. — Han arribado. — Dijo el peliblanco, transmitiendo el comunicado.
—Ordena que abran paso para recibirlas directamente, todos pueden pasar al comedor principal. — Mascullo, estrujando los ojos con fuerza mientras presionaba con dos dedos el puente de la nariz. Noches de insomnio tenían al pelinegro en un estado de cansancio total, conciliar el sueño parecía una tarea imposible, ni siquiera en la privacidad de sus aposentos podía sumergirse en la parsimonia.
Kakashi arribo nuevamente en compañía de dos mujeres, notificando su llegada con los títulos nobiliarios y nombres correspondientes. Sasuke logró reincorporarse en el trono, lanzando un largo suspiro mientras atisbaba con indiferencia la llegada de la casa Ha runo.
En ese preciso instante, sucedió lo inimaginable. Su corazón dio un vuelco al avistar frente a él una figura reconocida, misma que invadía sus sueños desde su encuentro en el prado. Se mantuvo estoico, sin parpadear, atrapando la imagen de la hermosa dama: aquella noche, la chica había sustituido la vestimenta de campesina por un vestido más elaborado; utilizaba una prenda color esmeralda, bordada de la parte superior con piedras del mismo color, dejando al descubierto sus brazos, mostrando un pronunciado escote. Su espalda era cubierta por una capa de tela transparente del mismo color del vestido, mismo que se ajustaba a su cintura para desembocar en la impetuosa caída de la falda como una cascada. Los mechones rosados yacían atrapados en un peinado poco complicado, mostrando su cuello largo y blanquecino.
Imaginaba que todo aquello era producto de su imaginación. Desde el encuentro, era imposible dirigir sus pensamientos a otra cosa que no involucrara a la bella dama. Movió la cabeza de un lado a otro en forma de negación, rehusándose a creer que una vez más tenía la dicha de cruzar su camino con el de ella.
—Le presento a la Reina de Sanead, Mebuki de la casa Haruno. — La mujer, realizó ante el emperador una excelente reverencia, mostrándole respeto. — y a la Princesa de Seanad, Sakura de la casa Haruno.
La aludida, realizando del mismo modo una grácil reverencia, ignorando los impulsos de hacer contacto visual con el emperador, quien atrapó de inmediato aquella hipnótica mirada, sometiéndose a sus designios.
—Largo sea su reinado. — Murmuro Mebuki, dedicándole una cálida sonrisa. — El reino de Seanad le jura lealtad y total obediencia. — Sasuke, contemplo de reojo a la hermosa peli-rosa, quien parecía tan pasmada como él.
—Su reputación la precede, mi señora. Su difunto esposo fue un gran guerrero. — Sasuke hablaba con tranquilidad, tratando de mantener la calma ante Sakura. — Creo que usted y yo tenemos muchas cosas de las cuales hablar. — Mebuki asintió. Hacía años que no se presentaba ante el emperador, una vez que Hashirama falleció, la mujer debía acudir ante el nuevo monarca a jurar lealtad y respeto, aprovechando la visita para realizar alianzas con los grandes señores. — Kakashi, encárgate de situar a la reina y la princesa de Seanad en mi mesa. — Ordenó. Planteándose la obsesiva misión de no dejar escapar a Sakura, no permitiría que se le escapara de las manos fácilmente.
—Nos honra con la invitación, mi señor. Estaremos más que encantadas, ¿verdad, Sakura?— Mebuki viro sobre sus tobillos, quedando frente a frente con la aludida. — Estas muy pálida, parece que viste a un fantasma. — Sentencio su madre, luciendo preocupada.
—No, no, estoy bien. — Excuso en voz baja, suplantando inmediatamente la seriedad por una amplia y reluciente sonrisa, dirigida al joven emperador. — Sera un honor, mi señor. — Respondió con voz trémula.
Una vez suscitado el saludo, Sasuke se dirigió al comedor principal en compañía de la realeza de Seanad, viéndose obligado a convivir con la familia de su futura prometida.
Todos tomaron asiento en la mesa principal, quedando pasmados con las bellezas que los acompañaban en la cena.
—Mi señor, tengo el honor de presentarle a Hyuga Hiashi, su hija la princesa Anabí, su sobrino, el príncipe Neja y por supuesto la princesa Hinata. — Espetó Kabuto.
Hiashi sonrió ampliamente, era un honor para la familia que Hinata fuese elegida para ser la esposa del emperador. Sabía que los dioses la habían dotado de tanta belleza por una razón.
Sasuke, sometió a la chica a un meticuloso escrutinio involuntario. No lo negaría, Hinata Hyuga poseía los rasgos suficientes para considerarla una mujer hermosa; Sus ojos grandes y expresivos, contrastaban con el color oscuro de su cabello.
A comparación de la peli-rosa, Hinata utilizaba un vestido conservador, ocultando la figura curvilínea bajo la tela azul de terciopelo, mostrando solo un escote casi imposible de esconder, atrayendo las miradas al collar que adornaba su cuello.
El pelinegro, asintió en silencio, tomando asiento en la silla principal, ordenándoles a los sirvientes que sirvieran la comida. Durante el transcurso de la cena, escucho atentamente los relatos de Hiashi Hyuga, respondiendo cuando lo ameritaba pero guardando silencio la mayor parte del tiempo.
Internamente, realizaba una comparación entre ambas mujeres. Hinata, parecía una mujer frágil, demasiado tímida y desconocedora de su belleza. Suponía que la chica seria la esposa sumisa que la mayoría desearía, desde lejos se sabía que había sido criada con un único propósito en la vida, convertirse en la mujer de alguien importante.
En cambio, Sakura, poseería inocencia, cierto, sin embargo un aura de insolencia y salvajismo la hacían más atractiva. Su presencia era difícil de ignorar, acaparaba las miradas de los ahí presentes, inclusive aquellos que parecía complicado tentar. A comparación de Hinata, Sakura lucía como una mujer fuerte, difícil de someter.
— ¿Desea más vino, mi señora?— Preguntó Suigetsu, dirigiendo su plena atención a Sakura, charlando con ella desde el instante que tomo asiento en la mesa.
—No, gracias, estoy bien así. — Mascullo, removiendo la copa aun con vino, acompañada de una leve sonrisa.
—Insisto, puedo asegurarle que no volverá a degustar un vino tan exquisito como este.— Persuadió Suigetsu, ordenándole a uno de los sirvientes que se acercara con una copa limpia, vertiendo el líquido rojo para ofrecerlo a la bella dama.
Sakura, llevo el borde de la copa hacia sus labios, permitiendo que la explosión de sabores estallara en su boca. Guardó silencio durante algunos segundos, depositando nuevamente el cáliz en la mesa, limpiando con elegancia la comisura de sus labios. — ¿Y bien?— Preguntó el peliblanco entusiasmado.
— ¿Quiere que le diga la verdad?— Suigetsu asintió. — Creo que he degustado mejores vinos que este. — El chico no contuvo la carcajada, maravillado por la sagaz respuesta de la peli-rosa. Sasuke, se limitaba a atisbarlos, escuchando atentamente sus conversaciones.
La charla se desvió directamente a la política, discutiendo sobre los posibles movimientos para la próxima batalla. Todos parecían inmersos en las palabras de los grandes estrategas, quienes otorgaban su consejo al nuevo emperador, persuadiéndolo a continuar con la guerra de Hashirama.
— ¿Y cuál es su opinión, mi señora?— Preguntó Suigetsu, sembrando la afonía en la mesa, era extraño preguntarle a una mujer sobre un tema como lo era la política y la guerra.
—Mi opinión es relativamente diferente a la de todos ustedes, caballeros. — Murmuro Sakura. — Si los grandes emperadores desearan verse muertos unos a los otros, ya lo habrían hecho. — Espetó, dando un elegante trago, sin dejar de sostener el oscuro mar en los ojos del pelinegro.
—En ese caso, ¿Cuál es el verdadero motivo de la guerra?— Cuestionó el azabache, interrumpiendo por primera vez la conversación de sus invitados.
—Sumisión. — Replicó, dirigiéndose directamente al emperador. — Y creo que usted comprende el por qué la sumisión a otro seria intolerable. — Sasuke sonrió ínfimamente, atrapado por la basta inteligencia y las palabras acertadas de la princesa.
Todos asintieron en silencio, la sagaz gobernante de Seanad era de tener cuidado.
La charla se vio interrumpida por el cambio de música. Los invitados se abrieron paso en medio del salón, bailando con habilidad el primer vals. Sin demorar demasiado, Suigetsu, solicitó a la princesa la primera pieza, llevándola consigo al mar de personas que danzaban con alegría al compás de la música.
Sasuke, intentó disipar los pensamientos entorno a la peli-rosa, concentrándose en la tímida dama que yacía frente a él. Seriamente, se dirigió a Hiashi, era el momento de lanzar la petición.
—Creo que usted sabe el motivo por el cual envié el halcón. — Inició, solicitando a uno de los sirvientes que vertiera más vino. Hiashi asintió, mostrándose atrapado por lo que había aguardado toda la noche.— Necesito una mujer capaz de gobernar a mi lado, la cual, le otorgue un heredero al trono.— Levemente, atisbo a Hinata, quien evitaba a toda costa cruzar mirada con el emperador.— Su hija, Hinata, es la adecuada para ello.
