REZO AL ALBA | xanne
NC – 17
Slash
Angst
Drama
Lemon (sexo explícito)
Lime (erotismo)
Disfrutad leyéndola tanto como yo he hecho escribiéndola.
Va dedicada a toda la gente que soporta mis neuras, mi persona y mi presencia.
CAPÍTULO PRIMERO | BROTE DE AMISTAD
- ¡Buenos días! Comenzaremos la clase de hoy con las ecuaciones… –
Se trataba del Padre Gabriel, uno de los párrocos más ancianos de nuestro colegio. La verdad es que siempre me resultó de lo más amable y servicial. En sus explicaciones era muy preciso. Pero a sus alumnos les exigía como el que más. No era de extrañar ese afán de perfeccionismo, tenía que imponer ejemplo sobre los demás profesores a pesar de ser el encargado del internado. Por ello, en sus clases gobernaba el aburrimiento.
Tenía el pelo canoso mezclado con mechones rubios, sufría de cierta alopecia y la barba que delimitaba toda su mandíbula era abundante. Habitualmente vestía sotana negra con su correspondiente alzacuellos, del mismo modo que el resto de los profesores. Resultaba muy monótono verles vestidos igual todos los días. Sin embargo nunca pareció importarles, lo hacían y listos.
- ¡Señor Way, atienda! – me exigió.
- Estaba escuchándole… mientras pensaba profundamente – ironicé, pues me estaba quedando dormido.
La verdad es que empezaba a hartarme su clase. Quise ponerle algo de vida al muermo que nos estaba soltando. Todos los alumnos permanecieron en silencio, a la espera, a ver qué sucedía. Supe que él tenía razón, pero yo me aburría con sus lecciones. Nunca tuve malas notas. Al contrario, en todos mis exámenes y trabajos sacaba sobresalientes.
El profesor se quedó mirándome con una mueca de descontento en la cara. Me indicó que me arrodillara frente a la pizarra, en medio de la sala y con las manos extendidas. En cada mano me puso cuatro libros y me obligó a permanecer así hasta que finalizara la clase.
Cuando acabó de dar la charla, mandó ejercicios. Por hoy ya había finalizado la clase de modo que vino a por mí. Sentí alivio cuando me quitó el peso que sostenía en cada mano. Ya empezaba a sentirme algo cansado.
-¡Que no se repita!- me decía con desprecio.
-Descuide, dormiré más por las noches-
Provoqué que me propinara un bofetón en toda la cara. Con ello consiguió que me ardiera la mejilla, la debería tener muy sonrojada. Aún había un par de alumnos en el aula, pero ignoraron lo que sucedió. Viendo el rostro del maestro intuí que comenzaba a sacarle de quicio. Me limité a callar, a mirar hacia otro lado y esperar a que cruzara el umbral de la puerta para levantarme del suelo e irme.
Odiaba ese aire de superioridad que llevaban todos los sacerdotes del colegio. Me crié en una familia muy humilde pero no recordaba bien el porqué acabé en ese lugar tan hipócrita y mezquino. No soportaba la ideología que nos querían inculcar en todas y cada una de las asignaturas. Desde siempre supe donde estaban los límites pero a veces me superaba mi rebeldía, mi crispación.
Llegó septiembre, por aquel entonces ya había cumplido mis diecinueve años auque no los aparentaba, me veía más crío de lo que en realidad era. Todas las mañanas me vestía con el uniforme, como todos los alumnos de ese maldito colegio. En realidad no éramos muchos, a penas treinta, de diferentes edades, todos varones. Se podría afirmar que allí vivíamos los restos de la humanidad, aislados, recluidos. Unos marginados, otros perdidos, desamparados, abandonados… Estábamos condenados a seguir nuestro camino sin esa parte que se llama infancia, familia o felicidad.
Realmente no conocía a nadie de allí, nunca quise entablar amistad, prefería estar solo. Compartir mi pena no me iba a ayudar en nada. Lo único que deseaba era recuperar mi libertad, pero al mismo tiempo, me aterraba. No sabía qué me esperaba ahí fuera, ni qué código se usaba o qué formas, o incluso si era un sitio mejor que en el que me encontraba ahora.
Aquel amurallado edificio contenía un sin fin de salas, en varias plantas. Demasiadas para tan pocas personas. Con ello conseguía sentirnos más jodidamente hundidos. En ese hueco vacío sobrante, se escondía la amargura de cada uno de nosotros y prensaba nuestras conciencias hasta dejarnos idiotas. La limpieza imperaba en cada rincón, cada baldosa, cada pupitre, cada ventanal. Pero lo que te atontaba de verdad, era el penetrante olor a incienso.
Dormíamos todos juntos en una grandiosa habitación provista de camas, unas al lado de las otras. Con sus respectivas sábanas y mantas. Por otro lado, teníamos el refectorio y pegado a éste una cocina en la que nunca se podía entrar.
