Capitulo 1: Muere y Nace una estrella

"Se dice que la humanidad fue enterrada en la tierra, cuando el solo soplido de Zeus agito los cielos y creó una terrible tempestad. El fuego invadió los pastos, las aguas se agitaron y por último, la tierra se trago a los hijos de los hombres… todo porque Athenea amo a un humano."

Año 33, Siglo 9.

El santuario estaba en total expectativa. Ningún alma del lugar podía cerrar sus ojos ante la terrible señal del destino de los dioses. En aquella noche, fría y voraz, aterradora por la oscuridad de su alfombra azul índigo, sin rastro de estrellas ni de luna; una vida estaba peleando contra la muerte, contra el designio de aquel dios sin forma que rige el inframundo. En la cámara del patriarca, vislumbrada y decorada exquisitamente con los mejores materiales que esconde la tierra, estaban reunidos en aquel lugar en espera del designio final. Muy jóvenes, habían congregados ocho santos de Oros con sus armaduras doradas brillando al unísono. Todos, arrodillados en el orden de su constelación, en espera que el más experimentado de todos los informara sobre las nuevas noticias.

- He oído, - Murmuro un joven de cabello oscuro y resplandeciente, tomado sigilosamente por una cinta blanca digerida por el tiempo y quien no se atrevía a subir el rostro – que el patriarca ha peleado con esa enfermedad desde la llegada de Athenea.

- También he oído algo así, Mizar de Cancer. Nuestro señor patriarca ha estado combatiendo con esta enfermedad por años.

Las palabras del joven pero experimentado compañero a su lado, hicieron que Mizar bajara aún más su rostro, apenado de demostrar en su mirada oscura, tan oscura como los cielos que gobernaban esa noche, tanta tristeza.

- Así es, desde hace años hemos estados preparados para cuando este momento llegara. Sin embargo, aunque el humano busca escudarse de la tristeza, esta viene y penetra sin ser detenida, arrasando las esperanzas en el instante y apresando a su víctima en el dolor.

- Pero aún así, Anthos de Piscis, - Se oye una voz femenina, fuerte, con influencia y dominio que todos los demás compañeros reconocían, la única mujer en la armada dorada - nosotros no tenemos otra opción más que seguir adelante con las enseñanzas de nuestro patriarca. Más que humanos, ahora somos el puente entre la divinidad y lo material. No tenemos el derecho de dejarnos someter por la angustia.

- Dignas palabras de quien no muestra su rostro ni su nombre, Santo de Virgo…

Las palabras de Anthos, desafiante y tan dolorosas como el inesperado roce de una espina, estremece los ánimos de toda la sala. El santo de Virgo, una mujer de cabello dorado sometido a una trenza que caía sobre su hombro derecho y cuyo rostro estaba oculto tras una máscara dorada, no hace movimiento alguno ante tal afirmación. El joven de cabellera ondulada, tan negra como la misma oscuridad, y al mismo tiempo brillante como la aurora en invierno, sonreía sabiendo que sus palabras surtían efecto en su compañera. Si, el joven dorado guardián de Piscis estaba satisfecho con su logro.

En ese momento, Sigfried de Sagitario aparece tras las cortinas derechas del templo, con su rostro desolado. Su cabello color bronce, despeinado y con caída incierta, solo cubrían tenuemente los ojos cansados de color almendra enrojecidos por la falta de sueño. Todos sus compañeros dorados se levantan en posición solemne, esperando las palabras de quien era el mayor entre ellos.

- El patriarca… - Se detiene el joven santo inhalando un poco de aire - está en sus últimos momentos.

El silencio de la recamara, pesado y profundo, heló las fibras de cada uno de los jóvenes que estaban dentro de ella. En aquel momento, cada uno de los presentes podían ver pasar de forma individual, pero al mismo tiempo en armonía, los recuerdos con aquel hombre de edad que había visto los años de gloria desfilar sobre su cuerpo. Cada una de sus enseñanzas, de sus entrenamientos de guerra, de sus parábolas y cuentos de anteriores guerreros que pelearon por la paz de los humanos, junto con la diosa Athenea, aquellas historias que hervían en su sangre virgen de toda inmundicia terrenal, todo ello atravesaba su mente. Recordando y añorando momentos, se pudo ver como las mejillas del joven Santo de Aries se llenaron de lágrimas.