—Ella estará encantada. — Dijo Hiashi, entrelazando su mano con la del pelinegro, fundiéndose en un gélido abrazo para después brindar por el grato acontecimiento. Los Uchiha y Hyuga se unirían una vez más, está vez, gracias al matrimonio de los respectivos herederos.
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La música finalizó, permitiéndoles a los músicos y los invitados tomar un respectivo descanso.
Sakura arrastró consigo al peliblanco, entre risas y respiraciones agitadas. Le parecía gracioso escuchar las bromas e historias que tenía Suigetsu para ella, siendo imposible contener las carcajadas.
—Necesitó un poco de aire fresco. — Murmuró ella, percibiendo como las gotas de sudor apelaban su frente.
—No demore demasiado, mi señora, aún no hemos terminado, esto es solo el inicio. — Advirtió el joven guerrero, desapareciendo entre la multitud para buscar un poco de vino y aplacar su sed.
Sakura sintió el gélido aire rodearla por completo, notando el abrupto cambio de temperatura. Sonrió al atisbar el firmamento atiborrado de estrellas, dirigiendo sus pasos lejos del barullo.
Aquella noche había sido mejor de lo que imaginaba, nunca creyó que los bailes serían tan divertidos, sintiéndose impaciente para recibir la próxima invitación.
Tomó asiento en las bancas de piedra que decoraban el jardín, aspirando con fuerza el aire puro, mientras el viento danzaba con los mechones rebeldes que comenzaban a escaparse de su prisión.
—Me parece que usted y yo nos hemos encontrado en otra ocasión.
Sakura no reprimió el respingo, virando con violencia hacia el punto donde provenía la voz. Llevó una mano hasta su pecho, reparando en el rápido latir de su corazón. Alzó la mirada, reconociendo la voz y presencia del emperador.
—No puedo asegurarle eso, su majestad. — La peli-rosa se puso de pie, sumergiéndose en el laberinto creado con arbustos, embriagándose con el olor de las flores nocturnas, buscando escapar de aquel joven al que nunca imaginó volvería a encontrarse.
—Eras la dama del prado, recolectabas flores mientras danzabas. — Sasuke, absorto por la presencia de la chica, comenzó a seguirla, asechándola.
—Oh, ya lo recuerdo. — Respondió ella. — Un extraño lugar para un emperador, ¿no lo cree?— Cuestionó. Desconocía que el chico perteneciera a la familia real, sobre todo, por su mente nunca cruzó la idea de que el seria el nuevo amo y señor de Othana.
—Quizá, pero aún no era proclamado emperador.— Hábilmente, sus caminos se cruzaron en un punto sin salida, acorralando a la chica desde la lejanía, aproximándose a ella, notando como el nerviosismo se encargaba de poseerla.
Poco a poco la distancia entre los dos fue haciéndose menos.
Ella, aferraba sus manos a las plantas, desconociendo la manera de actuar. En cuanto a Sasuke, atisbaba como su pecho se alzaban al compás de la respiración, vislumbro sus labios carnosos, desembocando en aquellos brillantes fanales esmeralda.
Nunca se vio a si mismo absorto en una coyuntura como tal. Juraba que si tuviese la oportunidad de poseerla, lo haría. Sakura tenía el poder de doblegarlo, ser la primera mujer que tentaba la suerte del estoico Sasuke Uchiha.
Se embriago con el olor de su cuerpo, reparando en lo peculiar que era, distinto a los demás aromas. Tentando a acariciar aquella tersa piel, extendió una de sus manos, muriendo por dentro, imaginando como sería el momento en que sus dedos entraran en contacto con ella.
— ¡Sakura!— Exclamó una voz femenina, la misma que interrumpió su encuentro en el bosque. Abruptamente, la chica encontró la manera de huir del acorralamiento, saliendo del laberinto, apaciguando la respiración descompuesta, aparentando total quietud para no levantar sospechas.— Estuve buscándola durante largo rato, es hora de irnos.
—Sí, está bien. — Murmuro, sonriendo con nerviosismo al tiempo que caminaba a la par de la amable doncella, buscando desesperadamente al emperador. Intentaba comprender que había sucedido en el corazón del jardín, sintiéndose obligada a reprimir las sensaciones que la cercanía del pelinegro había desembocado en su interior.
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Los días transcurrieron con lentitud. De su mente era imposible borrar la imagen de la princesa. Había hecho todo lo humanamente posible para no pensar en ella, olvidarla y continuar con su vida. Pronto tendría una esposa, e indispuesto a buscar placer en otras mujeres, se propuso serle fiel, aun así si la chica parecía temerle.
Lanzó el cáliz de oro al cristal frente a él, rompiéndolo en pequeños fragmentos difíciles de unir. Ofuscado, caminó de un lado a otro por la habitación, reprimiendo los sueños taciturnos que involucraban a Sakura debajo de su cuerpo, clamando a gritos su nombre mientras se retorcía de placer. Imaginaba como seria poseerla, hacerla suya. Exclamó una maldición.
Se rehusaba a ser un hombre que no era. Debía apegarse a sus juramentos, porque sabía la importancia que los mismos tenían. Había hecho un trato con los Hyuga, y romperlo supondría una deshonra para la propia chica, algo que ella no merecía.
Sin embargo, Sakura ejercía sobre él un poder difícil de ignorar, dejaría todo por estar con ella.
— ¿Sucede algo?— Preguntó Kakashi, apareciendo en la habitación, obteniendo una pronta respuesta a su cuestionamiento al ver los cristales esparcidos en el suelo. — ¿Qué es lo que te perturba?— Indagó, buscando el motivo de la inquietud de Sasuke.
—Nada en particular. — Mentía. No rebelaría fácilmente que la desesperación que lo atacaba se debía a cierta dama. Caminó hacia la mesa que sostenía los contenedores de vino, tomando otra copa y vertiendo una gran cantidad de líquido para beberla con rapidez, repitiendo el proceso dos veces continúas.
—Por supuesto que sucede algo.— Dijo con parsimonia, otorgándole el tiempo necesario para ser sincero con el.— No me moveré de aquí hasta que digas que es lo que está pasando.
Hastiado por la persistencia, volvió a beber otra copa de vino, exteriorizaría sus penas con el peliblanco. Como mano derecha y consejero, lo ayudaría a elegir lo mejor para él y el reino.
—Cuando nos detuvimos en el camino al palacio, encontré a cierta mujer que logró trastocarme de una forma que ni siquiera yo creía capaz. — Habló, recordando el primer encuentro entre él y la hermosa princesa. — ¿Por qué nunca sacaste a coalición a la princesa de Seanad?— Cuestionó con amargura, frunciendo el ceño, estrujando la copa hasta que su mano se tornó blanca.
Kakashi dio un largo suspiro. Poseía los motivos suficientes para omitir a la bella chica, prefiriendo reservarlos para sí mismo y no emitirlos al escéptico emperador. Abatido, sabía que el joven pelinegro se había propuesto algo, y no existiría poder humano que arrancara de su mente el propósito.
—Si te advirtiera que Sakura será una elección desafortunada, ¿eso te haría cambiar?— Preguntó Kakashi.
Sasuke, guardó silencio, meditando fríamente su respuesta, aunque sabía que tenía la apropiada y la que él deseaba.
—No. — Respondió.
—Por supuesto que no. — Replicó Kakashi tristemente.
—Está mal. — Murmuro el Uchiha, vaticinando lo que una elección errada podría desatar sobre los demás.
—Se imprudente con tus juramentos y tu gente hará lo mismo. — Dijo Kakashi, recordando las palabras que una vez le dijo su padre. — Hiashi Hyuga puede ser tanto un gran aliado como un poderoso enemigo. — Murmuro.
—No me importaría. — Admitió Sasuke. Renunciaría a demasiadas cosas mientras tuviera el cargo de emperador, entre ellas su libertad, sin embargo, de negaba a desistir de esa bella mujer.
— Todos los hombres que he conocido se han mantenido firmes en la creencia de que en su caso, todas las leyes de probabilidad quedarían anuladas. No necesitas consejo, solo aprobación. — Kakashi volvió a suspirar con fuerza.
—Envía a Suigetsu a traer a la princesa. Yo me encargare de hablar frente a frente con Hiashi. — Ordenó, evitando encarar al peliblanco.
—Como usted lo ordene. — Espetó, abandonado la habitación, dirigiéndose directamente a emitir el comando del emperador.
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Yacía sentada en el balcón. Sus manos, permanecían recargadas en la superficie de piedra, posicionando su mentón sobre estas mientras contemplaba atentamente el amplio bosque que se expandía por todo lo ancho de las tierras.
Suspiró con fuerza, había algo que molestaba a la bella princesa, algo que involucraba al nuevo emperador.
Divagaba una y otra vez sobre la situación de la noche anterior, tratando de encontrar alguna respuesta convincente a sus dudas. Quizá, todo era producto de su imaginación, constantemente su mente se encargaba de crear panoramas poco convincentes por diversión.
Sonrió, un hombre de tal envergadura como el pelinegro nunca se fijaría en ella, todo permanecería en el primer encuentro, conservándolo como un grato recuerdo. De ser posible que el azabache sintiera algo por ella, era imposible perpetuar algo entre los dos, puesto que elegirlo a él era renunciar a su libertad, y para ser sincera consigo misma, amaba más la liberta de albedrio a ser la esposa de un gran señor.
