Capítulo 1: lunes

Hermione recuesta la cabeza contra el tronco. Es incapaz de concentrarse en la lectura y, a pesar de la gruesa manta sobre la que está sentada, empieza a sentir frío en las piernas. Pero no es eso lo que le preocupa. En absoluto.

Es Fred.

Cómo no. Fred y sus locuras.

Han pasado tres días desde que ambos hicieron su pequeña apuesta, el viernes al atardecer. Y desde entonces ella no es capaz de apartar a Fred de sus pensamientos. Fred, siempre con esa sonrisa pintada en los labios... Cada vez que la mira, Hermione siente un escalofrío. No se imagina cuáles son sus intenciones, no puede hacerlo.

¿Por qué tomarse tantas molestias?

¿Por qué tomarse tantas molestias para aprender algo que Hermione sabe que ni siquiera le interesa?

Y, a pesar de todo, no puede evitar alegrase de que Fred se haya atrevido a proponerle un reto. Porque, cuando él está cerca, Hermione siente que puede ser una persona diferente. Un poco, al menos. No le gusta reconocerlo, ni siquiera ante sí misma, pero sabe que es cierto. Gracias a él puede relajarse. Gracias a él puede sonreír. Puede reír.

Pero, desde luego, todo eso no tiene nada que ver con el beso. El beso que compartieron hace exactamente un año, bajo el muérdago. Aquello fue tan solo culpa de la dichosa planta. Nada más. Nada más.

Que Hermione no lo haya olvidado, que últimamente no se lo pueda sacar de la cabeza… Eso no quiere decir nada. Por supuesto que no.

Porque Fred es solo el hermano de Ron, ¿verdad?

A

Fred llama suavemente a la puerta del cuarto que Hermione comparte con su hermana. No obtiene respuesta, pero no le importa. En realidad, lo prefiere. No tiene ningún motivo en especial para hacerlo; simplemente es así como se lo imagina. Con ella subiendo las escaleras, acercándose por el pasillo hasta la puerta de su habitación. Él esperándola allí.

Al no obtener respuesta se apoya contra la pared y se deja resbalar hasta el suelo. Se sienta con las piernas cruzadas y cierra los ojos.

Le sorprende notar que le sudan un poco las manos y maldice mentalmente por ello. El corazón le late con fuerza. Gruñe.

No puede evitar pensar por enésima vez que le debe una a George. En ese momento debe estar ocupándose de Ginny, asegurándose de que no interfiera en sus planes. Sí, le debe una. Pero, en ese momento, no tiene tiempo para preocuparse por ello.

Está nervioso. Está jodidamente nervioso. Y él no está acostumbrado a esa sensación. Él, que siempre es tan seguro de sí mismo… Pero no puede reprochárselo, no puede hacerlo. Lleva un año esperando a que llegue el momento. Un año desde que se hizo la promesa de volver a besarla. Y, por fin, si todo va bien…

Traga saliva. Reprime una sonrisa.

Sabe que la idea que se la ha ocurrido es realmente ridícula, tal y como dijo Ginny. Es una idea nacida de un impulso. Y, por eso, en el fondo sabe que, con toda seguridad, no va a conseguir lo que quiere. Probablemente ella ni siquiera llegue a comprender lo que él pretende.

Pero tiene que intentarlo. Incluso así, tiene que intentarlo.

Porque Fred ya no sabe cómo hacerle entender que, para él, ella se ha convertido en alguien indispensable.

A

Ya de vuelta en La Madriguera, Hermione se detiene al pie de las escaleras. Apoya la mano en la barandilla. Siente la madera suave —gastada por el paso de incontables años— bajo la yema de los dedos.

No puede evitar pensar en la expresión de Ginny, mezcla de diversión y algo más que ella no supo identificar —puede que preocupación—, cuando mencionó la sonrisa de su hermano.

¿Ha pasado algo? ¿Con Fred?

Suspira. ¿Por qué sigue dándole vueltas a eso? ¿A esas palabras? Al fin y al cabo, solo son eso: palabras. Efímeras, volubles, subjetivas. Ha llegado el lunes, y casi ha pasado. De Fred no ha habido ni rastro. Probablemente él no recuerde su pequeño trato.

Y, a pesar de ello, sigue sin poder olvidar sus palabras.

¿Hermione? —Fred se sienta a su lado, en el alféizar. Tan sumida estaba ella en la lectura que no lo ha escuchado llegar. Él observa con curiosidad su gordísimo libro—. Anatomía humanalee en voz baja. Luego, alza la cabeza hacia Hermione y la observa con curiosidad —. ¿Por qué estás leyendo esto?

Hermione se encoge de hombros.

Me gusta aprender. No solo magia, sino… —Hace un gesto con las manos, un gesto que parece abarcar la habitación entera—. …De todo.

¿De todo?

