¡Hola!

Sin planearlo realmente, comencé a escribir este fic y resultó ser muy lógico con el capítulo anterior. Así que decidí subirlo aquí, como una segunda parte a lo que comenzó en la misión de los Horrocruxes. Tuve que hacer mínimos cambios para que fuera más coherente, pero solo aplican al título y subtítulo. Lo demás sigue igual.

¡Espero que les guste!

Y también: ¡gracias a los que dejaron un comentario en la primera parte! Fueron parte del combustible de esta nueva entrega.

Sombra.

PD: los personajes no me pertenecen o estaría nadando en una piscina de dinero.

.


.

COMO EN CASA

Segunda parte

.

— ¿Hermione?

La aludida levantó la cabeza con lentitud. De entre una mata de cabello castaño enmarañado, asomó un rostro pálido y abatido, en el que un ojo estaba cerrado y el otro apenas abierto, buscando a su interlocutor. Se quitó el pelo de la cara con una mano temblorosa, mientras que con la otra agarraba con fuerza una botella para intentar ponerse de pie.

¡Harrrrry! ¡Eresh Harrrrry! —exclamó con una sonrisa, sin dejar de luchar contra la gravedad. Pronto entendió que no era una batalla fácil: su equilibrio la traicionó y por un momento, su cuerpo se inclinó peligrosamente hacia el final de la mesa y el comienzo del suelo. Pero los años de lucha contra el lado oscuro no habían sido en vano, de manera que, con dificultad, logró ponerse de pie, haciéndole frente a Harry con una sonrisa demasiado alegre y una mirada velada por el alcohol.

Harry cerró la puerta a su espalda y se acercó a su amiga con cuidado: ¿Hermione, ebria? Allí había una primera vez.

A medida que se aproximaba, pudo notar que en ella se aferraba a una botella de whisky de fuego a mitad vacía. Definitivamente, no se había tomado las cosas con calma en su primera borrachera. Hermione pestañeaba con lentitud, observándolo, sin perder ni la sonrisa ni el suave vaivén del cuerpo de quien tiene alcohol en lugar de sangre. Llevaba una camiseta demasiado grande para ella —probablemente de Ron— y calcetines gruesos con dibujos. Y nada más.

— Hermione… ¿qué ha pasado? —le preguntó con lentitud, afilando sus reflejos en caso de que la botella o ella misma amenazaran demasiado con irse de culo al piso.

— Que ssshoy una aburrrrrida, Harrrry —respondió ella con la misma lentitud, haciendo un gesto con la mano que decía a todas luces que era evidente—. Pueeeesh... ¡ya no! —agregó victoriosa, estirando hacia a Harry la botella con un movimiento violento, de forma que unas gotas del líquido volaron hacia él.

Hermione soltó una risita a modo de disculpas y con dificultad se dirigió hacia el sillón. Se dejó caer en él como una bolsa de patatas, sin soltar en ningún momento la botella. Suspiró, la mirada fija en la nada, e hizo un leve puchero con la boca. Sin saber muy bien cómo proceder, dado que nunca había sucedido nada similar, Harry caminó hacia el sillón y se sentó a su lado, girado hacia ella con una mirada analítica.

Aquella noche no estaba yendo como lo había esperado.

Luego de salir de clase, Harry había quedado con Ginny en el Caldero Chorreante para hablar de ellos dos. Hacía tiempo que la relación no iba de lo más bien, llevaban ya varios años juntos y habían ciertos temas que no lograban resolver y que cada vez más diluían la vida en pareja. Con reticencia, habían decidido tomarse un tiempo para meditar las cosas, y dos semanas después —esa misma tarde— habían pactado encontrarse para compartir cómo se sentían al respecto. Y aunque Harry aún no estaba seguro, había decidido acudir con la esperanza de que verla y hablar con ella le ayudara a descubrirlo.

Pero nomás entrar en el bar, habían descubierto a un Ron completamente borracho, hablándole a Neville en un volumen considerablemente más alto de lo necesario.