Regresó a la habitación, tomando asiento frente al tocador, pasando el cepillo en reiteradas ocasiones, ideando que hacer para matar el tiempo libre.
—Sakura.
Escucho el llamado en voz baja, con un tono apenas audible. No le prestó atención, situando el cepillo sobre la madera, dirigiéndose a la puerta de la habitación, dar una vuelta por el prado le traería tranquilidad, ayudándola a sosegar sus pensamientos.
— ¿Osas huir de mí, pequeña?— Viro su atención a otro punto de la habitación, encontrándola nuevamente vacía. Frunció el ceño, frustrada por la extraña jugarreta. Retornó su atención a la puerta, notando ante ella una hermosa mujer, de aspecto fantasmal, como si estuviese hecha de humo.
Rápidamente, retrocedió hasta terminar en la cama, sintiendo como su cuerpo se paralizaba por el miedo, estrujando las sabanas bajo sus manos.
— ¿Quién e-eres tú?— Pregunto con voz trémula, disipando las sensaciones de debilidad para transformarlas en fortaleza. — ¡Dime tu nombre!— Ordenó, poniéndose de pie para encarar al extraño ente.
—Yo soy quien debería sentirme ofendida por tu impertinencia.— Confesó, rodeándola, asechándola de un lado a otro, examinándola con descaro.— Mi nombre es Magulla, debes reconocerme por los templos destruidos y mi imagen en los libros.
—La diosa desterrada…— Susurró, rememorando los relatos que involucraban las desgracia que habían llevado a la diosa a ser condenada al exilio y olvido.
—Me cuesta admitirlo, pero así es. — Espetó molesta. — Soy la verdadera diosa del caos. — Se presentó, portando con orgullo el título que le habían impuesto por maldición.
— ¿Qué es lo que quieres?— Cuestionó confundida, siguiendo atentamente los pasos de la diosa.
—A ti, pequeña. — Sentencio, situando ambas manos sobre sus hombros, susurrando la respuesta en su oído, ocasionando que un escalofrió recorriera toda la espina dorsal de la peli-rosa.
— ¿Y qué es lo que una diosa puede querer de mí?— Ofuscada, se alejó de ella, dejando en claro su deseo de permanecer lejos.
—Eres la elegida. — El semblante de Kaguya se sumergió en completa seriedad, adjudicándole el temor que necesitaba para intimidar a los hombres. — Los hombres te temerán y por lo tanto, intentaran destruirte…los mortales le tienen miedo a lo desconocido.— Dijo, sonriendo con malicia.— Cuando lo comprendas, el poder dentro de ti emergerá, y tomaras aquello que te pertenece por derecho.— Este no será nuestro último encuentro… tu y yo volveremos a reunirnos. No soy tu enemiga, estoy aquí para ayudarte. — Advirtió, desapareciendo como una ligera brisa antes de que la confundida peli-rosa pudiese preguntarle algo.
Los cascos de los caballos golpeando la tierra acapararon su atención. Inmiscuida, dirigió sus pasos hacia el balcón, reconociendo los estandartes imperiales. Se preguntaba lo que la guardia real estaba haciendo en su reino, era extraño recibir a los hombres del emperador en el palacio.
Ofuscada, salió de la habitación, buscado con desespero a su madre, quien quizá ya estaba al tanto de los sorprendentes visitantes.
— ¿Dónde está mi madre?— Preguntó con desespero a una de las mujeres de la servidumbre, quien tímidamente respondió con mano titubeante ante la exigencia de la princesa.
A lo lejos, Mebuki era solicitada por un hombre reconocido para la chica, se trataba nada más y nada menos que del galante caballero con el que había bailado la noche anterior.
Sin dudarlo, opto por acercarse a ella. Su pecho albergaba un presentimiento, el cual le era imposible catalogar como bueno o malo, pero la opresión de su pecho indicaba que algo sucedería, un hecho que le cambiaría la vida.
—Mi señora. — Saludó Suigetsu, depositando un beso sobre el dorso de su mano. — Me presento en nombre del emperador, solicitando una audiencia privada con usted, la reina. — Indicó dirigiéndose a Mebuki.
—Po-por favor, pase. — Accedió confundida, guiando al caballero a la sala principal, donde los dos podrían charlar largo y tendido sobre la petición del rey.
Sakura captó que su presencia no era requerida. Curiosa sobre los asuntos que el emperador deseaba tratar con su madre, buscó el escondite perfecto para escuchar la conversación. Conocía aquel castillo como la palma de su mano, sobre todos los pasadizos secretos que alberga en la oscuridad.
Permaneció inerte, escuchando con atención las voces al otro lado de la habitación, sin necesidad de interrumpir a su madre.
—El emperador ha solicitado la presencia de su hija, la princesa de Seanad para convertirla en su esposa y emperatriz de Othana. — Anunció Suigetsu con incomodidad, puesto que sus planes se veían ofuscados por el decreto del pelinegro.
Mebuki, aún más confundida, sintió como si las fuerzas escaparan de su cuerpo. Sabía que a comparación de los demás hombres que pretendían a su hija, no podría oponerse a los designios de un hombre como el emperador.
— ¿Cómo?— Susurro, sorprendida. — No lo entiendo, el emperador estaba comprometido con la princesa Hyuga, ¿Qué lo hizo cambiar de parecer?— Evidentemente, Mebuki albergaba las mismas dudas de su hija, quien permanecía inmersa en un estado catatónico al escuchar la noticia.
—Para serle sincero, mi señora, desconozco los motivos que orillaron al emperador a cambiar de opinión. Solo soy el mensajero y estoy aquí para cumplir mi deber ante mi señor. — Advirtió, Suigetsu, apretando con fuerza los puños, hasta que la yema de sus dedos y la palma de sus manos se tornó blanca.
— ¡No lo permitas!— Interrumpió Sakura envuelta en lágrimas, buscando el consuelo de su madre. — Por favor, no lo hagas. — Solicitó. Muy en el fondo sabía que suplir era una pérdida de tiempo. La idea de ser el capricho de un hombre solo lograba revolverle las entrañas.
—No puedo hacer nada al respecto. — Mebuki tomó el rostro de su hija entre sus manos, compartiendo la tristeza. — Es su palabra ante la mía, no poseo tanto poder.
—Por favor. — Suplicó Sakura, tendiéndose ante los pies de Suigetsu. — No permita que esto suceda, se lo ruego.
Ver el rostro empapado por el llanto y la expresión de dolor, quebrantaron la fuerte coraza del peliblanco, llevaba a una bella chica en contra de su voluntad, sin embargo un halo de egoísmo apareció en su corazón, de no llegar con ella al Imperio su cabeza terminaría clavada en una pica, decorando los muros que resguardaban el castillo, cumpliendo con el destino que le aguardaba en Qestroysal.
—Lo lamento, esto no está en mis manos. — Sin decir nada más, el peliblanco se puso de pie. — Un carruaje aguarda por usted afuera. Yo mismo la escolares al emperador.
Sakura sabía que si se rehusaba a subir al carruaje, el pelinegro vendría a buscarla de todas maneras. Evitando futuros conflictos que involucraran el bienestar de aquellos a quienes amaba, la princesa acepto a duras penas, despidiéndose de sus únicas amigas y compañeras entre llanto, abrazándolas con fuerza y llevando consigo un poco de todas.
Al presentarse ante su madre, la rodeo con sus brazos como nunca lo había hecho, memorizando el tamaño de su cuerpo, la textura de su piel y el olor de su perfume. Mebuki, estrujo con fuerza la tela del vestido, como si eso fuera suficiente para retener a su hija.
Los soldados presenciaban la escena con cierta incomodidad, prefiriendo desviar su atención a otro punto, estaban ahí por designios del emperador, y su labor era llevar a la princesa de Seanad ante él.
—Se cuidadosa. — Advirtió su madre, aun sin apartarse de ella, disfrutaría de los últimos segundos que le restaban a su lado. — No seas impertinente, todo va a estar bien, te lo prometo. — Con labios temblorosos, Mebuki depositó un último beso sobre la frente de su más preciado tesoro, apartando de su cuello el collar que siempre se mantuvo con ella, uno de los últimos regalos que Kakashi había dejado antes de partir. — El padre de tu padre lo portó en cada una de sus batallas. Estaré más segura si lo llevas contigo, solo se trata de una batalla más por librar.
Sakura asintió, portando con orgullo el icono perteneciente a su familia. Volvió a aferrarse a su madre antes de que los soldados la apartaran para dirigirla a su carruaje. Contuvo un gemido mordiendo sus labios, aflorando el llanto hasta que su pecho no pudo soportarlo
Mientras el carruaje avanzaba por el sendero decorado con grandes árboles, la peli-rosa no podía dejar de pensar en lo que sucedería cuando estuviese frente al emperador una vez más. Nunca imaginó que el reencuentro acontecería de esa manera, presentándose ante él como su futura esposa.
Pensar en la vida matrimonial ocasionó que un escalofrió recorriera toda su espalda. Había escuchado historias respecto a las "obligaciones" que tenía una mujer al convertirse en la mujer de un hombre tan poderoso como lo era el emperador, un rey o algún duque. Todos y cada uno de ellos se veían obligados a engendrar un heredero a quien heredar su patrimonio, asegurar que todo el legado familiar continuara en las manos de alguien perteneciente a la casa y no a un extraño. Lo complicado no era criar al niño, sino, aquel proceso que de solo imaginarlo le revolvía las entrañas.
