21 de junio. El verano acababa de entrar oficialmente en París, Francia. Un reguero constante de turistas y nativos se mezclaban en los increíbles Campos Elíseos, fundiéndose con el constante rugido de los coches y autobuses que atravesaban el Arco del Triunfo. Las vacaciones de verano acababan de comenzar. Miles de estudiantes se reunían en diversos puntos de la ciudad para ir a dar una vuelta por la Île de la Cité, con Notre Dame y el mercado de las flores de la Place Louis Lépine.
Excepto Marinette.
―Venga ya, Mari―protestaba Alya, su mejor amiga y digna habitante de la ciudad con más candados por metro cuadrado―. Todos van a ir. Si tú no vas, yo no lo haré tampoco.
Marinette Dupain-Cheng hizo gala de su vena asiática y puso cara de póker. Alya sabía perfectamente que Marinette odiaba las acumulaciones de personas.
―No voy a ir―le repitió por enésima vez Marinette, alzando una mano y señalándole el camino más directo para ir a la zona de la catedral.
Alya rodó los ojos. Sabía que tenía la batalla perdida si la expresión de su mejor amiga no variaba un ápice.
―Está bien, aguafiestas, pero a cambio tienes que acompañarme al Black Wings.
Marinette dejó de caminar de inmediato por uno de los muchos caminos del Jardin des Tuileries. Algunos corredores se tropezaron con ella y soltaron improperios, pero ella les ignoró. Estaba acostumbrada a oír cosas por el estilo.
―Ni en broma―dijo, convencida al mil por mil de no acompañar a su amiga―. Es un antro. Sabes que odio ir.
―Me lo debes―insistió Alya, agarrándola del brazo y tirando de ella hacia afuera del parque―. Es el pago por no acompañarme a la Île de la Cité. Aunque no esperes que lo deje pasar. Este año, conseguiré que entres en el barrio.
«Claro, igual que no lo conseguiste el año pasado», apuntó Marinette en su cabeza, aunque prefirió morderse la lengua. No le quedaba otro remedio que ceder. Además, Alya sabía que Marinette prefería ir al Black Wings a pasar el día entre cientos de turistas y nativos.
El Black Wings era un local esotérico. Alya estaba obsesionada con todo lo que tuviese que ver con los astros, la magia blanca y oscura, los amuletos y todo tipo de objetos. Una vez al mes, arrastraba a Marinette al negocio para conocer las últimas novedades. Por eso, Tikki, la dependienta perenne del local, saludó a las chicas con una sonrisa enorme de sus labios pintados de negro en cuanto atravesaron el umbral de la puerta y sonó el repiqueteo de la campanita colgada del techo.
Marinette se soltó entonces de Alya y dejó que avanzase un poco más rápido. Enseguida, el olor de las velas aromáticas y del incienso que no dejaba de quemarse en el pequeño mostrador de madera hizo que empezase a dolerle la cabeza. No obstante, lo aguantaba estoicamente, tal y como sus padres le habían enseñado a hacer cuando no se siente cómoda en algún sitio. Además, a su mejor amiga le hacía feliz que la acompañase a ese sitio y, siendo justos, prefería ir con ella al Black Wings todos los días que quedarse sola.
Porque sí, Marinette era una de esas chicas que no conseguía congeniar con mucha gente; no porque fuese antisocial o tuviese algún problema para relacionarse con las personas, sino precisamente porque acaparaba demasiada atención y el resto de las chicas la veían como una rival. De modo que Marinette había tenido que adoptar una actitud que no iba para nada con ella, reservada y poco amigable. Ella siempre le echaba la culpa a sus genes. Su madre fue modelo y su padre, actor secundario en varias series, aunque ahora trabajaba como médico en uno de los hospitales más prestigiosos de la ciudad de París. Marinette tenía que sacar algo de su belleza, y tanto que lo hizo.
Alya siempre tenía alguna buena palabra para ella. Los ojos de Marinette, de un intenso azul cielo, destacaban en medio de su pelo negro y liso, que le llegaba un dedo por encima de los hombros. Había sacado las curvas de su madre, descendiente de ricas familias chinas e indios americanos, mientras que de su padre había heredado el carisma y el humor franceses. Marinette, con su piel pálida, creaba un contraste de colores que abrumaba a la mayoría de las personas. Imponía a la par que atraía, lo cual le había valido numerosas críticas envidiosas por parte de sus compañeras de clase desde que era muy pequeña.
Únicamente Alya se había mantenido a su lado desde los quince años. De alguna forma, Marinette sentía que, acompañándola en sus extrañas aficiones, le pagaba por la compañía, el cariño y el apoyo que Alya llevaba brindándole ya seis años.