¡Somos jóvenes, Neville, mierda! —gritaba, mientras con una mano sacudía una pinta vacía— Tenemos ne-ce-si-da-des, ¿noescierto? Tú me entiendes —con un gesto de complicidad, se estiraba por encima de la barra para golpear a su amigo en el brazo, sin éxito —. Tu entiendes, Neville. Ella no.

No fue hasta ese momento que Neville había notado que ellos dos estaban paralizados en la puerta, sorprendidos por la escena que tenían delante. Les había lanzado una mirada de auxilio y eso había bastado para que salieran de su estupor inicial y se acercaran rápidamente al pelirrojo. Ron se había alegrado de verlos, reaccionando efusivamente, y había insistido en invitarles una ronda de lo que quisieran tomar para "celebrar su juventud". Harry y Ginny habían compartido una mirada de preocupación que sabía a complicidad conocida. Ambos lo notaron y no habían podido evitar que una leve sonrisa asomara a sus labios.

Tal vez no todo estaba perdido.

Pero ese instante se había roto enseguida. Cuando Neville había rechazado el pedido de más cerveza, Ron se había puesto de pie con violencia, arrojando la banqueta el piso y casi cayéndose él mismo. Gracias a sus reflejos de buscador, Harry había logrado atajarlo y mantenerlo de pie, no sin cierta dificultad ya que su amigo era un poco más alto y fornido que él. Ginny había considerado mejor, por lo que habían llegado a escuchar anteriormente y el estado de su hermano, llevárselo a La Madriguera, en donde ella estaba viviendo en ese momento también. Harry había estado de acuerdo y, momentos después, los había visto desaparecer por la puerta del bar.

Luego de disculparse con Neville, este le había contado que Ron había llegado al bar echando humo —y probablemente algo ebrio ya. Dos cervezas después, más calmo, había comenzado a descargarse sobre los muchos problemas que tenía con Hermione. Entre ellos, cómo ella no entendía que él quería disfrutar de su juventud, vivir más relajado, salir más a menudo. Pero ella sólo pensaba en trabajar, trabajar y trabajar, y eso lo tenía tan frustrado que finalmente había explotado y le había dicho todo lo que pensaba.

Y dado que Ron había terminado en el Caldero Chorreante, ebrio y a los gritos, tanto Harry como Neville habían deducido sin mucho esfuerzo que la conversación con Hermione había ido bastante mal.

Aunque nada había preparado a Harry para la escena que se encontraría al llegar al apartamento que Ron y Hermione compartían.

— ¿Qu-qué hashes aquí, Harry? —le preguntó ella, volviéndose hacia él con una mueca de duda y sorpresa, como si por primera vez notara que no era normal que él estuviera allí.

— Me encontré a Ron en el Caldero Chorreante —dijo por toda respuesta.

Un "oh" salió en forma de susurro de la boca de Hermione. Asintió lentamente y volvió a desviar su mirada hacia la pared de enfrente. A Harry le recordó a Luna, cuando se alejaba de la triste realidad para perderse en pensamientos más felices. Sin embargo, justamente felices no parecían los pensamientos de quien estaba sentada a su lado.

Ron la había llamado aburrida. Le había reclamado que estaba demasiado enfocada en su trabajo, que no sabía divertirse. Le había dicho, enfadado, que ella no lo entendía. Pero en realidad, era él quien no la entendía a ella. Hermione estaba tan sumida en su trabajo porque su relación estaba pasando por un momento difícil y no sabía ya cómo lidiar con ello.

