Capítulo 2
Semanas después de la boda entre Jack y Elizabeth, L a Perla Negra reanudó su viaje en alta mar y Jack ya le había echado el ojo a su próximo botín: la espada de Capitán Kidd, cuyos ambiciosos tesoros como sus sanguinarias batallas eran leyendas temidas y admiradas por los siete mares.
Un galeón español se hizo con la espada, tras el ahorcamiento del temible capitán. Hay quién aseguraba que Kidd burló a la muerte aquella mañana ocultando su alma dentro del feroz acero de su espada.
El arma descansaba envainada a buen recaudo a bordo de La Vencedora pues los marineros eran muy supersticiosos y la temible arma les trajo buena fortuna en sus negocios.
El galeón navegaba por aguas profundas dejando atrás la isla La Española. Se disponía a transportar pan de yuca a la ciudad de Martinica.
La Perla Negra siguió de cerca sus pasos.
Los marineros mercantes solían ser fáciles contrincantes y Jack había trazado un plan para hacerse con tal preciado objeto.
Aquella noche y con la ayuda del manto o0scuro de la noche que los ocultara de cualquier vigilancia, Barbossa y Elizabeth se dirigen al galeón anclado en pleno mar abierto, a bordo de un viejo bote.
Para pesar de ambos, la tripulación seguía activa sobre la cubierta a pesar de las altas horas nocturnas.
Barbossa remaba en silencio con el pequeño Jack sobre su hombro. Ocultaba su rostro bajo un viejo sombrero, llevaba sobre los hombros un desgastado poncho y cubría su cuerpo con una túnica que ocultaba tanto sus brazos como sus pies.
Elizabeth iba sentada tras él, ocultando su identidad bajo un vestido de seda y su cabello trenzado.
Recibieron una bienvenida demasiado hostil por parte del respetado galeón mercantil.
El Capitán, un hombre de la misma altura que Barbossa aunque mucho más delgado, apareció por la cubierta colocándose frente a ellos con una grasienta melena pegada al rostro.
El notable disgusto con el que los recibió era más que evidente.
"Comprenderéis mi desconfianza, no es habitual recibir pasajeros en mitad de la noche" sus negros ojos observaban acusadores a Barbossa y Elizabeth.
Elizabeth no vio con buenos ojos al Capitán. Su tono tan descortés y sus mugrientas ropas se ganaron su desconfianza y el muy ingrato tenía el descaro de insultarles con tan sólo una simple mirada.
El resto de la tripulación no dejaba mucho que desear; un grupo de descamisados, sucios y ebrios de ron.
Tal vez presumiesen de contar con una más que sobrada experiencia en transportar mercancías por las aguas caribeñas pero sin duda no tenían conocimiento de la higiene personal.
"Sólo soy un humilde pescador, mi Capitán. Mi hija y yo pescábamos en aguas poco profundas cuando sin darnos cuenta la marea nos arrastró a mar abierto"
Barbossa ensanchó una amable sonrisa, dejando al descubierto las arrugas en su rostro pero no pareció complacer a la desconfianza del Capitán.
"Vos y vuestra hija deberíais tener cuidado. Estas aguas están llenas de piratas que no hacen otra cosa sino robar a los más humildes. No quisiera tener el infortunio de toparme con alguno de ellos" el Capitán apretó la mandíbula. La cicatriz que partía su labio inferior alcanzando la barbilla, se reflejaba bajo la luz de la luna.
Barbossa y Elizabeth compartieron un breve cruce de miradas.
Barbossa divisó al pequeño Jack embarcando por popa, mezclándose sigiloso entre las sombras
Todo marcha según el plan
"¿De qué puerto sois?" quiso saber el Capitán, rascándose curioso la barbilla.
"No hay estrellas que nos puedan indicar el camino a puerto. Mi hija y yo os estaríamos muy agradecidos de poder recibir hospitalidad por esta noche y nos marcharíamos con la primera luz del alba"
Barbossa dirigió una nueva sonrisa al Capitán, esta vez acompañada con una breve reverencia.
Una noche, eso era lo que necesitaban. Una horas de sueño que burlaran cualquier tipo de vigilancia mientras él y Elizabeth se hacían con la espada.