―¡Mira, Mari!―exclamó entonces Alya, atrayendo toda su atención.
Marinette caminó hasta una mesa del fondo, recubierta por una tela de fondo rojo con rayas de varios colores y un tapete blanco, donde había todo tipo de objetos. La mayoría de ellos eran brujitas de la suerte para la salud, el amor y esas cosas. A su lado, había unos amuletos con forma de árbol que, según rezaba en el cartelito bajo ellos, eran Árboles de la Vida. A su derecha, Marinette atinó a ver pulseritas de charms con diferentes amuletos de la suerte de plata: tréboles de cuatro hojas, herraduras, patas de conejo… Y, a la izquierda, había un libro que parecía como otro cualquiera. Alya tenía los ojos fijos en una de las pulseritas de charms.
―Es genial, ¿no? Tener todos estos amuletos es garantía de buenas noticias―comentó, claramente emocionada.
Marinette sonrió, pero no dijo nada. Ella nunca se había tragado las leyendas esas de que la constelación que había en el cielo cuando nacías dictaminaba tu forma de ser, tu color favorito y tu piedra. Tampoco creía en los cuentos de la buena o la mala suerte, los conjuros para limpiar el aura, las velas que ahuyentaban demonios y los espíritus benévolos que vagaban por la tierra vigilando a sus seres queridos. Sencillamente, Marinette era atea en todos los sentidos de la palabra. Sin embargo, sus ojos viajaron hasta el extraño libro.
Alargó una mano y lo cogió con cuidado de no tirar las cosas que tenía al lado. Lo estudió y descubrió que en el lomo rezaba el título con letras doradas.
EL LIBRO DE LOS DESEOS
Marinette frunció el ceño, más por extrañeza que por otra cosa. En todos los años que llevaba entrando en aquella tienda, jamás había visto algo que indicara que podía hacer realidad los deseos de nadie. De modo que, después de asegurarse de que Alya estaba demasiado entretenida con sus charms como para prestarle atención, Marinette abrió el libro, dispuesta a leer lo que tuviera escrito. No obstante, solo la primera página del libro estaba escrita.
SI UN DESEO QUIERES REALIZAR,
SU PRECIO HAS DE PAGAR
Marinette reprimió un bufido. «¿En serio?».
―Tienes buen gusto, Mari―dijo entonces una voz a su espalda, sobresaltándola y haciendo que el libro se le escapara de las manos hacia el suelo.
La dependienta se agachó a recogerlo y Marinette musitó una tímida disculpa.
―¿Te gusta?―preguntó la mujer, de manera que Alya se giró de inmediato para ver qué había atraído la atención de su amiga la escéptica.
Marinette se encogió de hombros, quitándole importancia. Únicamente lo había cogido porque le había llamado la atención. Precisamente, aquel libro parecía la cosa más normal del mundo, comparado con todos los demás objetos de la tienda.
―No, solo lo estaba mirando…―comenzó a decir Marinette, pero algo en la mirada de la dependienta le hizo morderse la lengua.
―Es lógico. ¿Quién no quiere hacer realidad sus deseos, verdad?―le guiñó un ojo a Marinette, que escuchó cómo Alya reía a su espalda.
―Mari no cree en esas cosas, Tikki―intervino entonces Alya, echándose a un lado su pelo rojizo y cogiendo el libro de las manos de la mujer―. Es bonito. Podrías usarlo como diario si realmente no funciona―añadió en cuanto lo abrió y vio que estaba vacío.
―¿Diario?―repitió Marinette, divertida.
―O para dibujar algunos de tus diseños―prosiguió Alya, cada vez más convencida―. Venga, va, te lo regalo.
―¿¡Qué!?―exclamó Marinette, girándose hacia su amiga y dándole la espalda a la dependienta, que se alejó de ellas riéndose por lo bajo―. No, no, no. Tú no me vas a regalar nada.
Porque si algo odiaba Marinette más que la playa, era que su mejor amiga, que no contaba con los mismos medios que ella, se gastara dinero en cosas inútiles. Marinette le había puesto una regla a su amiga: jamás debía regalarle nada en su cumpleaños. Y ella estaba a punto de romper esa promesa.
―¿Ni siquiera este año, Mari?―inquirió Alya, cada vez más desilusionada― Por favor, déjame regalarte algo este año.
Marinette suspiró y, quitándole el libro de las manos y dejándolo de nuevo en la mesa, le cogió las manos a su amiga y tiró de ella para acercarla un poco.
―Alya, tú ya eres mi regalo. Eres mi mejor amiga a pesar de todo, la única que me conoce de verdad. ¿Por qué no lo dejas estar, como todos los años?