Hacía meses ya que Ron estaba cada vez más hastiado de trabajar como auror, perseguido por la sensación de que la guerra aún no había terminado, enfrentado día a día con los retazos que habían quedado y que seguían doliendo. Aunque al principio había estado entusiasmado de trabajar mano a mano con Harry para hacer del Ministerio un lugar más actualizado e inclusivo, la realidad de todos los días le pesaba cada vez. La batalla más importante había pasado, sí, pero luego de un año y medio de trabajar allí, él había comenzado a entender que la lucha aún seguía. Todavía resistía una facción de mortífagos que, creyendo que Voldermort no había muerto del todo (como ya había sucedido antes), se había refugiado en algún lugar del norte a planear el regreso del Señor Tenebroso. La reconstrucción del mundo mágico, tan devastado por el conflicto, era un proceso lento y costoso, que no estaba ni remotamente cerca de finalizarse. Y las muertes… todas esas muertes tan innecesarias seguían latiendo, heridas de una guerra que ya había terminado pero que aún no se había curado del todo.

Y entre todo ese desasosiego… estaba el recuerdo de Fred.

Hermione había apoyado a Ron en todo momento desde lo sucedido y él parecía haber atravesado ese momento con una actitud positiva y encarada hacia el mejoramiento de la sociedad, como forma de asegurarse de que nada similar volviera a repetirse. Ella había estado orgullosa de él, como lo había estado en tantos otros momentos cuando él había logrado salir de su propia cabeza para enfrentar desafíos casi imposibles y salvarlos a ella y a Harry. Pero dos años después, Ron parecía haber dado un paso hacia atrás: estaba decaído, se enojaba muy fácilmente y parecía frustrado con la vida misma. Y últimamente, había comenzado a salir más a menudo, a emborracharse más seguido, dejándola a ella con el deber de elegir entre ir con él y terminar cargándolo de vuelta a casa, o bien quedarse sola en casa preguntándose qué estaría haciendo Ron y si estaría bien. Siendo ella como era, siempre elegía la primera opción.

Y no era justo: que ella entendiera que estaba pasando por un momento difícil, no justificaba que tuviera que hacer de madre. Ella también tenía sus penas y sus frustraciones y no se descargaba con él como hacía él con ella. Por lo que esa noche, cuando Ron había vuelto, se había bebido una medida de whisky de un trago y la había instado a salir con él, ella había dicho finalmente que no. Como resultado, él había explotado, diciéndole muchas cosas hirientes, entre ellas llamándola aburrida. Y Hermione se había visto de regreso en Hogwarts, con once años, sintiendo el mismo dolor apremiante que aquel día en que Ron la había llamado una sabelotodo sin amigos.

Finalmente, la discusión se había terminado con el portazo de Ron al irse. "Si insistes en ser una aburrida, Hermione, es tu problema, no el mío," le había dicho antes de salir y dejarla sola con los ojos llenos de lágrimas de rabia. Encajando el ataque, ella se había puesto de pie y había andado decidida hasta la cocina. Se había servido un whisky de fuego en un vaso y se lo había tomado de un trago. El alcohol le había quemado la garganta inexperta y había aterrizado en su estómago vacío con violencia, enviando una sensación cálida por todo su cuerpo. Por un momento, Hermione había dudado: aquello no era una buena idea. Pero inmediatamente las palabras de Ron habían vuelto a su mente, así que se había llenado un segundo vaso para atenuar el dolor que se esparcía y le ganaba a terreno a la calidez del alcohol. Definitivamente no era una buena idea, había vuelto a pensar. Y la palabra "aburrida" le había ganado a su raciocinio, abandonando el vaso y la cocina, para demostrarle al salón y a ella misma que era de todo menos aburrida.

Lo que había seguido fueron los momentos normales de una borrachera cualquiera, pero para ella habían sido noticia nueva: la liberación alegre de los primeros tragos, en los que se había dedicado a pasear y bailar entre las habitaciones de la casa; la sensualidad inherente al inicio de la propia ebriedad, durante la cual se había desnudado para vestirse con una camiseta de Ron, pensando en que si eso no era sexy y no-aburrido, entonces nada lo era; las lágrimas amargas de lo más profundo de la borrachera, que había soltado mientras leía un decreto que debía revisar para el día siguiente; y, finalmente, la rendición ante el sueño, provocada por el alcohol y alcanzada gracias a la lectura.