Se preguntaba el por qué era la elegida. Ante otras mujeres, sus cualidades se veían opacadas por el vasto conocimiento y su posición como princesas de mayor rango, no pudo evitar sentir lastima por la princesa Hyuga, y a la vez maldecirla en silencio por no ser lo que el emperador esperaba.
Su cabeza no permanecía quieta. Los movimientos abruptos del carruaje revolvían su estómago, podría asegurar que si pasaba un minuto más confinada dentro de aquel reducido espacio, terminaría por volverse loca. El sol había desaparecido, abriendo paso a la noche, cubriendo con un manto de oscuridad todo a su alrededor.
Suspiro de alivio al contemplar por la diminuta ventana el imponente castillo, sin embargo, el nerviosismo se hizo presente una vez más, y las ganas de llorar se contuvieron dentro de ella formando un nudo en su garganta.
A pesar del escándalo que generó la precipitada decisión del emperador al elegirla como esposa, todo permanecía en completa calma.
El carruaje se detuvo a las puertas del castillo, tenuemente iluminadas por antorchas. Los guardias permanecían inmóviles formando dos filas rectas, acompañados por la servidumbre que atendería a la futura emperatriz esa noche.
La joven se aseguró de parecer lo más serena posible, inclusive si su rostro revelaba el suplicio de la decisión, acompañado del tormento a someterse a un cambio de vida completamente distinto, para el cual no estaba preparada. Sintió el aire fresco impactarse en su rostro, llenando de pureza sus pulmones hasta sacarlo con un gran suspiro. Sostuvo la mano de Suigetsu, evitando cruzar miradas con él. La tristeza había desaparecido para abrir paso a la molestia.
Los solados, al igual que las damas, saludaron a la prometida del emperador con una simple reverencia.
—Bienvenida, su majestad.— Saludó una mujer joven, con cabello corto y lacio, atado en una coleta media, sus ojos emulaban el color oscuro de su cabellera contrastando con la piel plancha y nívea.— Mi nombre es Si zuñe y seré su dama de compañía.— Sonrió, inclinados cabeza en un saludo cordial.— El emperador aun no podrá recibirla, por lo tanto, la dirigiré a sus aposentos.— Indicó, haciéndose a un lado para permitirle la entrada a la peli-rosa al castillo, siguiéndola unos metros atrás.
Recorrió los amplios pasillos del palacio, decorados con opulencia y ornamentos de oro, los cuadros colgaban en las paredes, y las velas iluminaban el camino. Sakura contuvo la impresión al comprobar que la "humilde" morada del emperador era mil veces más grande que el castillo donde creció.
Shizune abrió las puertas de par en par de la habitación donde pasaría la noche. La peli-rosa podría deducir que aquello era una muestra de uno de los tantos cuartos que conformaban el palacio imperial, suponía que los aposentos imperiales eran más excéntricos. Las paredes relataban en sus murales la historia de una hermosa dama. Toda su vida se veía plasmada entre muebles y terminados de oro. Una enorme cama yacía en medio, sosteniendo cuatro pilares con cortinas a los lados, a lado izquierdo se encontraba una chimenea de mármol y frente a la cama, una sala para uso privado. Del techo colgaba un enorme candelabro, proveyendo de luz cada rincón.
Sintiendo como las fuerzas desaparecían de su cuerpo, mantuvo el equilibrio al sostenerse de uno de los pilares de la cama, tomando asiento sobre el amplio colchón. Sin decir nada al respecto, Shizune abandonó la habitación, dejándola en completa soledad.
Desesperada, deambulo de un lado a otro, buscando algún pasadizo que la dirigiera a otro lugar. Planeaba escapar caída la noche. Recorrería el bosque en la oscuridad y regresaría a casa lo antes posible, eso, si lo graba encontrar una salida. Abrió las cortinas de par en par, avistando el abismo bajo la habitación, augurándole una muerte segura si osaba tomar como medida desesperada lanzarse.
Suspiró con fuerza. La ansiedad que albergaba su cuerpo era tanta que sentía como las paredes se hacían cada vez más y más pequeñas. Aquella seria su prisión hasta el final de sus días y una mujer como ella no resistía estar entre murallas. Veía más factible volverse loca a someterse al azabache.
Un llamado a la puerta puso fin a sus pensamientos. Temerosa, volvió a tomar asiento en la cama.
— ¿Si?— Cuestionó con voz trémula, estrujando la tela del vestido.
—El emperador ordena su presencia. — Replicó una voz masculina, abriendo la puerta para llevar a la futura emperatriz consigo. Sakura, molesta, frunció el ceño. Alguien debía enseñarle una lección a ese hombre, no podía proponerse a obtener todo lo que deseaba, ella entraba en esas inverosimilitudes.
Caminó detrás del soldado con la cabeza erguida, mostrando una altivez digna de una dama herida. No repararía en albergar palabras en su pecho, si el chico imaginaba que era el único que podía jugar de esa manera, estaba muy equivocado.
Las puertas de la habitación se abrieron, mostrando al pelinegro deambulando de un lado a otro con un aspecto desalineado. Sus mechones azabaches alborotados, la camisa desabotonada, mostrando el inicio de su pecho y el hueso de la clavícula. Con un banal gestó, comandó cerrar las puertas, permaneciendo a solas con la peli-rosa.
Ambos se contemplaron sin reparo, largamente, como esa vez en el prado, con la abismal diferencia que en aquel entonces ninguno de los dos imaginó encontrarse en esa situación.
Sasuke, apretó la mandíbula con fuerza, bebiendo de una vez el vino restante en la copa.
— ¿Qué hacia un hombre como usted deambulando por el bosque aquel día?— Sakura fue la primera en romper el silencio, hablando con severidad y emulando sus rasgos al mismo tono de voz utilizado. No permitiría que el pelinegro contemplara en ella la oportunidad de doblegarla y poseerla, ella no pertenecía a nadie, solo a si misma. — Debe ser un príncipe o familiar directo para ser nombrado emperador de la noche a la mañana.
—No solo la sangre asegura la corona. — Espetó, mostrándose tan calmado y apático como de costumbre. — Valen más las hazañas en el campo de batalla. — Dijo el, refiriéndose a los motivos que lo llevaron a convertirse en emperador, evitando entrar en detalles, había cosas más importantes de las cuales hablar.
—Ha dejado en mí una conmoción enorme al someterme a sus designios. — Confesó con amargura. — Por un instante imaginé que al no pertenecer a la rama principal de la familia real, sariá lo que la sumisión significaría para alguien como usted y yo. — Explicó, tratando de plantear una empatía que no serviría de nada. Sakura obtuvo como respuesta un largo silencio, desesperante para ella, quien precisaba una explicación coherente a las acciones arrebatadas de un mandatario obsesionado. — ¿Por qué yo?— Preguntó en voz alta, atrayendo sus irises negros hacia ella. — La princesa Hyuga era la mujer adecuada para convertirse en su mujer, ¿Por qué cambio de decisión? ¿Qué lo llevó a destruir mi vida?
El bombardeo de preguntas constante, comenzaban a aclarar el panorama. Aquella era una mala elección, claro que sí. Sin embargo, orgulloso desde nacimiento, Sasuke no dudaría de su palabreaba, y el discurso amargo de aquella dama no lo haría cambiar de opinión.
—La ceremonia se llevara a cabo mañana por la noche. — Dijo Sasuke entre dientes. — Dispondrás de tu propio cortejo y una habitación privada. — Relató con voz grave, pasando olímpicamente a lado de ella, evitando sumergirse en su persona.
—Te arrepentirás de esto. — Amenazó.
—Hm, ya he escuchado eso anteriormente. — Espetó con arrogancia, restándole importancia a las advertencias.
—Convertiré tu vida en un infierno. — apercibió, apretando el puño hasta tonar la punta de sus dedos tan blanca como la lecha.
—Hmp. — Bufó Sasuke, anunciando su salida con un portazo. Si esa chica creía que lograría hacerlo desistir, estaba completamente equivocada.
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Contempló desde lejos el hermoso vestido que yacía sobre la cama, utilizaría aquel atuendo para ser entregada a Sasuke como su legítima esposa.
Por cuestiones de tiempo, la ceremonia no sería nada ostentosa y el banquete seguiría los mismos pasos que ésta, congregando a las personas más allegadas.
El agua resbalaba por su cuerpo, había perdido la noción del tiempo al encontrarse sumergida en sus pensamientos. Acarició con la yema de los dedos el icono que colgaba sobre su cuello, recordando las valerosas palabras de su madre, quien no estaría ahí para acompañarla.
—Mi señora, es hora. — Dijo Shizune, ayudando a la peli-rosa a salir de la tina, cubriendo su cuerpo con una manta especial para quitar el exceso de humedad. La dama, continúo auxiliando a Sakura en el proceso de vestido, esparciendo polvos con escancias por su cuerpo, ocultándolo bajo un amplio camisón.