El Capitán siguió rascándose su mugrosa barbilla, considerando en silencio la petición.
"No tengo sitios para pescadores en este barco" ladeó desafiante la cabeza y apoyó sus manos sobre su enorme cinturón.
"Aunque mi cama es demasiado grande y las noches en alta mar son terriblemente solitarias. Tal vez podría buscar un sitio para vuestra hija por esta noche" reparó en Elizabeth con ojos lujuriosos.
Ella por el contrario no le prestaba atención. Se dio cuenta de que tanto ella como Barbossa estaban sobre la bodega y divisó bajo sus pies la reja de entrada.
La noche era sin estrella y la oscuridad hacía nula la visibilidad para Elizabeth pareció ver rostros en su interior. Rostros asustados, iluminados por la luz de la luna, alumbrando aquellos cuerpos con el sello de la compañía, mercantil bordados sobre sus uniformes, observándola con ojos temerosos y suplicantes.
La verdad cayó sobre Elizabeth como un balde de agua fría.
Esa era la autentica tripulación y no con quien ella y Barbossa trataban de llegar a un más que evidente negado acuerdo.
Todo tenía sentido ahora pues aquellas vestimentas no eran propias de marineros mercantes, más bien eran pertenecientes a ladrones que atracaban en alta mar.
El Capitán de los ladrones avanzó hacia Elizabeth como si acabara de reparar de su presencia. Sus botas resonaron pesadas sobre la cubierta mientras la brisa del mar le revolvía los grasientos cabellos.
Maldijo en silencio a la oscuridad de la noche por impedirle una visión mejor de la belleza de Elizabeth.
Se pasó los dedos por sus secos labios, deleitándose con la hermosa figura de Elizabeth iluminada ante él bajo la luz de la luna.
Hacía demasiado que no disfrutaba de la compañía de una mujer y no todas las noches conocía a mujeres tan hermosas.
El vestido de Elizabeth dejaba entrever sus firmes muslos, acariciados por la brisa de la noche. El viento mecía sus cabellos trenzados, desplazando un embriagador aroma hacia el rostro del Capitán.
Se detuvo a escasos centímetros de ella.
Elizabeth seguía sumida en sus pensamientos sin apartar la mirada de la bodega cuando sintió su aliento hediondo. Alzó la vista sorprendida
"¿Has estado alguna vez con un Capitán, preciosa?"
La pregunta no llegó a salir de los agrietados labios del Capitán.
Algo captó su atención.
Pareció divisar tras Elizabeth a una pequeña criatura peluda de cuatro patas que escalaba sigilosa por uno de los cabos del barco, sujetando entre sus peludas patas un afilado objeto cuyo acero relucía bajo la luz de la luna.
"¡El mono!" Alertó furioso.
Tanto Elizabeth como Barbossa se giraron con una mueca hacia el pequeño Jack, quien emitió un gruñido mostrando sus finos dientes y continuó avanzando por el cabo.
"¡Ladrones!" les acusó con rencor el Capitán, desenvainando su espada.
Acto seguido el sonido de las espadas restallaron en cubierta y Elizabeth y Barbossa se vieron rodeados por el resto de la tripulación.
"Nuestras intenciones eran honradas, Capitán pero si os ponéis así…"
Barbossa desenvainó su espada de entre sus harapos junto con Elizabeth.
El Capitán de los ladrones hendió con furia su acero contra Barbossa. El segundo de a bordo de La Perla Negra respondió a la llamada de su espada con una sonrisa.
Dos tripulantes avanzaron hacia Elizabeth demasiado confiados de la poca resistencia en batalla de una mujer pero Elizabeth arremetió su espada contra ellos.
Con un rápido movimiento, hendió su acero contra las cadenas de la bodega de la que salieron en avalancha la verdadera tripulación que un dudaron en unirse a la lucha pillando a los piratas desprevenidos.
Pronto aquel navío se convirtió en el escenario de una lucha entre ladrones, piratas y mercantes.
"No se perciben movimientos"
James Norrington acompañado de un pequeño grupo de soldados, hacía su ronda de guardia fuera de la costa de la isla La Española, aún adaptándose a la nueva tarea que Beckett le había encomendado.