Aquel decreto sí que era aburrido. No ella.

Le dió un sorbo a la botella ante la mirada atenta de Harry, y acto seguido se la ofreció. Aunque por un momento él pensó en rechazarla, notó que una parte suya realmente necesitaba un trago. De modo que aceptó el ofrecimiento y bebió más de lo que tanto él como Hermione esperaban. Ante la expresión de sorpresa de su amiga, se encogió de hombros y le devolvió la botella. No era solo ella quien necesitaba alejarse de sus problemas.

— Las cosh-cosas… —comenzó, intentando hablar lo más normal posible—...no están muy bien con Ginnny, ¿verdad?

Con pesadumbre, Harry negó con la cabeza. Habían demasiadas cosas haciendo mella entre ellos dos, demasiados temas pendientes que por falta de tiempo nunca habían tratado. Ambos estaban seguros de una cosa: se amaban. Pero el día a día se había vuelto imposible, con más momentos dolorosos que felices. Y sin saber qué hacer, habían decidido que lo mejor era darse tiempo y espacio para entender lo que querían y necesitaban, y ver si, al reencontrarse, coincidían.

Pero el tiempo se había consumido y Harry seguía tan perdido como en un principio. Sentía demasiada culpa, demasiada responsabilidad sobre su relación. Y aunque él quería estar con ella, más y más comprendía que no era la decisión correcta.

— Está pensando en dejar su carrera por mí —dijo finalmente, con un nudo en la garganta: era la primera vez que lograba formular uno de sus temores—. Ya ha sacrificado tanto por mí, que… —negó con la cabeza, pasándose la mano por el pelo con frustración—. No sé qué hacer.

Hermione reconoció la congoja en su voz. No era la primera vez que la escuchaba: estaba ahí en las contadas ocasiones en las que Harry hablaba de la muerte Sirius; se oía en la manera en la que nombraba a Dumbledore y a Snape; y había aparecido también cuando les había dicho que se iría sin ellos en búsqueda de los Horrocruxes.

Era el dolor que experimentaba su mejor amigo al sentirse responsable de lo malo que sucedía.

— Harry… —murmuró, apoyando una de sus manos en la pierna de él—. Lo que Ginny decida depende de ella… Tú no tienes la culpa.

Con un gesto que indicaba que no estaba de acuerdo pero que no pensaba discutir, Harry asintió con la cabeza y apoyó una mano sobre la de su amiga. Ambos le dieron otro trago a la botella, dejándose caer suavemente contra el respaldo del sofá. La calidez del whisky comenzaba a hacer efecto en Harry, quien sentía como su cuerpo se relajaba por primera vez en semanas. Inesperadamente, todo el calor parecía concentrarse en la mano que cubría la de Hermione.

Al mismo tiempo, el calor parecía haberse ido del cuerpo de Hermione. Lo que le había dicho a Harry podía aplicarse a su relación; y de la misma manera en que sabía que él no dejaría de sentirse culpable por su situación con Ginny, ella tampoco lo haría con respecto a la suya con Ron. Queriendo o no, se sentía en parte responsable del extremo al que había llegado su relación: si hubiera sido más flexible, tal vez Ron no se habría hartado y volcado al alcohol como escondite; si hubiera sido más comprensiva, tal vez habría podido ver, a través de aquella actitud casi infantil que él había adoptado, el dolor que se escondía detrás; si hubiera sido más relajada, más divertida, tal vez Ron se habría quedado esa noche y ella no estaría borracha perdida, tratando de demostrarle quien sabe qué a quien sabe quién.

Los ojos se le llenaron de lágrimas una vez más. Harry pudo notar como la mano de su mejor amiga perdía temperatura y se crispaba, y al fijar la vista en su rostro, reconoció con preocupación los signos de que estaba al borde del llanto. Se acercó aún más a ella, separados únicamente por el espacio ocupado por la botella, y llevó su mano libre a su rostro.

