Madness

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Lia Lawliet

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Disclaimer: Mashima-sama, Fairy Tail es todo tuyo

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Seccion II

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Gray sonrió luego que Lissana se resbalara de vuelta a su lugar. Sus labios sabían a cerveza, limón y sal.

— ¿Por qué lo haces?

La albina escogió los hombros, con una amplia sonrisa.

— Me caes bien, es todo.

Cuando terminó el espectáculo, Gray se dirigió al callejón entre el hotel y el bar, donde había una única puerta al fondo, alumbrada por una tenue luz amarilla. Tocó dos veces seguidas, tal como Lissana le había indicado.

Cuando la puerta se abrió, la chica de cabello azul se asomó en bata de baño, cerrando con la mano derecha su escote.

— Perdón, buenas noches… no quiero importunar.

Imperceptible, una sonrisa maliciosa se dibujó en la boca de ella.

— Pasa, Lissana me dijo que vendrías.

Todo estaba muy iluminado: cuatro mesillas blancas con sendos espejos, a su vez rodeados de bombillas blancas, todas encendidas y cada mesa llena de azucenas azules.

Gray siguió a la chica hasta el medio de la habitación. Cuando ella se dio vuelta, se había olvidado de su ropa: ahora que no sujetaba el escote de su bata, sus níveos pechos quedaban vulnerables a la vista de Gray. No es que fuera una vista extraña para él: cada noche, el vaivén que producían dentro del sostén, le hipnotizaba, lo atraía y le ayudaba a olvidar lo pesado del día. Ahora, ver la separación en su busto cubierto de un ligero brillo, lo excitaba. Deseaba tocarlos, besarlos, sentir lo tersos y vastos que eran.

Absorto en sus ideas, la risa como espuma de ella lo atrajo de nuevo en la habitación.

— Así que Gray, ¿qué es exactamente lo que buscas en mí? Porque te he visto muy seguido por aquí.

¡Diablos! La cabeza de Gray era un meollo... ¿podría decirle lo que en realidad buscaba de ella?

— Eres una sirena —fue lo único que alcanzó a decir. Juvia se dejó caer en el diván, dejando los cojines a un lado y cruzando las piernas.

— Y las sirenas como yo debemos vivir de noche, porque la luz del día nos convierte en espuma.

— ¿Me sonríes cada noche?

— Pareces abatido cada día. No vienes aquí por mí cada noche como todos, al menos no la primera vez. Y me ves a los ojos, siempre.

— ¿No te da miedo que pueda solo jugar contigo?

— Nada te obliga a quedarte conmigo. Como dices, soy una sirena y esto es una locura.

Dio un paso hacia ella, quedando de frente, contemplando sus piernas blancas y fuertes.

— Una noche, eso quiero.

Aunque no sonrió, sus ojos brillaron de una manera especial. Y Gray sentía presionada su entre pierna.

— Una noche, marinero —desató el cinto de su bata, dejando al descubierto su cuerpo cubierto únicamente con un bikini plateado, que Gray reconoció era el que usó durante su presentación. Lo que atrajo más su atención era el par de pezones rosáceos que coronaban perfectamente los grandes pechos de la chica. Su cabello azul caía a los lados, como queriendo ocultar su busto, lo que la hacía ver aún más sexy.

— ¿Qué pasa, Gray? —se puso de rodillas y se acercó a él, dejando que sus pezones rozaran su pecho por sobre la camisa. Él se estremeció y le sonrió lascivamente, antes de atraer los labios rosa de Juvia a los suyos y besarla apasionadamente.

Aún durante el beso, Gray sabía que ella correspondió a su sonrisa y que sus ágiles manos iban despojándolo de la camisa. Al llegar al último botón, Juvia deslizó sus manos sobre el torso de Gray hasta rodear su cuello, al tiempo que presionaba sus pechos contra él. Mientras sus labios se fundían, ella aprovechaba a frotar su pierna sobre la entrepierna de Gray, quien se tensó de inmediato y trató de alejarse.

Juvia soltó una risilla malévola.

— ¿De verdad quieres irte?

Gray estaba confundido, cualquiera pensaría que a punto del llanto. Sabía que ella no era eso, no era más que un alma perdida en la inmundicia de la ciudad. Quería ser bueno por y para ella, pero ¡demonios! su miembro solo pensaba en poseerla y sus ojos no se podían apartar de su pechos.

Ella se acercó a su oído:

— No me mires de esa forma, no tengo malas intenciones —al hablar, poco a poco se encargaba de la bragueta de Gray, sin interferencia alguna de hombre—, te voy a demostrar lo buena que puedo ser.

Pasó la lengua por su lóbulo e inmediatamente la ocupó para recorrer su miembro erecto. Gray pensó que estaba a punto de perder la cabeza.

Pero lo hizo, cuando ella lo introdujo por completo dentro de su boca y comenzó a chupar y lamer mientras que lo miraba con el mismo brillo en los ojos por el que Gray sabía que era una chica dulce.

Su chica dulce, lo estaba llevando ya mismo al paraíso…


Les agradezco infinitamente por leer. Espero sus comentarios.