Llevaba horas sentado en aquel bote. La espalda le dolía, sentía calambres en los pies a causa de la mala postura, la noche gélida helaba sus manos y para colmo no había estrellas que facilitaran la visibilidad.
"¡Comodoro!" su primer oficial le avisó desde la popa del bote sin apartar la vista de su catalejos.
James se incorporó con dificultad para acudir a su llamado, causando que el bote se balanceara suavemente entre las solitarias aguas.
"No parece un simpe altercado" exclamó el joven.
James le arrebató el catalejo para comprobarlo.
-¿Un simple altercado?-
Las espadas restallaban en cubierta mientras las pistolas rugían y por desgracias estaban a una distancia demasiado alejados como para poder reconocer algún rostro.
"¿Piratas, señor?" inquirió con temor su primer oficial.
"Piratas sin duda" James bajó el catalejos a la altura de sus hombros, ordenando remar hacia el galeón.
"Preparad los grilletes, señor Smith" encargó a su joven oficial mientras cargaba con tranquilidad su pistola.
"Se opondrán, Comodoro" al joven le temblaba la voz. Thomas Smith apenas alcanza los veinie años de edad y contaba con una más que sobrada inexperiencia en el servicio de la marina real.
James apostó sin duda de que esta sería su primera redada.
-Se le pasarán los nervios tras la primera estocada- observaba al joven cómo trataba de cargar su pistola con torpeza
-¿Ha cargado una pistola alguna vez?-
Al joven Thomas le temblaban las manos y no atinaba a martillar el arma
-A este paso acabará por dispararse a sí mismo-
James se apresuró en amartillarle él mismo la pistola con dos ágiles movimientos.
"Entonces, usaremos la fuerza" exclamó desenvainando su espada. El acero restalló imponente bajo su empuñadura.
El bote de la Compañía de las Indias, navegó silencioso mientras el resto de soldados cargaban sus respectivas armas.
A medida que se acercaban al galeón, el escándalo en cubierta resonaba con más fuerza.
El bote rodeó el casco del barco y James junto con su tripulación echaron un rápido vistazo, boquiabiertos.
La cubierta del navío era un verdadero caos; las espadas chocaban entre sí, las pistolas rugían y varios tripulantes caían por la borda.
El bote se detuvo detrás del barco. James encabezó la subida por popa, escalando sigiloso por el camarote del Capitán.
Apareció por la barandilla de popa, embarcando de un salto en la zona de mando.
¿Qué diantres es esto?
Aquella era una batalla sin sentido en la que todos luchaban contra todos.
De pronto, una figura descamisada y maloliente se abalanzó contra él. Pilló desprevenido a James quien hendió su espada por puro instinto.
Tres estacazos y el acero de James se hundió en el estómago de su contrincante.
El resto de sus soldados embarcaron tras él, aterrorizados ante el caos que tenía lugar sobre la cubierta.
"Debimos traer más grilletes, señor Smith" James de permitió el lujo de bromear.
En su rango de Comodoro había presenciado numerosos abordajes pero ninguno como aquel.
Marineros que arrojaban a varios piratas por la borda, las pistolas relampagueaban sin blancos fijos mientras los cuerpos de los vencidos se desplomaban sobre el barco manchando con su sangre la madera de la cubierta.
De pronto, unos jadeos femeninos provenientes de la cubierta captaron su atención. Una voz terriblemente familiar para él.
James giró el rostro y divisó entre el aquel caos de ladrones y comerciantes, su figura, batiéndose feroz contra su enemigo.
Habían pasado pocos años desde la última vez que la vio ¿porqué la veía tan distinta, entonces?
Aquella joven respetable que se inclinaba con cortesía bajo su vestido francés nada tenía que ver con la mujer que asestaba feroces estacazos contra su enemigo.
James la reconoció.
Reconoció su voz antes de girarse, para que sus ojos asegurasen lo que creía que había sido un sonido traicionero.
Su corazón se encogió.
No esperaba verla allí, aquella noche, sobre aquella cubierta
"Elizabeth"