Alya se mordió el labio inferior, emocionada. Marinette sonrió y abrazó a su amiga a modo de consuelo. Marinette sabía perfectamente que los padres de su amiga pasaban por un mal momento que duraba ya varios años. Solo podían darle dinero cada dos meses y tampoco era demasiado, lo justo para que pudiera comer un día fuera de su casa con Marinette. A pesar de eso, Mari siempre se encargaba de pagarlo todo, de modo que Alya podía gastarse su dinero en cualquier otro capricho o guardarlo.
―Está bien―aceptó finalmente Alya con un suspiro, separándose de su amiga y secándose las lágrimas no derramadas de los ojos.
Conforme, Marinette asintió con la cabeza y cogió una de las pulseritas de charms. Se acercó al mostrador y la pagó. Por supuesto, Alya se quejó, pero no rechazó el regalo de su amiga. Una vez comprada la pulsera, ambas se disponían a marcharse cuando Tikki, la dependienta, salió de su mostrador de nuevo y atrapó la mochila que Marinette llevaba a la espalda.
―Quédatelo, es mi regalo de cumpleaños―susurró, mirando de reojo a Alya, que había salido ya a la calle.
A Marinette le tomó un par de segundos darse cuenta de que se trataba del dichoso Libro de los Deseos. Estuvo tentada de rechazarlo, pero sabiendo que no podría hacerlo sin que su amiga la acorralara junto a Tikki, lo aceptó y lo guardó a toda prisa mientras salía del Black Wings.
Durante el resto del día no hablaron sobre el librito ni sobre la pulsera plateada que brillaba en la muñeca de Alya. Comieron en un restaurante de comida rápida y, a eso de las seis, se encaminaron de regreso a casa. A mitad de camino, Alya tomó el camino hacia Saint Denis, una zona plagada de suburbios, y Marinette se dirigió hacia el Quai des Orfèvres, el barrio más lujoso de la ciudad.
En cuanto Marinette llegó a casa, saludó a sus padres con un beso y subió hasta su habitación, ubicada en la antigua buhardilla. Sus padres habían remodelado la segunda planta y la habían convertido en la habitación más perfecta que Marinette pudo soñar jamás. Estaba casi aislada del resto de la casa. Solo había una escalera por la que subir y bajar y tenía su propio cuarto de baño, de modo que no tenía que discutir con sus padres por las mañanas antes de ir a la facultad para ducharse y vestirse.
Sabedora de que tenía un largo verano por delante, Marinette dejó la mochila sobre el bonito escritorio blanco que había en medio de la habitación y se dejó caer sobre su cama con dosel. Estaba agotada. Aquel había sido el último día de clases, la despedida hasta el nuevo curso. Con suerte, aquel sería su último año en la universidad. Con ese pensamiento en mente, bajó de nuevo hasta el salón-comedor y sonrió cuando vio a sus padres esperándola con una bonita tarta de cumpleaños. El número 21 relucía en medio de la tarta. Le cantaron el cumpleaños feliz y Marinette sopló las velas. No pidió ningún deseo, ella no creía en esas cosas.
Un rato después, le dio las buenas noches a sus padres y regreso a su burbuja. En cuanto entró, la mochila sobre su escritorio la llamó. Ahí dentro estaba el libro que Tikki le había instado a quedarse. Había sido el único regalo de cumpleaños que había aceptado. Ni siquiera sus padres le habían regalado nada, ella se lo había prohibido también cuando se dio cuenta de que era absurdo seguir dándole cosas otro día más del año. Tenía más que de sobra y se sentía mal por ello. Así que, con un suspiro, sacó el libro de la mochila, dejo esta en el suelo y puso el objeto sobre la mesa.
Lo observó. No tenía nada raro. Lo único extraño eran las letras que lo adornaban y lo identificaban como el Libro de los Deseos, pero nada más. Alya tenía razón. Llevaba tiempo queriendo hacer varias listas sobre lo que quería hacer cuando acabase la facultad, sobre sus sueños, sus proyectos para ese verano… Solo tenía a su amiga para compartirlos y algunos se le olvidaban. Pensó que, solo por una vez, le haría caso a Alya y escribiría allí lo que se le pasara por la cabeza.
Tras varios minutos pensando y golpeándose el labio con el bolígrafo, empezó a desesperarse. No se le ocurría absolutamente nada. Y, entonces, como si alguien se lo hubiese susurrado al oído, puso el bolígrafo sobre el papel y escribió:
- Conseguir un novio antes de que acabe el verano, que sea inteligente, guapo, con carisma, que me quiera y que nunca me engañe.
Sabía que aquello era absurdo, pero puestos a pedir… Después de aquel arrebato absurdo, cerró el libro de golpe y se metió en la cama. «Esto es una gilipollez», pensó justo antes de caer dormida.