— Hermione —susurró con angustia—, ¿qué sucede?

— Ron no está bien, Harry —respondió ella por lo bajo, mientras un par de lágrimas se escapaban de sus ojos entrecerrados—. Y ya no sé qué más hacer para ayudarlo.

Sentía el gusto salado de la culpa besarle los labios y el agarre tenaz de la angustia oprimirle el pecho. Con esas palabras, había tomado consciencia de que, de seguir así, su relación con Ron terminaría por romperse. Perdería a su mejor amigo, a su compañero, a su confidente. El amor que habían compartido desaparecería para siempre. Una muerte más producto de una guerra que insistía en quedarse.

Respirando cada vez más rápido, Hermione cerró los ojos, presa de los nervios ante el futuro que se formulaba en sus párpados. Por su lado, Harry pudo notar enseguida la ansiedad punzante que iba creciendo en su amiga, por lo que enlazó sus dedos con los de ella en un agarre firme que decía "estoy aquí". Acarició con lentitud su mejilla, sin robarle las lágrimas que no le pertenecían, y se inclinó hasta apoyar su frente contra la de ella. Se dedicó a inspirar y espirar pausadamente, a sabiendas de que eventualmente la respiración de Hermione se acompasaría a la suya. Los segundos pasaron con una lentitud tortuosa; poco a poco, el pecho de Hermione dejó de subir y bajar tan aceleradamente, hasta que volvió a abrir los ojos.

— Sigue funcionando —mencionó por lo bajo, con una triste media sonrisa.

Harry le devolvió la sonrisa, sin alejarse. Seguía funcionando. Ninguno de los dos había olvidado lo que habían aprendido el uno del otro en esas semanas que habían pasado solos en la búsqueda de los Horrocruxes. Ni tampoco todo lo que habían compartido, aislados como estaban del resto del mundo.

Hermione acercó su mano libre al cuello de Harry, sin dejar de mirarlo a los ojos. Podía leer en ellos la misma desesperación que sentía ella al sentirse responsable del potencial fracaso de su relación con la persona que amaban. Respirando profundamente, aferró su mano a la de Harry, mientras sostenía su nuca con la otra. Otra vez eran ellos dos mano a mano con la soledad. Una vez más, se encontraban a unos simples pasos del terrible dolor de la pérdida, sin saber qué hacer más que estar a la espera de la resolución.

Se observaron con atención, leyéndose el uno al otro como ya habían hecho anteriormente. Harry reconoció en sus ojos el mismo miedo que había leído tres años atrás, cuando Ron los había abandonado durante la misión encomendada por Dumbledore. Hermione percibió el mismo dolor que había visto en Harry antes de irse a la misión con ellos, cuando se había sentido obligado a romper con Ginny para protegerla. Y ambos advirtieron en el otro el mismo sentimiento de alivio, al saber que había al menos alguien que entendía, con quien podían compartir el peso que cargaban en el pecho.

Era un momento suspendido en el tiempo, aislado de todo. Uno más, en el que Harry sentía el calor que emanaba la mano de Hermione su nuca y ella notaba la ternura con la cual él sostenía su mejilla. Un momento nostálgico, en el que se reencontraban las mismas dos personas que habían pasado semanas sin tener a nadie más que el uno al otro. Un momento necesario, en el que encontraban en la presencia del otro el consuelo que tanto anhelaban. Un momento feliz, en el que un simple contacto llenaba el futuro de esperanza.

Por eso, cuando Harry acercó su rostro al de Hermione y ella fue a su encuentro, ninguno de los dos se sorprendió. Sus labios se reconocieron de inmediato, a pesar de los años; sus brazos se acomodaron alrededor del otro, protegiéndolo de nuevo del destino desalentador que se formaba frente a ellos. Se confiaron el uno al otro como tres años atrás, y se besaron sin culpa, sabiendo que el significado de ese beso era muy distinto al que compartían con Ron y con Ginny.