- ¿Qué podemos hacer para que su ida sea menos agobiante? – Pregunto el Santo de Tauro, un joven, más alto que sus compañeros, cuya altura de su cuerpo se comparaba a la anchura de sus sentimientos-

- Por ahora, -Respondio Sigfried tratando de mantener su temple ante tan terrible situación- solo me ha encomendado que lleve a nuestra diosa a su recinto, junto con el Santo de Virgo.

Anthos sube su mirada ante el asombro, al mismo tiempo que el santo de Virgo al sentirse aludido. Sigfried baja el escalón que lo separa de su compañero y camina hasta situarse justo frente a su compañera dorado. El santo de Geminis, observando todo en absoluto silencio mientras en su mente coordinaba cada uno de los hechos con impresionante rapidez, entendía que ese llamado en sus últimos momentos no era de despreciar. Esa joven mujer, fue uno de los primeros de la armada dorada en alcanzar su puesto y con ello su derecho a vestir la flamante cloth de Virgo. Lo más impresionante, era que su ascensión a la corte dorada era una de la más extraordinaria en muchos siglos. En definitiva su compañero – mejor dicho, compañera- era alguien a quien temer y admirar.

- Levántate Santo de Virgo – Dice con voz dulce el santo de las alas doradas – El patriarca ha pedido que te acerques al seno de su muerte. Adelántate, mientras busco a la pequeña Athenea en su templo.

- Iré de inmediato. -Asintió con un leve movimiento de su rostro-

Levantándose firmemente, empujó la pesada capa vino tinto que la cubría y con ella su gruesa melena trenzada a su espalda, la joven camina hacia el lugar donde se extingue una estrella, dejando que cada paso resonara en la habitación, con el pesado sonido del oro contra el mármol. Sigfried, por su parte, se dirige de la misma forma hacía el preciado templo de Athenea, donde una pequeña de niña de cinco años descansaba. Al quedar los siete dorados solos en el lugar, el silencio fúnebre junto con una extraña curiosidad parecía sentirse a través de su cosmos.

- Supongo, que esto significa que ya hay sucesor al patriarcado… - Murmuró Anthos de Piscis impresionado –

- Creo que es demasiado pronto como para afirmar semejante decisión. – Replicó con serenidad el Santo Metis de Acuario, un joven de cabellera corta con un flequillo que caía levemente alrededor de su rostro, enmarcando así el contorno de su cara, de color del abono fértil, con ojos que semejaba la más verde de las esmeraldas –

- Es demasiado obvio a mi parecer… - Refunfuña Anthos cabizbajo –

- Sea cual sea la decisión del patriarca nuestro deber es cumplirla cabalmente sin prejuicios infundados. – Responde con firmeza el Santo de Capricornio Edmont, un hombre alto, de buena estirpe, quien no dejaba que su cabellera negra ocultara un centímetro de su rostro, por lo cual la mantenía sujetada firmemente sobre su cabeza. - Y eso va dirigido directamente a ti, Anthos de Piscis.

- No tengo ningún tipo de prejuicio, solo…

- Lo que hiciste hace poco Anthos, no es digno del comportamiento de un dorado para su compañero de armada. Además de ser irrespetuoso, considerando que es un compañero con mayor antigüedad. –Refunfuña Edmont visiblemente incomodo con lo ocurrido –

- Sobre todo en un momento donde todos estamos acogidos por una triste atmosfera de despedida. En momentos como esto, realizar un comentario como este, aunque fuese en tono de jovialidad, es impertinente e inadecuado. – Agrego su compañero Metis, observando a Anthos directamente a los ojos –

Ante las palabras de sus dos compañeros dorados y el silencio de los demás, que parecía apoyar con ello cada una de sus palabras, hicieron que Anthos bajara su mirada apenado ante su comportamiento.

- Yo estaría realmente feliz si fuese ella nuestro nuevo patriarca. – Comenta con voz fuerte y audible el Santo de Tauro, Aldebarán, en honor a la estrella más brillante de su constelación – No solo abandono su origen de mujer al colocarse la máscara amazona, sino que incluso abandono su nombre. En el tiempo que llevo conociéndola, se ha ganado mis respeto.