En cuestión de segundos, Fred se pone serio. Muy serio. La contempla con atención en silencio, como si estuviera buscando algo en su rostro. Frunció un poco el ceño. Parece estar sopesando algo, pero Hermione no sabe de qué se trata.

¿Me enseñarás? —pregunta él al fin. No hay rastro de burla en su voz.

Ella lo mira sin entender. Cierra el libro.

Fred se inclina hacia ella. Tanto, que Hermione no puede evitar acordarse de la última vez que lo tuvo tan cerca. En aquella ocasión, el muérdago flotaba sobre su cabeza y los gritos de George los animaban a besarse.

Se sonroja solo de pensarlo. Aquello parece animar a Fred, que se acerca incluso más. Ella intenta retroceder, pero no puede. No queda espacio.

Quiero que me enseñes. Quiero aprender de ti —susurra él, a tan solo unos centímetros de su rostro—. Te propongo un juego. Una semana. Siete huesos. Siete músculos.

¿Quieres que… te enseñe? —pregunta ella, sin saber muy bien qué decir.

Sí. Cada día yo te mostraré un hueso. Y tú me corregirás. —Le sonríe con esa enorme sonrisa suya—. Después serás tú la que me señale un músculo.

Ginny tenía razón, Hermione lo sabe. Aquel era un juego estúpido, absurdo. Siete huesos. Siete músculos. Una cantidad ínfima, en comparación a la cantidad total de ellos que hay en el cuerpo. ¿Por qué Fred querría hacer algo así?

Será una apuesta —continúa él, aún sin separarse de ella, los ojos brillantes por el desafío.

¿Una apuesta? —El libro empieza a resbalársele sobre las piernas. Lo aferra con fuerza.

Fred hace una pausa. Piensa un instante. O finge pensar.

Cuando pasen los siete días podrás hacerme un examen —concluye—. Te aseguro que los recordaré todos.

¿Y si no lo haces?

Lo haré.

No puede negarse. La seguridad de Fred siempre la deja sin palabras.

¿Cuál es el premio?

Otra pausa. Y luego su sonrisa se extiende incluso más.

No habrá premio —murmura lentamente, con un tono perezoso, casi juguetón—. No para ti.

A

Fred alza la mirada al escuchar a alguien subiendo la escalera. Se pone en pie, porque sabe que es ella. Reconocería esos pasos en cualquier lugar. Termina de incorporarse justo a tiempo para verla llegar, las mejillas sonrosadas por el frío del exterior, el cabello desordenado por el viento. Una manta doblada y un libro bajo el brazo.

—¿Fred? —Ella se detiene en seco al verle allí. Él no es capaz de interpretar su expresión, pero decide que eso no lo va a echar atrás.

—Hola, Hermione. —Su voz es alegre, como siempre, pero por dentro está hecho un manojo de nervios. Gracias a Merlín que se le da bien disimular.

—¿Qué haces?

Él se acerca despacio, con movimientos ágiles, casi… ¿seductores?

—Hay algo que tenemos pendiente.

—¿El qué? —Su voz vacila solo un poco. Él vuelve a estar cerca. Tan cerca que nota su respiración, cálida, contra su piel. De pronto, la boca se le seca y el libro que sostiene bajo la axila se vuelve anormalmente pesado.

—Nuestra apuesta. —Fred se inclina sobre ella, su rostro aún más próximo del de ella, si es que eso es posible—. El nombre de tu músculo, ¿cuál es?

Músculo pterigoideo externo. Dilo.

Lo tiene en la punta de la lengua, claro que lo tiene. Entonces, ¿por qué no es capaz de decirlo?

De cerca, Fred tiene casi tantas pecas como Ron. Traga saliva.

Pterigoideo externo.

Fred se aproxima más, sus dedos rozan el brazo libre de Hermione. Ella es consciente del calor de su cuerpo, tan reconfortante tras sentir el frío del invierno en el campo. Es consciente del brillo de sus ojos, de la barba incipiente que asoma a su mandíbula.

—¿Hermione? ¿Cuál es?

Pterigoideo… ¿externo?

—Bíceps —murmura al fin, casi sin pensarlo.

—No te oigo. —Da un paso adelante. Corto, porque no queda mucho espacio entre ellos. Hermione retrocede y choca contra la pared. De nuevo, no hay escapatoria.

—El bíceps —repite ella, esta vez más fuertemente—. Este. —Y, siguiendo un impulso, alza la mano y la apoya sobre el brazo derecho de Fred, sobre el músculo que acaba de nombrar. Sobre la piel que la camiseta muggle de manga corta deja al descubierto. Presiona la zona ligeramente.

Porque, fin de cuentas, ¿no es eso lo que él quiere? ¿Jugar?

Pues, si eso es lo que espera, Hermione piensa demostrarle que ella también sabe hacerlo.

—¿Tan fácil? —Su nariz casi roza la de la chica—. Creí que querrías ponérmelo un poco más difícil.