Sin embargo, a diferencia de tres años atrás, ambos habían bebido; y el alcohol hizo efecto en ellos de una manera que no habían esperado.

Pronto el beso que ambos habían buscado, sereno y paliativo, se convirtió en un beso desenfrenado, en el que mandaba la necesidad apremiante de sentirse mejor. Harry agarró a Hermione de la cintura con rudeza, acercándola aún más a él; ella se aferró a su nuca violentamente, impidiendo que se alejara. Una mano de Harry bajó por su cadera, pasando por el costado de su nalga y clavándose en su muslo desnudo; Hermione pasó esa pierna por encima de él, doblándola detrás de su espalda y presionándolo contra ella.

Sin poder refrenarse, Harry la cogió y la sentó a horcajadas sobre él, sin soltar sus labios. Hermione enredó sus dedos en la oscuridad de su pelo, tirando levemente hacia atrás para besarlo en el cuello, lo que provocó que un gruñido escapara de su garganta. Las manos de Harry subieron por sus piernas y se adentraron por debajo de su camiseta: acariciaron la piel de su vientre, el contorno de su cintura, la curva de su espalda. Toda ella reaccionaba ante su tacto, irguiéndose y curvándose a medida que sus dedos trazaban las líneas de su cuerpo.

Hermione bajó las manos por el pecho de Harry y se sorprendió ante la forma definida de sus músculos. Ya no era más el muchacho delgado que había conocido hacía diez años. Con una lentitud tortuosa, recorrió tentativamente el borde de su camiseta, colando el pulgar por debajo de la tela y acariciando la piel que limitaba con el pantalón. Tenía la boca seca y los labios ardientes, y cuando miró a Harry no pudo evitar sonrojarse: había en sus ojos el mismo deseo desbocado que sentía ella, irracional al punto de olvidarse de todo lo que importaba.

Como por ejemplo, que él era su mejor amigo.

O que ambos estaban tratando de salvar sus relaciones con las personas que amaban.

Y aquella no era la manera, pensó, con un suspiro de resignación.

Harry lo supo en el mismo momento en que ella se dio cuenta. Se observaron largamente, asimilando lo sucedido. Ninguno de los dos quería arruinar el momento con culpa o arrepentimiento: era lo que habían acordado la primera vez que se habían besado, tres años atrás, en una de las tantas noches solitarias que habían compartido. Por eso mismo, no dijeron nada ni dieron muchas vueltas sobre el asunto. Había sucedido como resultado de un momento de desesperación compartida. Pero se querían casi como hermanos, y su relación valía mucho más que unos meros instantes de necesidad.

Se abrazaron a forma de despedida: el momento había terminado. La pasión dejó paso al cariño, la atracción a la amistad. Y entonces, volvieron a sentirse como en casa.

Con una sonrisa, Harry dejó caer sus manos hasta que alcanzaron los pies de Hermione. Sus dedos tocaron una tela gruesa, por lo que frunció el ceño y dirigió su mirada hacia sus calcetines: tenían calabazas bailarinas con sombreros de bruja. Los observó con curiosidad, sorprendido de no haber reparado en ellos antes. Tenían calabazas. Que bailaban. Llevando sombreros. De bruja.

Lentamente, volvió la vista a Hemione, regalándole una mirada divertida.

— Sensuales —comentó socarronamente.

Hermione sonrió, aliviada de que no hubieran dudas al respecto de lo que había sucedido y feliz de volver a la normalidad.

— Tenía frío —replicó, encogiéndose de hombros.

Y ante su sonrisa, Harry no pudo evitar, como siempre, sonreír también.


.

Hasta aquí. A partir de este momento es cuando, en mi imaginación, Ron decide irse a trabajar con George en Sortilegios Weasley, como una manera de curar la muerte de Fred y mejorar el mundo a través de la alegría.

Como siempre, comentarios y opiniones son más que bienvenidas!

Sombra.