- Te debes sentir identificado con el Santo de Virgo, Aldebaran. – comenta sonrientemente el Mizar, con una sonrisa que no correspondía a la expresión de tristeza de su mirada oscura – Al igual que ella, tu también abandonaste tu verdadero nombre.

- Así es, pero a diferencia de ella, yo tome el nombre de la estrella más brillante de mi signo. Sin embargo, ella no parece tener interés de tomar algún nombre correspondiente a su constelación.

- Un nombre solo es un nombre. – Replica Edmont prudentemente – No tiene ningún tipo de valor especial.

- Por más que así sea un nombre nos identifica. – Se une de nuevo Metis a la conversación, con lo cual parecía que los dorados por un momento se olvidaban de la penosa situación que atravesaban – Por más que ella nos pida llamarla solamente Santo de Virgo, me resulta difícil acostumbrarme. Creo que todo humano sobre la tierra siempre anhela algo con el cual sentirse vivo y único, algo como el nombre dado desde nuestro nacimiento.

Géminis de nuevo escuchaba todo fríamente, uniendo una a una las piezas de la conversación, mientras pensaba en lo del patriarca, el llamado de su compañera, la humanidad, la vida misma, muchas cosas a la vez que difícilmente le permitía enfocarse en una sola. Lo único certero en sus múltiples análisis rápidos es que el significado tras haber abandonado su nombre, luego de abandonar su misma identidad de mujer, solo tenía una razón: Matar la identidad que la unía a la tierra para ascender a los cielos. Por algo, las palabras de su compañero Virgo al principio de la conversación tenían ese significado. Como santos de oro, ahora más que humanos, eran privilegiados de los dioses, el puente entre la divinidad y lo material, tal como lo había comentado ella. Eso parecía ser solo una forma más, de alejarse de su naturaleza humana. De ser así, el más cercano a los dioses.

Entre tanto, los dorados caían en un leve debate sobre el significado e importancia de un nombre, el santo de Virgo penetraba tras las cortinas que separaban la habitación del patriarca, llena de sombras, con solo una vela inclemente que parecía mantener con sus últimos suspiros el aliento del humano que regresaría a tierra. Viendo tan solitaria escena, Virgo de una vez interpelo en su mente la importancia de la vida terrenal, del humano y la esencia que le permitía vivir debajo del sol. El patriarca, al sentir el brillo dorado de la cloth en la entrada de su habitación, sube su mano derecha levemente, intentando con dificultad hacerle una señal de acercamiento al joven soldado.

- Ven aquí… Santo de Virgo…

- Si señor…

Acercándose tenuemente, Virgo se arrodilla en el filo de la cama, sujetando las manos débiles, moribundas, mucho más frías que la propia textura de su armadura en la piel, de quien le había enseñado y adiestrado. La mirada brillante, de un hombre que había visto un siglo nacer y morir, hacían que las pupilas verdes detrás de las gruesas arrugas en su tez blanca, parpadeaban denotando emoción.

- Sabes, que ya ha llegado la hora de marcharme… los dioses, parecen haber decidido que me fuera mucho antes de enseñarle todo a la encarnación de Athenea…

- No se preocupe, patriarca… Nosotros, los santos de oro que usted ha formado, nos encargaremos de completar la misión en su nombre.

- Precisamente, por ello… por ello quería verte…

El sonido de la puerta a sus espaldas llamó la atención de ambos. Quienes entraban a la habitación era Sigfried de Sagitario, sujetando con una de sus manos la pequeña y tierna mano de la diosa Athenea, una niña de baja estatura, pero con una belleza comparable a cualquier joven doncella.

- Disculpen que los interrumpe, he traído a la diosa Athenea como lo ha pedido. – Interviene Sigfried con voz solemne –

- Bien, acércate por favor…

Sigfried se acerca al lugar, junto con la niña de cabello dorado resplandeciente, quien estrujaba sus ojitos azules los cuales aún tenían señales de pesadez.

- Santo de Virgo, Sigfried de Sagitario, antes de morir, quiero dejarles un encargo.