Inmediatamente, la peli-rosa fue rodeada por las demás integrantes del cortejo, ayudándola a colocarse las calzas, para después, pasar el hermoso vestido dorado sobre sus hombros, ajustándolo a su cuerpo con fuerza, gracias a los cordones, atándolos de tal manera que hicieran lucir su cintura más estrecha y su busto más abultado.
Tomó asiento frente al tocador, permitiéndole a una chica de aspecto dulce encargarse de la melena salvaje. La joven, dubitativa, comenzó a cepillar las hebras rosadas, trenzando una sección, uniendo los mechones restantes en un sencillo recogido, revelando su rostro, cuello y hombros.
Para hacer más vistoso el atuendo, un collar de rubíes decoró el cuello de la peli-rosa, abarcando gran parte de su piel, mostrando las ostentosas formas que conformaban aquella joya. Anillos y brazaletes le fueron otorgados para hacer juego con la excéntrica gargantilla. El toque final recaía en la hermosa capa de color blanco con bordados de hilo de oro, situándola sobre sus hombros, permitiendo que la tela restante se arrastrara por el suelo, acompañando la cola del vestido.
Confundida, se contempló en el espejo. La mujer frente a ella solo era un reflejo irreconocible, esa era la nueva Sakura, la esposa del emperador. Atrás quedaron los vestidos sencillos y pies descalzos, estaba inmersa en una transición difícil de asimilar, en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron los paseos por el campo, sustituyéndolos por una enorme prisión, atiborrada de excesos. Suspiró con fuerza, conteniendo las ganas de aflorar el llanto.
—Es hora. — Dijo Shizune en su oído, abriéndole paso a la futura emperatriz para presentarse ante el azabache.
Temblorosa, caminó con tanta normalidad como le era posible. El vestido ajustado complicaba la respiración, y los nervios se sumaban para hacer de ella un blanco fácil. Se dejó guiar por el cortejo, recorriendo un pequeño sendero iluminado por pequeñas antorchas en el suelo.
Como lo dictaban las costumbres, todas las uniones matrimoniales se llevaban a cabo en medio del bosque, iluminados por la luz de la luna, jurándose lealtad bajo la mirada de los dioses, quienes podrían apreciar con mayor tranquilidad el ritual.
Sus piernas dejaron de reaccionar al atisbar a Sasuke frente a ella, tan estoico como siempre, observándola mientras aguarda con ansias el ansiado momento. En contraste con ella, el pelinegro lucía un ajuar sencillo; Una camisa oscura de cuello alto, sobre esta, un jubón de piel, causes ocurso y una capa tan negra como la noche colgando sobre sus hombros.
El emperador, ofreció su mano para ayudarla a caminar por el escabroso terreno, acercándola hacia el con delicadeza. Ella parpadeo en reiteradas ocasiones, tratando de mantener el equilibrio para no terminar de bruces, aun sin soltar la mano del azabache, sosteniendo su mirada con esa característica altivez, otorgándole una señal sobre lo difícil que sería doblegarla a tal punto de someterla.
—Nos hemos reunido aquí, bajo la vista de los dioses, para hacer legítima esta unión que perdurara hasta el final de los días. — La voz del sacerdote resonó como un eco sonoro por el bosque. Los animales nocturnos merodeaban por los alrededores, manteniéndose alejados de la escena, pero remarcando su poderío. La luna iluminaba sutilmente toco aquello que su luz alcanzaba, incluyéndolos a ellos, postrados frente al altar, escuchando atentamente las palabras del sacerdote para llevar a cabo el ritual religioso.
El hombre, solicitó a los dos que extendieran su mano derecha, pasando la hoja afilada del chuchido por la palma, abriendo la carne, evidenciando parte del hueso, la herida dejaría en ellos una cicatriz de por vida, un recordatorio constante de las promesas emitidas aquella noche, rememorándole el verdadero significado del enlace. Las gotas de sangre necesarias cayeron sobre el altar, mezclándose, firmando el tratado divino. Sus manos se entrelazaron, mezclando el líquido carmesí, sosteniendo sus miradas mutuamente.
—Con este lazo y el poder que se me ha inferido, los proclamo legítimos esposos ante la vista de los dioses y los hombres. — El sacerdote, rodeo la parte afectada con un listón, ordenándole a los sirvientes que lo acompañaban, limpiar las heridas de los emperadores.
Sakura soportó con valentía las suturas y el vino vertido sobre su piel, Sasuke, por su parte, estaba acostumbrado, había obtenido cicatrices peores que lo dejaron en severas condiciones, era algo inminente cuando su presencia se solicitaba en el campo de batalla.
Finalizado el culto, los emperadores se dirigieron al comedor principal, donde unos cuantos invitados festejaron con algarabía la unión entre la princesa de Seanad y el gallardo guerrero.
Sakura se detuvo en seco, unos cuantos pasos detrás del pelinegro. A lado del trono de mármol negro yacía un trono de porcelana, con terminados de oro, adquiriendo la forma de hermosas plumas.
Temerosa, su cuerpo dejó de responder una vez más. Desconocía como debía actuar ante aquella situación, sabía que al tomar asiento, una corona reposaría sobre su cabeza, nombrándola soberana de Aephonia. Al igual que Sasuke, no estaba preparada para manejar todo ese poder.
— ¿Qué sucede?— Preguntó el azabache en voz baja, asegurándose que nadie más en la sala escuchara la conversación.
—Nada. — Replicó fieramente, subiendo los peldaños con dificultad a causa del bello vestido. Le demostraría a su esposo que nada ni nadie podían atemorizarla. Tomó asiento, contemplando el lúgubre panorama a su alrededor.
La música sonaba fuerte a petición del joven emperador, quien mostraba sin discreción la molestia que todo aquello le generaba. Los dos formaban un matrimonio a la fuerza.
Comenzaba a tomarle sentido a las palabras emitidas por Kakashi, esa mujer seria su perdición.
Grandes héroes habían renunciado a la gloria por las miles es que el cuerpo de una dama otorgaba, el, como hombre, no estaba exento de las tentaciones, y Sakura suponía una incitación difícil de ignorar.
En esos instantes se daba cuenta de muchas cosas. Avizoró a su esposa en reiteradas ocasiones, con discreción, apreciando su rostro estoico, plagado la tristeza. Si de algo estaba seguro era que si ambos se lo proponían, terminarían el uno con el otro.
Las personas ignoraban el pérfido manto que arropaba a los emperadores, situando los regalos para la pareja en los peldaños que conectaban con los tronos. Sasuke agradecía con un simple gesto, mientras Sakura, trataba de sonreír amablemente, agradeciéndoles la cortesía.
Transcurrida la noche, gran parte de los invitados comenzaba a retirarse del gran salón, solo los personajes importantes aguardaban el momento adecuado para mantener una reunión con el emperador.
Sasuke se puso de pie, estrechando su mano con la de Sakura, obligándola a seguirle el paso. Sin decir nada, el azabache indicó al cortejo de su esposa que se acercara, dejando a la bella peli-rosa expectante ante sus órdenes.
—Ve a la habitación. — Indicó en un murmullo. — Yo iré en unos cuantos minutos.
Sakura asintió sin imitarse en mirarlo, dio media vuelta, caminando detrás de las damas, quienes la dirigían a los aposentos del emperador.
Frente a las enormes puertas de oro, Sakura palideció. Había escuchado lo que sucedía en la noche de bodas, un ritual que se tornaría constante con el paso del tiempo, al cual, dudaba mucho poder habituarse. Algunas argumentaban que disminuiría cuando ella engendrara un heredero, otras aludirían que solo acudiría a su cama cuando la situación lo demandara. Ella, esperaba que los pronósticos fallaran, un matrimonio sin consumar podría anularse con facilidad.
Avanzó en la habitación, reparando en las excentricidades que conformaban los aposentos del emperador, diez veces mayor que el cuarto donde pasó la primera noche. Gran parte del corteo abandonó a la chica, dejando solamente una jovencita, quien no demoró en ayudarle a la peli-rosa a despojarse del pesado e incomodó atuendo.
Sakura respiraba con nerviosismo. En su vida había permanecido sola en una habitación con un hombre, era la primera vez que compartiría el lecho con una persona por la cual solo podía sentir rencor por despojarla de su libertad. Su pecho se alzaba de arriba hacia abajo, el corazón palpitaba con rapidez, las manos le sudaban y las piernas le temblaban de solo imaginar que en cuestión de minutos, Uchiha Sasuke atravesaría esas puertas para proclamar y degustar la ambrosia de los dioses.
— ¿El emperador aún se encuentra abajo?— Preguntó tímidamente, no porque los asuntos del azabache la inmiscuyeran, sino por la mera razón de que sus plegarias fueran escuchadas y el pelinegro permaneciera más tiempo de lo planeado.
—Sí, mi señora. — Respondió la chica, deshaciendo el agarre del vestido, permitiéndole respirar libremente a Sakura. Apartó con delicadeza una a una las prendas hasta dejarla con la ropa interior, deshizo el complejo peinado, desencadenado la cascada de mechones rosados que llegaban hasta la altura de la cintura.
El cuerpo de la chica se paralizó al escuchar los firmes pasos aproximándose por el pasillo. Tragó saliva para deshacer el nudo en su garganta. Sus temores se afianzaron a ella al notar la presencia del Uchiha, quien finalizados su labores, se disponía a descansar en los aposentos reales.