—Lo haré— promete. Desvía la vista hacia su mano, que aún reposa sobre él.

Desliza los dedos suavemente, cuidando de no salirse de la zona en la que se sitúa el músculo. De reojo le parece ver que él cierra los ojos, aunque no podría asegurarlo; cuando ella vuelve a mirarlo de frente, él clava otra vez su mirada en la de ella.

No puede evitar preguntarse a qué diablos están jugando. No puede evitar preguntarse si habrá malinterpretado a Fred. Si no se habrá imaginado sus miradas, sus sonrisas.

Quizá, si no hubiera sido por aquel beso, ninguno de los dos se estaría comportando así.

Se echa a un lado, súbitamente avergonzada. Le da la espalda al chico.

—El de mañana será tan difícil que agradecerás este —dice, en un tono que espera sea neutral.

—Perfecto. —Escucha la voz de Fred, pero no puede verle la cara—. Lo estoy esperando.

Fred observa su espalda, preguntándose qué ha pasado. Todo iba tan bien, mejor de lo que él mismo había planeado… Se da la vuelta, dirigiéndose a la escalera. Todavía mantiene la esperanza. Cruza los dedos; espera que ella lo detenga y…

—¿Fred? —Bingo.

—¿Sí? —responde inocentemente. Más animado, se vuelve hacia ella.

—¿Y tu hueso?

—Ah, cierto —Sonríe haciéndose el despistado, como si lo hubiera olvidado. Se aproxima de nuevo a ella, que lo mira por encima del hombro—. En realidad, tengo tres.

—¿Tres? —Ella frunce el entrecejo y, sorprendida, se gira hasta quedar cara a cara con el chico—. Pensaba que la apuesta era…

—Lo sé. —Fred la interrumpe. No ha dejado de sonreír ni un instante. Hermione no puede evitar preguntarse cómo es posible que las mejillas no le duelan por el esfuerzo—. Pero cuentan como uno.

—Imposible —rebate ella de inmediato—. Tres huesos distintos nunca podrán ser uno.

—No he dicho que lo sean. No lo son —admite—. Pero para mí cuentan como uno—. Da un titubeante paso en su dirección. Ella no se aleja, así que toma su mano y la alza, dejándola casi justo frente a su rostro—. Falangeta —posa los labios sobre la uña del dedo índice y corazón de la chica.

Inmediatamente, el corazón de ella da un brinco. Inconscientemente, Hermione alza el brazo bajo el que sostiene el libro y la manta, dejándolos reposar sobre su estómago. Como si con ello pudiera mantener a Fred alejado.

Por toda respuesta, los labios de él ascienden por sus dedos, hasta detenerse un poco más arriba. Su mirada no se ha despegado de la de Hermione.

—Falangina —susurra.

Hermione lo observa alucinada. ¿Quién es este Fred? Este Fred delicado, caballeroso…

¿Por qué está actuando así?

¿Por qué ella está actuando así?

Pero no encuentra respuesta, porque la boca de Fred sigue subiendo con lentitud y se detiene apenas un instante después. La mirada de Hermione brilla entre su encrespado cabello castaño.

—Y falanges. —Los labios de Fred se detienen finalmente, depositando un suave beso justo sobre los últimos huesos nombrados.

Hermione reprime un escalofrío tensando la espalda.

El muchacho permanece inmóvil durante unos segundos, se detiene en la zona más tiempo del necesario, pero ninguno de los dos parece reparar en ello. O, por lo menos, ninguno de los dos le da importancia.

—Buenas noches, Hermione —dice después, incorporándose. Sin esperar a que ella diga nada se vuelve y sale de allí, sabiendo que su plan va a funcionar.

Tiene que hacerlo.

Continuará…

Antes de nada, quiero deciros que he tardado un poco en actualizar porque he modificado algunas cosillas. Según estaba adaptando el capítulo, me vino a la mente otro Fremione que escribí hace un tiempo, Por un beso, y pensé: ¿por qué no convertir esta historia en su continuación? No os preocupéis, no es necesario haber leído antes el otro fic. Se trata de una viñeta muy cortita que explora (¡spoiler!) los pensamientos de Fred ante —precisamente— un beso que le dio a Hermione bajo el muérdago. Quería aclararlo solo por si os resultaba un poco aleatorio tanta mención a un beso que aquí no se muestra.

En fin, muchísimas gracias por sus reviews a Vitoria y CumulusMale. También a todos aquellos que se tomaron el tiempo para leer y agregar la historia a favoritos y/o alertas.

PD: Hacía mucho que no escribía un capítulo con separaciones entre escenas, y me acabo de dar cuenta de que fanfiction elimina las separaciones cuando publico el capítulo. He tenido que poner una 'A' para marcar las separaciones. Es un poco incómodo, pero espero que así podáis leerlo bien.