El día después

Temblaba.

Al mirarse al espejo vio que sus ojos negros reflejaban el dolor que sentía y supo que el señor tenebroso también podría leer el vacío en su mirada.

Bella yacía sin vida sobre al cama, desnuda, más pura e inocente de lo que nunca pareció en vida. A su lado, la propia varita del hombre que contemplaba la escena, una varita que nunca sería capaz de volver a empuñar.

Severus pasó la mirada por el suelo y localizó sus ropas, pero se sentía demasiado cansado para recogerlas, vestirse, y enfrentarse al mundo.

Miró nuevamente aquel cuerpo que yacía inerte sobre la cama y notó las lágrimas atragantadas en la garganta. No, no iba a llorar, se juró, dejaría que el sentimiento quedara ahogado por la rabia que lo consumía, usaría el dolor para algo más útil que lamentar no ser él el que estuviera en esa cama.

Había dado su vida por él.

¿Por qué?

Su mente siempre fría y racional le dijo que era una estupidez haber empezado aquel juego. «El amor es peligroso» tal vez fuera la frase favorita de su amante, y era dolorosamente cierto porque el propio Severus se sentía morir, notaba que le faltaba el aire.

Había sido demasiado estúpido, arrogante, descuidado, y se había dejado llevar por la idea de que todo sería perfecto. Ahora, pagaba el precio, como ella, sólo que en su caso el dolor acababa de empezar y lo acompañaría el resto de su, quizá ya muy corta, vida.

Las lágrimas empezaron a escaparse de sus ojos, cuando pasó al lado de la cama para buscar su túnica y sus calzoncillos.

No podía soportar la visión.

Se vistió precipitadamente. Necesitaba irse de allí.

Severus era frío, pero tal vez aquello había matado a su amada, después de todo. Nunca le había dicho una palabra amable, salvo llevado por la pasión. Frío, calculador, despreciable, pero en el fondo tenía miedo de ser rechazado por la mujer que más le importaba en el mundo.

«El amor obliga a cometer locuras»

Se había callado mientras fingía que todo era una pasión simplemente corporal y ajena a otro sentimiento que no fuera la dominación mutua. Temía que de otra forma, la mujer le rechazase, se burlase de él, se alejase para siempre…

Una decisión demasiado estúpida, tal vez tendría que haberlo notado.

Si se hubiese fijado más, habría visto el momento cuando la coraza de la mujer cayó, cuando todo dejó de ser solamente un juego de niños y se convirtió en algo más peligroso. Con sólo haberse atrevido a mirar el alma de la mujer con la que compartía la cama, hubiera podido cambiarlo todo.

Pero ahora era demasiado tarde.

Cuando abrió los ojos, lo supo, antes incluso de intentar despertarla. Quizá lo sabía desde el momento que entraron en el hostal, cada uno por su cuenta. Ambos sabían que sería su última noche juntos. Que uno de ellos, inevitablemente, moriría.

Y él había decidido dejarse matar por la mujer a la que amaba, sólo por estar con ella una vez más.

Estaba vestido, cogió su capa y se la pasó por los hombros. Aún temblaba. Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro cuando con su mano derecha asió la varita que se había llevado la vida de la mujer. Su propia varita.

¿Por qué Bella había dado su vida por él?

¿Por qué él nunca dijo que estaba dispuesto a morir por ella?

Con una última mirada, abandonó la habitación.

Rodolphus siempre se había burlado de él, desde la época del colegio, y aún seguía haciéndolo años después. Le miraba, se reía. Cuando Snape mostraba su opinión, él la contradecía. Si una de sus ideas era tomada en cuenta, él trataba de llevarse el mérito. Pero a él no le importaba porque sabía que ni siquiera Rodolphus podía negar que había perdido la batalla más importante. A su propia mujer, a la que él tenía que someter mediante golpes y maldiciones.

Quizá todo había empezado así, para demostrarle a Lestrange que en verdad era mejor que él, y dejarlo en ridículo delante de todos.

Y luego, como un efecto secundario, había llegado el resto.

Salió a la calle. ¿A dónde ir?

Buscaba venganza contra el que había desencadenado aquello, y por mucha furia que sintiera hacia Rodolphus, sabía que no era él.

Necesitaba enfrentarse al Señor Tenebroso, aunque no tuviera oportunidad de salir con vida de ello. Luchar contra él y mostrarle el daño que les había hecho, aunque supiera que se burlaría y acabaría con él en pocos segundos.

Mejor, el dolor también terminaría.

Pero malgastaría la vida que la mujer le había regalado.

Se sintió egoísta y rastrero por un momento, decidido a hacer l oque fuera necesario para tratar, al menos, de vengar la muerte de su mujer. Su Bella.

Luego, algo más entró en juego. Aquella parte de su cerebro que solía dominar las situaciones difíciles, llevándola tomar una decisión diferente.

Se desapareció con un sonoro estallido y apareció en un cuarto de baño lleno de vapor. Tardó un momento en entender por qué estaba allí hasta que oyó un chapoteo y la voz airada de un hombre. Un hombre paranoico pero estúpido que había dejado su varita demasiado lejos. Tal y como había imaginado.

-¡Snape! ¿Qué demonios estás haciendo?

Rodolphus se irguió en la bañera, pero se quedó congelado al ver que Severus le apuntaba fríamente con la varita, sus ojos llameando de furia.

-Avada kedarva -dijo con voz monótona.

El rayo de luz verde bañó la estancia y el cuerpo del hombre se deslizó hasta quedar totalmente cubierto pro el agua.

Un plop más, y Severus apareció en un lugar muy diferente.

Miró las altas verjas del colegio. Hogwarts estaba abierto pese a la muerte de Dumbledore, mientras quedara un solo alumno que quisiera aprender o buscar refugio en sus terrenos, el colegio estaría abierto para él.

Empujó las puertas, que se abrieron con un chirrido.

Si quería venganza, necesitaba aliados.