La dama que minutos antes acompañaba a la peli-rosa, inclinó la cabeza en una tímida reverencia, abandonado el cuarto, los emperadores prescriban de intimidad, y lo que sucediera en aquella habitación no era de su incumbencia.
Pasaron unos minutos antes de que Sasuke se reuniera con ella en los aposentos reales. El pelinegro necesitaba tiempo para prepararse para lo que estaba a punto de ocurrir. Ella, esperaba sentada, aparentando paciencia, tenía las manos situadas sobre su regazo, mientras su mirada permanecía clavada en el suelo y los mechones rosados ocultaban cualquier expresión en su rostro.
Inmediatamente, se despojó de la capa, lanzándola a una silla, desabotonó el jubón, deshizo los nudos de la parte superior de la camisa, exponiendo su cuello y parte del pecho. Sin mirar a Sakura, se dirigió a la mesa donde yacía la jarra de vino, vertiendo una generosa cantidad de líquido carmesí en esta.
— ¿Quieres una?— Preguntó. Ella asintió con la cabeza para sorpresa del chico. Del mismo modo, vertió el líquido en el cáliz libre, ofreciéndolo a la chica.
Sin pensarlo dos veces, Sakura lo bebió de golpe, cerrando los ojos ante la abrupta sensación de escozor en su garganta, aquel vino era más fuerte de lo que imaginaba. — ¿Estas nerviosa?— Sasuke cerró los ojos, había evitado mirarla desde que se adentró en la habitación.
Sasuke era un hombre fuerte y alto. Su semblante reflejaba tensión. Al igual que ella, el nerviosismo asolaba su cuerpo, sin embargo, el orgullo que portaba era tanto que no sucumbiría a los efectos de aquella sensación. Le parecía un joven atractivo, sus rasgos balanceados y suaves, tenía la nariz recta y la boca delgada. En su rostro no existía marca alguna de las batallas, quizá, sus enemigos eran muy generosos, todos los estragos de la lucha permanecían ocultos bajo capas y capas de ropa.
Como un jaguar al asecho, Sasuke tomó asiento en la cama, cerca del cuerpo de la peli-rosa, podía aspirar sin impedimentos el dulce aroma que provenía de ella, era una mezcla de lavanda y otro olor difícil de identificar, pero lo suficiente para incitarlo a perder la cordura.
Sus largos dedos acariciaron la desnudez de su hombro, palpando con deleite la tersa piel de porcelana; el tacto, estremeció a la peli-rosa, conteniendo la respiración ante el nerviosismo. Respingo al percatar como el azabache relamía sus labios, ella, era la tentación en persona, perdería el reino entero solo para conseguirla.
Sin depuro, comenzó a esparcir besos húmedos por su cuello, dejando un rastro de ellos, pequeñas marcas rojizas que desaparecían con el transcurso de los días. Sus dedos, aprisionaron la parte superior de la comisión, deshaciendo el nudo que lo mantenía atado, descubriendo mas parte de su cuerpo. Sonrió satisfecho, descendiendo hasta sus hombros aspiró con fuerza la dulce fragancia.
Con un movimiento rápido, aprisionó a la peli-rosa entre su cuerpo y el colchón, posicionándose entre sus piernas, impidiéndole escapar.
El temor en sus fanales esmeralda, vaticinaban un suceso que formaría parte de su vida. Lo inminente estaba por suceder. Cada parte de su cuerpo temblaba, un sinfín de sentimientos deambulaban en su interior, generando una niebla difícil de descifrar.
—Este será nuestro recinto. — Habló Sasuke, sosteniendo su mirada con firmeza. Esperaba que sus palabras surtieran efecto y lograran apaciguarla. — Aquí, dentro…yo veré todo de ti, y tú, veras todo de mí. — Masculló.
Sakura guardó silencio, yacía tan paralizada por el miedo que articular palabra parecía una tarea más que complicada.
Los labios de Sasuke rozaron los suyos. Aquella extensión de piel era tierna, suave, cualquiera sucumbiría a sus deseos al degustar el fruto del pecado. Atrapó los labios de la peli-rosa en tierno beso, iniciando un lento compas, permitiéndole a la inexperta joven adaptarse a sus movimientos. Había besado a una serie de chicas en el pasado, pero ninguna se comparaba con la parsimonia que degustaba en esos momentos. Aquel gesto significaba para Sasuke una plena entrega de su ser, ponía en las manos de Sakura su vida.
Las manos de Sakura se aferraban a sus hombros, sus dedos largos y finos se clavaban como estacas en su piel, evitaba contemplar firmemente al azabache, y cuando menos lo imaginó, su cuerpo reaccionaba automáticamente a sus caricias. Coincidían en unos armoniosos compas, la lengua de Sasuke acaricio su labio inferior con deleite, alejándose lentamente al percibir como el aire abandonaba sus pulmones.
La mirada de Sakura expresaba sorpresa, atisba baba con avidez al hombre frente a ella, intentando comprender que estaba sucediendo. Siguió cada uno de sus movimientos, Sasuke comenzaba a deshacerse de la parte superior de su ajuar, dejando al descubierto su piel nívea, marcada por los estragos de la guerra, las cicatrices eran palpables, unas más que otras. En su cuerpo yacía la gloria y derrota de los combates. Sonrojada, sus fanales esmeraldas viajaron al techo de la habitación, su orgullo le impedía someterse a los deseos del emperador.
Sasuke, apartó con delicadeza la parte superior de la comisión, descubriendo los pechos firmes, redondos y perfectos de la peli-rosa. Automáticamente, la chica llevó ambas manos a sus senos, cubriendo la desnudez, sin embargo, él la detuvo, deteniéndola con un firme agarre en las muñecas.
—No, quiero contemplarte. — Susurró, ebrio de deseo. Acaricio sus senos con temor, sus dedos siguieron el contorno de sus pezones, buscando con desespero el néctar de sus labios, logró atraparlos en un beso demandante, anhelante y persistente. Descendió por su mentón, el cuello y la clavícula, su lengua trazaba un camino de saliva en la nívea e inmaculada piel de la peli-rosa.
Sakura, contuvo un gemido al notar la humedad de la boca de Sasuke en su seno izquierdo, la azabache lamia y succionaba con delicadeza, prestando atención al seno derecho con una de sus manos. Fue imposible para ella contener los impulsos de responder, sin embargo, su espalda se arqueo ante el placer, exponiendo todo su torso.
Entre sus piernas, la erección del azabache era palpable. Sus sexos entraban en contacto con una fricción tortuosa para el galante pelinegro, ella respingo, en su vida había visto a un hombre desnudo, su madre habló en una ocasión sobre las obligaciones de una mujer en la cama, sin embargo, se detuvo al escuchar los cuestionamientos un tanto inapropiados, una jovencita de su edad no debía albergar pensamientos tan impuros como aquellos. El calor comenzaba a concentrarse entre sus piernas, un dolor invadió su vientre, su cuerpo comenzaba a implorar más y más.
Los labios de Sasuke recorrieron con parsimonia su vientre plano, apartando por completo la comisión. Detuvo las acciones entre sus piernas, deseaba captar esa imagen, y que perdurara en su mente como uno de los recuerdos más hermosos de su vida. Bajo su cuerpo, yacía una preciosa ninfa, exponiendo su fragmentación. Sus fanales esmeraldas brillaban de manera singular, sus mejillas sonrojadas delataban el crimen del momento, y sus carnosos labios, hinchados por la exigencia de ambrosia, mostraban el objeto de la adición.
Sus manos se encargaron de palpar el cálido sexo de la peli-rosa, fue imposible para él contener una sonrisa al percatarse de la humedad. A pesar de la resistencia que oponía, su cuerpo demostraba lo contrario. Recorrió la sensible extensión de piel con dos dedos, encontrando el punto frágil. Sakura, contuvo un gemido, estrujando las sabanas, cerrando los ojos y mordiendo sus labios para sofocar el grito delator de deseo. Nunca había experimentado una sensación tan magnifica en su vida, el dolor empezaba a disiparse, sus piernas se sentían débiles, dispuestas a sucumbir a los impulsos del cuerpo.
Sasuke apartó su pantalón, lanzándolo al suelo, donde las demás prendas yacían. Nuevamente, volvió a colocarte entre sus piernas, su irises negros atisbaron firmemente los fanales esmeralda de la chica, podía sentir el rápido palpitar de su corazón. Lentamente introdujo su miembro con delicadeza; en respuesta, Sakura clavó las uñas en su espalda, el dolor parecía insoportable, era como si una fuerza superior irrumpiera en su interior abruptamente, las lágrimas rodaron por sus mejillas, algo dentro de ella se quebrantó. Él, aguardó unos instantes, debía permitirse a la peli-rosa adaptarse, lanzó un leve gemido al notar como las estrechas paredes de Sakura rodeaban su cuerpo con calidez. Con una estocada mas, entró por completo en ella, buscando sus labios con desesperó, la besó con delicadeza, rodeando su pequeña figura con ambos brazos, enfundando su cuerpo en un cálido abrazo. Cuando notó que se tranquilizaba empezó a moverse despacio, cuidando en no reposar por completo todo el peso de su cuerpo, y manteniéndose al tanto de no provocarle más dolor del necesario. Después de lentas estocadas, el pelinegro se liberó, sembrando la semilla en su vientre, anunciando aquello con un leve gemido. Sakura lo abrazó con fuerza, gritando palabras indescifrables para el Uchiha. Aquel, era el orgasmo más triste que había escuchado en su vida.