Después estaban las salas donde se impartían clases, todas eran prácticamente iguales salvo por lo que contenían las mismas. El exterior del edificio disponía de un generoso jardín, tan grande como descuidado. También había un patio interior, con un viejo pozo del que se extraía el agua necesaria, tanto para la comida como para las tareas propias de limpieza. Y Un poco aislada en el jardín, se encontraba la capilla, donde rezábamos todas las tardes.
Uno de aquellos días de principios de otoño un chico se empeñó en conocerme. Me daba conversación aun sin yo abrir la boca. Me seguía allá donde iba. Empezaba a pensar que era mi segunda sombra, tampoco me molestaba demasiado su presencia hasta que llegó el día en que exploté y me dirigí a él.
- Oye, para de darme el sermón ¿vale? –
- Te veo muy solo, sumergido en tu mundo… me necesitas – me contestó.
Tal vez tenía parte de razón sin embargo, ese comentario, a mi me sonó demasiado arrogante. ¿Yo, necesitar a quién? Casi me eché a reír en su cara, opté por no hacerlo e intenté contenerme. Al final no pude y expulsé una leve carcajada. Ahora si que parecía algo molesto, se quedó mudo pero continuó con el ritual de acompañarme a todos lados.
No destacaba mucho del resto de los chicos, quizá por eso nunca antes me había fijado en él. Su piel color canela contrastaba con sus aceitunados ojos. Era ligeramente más bajo que yo. Jamás recordé que destacara en alguna asignatura. Parecía un chico amable, hablaba demasiado y cuando lo hacía trataba asuntos poco trascendentales.
Dieron las nueve de la noche, todo el alumnado debía ser puntual con los horarios y la enorme sala de dormitorio comenzó a llenarse. Sin darle importancia al espontáneo seguidor que se me había enganchado esa tarde, me dirigí a mi cama. Me cambié de ropa y él seguía de pie a mi lado callado.
- ¿Ni si quiera te vas a presentar? ¿O voy a tener que llamarte "el plasta"? – No nos estaba permitido hablar en aquella sala de modo que lo dije casi en un susurro.
- Puedes llamarme Frank – Dijo al fin.
Acto seguido me presenté, seguramente ya sabría mi nombre pero lo pensé después de haberlo hecho. Ocupó la cama que estaba justo al lado de la mía. Yo ya me había puesto el pijama de algodón y me dispuse a meterme en la cama, a dormir sin que me diera más conversación. Cuando levanté las sábanas, detrás de mí, oí como alguien se dirigía a mi nuevo compañero con desprecio.
- Fuera de aquí caraculo, este es mi sitio – Exclamó ese alguien en un murmullo.
- Eh, déjale en paz… búscate otro – Le respondí sin pestañear y sacando el tono más intimidante que tenía en mi repertorio.
Me quedé dos largos segundos clavándole la mirada, con los brazos cruzados esperando a ver qué hacía. Mi interlocutor resopló, bajó la vista al suelo y se marchó renegando entre gestos. Aquel follonero era Iván, uno de los chicos más problemáticos del colegio, más por su palabrería que por sus actos. Casi cada día teníamos un pequeño pique entre nosotros, aunque las batallas solía, por lo general, ganarlas yo. Entre otras cosas, porque le sacaba ocho años y más de dos palmos de altura.
Más tarde, toda la sala enmudeció a la vez que apagaban las luces. Antes de dormir oremos todos los chicos en voz alta al unísono, como cada noche. Otro aburrido día que se sumaba a la lista de mi vida. No tenía demasiado sueño así que me recosté de lado, mirando hacia el chico plasta. Observé algunos contornos azulados que delimitaban su silueta, y supe que él miraba hacia el cielo del dormitorio. Al poco rato, ví agitarse ligeramente su manta, a la altura de la cadera. Ya supe qué estaba haciendo y no pude evitar sonreír ampliamente. "¿En quién piensas mientras te tocas Frank?" Me pregunté a mi mismo.
Continué deleitándome en su acto, ahora con mucha más curiosidad. Él contenía sus gemidos y los convertía en mudos soplos. No sé porque extraña razón noté que la sangre se me acumulaba caprichosamente en mi entrepierna. Proseguí tocándome bajo el pantalón, desplazando la diestra mano hasta mi erección. Me la agarré con fuerza, e imité a mi compañero. Pensé en él como algo más, involuntariamente. Se había mostrado muy atento conmigo pese a mi agrio carácter. Recordé sus intensos ojos verdes, sus tan deseables labios. Me sorprendí gratamente al darme cuenta de lo atractivo que era. Ya sentía demasiado el calor y el sudor, me recorría todo el cuerpo. Alcancé uno de los calcetines limpios que tenía bajo el colchón. Introduje mi sexo en el y continué con el movimiento. No tardé en explotar mientras contraía toda la cara. Era una condena no poder gritar ni una sola vez. Pero esto también me excitaba.
Cuando me deshice del calcetín y volví a mirar hacia donde estaba Frank, éste me daba la espalda y dormía placidamente. Por un momento quise intercambiar miradas, para contarle con ello lo mucho que él ahora significaba para mí. Me sentí un poco frustrado, era la primera vez que alguien me importaba de verdad aunque fuera solo en un momento de lujuria.