- Sí señor. – Respondieron ambos al unísono –

- Sigfried, tu, como el mayor de los doces santos de Oro, te encargo el entrenamiento y nominación de los tres signos restantes. Debo irme sin haber completado los guardianes de las doce casas, confió en que tú lo harás bien.

- Sí señor, me encargare de transmitirle todas las enseñanzas que aprendí de usted, patriarca.

- Me quedo tranquilo con eso… Virgo, a ti, debo darle una misión especial.

Virgo sintió un escalofrío en su cuerpo, temiendo que tan soberana decisión fuera lo que indicaba su llamado frente a los demás dorados. Porque era de esperarse, que ante tal acción ella también hubiera considerado la posibilidad de ser la sucesora del patriarca, lo cual, no le hallaba la menor gracia.

- … Necesito que adiestres a nuestra joven diosa, en toda sabiduría y juicio justo. – Virgo escucho el pedido entre asombro y alivio – Lamentablemente tengo que abandonarla siendo aún muy inocente, pero sé, que en tus manos logrará tener control sobre su poder y su gracia divina. Como el santo más cercano a los dioses, te encargo esa misión.

- Disculpe Señor, pero, ¿no nos dirá quién sucederá su puesto como patriarca? – pregunta Sigfried luciendo preocupado por ello –

Virgo trago grueso, pensando en que tal vez al tener la misión de cuidar y enseñar a Athenea, significaba de forma directa encargarse del liderazgo del santuario. Por más honroso que esto fuere no era lo que ella buscaba al entrar, además que tampoco se sentía en la capacidad de tomar semejante responsabilidad.

- Ciertamente, no tengo a ningún sucesor en mente. Pero confío que Athenea, cuando tenga noción de su misión y poder sobre esta tierra, escogerá el más digno guiada por la sabiduría divina que la enviste.

- Mi Señor, le agradezco altamente que me confiera esta misión tan honrosa a mí, el Santo de Virgo. Juro por mi diosa Athenea quien nos acompaña en esta habitación, que cumpliré cabalmente con su pedido.

- Estoy seguro de ello… Sigfried, por favor, acércame a mi señora Athenea.

El Santo de Sagitario abrió camino para que la joven diosa se acerque al seno del patriarca. Seguido de esto, tanto él como el Santo de Virgo se levantaron sobres sus pies y se alejaron un poco de la escena. El patriarca toma una de las manos de la diosa, y sutilmente la besa con respeto y honra, mientras que la diosa, gobernada por la inocencia de su edad, peinaba los blancos cabellos del anciano usando su mano izquierda con ternura. Los jóvenes santos oyeron de lejos el murmullo del hombre, quien le daba indicaciones a su diosa de atender a las voces de sus protectores, haciendo caso de sus enseñanzas, y repitiéndole su futuro como la deidad de la humanidad. Una escena conmovedora, que parecía ser protagonizada por un anciano abuelo y su joven nieta, donde el hombre que ha vivito toda una vida se despide de una estrella que acaba de nacer. Sigfried pensaba en ello, recordando vagamente algún momento de su pasado, sepultado entre tantas nuevas experiencias.

En ese momento, un viento frio se coló por la ventana y entre las piedras del recinto, el mismo que al pasar sobre la única vela encendida de la habitación, se llevo con su invisible cuerpo el fuego de la vida. Todos los santos del santuario, sintieron como en ese noche el cosmos que poco a poco estaba brillando entre ellos, vio su fin. Todos, sin haber una excepción, bajaron su rostro en señal de respeto. Todos, bajo el mismo sentimiento de ver una estrella morir en el firmamento.


1 Mizar: Nombre bíblico, Significa "Terror"

2 Anthos: Del Griego: Significa "Flor, El Florido, El Floreciente"

3 Sigfried: Del Germano: Unión de Sigus "victoria" y Frid "Amparo, protección". El amparo de la victoria, el que protege con la victoria.

4 Metis: Del Griego, significa "Inteligencia". Hija del Oceanos y de Tetis, primera esposa de Zeus.

5 Edmont: De Germania: Unión de Eck "espada, sable" y Mund "protección". Quién protege con su espada.