Sintiéndose humillada, Sakura percibía aquello como un ultraje a su persona, el dolor fue tanto que por un momento creyó factible la idea de desmayarse, sintió como su cuerpo se enfriaba, era como si le hubiese lanzando un balde de agua helada. Lo único que deseaba en su vida era que nunca más volviera a penetrarla, que nunca más volviera a violentarla.
Secó las lágrimas que rodaban por sus mejillas, no permitiría que él se marchara triunfante. Recobrando las fuerzas, impidió que escapara, reteniéndole unos minutos más dentro de ella, obligándola a contemplarla.
—Podrás poseer mi cuerpo. — Dijo con furia. Sasuke no perdía de vista sus ojos cristalinos, atiborrados de furia. — Pero nunca te apoderaras de mi alma.
Enmudecido, escuchó con temor las palabras. El tono de fiereza le advertían que un infierno estaba a punto de desatarse.
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El insistente llamado a la puerta perturbo los placidos sueños del emperador. Luego de las frías palabras de su esposa, Sasuke logró conciliar el sueño hasta entrada la noche, reposando por unas cuantas horas.
Maldijo en voz baja, desconocía quien osaba interrumpir con tanto desespero, y poco le importaba la identidad de aquella persona, de ser menos misericordioso enviaría al malhechor a la horca.
Notó el pequeño cuerpo de la peli-rosa a su lado. Su espalda desnuda permanecía como un recordatorio de la noche anterior, ese instante cuando la hizo suya. Dormía plácidamente a pesar del alboroto, respiraba entre cortadamente, hipeando de forma involuntaria. Después de que cada uno tomó su respectivo lugar en la cama, Sakura lloró en silencio hasta quedarse dormida.
Colocó una mano sobre su espalda, moviéndola con delicadeza. Sakura se movió bajo las sabanas como un gato, virando sobre su eje con dificultad encontró al azabache contemplándola.
Temerosa, logró reincorporarse en la cama, cubriendo su desnudez con la sabana.
—Vístete. — Ordeno tajante. Sin inmutarse a mirarla, Sasuke se puso de pie, cubriendo su cuerpo desnudo con una bata.
Inmediatamente, Sakura siguió sus pasos, levantando el camisón que yacía en el suelo. Por alguna extraña razón todo su cuerpo dolía.
Inmiscuida por el insistente llamado, Sakura precisaba saber que era lo que estaba pasando.
— ¿Sucede algo malo?— Pregunto de repente. Ambos estaban tan absortos en sus pensamientos que preferían evitar contemplarse el uno al otro.
—No. — Replicó.
— ¿Entonces, porque tanta insistencia?— Preguntó extrañada. A pesar de que su reino permanecía a Aephonia, aun no lograba comprender ciertas tradiciones.
—Se dice que tres ancianas deben comprobar la consumación del matrimonio. — Sasuke suspiró, era justo explicarle a Sakura las razones del llamado. — Me rehusé a que ellas estuvieran con nosotros en el momento del acto. — Espetó con franqueza, encogiéndose de hombros. Habría sido horrible si alguien más presenciara lo acontecido entre los dos la noche anterior. — La única prueba que accedí a otorgarles son las sabanas de la cama.
Un sonrojo apareció en las mejillas de la peli-rosa. Prefería resguardar aquella humillación para sí misma, no existía necesidad que alguien más estuviera al tanto de aquello.
Sin decir más, Sasuke abrió la puerta, permitiéndoles la entrada a las tres ancianas, enroladas con telas negras de los pies a la cabeza.
La triada, contempló de pies a cabeza a la nueva emperatriz, ninguna de ellas aprobaba a la chica a pesar de que la sangre noble corría por sus venas, creían firmemente que Sakura no sería capaz de otorgarle un heredero al trono. Tragándose el enojo, apartaron las pieles superiores, descubriendo la mancha carmín.
—Levanta el camisón, niña. — Ordenó una de ellas.
Sakura, lanzó una súplica muda al azabache. Suficiente tenía con entregarle su cuerpo al pelinegro como para demostrar que aquello era verdadero.
—Está bien, suficiente. — Dijo el Uchiha, alzando la voz. Las mujeres se detuvieron durante algunos instantes, mostrándose ofendidas ante la intervención del emperador.
—Sus órdenes no son nada ante los mandatos divinos. — Replicó una de ellas. — Los dioses, deben comprobar este sacrificio. — Continuo.
—Esto es absurdo. — Mascullo Sasuke, pasando una mano por su rostro con exasperación. Evitó presenciar el momento, desviando sus irises negros al lindo paisaje matutino que ofrecía la ventana.
Sakura, molesta, obedeció las órdenes de aquellas arpías; levantó la tela del vestido, descubriendo sus blancas piernas. Entre ellas, yacía la misma mancha carmín. Insatisfechas, palparon la zona, encontrando ciertos fluidos que sostenían con veracidad la consumación del matrimonio.
—Sera un milagro que su vientre albergue vida en el primer intento. — Dijo una de ellas, saliendo detrás de las otras dos. Lejos de perturbarlo, Sasuke tomó aquello como una advertencia, en cambio, Sakura, sintió como un escalofrió recorrió toda su espina dorsal.
Ignorando la incómoda visita, el pelinegro comenzó a vestirse. Le esperaba un largo día, la luna de miel había finalizado y su presencia era vital en el consejo y las audiencias, Aephonia aun permanecía en un estado de anarquía y alguien debía imponer orden.
—El desayuno se servirá pronto. — Finalizo por abotonar el cuello del jubón, con o sin ropa, el nuevo emperador conservaba ese porte inigualable, su simple presencia bastaba para imponer respeto. Utilizaba prendas oscuras, evitaba detalles como los brocados, suficiente tenía con portar la pesada corona durante todo el día. Sakura, aun permanecía con el fino camisón. La luz que entraba por la ventana, iluminaba toda la habitación, su pequeña se interponía, ocasionando que la tela dejara al descubierto la belleza de su cuerpo.
Sasuke, se rehusó a contemplarla, las duras palabras resonaban en su mente.
—No. — Espetó ella con frialdad, virando sobre sus tobillos. Prefería permanecer recluida en la habitación. Sakura se rehusaba a acatar sus obligaciones como emperatriz, no estaba preparada para una gran responsabilidad. A todo esto se le sumaba la fatídica noche.
—Como quieras. — Respondió frustrado. Enfiló sus pasos hacia la puerta, abandonando los aposentos reales. Sin inmutarse en ocultar el enojo que presentía, lanzó una maldición, aquella mujer sabia como tentarlo y sacarlo del quicio al mismo tiempo.
Su fuerte andar resonó en la sala del trono. Uno a uno, los consejeros se pusieron de pie al percatarse de la presencia del emperador. Todos sugirieron que lo mejor era otorgarle una semana libre, tomando en cuenta el sorprendente matrimonio y la rapidez con la que se llevó a cabo, Sasuke se rehusó a la idea, sobre todo cuando lo único que sentía su esposa hacia él era un repudio enorme.
Tomó asiento en el trono del Génesis, atisbando desde lo alto a sus más fieles sirvientes. Ninguno de los ahí presentes se atrevería a iniciar las discusiones en un ambiente tan hostil, desde lejos podía apreciarse que el emperador no estaba de humor.
Tratando de sosegar los ánimos, Kakashi se puso de pie, acercándose deliberadamente a la tarima del trono. Ordenó a los consejeros abandonar la sala unos momentos, algo molestaba al emperador y debía saberlo en cuanto antes.
— ¿Todo va bien?— Preguntó en voz baja. — Parece que la noche de bodas no fue del todo maravillosa. — Bromeó, disipando la sonrisa al notar el semblante sombrío del pelinegro.
—Es una molestia. — Contestó tajante, refiriéndose a su bella esposa. —
—Dale un poco de tiempo. Todo esto es nuevo para ella. — Kakashi podía entrever los sentimientos de la peli-rosa; abandonar su reino de un momento a otro para integrar sea una corte extranjera no era un proceso sencillo, en especial bajo las abruptas circunstancias del azabache.
—También lo es para mí. — Sasuke comprendía lo que aquello conllevaba, era extraño despertar un día y ser proclamado emperador al anochecer.
—Ambas situaciones son distintas. — Remarcó Kakashi. — La tomaste como esposa sin siquiera consultárselo, ¿te has puesto a pensar en eso?
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La mezcla de aromas fungió efecto al relajar. Shizune vertía aceites y sales aromáticas en el agua, al tiempo que las demás chicas de la corte deambulaban de un lado a otro, acarreando el líquido caliente, llenando la bañera de mármol.
Deslizó la delicada tela sobre sus hombros, mostrando su cuerpo ciertamente apenada. Fue adentrándose en el agua poco a poco, permitiéndole a su piel adaptarse a la temperatura. La calidez del líquido alivio el dolor, disipando las caricias y los besos impregnados. Suspiró aliviada, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás.
Shizune comenzó a pasar un paño húmedo por su espalda. En la piel de porcelana yacían impregnados cardenales violetas que con el tiempo se tornarían amarillos hasta desaparecer, borrando las huellas de la consumación. Dudaba mucho que Sakura estuviese al tanto de las marcas, evidentemente, Sasuke no había sido del todo cuidadoso con ella, el deseo se veía plasmado en el cuerpo de la peli-rosa.
— ¿Le hizo daño?— Se atrevió a cuestionar, titubeante. Los sucesos acontecidos en los aposentos imperiales no eran de su incumbencia, pero verla tan desprotegida, débil y desorientada, despertaba en ella el instinto de protegerla, como una loba a su cría.
—No. — Negó con parsimonia. Sasuke fue cuidadoso, sin embargo, aquello no quería decir que había disfrutado del acto, el dolor que irrumpió en todo su cuerpo fue tanto que imploraba a los dioses no experimentarlo jamás.
— ¿Su madre le hablo sobre…? usted sabe. — Repuso incomoda.
—Imagine que sería…— No encontraba las palabras adecuadas para describir el momento. — Desastroso. — Masculló, encogiéndose de hombros. Las entrañas se le revolvieron al recordar la visita de las ancianas en la mañana, su advertencia logró implantar presión en ella, mientras rápido le concediera a Sasuke un heredero, más rápido lograría librarse de él. — ¿Sera así todas las noches?— Cuestionó inmiscuida. Escuchó a Shizune lanzar un fuerte suspiro, augurando lo peor.
—No puedo asegurarlo. — Confesó. — Eso depende del Emperador. — Sakura giró un poco para encararla, su rostro expresaba consternación. Al parecer, Shizune no se había explicado bien. Por más incómodo que pareciera, la temerosa peli-rosa precisaba de más información. — Verá, los hombres son bastante susceptibles al cuerpo femenino, contemplarla en ese estado provoca ciertos deseos que deben ser atendidos la mayoría de las veces.
—Ya veo. — Sakura sonrió angustiada.
La peli-rosa se puso de pie, inmediatamente, Shizune la rodeo con un par de toallas, apartando el exceso de humedad. Del mismo modo, ayudo a la hermosa emperatriz a vestirse, eligiendo para ella un hermoso vestido color lavanda, su armario era limitado, las estrictas reglas del imperio exigían porte y elegancia por parte de su representante, enviando a una docena de mujeres a confeccionar preciosos ajuares para Sakura.
Una vez preparada, su leal y amable dama de compañía insistió en hacerla probar bocado, sin embargo, ella se rehusó rotundamente, había perdido el apetito, si probaba bocado terminaría regresándolo.
Pasó el resto del día confinada en la habitación. Era una tarea ardua adaptarse a una corte donde las arpías aguardaban ansiosas el momento de destrozarla. Se rehusaba a acatar su lugar como emperatriz. Vivió una vida sencilla, en la naturaleza criada y educada directamente por su madre. Ella no tenía que ser la esposa elegida por el Emperador Uchiha, sino, Hinata Hyuga, la delicada princesa proveniente de la familia milenaria. Sakura poseía un temperamento independiente, ajeno a las normas sociales.
Imaginaba que podría librarse del matrimonio en cuestión de meses, solo necesitaba engendrar un heredero al trono, asegurar el legado de Aephonia a un hijo del emperador. Las posibilidades de lograr su cometido eran bajas, existían algunos pros y contras, entre estos compartir el lecho con su esposo hasta quedar embarazada.
Su cuerpo se estremeció de solo imaginarlo, no creía soportar una noche más a lado del pelinegro.
El día transcurrió lentamente, con la nueva emperatriz llorando como malva en su habitación. En esos momentos, anhelaba tanto el consuelo de su madre, estaba sola en un lugar desconocido, era ella contra el mundo.
Al caer la noche, sus damas irrumpieron en la habitación para llevar a cabo el ritual de belleza antes de dormir. Todas y cada una de ellas empleaban tareas distintas, preparando a la emperatriz para la llegada del emperador.
Los temores se afianzaron a la medula de Sakura peor que nunca, en cuestión de minutos volvería a someterse a los deseos de Sasuke.
Una a una, las doncellas abandonaron la habitación, el andar elegante del emperador se escuchaba cerca, anunciando la hora de partida. Sakura aguardo tranquilamente sentada en la cama, ambas manos yacían en su regazo, mientras algunos mechones de cabello resbalaban por el costado de su rostro, enmarcando sus hermosas y finas facciones. Contuvo la respiración al encontrarse con su marido. El cansancio era visible en su rostro, Sasuke había comenzado el día temprano, arribando a sus aposentos caída la noche.
Sin prestar demasiada atención, el azabache comenzó a desvestirse, su cuerpo clamaba a gritos el descanso placentero, Aephonia aun yacía en una cuerda floja y solamente él era capaz de sacar adelante a una nación entera. Sumergió ambas manos en el cuenco con agua preparado específicamente para él, lavó su rostro y esparció un poco de líquido por su cuello, alcanzó una toalla, apartando la humedad. Tomó asiento al borde de la cama, apartando las botas de piel, lanzándolas a una esquina alejada de la habitación. Suspiro abatido, ni en sus mejores días como guerrero presintió tanto hastió como lo hacía en ese momento, prefería mil veces solucionar los problemas en el campo de batalla a mover las piezas del juego desde la comodidad de un trono.
Para empeorar la coyuntura, la tensión entre él y su esposa era tanta que ambos evitaban contemplarse. Desconocían como actuar el uno con el otro después de la consumación del matrimonio, sus diferencias impedían una sana convivencia, algo que un hombre poco paciente como Sasuke no soportaría a largo plazo.
Sakura reveló sus largas piernas al levantarse, llevaría a cabo su plan, aun si este precisaba ciertos sacrificios.
Postrándose de frente al azabache, deshizo el nudo que sostenía el ligero comisión; la tela resbalo por sus hombros hasta los pies, mostrando la desnudez y exquisitez de su hermosa piel.
Anonadado, Sasuke la contemplo largamente, sus irises negros recorrían cada extensión de aquel cuerpo, como si buscara ver su alma. Sintió el enorme peso de la culpa al atisbar los moretones esparcidos por el manto de porcelana, evidentemente, no fue del todo cuidadoso con la chica, ocasionándole heridas leves que desaparecerían en cuestión de días, pero que permanecerían en la mente de ella por el resto de su vida, miró la marca de sus dientes por los hombros de la chica, las diminutas machas rojizas en su cuello y la brutalidad de su fuerza entre sus piernas. Había sido una bestia con Sakura, y ella no lo merecía.
Sin imaginarlo, la chica se colocó a tientas sobre su regazo, obligándolo a reposar la espalda en el colchón. Utilizaría ciertas tácticas aprendidas la noche anterior. Situó ambas manos sobre su pecho e instintivamente degusto el sabor de sus labios con un beso inexperto y tierno. Temblorosa, trazó un camino imaginario con sus besos, deteniéndose en el cuello. Escuchó al azabache gemir cuando ella, involuntariamente, inicio la fricción entre sus sexos.
Tomándola por las muñecas, Sasuke invirtió las posiciones, quedando encima de ella. Notó como expiraba miedo hasta por sus poros, lejos de amarlo, Sakura le temía. Conocía aquella mirada llena de súplica, la había visto en reiteradas ocasiones en el campo de batalla, cuando sus enemigos rogaban con alaridos una oportunidad de vivir.
—No. — Mascullo resignado, aparatándose con delicadeza al lado correspondiente de la cama. Sus irises negros atrapaban el hermoso mural plasmado en el techo, relatando la historia del nacimiento de los dioses.
— ¿Por qué?— Preguntó Sakura, cubriendo su cuerpo con las sabanas. El pelinegro evitó mirarla.
—Descansa. — Replicó, dándole la espalda en cuestión de segundos. — Mañana será un largo día.
Continuara
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¡Actualización a la orden!
Uff, es un capitulo extenso, uno de los más largos que he escrito –hasta el momento-. Había demorado en subirlo porque aún no estaba listo, me llevaba tiempo continuar con la escritura, pero aquí lo tengo.
Primero que nada, debo agradecerle de todo corazón a las personas que se interesaron por esta historia, en verdad, muchísimas gracias por el apoyo, espero que ahora que han subido al barco para emprender este viaje no abandonen la nave, y de mi parte, prometo otorgarles todo mi esfuerzo para que este fic sea de su agrado.
Quizá la boda de Sasuke y Sakura no se llevó a cabo en los mejores términos, es un tema delicado hablar sobre los matrimonios forzados, pero tomando en cuenta que en la edad media y durante varios años, esta era la forma para afianzar alianzas entre reinos, son contados los matrimonios por amor en la realeza. Del mismo modo, la noche de bodas sería un tanto cruda.
Poco a poco iré introduciendo a los demás personajes, pero por el momento, prefiero enfocarme en la adaptación de Sasuke y Sakura no solo a sus respectivos papeles como gobernantes, sino, como marido y mujer, ya lo verán.
En verdad, espero que el capítulo haya sido de su agrado, ustedes saben que sus comentarios respecto a la historia son bien recibidos, y una vez más, aprecio mucho que estén al pendiente de las actualizaciones y adiciones a favoritos, ojala la espera haya valido la pena, y que mi deuda por la misma sea saldada con este apartado.
Sin más, yo me despido, les deseo una excelente semana, nos estamos leyendo por aquí, ¡Saludos y cuídense mucho!
Hasta pronto ¡bye!
