Cosas a aclarar: En un principio pensé que esto era un EWE (que no toma en cuenta el epilogo), pero en realidad es un WI (What if/que pasaría si...), porque alteré una escena, en este caso sería así: "qué pasaría si Yamato y Sora no se hubiesen enamorado el 24 de diciembre de 2000, sino años después". Realmente, la razón de ese WI, no la puedo contar aquí, porque será parte de un capitulo venidero.

Aclarado esto, espero disfruten.


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Reacción en cadena.

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Dicen que la vida puede resumirse en causa y efecto: causalidad. Todo está regido por ello. Si haces "algo" si haces "nada" si haces "todo", habrá consecuencias, unas son más visibles que otras, pero están allí, iniciando el cambio en nuestras vidas, porque el tiempo, la vida, todo se encuentra en una constante metamorfosis. El cambio es inevitable, no por nada dicen que "la vida es eso que pasa mientras haces cualquier otra cosa".

El problema con las causalidades, es que nos hacen pensar que el control de nuestra vida radica en nuestras decisiones: ´"Si evito ir por el camino oscuro dentro del bosque, el lobo que habita allí no me comerá", nada más erróneo que pensar que el evitar hacer algo va a prevenir un acierto o desacierto. Tenemos el control hasta cierto punto, pero, a ciencia cierta, en el mundo no hay nada que podamos controlar en su totalidad. Nada. Las acciones de los demás escapan de nuestras manos. No podemos prever lo que otro individuo hará, ni cuando sucederá. Si a ello le sumas a la naturaleza indomable y sus cambios imprevisibles, no tenemos nada.

Entonces, a causa de ello, pensamos en las casualidades, en el destino, en el karma, en los planes de un universo que quiere lo mejor o el peor castigo, dependiendo de con cuanta suerte hayas nacido. Pero...

¿Acaso nuestro camino por el mundo está ya escrito?, ¿o es una historia que se escribe paso a paso, y que, en medio de su andar lento, pero seguro, otros autores intervienen poniendo de cabezas nuestros planes?

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Makoto despertó ese día con dolor de cabeza y malestar general. La noche anterior había salido de fiesta, no debió hacerlo. Era martes, el miércoles tenía trabajo, responsabilidades de madre y mujer, poco le importó. Casi nunca tomaba decisiones irresponsables, ¿cómo hacerlo, si tenia un esposo y tres hijos por los que hacerse cargo? Pero la noche del martes, se permitió salir. Como consecuencia de su decisión se quedó dormida y no pudo despertar a tiempo a su esposo e hijos. Yhue no llegó a tiempo al trabajo esa mañana. Le despidieron con un cheque que no alcanzaría a cubrir los próximos dos meses de alquiler ni de comidas.

El renombrado empresario, dueño de hoteles y restaurantes famosos en las costas de Odaiba y Tokio, amaneció de mal humor. Vaya manera de empezar su día. Su chófer no llegó a la hora pautada, su hija llegaba tarde a la preparatoria. Era consentida y manipuladora. Yoshiko, al notar el retraso, armó un episodio de berrinches frente al portal de la gran mansión. El padre cansado de escuchar la voz chillona de la hija, llamó a Tagiro, el asistente del hombre, y le pidió que llevara a la muchacha al colegio. Tenía que dejar de escuchar sus quejas, además de que su humor estaba de mal en peor, tenía una gran reunión, una muy importante y lo menos que quería tener que lidiar con una pequeña escandalosa.

Tagiro era dócil, y ante las quejas de una princesa con malos modales, no podía hacer nada. Menos tratándose de la hija del hombre que firmaba sus cheques todos los meses. La menor ordenó que se metiera por un atajo. Las calles congestionadas le demorarían aún más. Ella ese día cantaría en frente de todos sus amigos antes de las clases, estaba entusiasmada como nunca. Tagiro obedeció, aún sabiendo que el atajo les demoraría más. Nunca pensó que un neumático se le pincharía en medio de la cola de autos.

Rien nunca llegaba tarde al trabajo, siempre salía dos horas antes en su moto para estar a tiempo. Su mañana no tuvo nada fuera de lo normal, salvo el embotellamiento a causa de una limusina accidentada a mitad de la carretera, aquél incidente le hizo tener que desvirase de su curso habitual. Tomó el camino más largo, su moto hacia un ruido increíble. Algo le iba mal al motor.

Sora abrió sus ojos, se desperezó justo a tiempo para callar la alarma del despertador. Lanzó las cobijas a un lado, su esposo dormía profundo. Esa era la rutina.

Despertar antes que Yamato. Hacer café, las mañanas sin el preciado café de Yamato no eran mañanas. Su olor llenaba el pequeño apartamento de una nostalgia hogareña. Le recordaba el despertar en casa de sus padres los domingos en que Haruiko le iba a visitar. Dejó la taza humeante sobre la mesa del comedor. Cerró su bata, abrió la puerta del apartamento y buscó el periódico para luego dejarlo a un lado de la bebida. Poco tiempo después apareció Yamato estirando sus brazos y dejando escapar un gran bostezo. Después de dar los buenos días, besó la boca de su esposa y se sentó en la mesa para disfrutar del desayuno y de las noticias de la mañana.

Media hora después Sora estaba lista. Perdida entre folios con los bocetos de su presentación para esa mañana. Tendría el almuerzo más importante de su carrera al medio día. Debía tener todo preparado.

—¿Has visto la carpeta de cuero marrón? —preguntó al esposo mientras pretendía calzarse unos tacones de aguja y ponerse un zarcillo simultáneamente, al mismo tiempo intentaba mantener el equilibrio.

Yamato bajó el periódico para descubrir su cara. Sus ojos azules viajaron de su mujer hacia el mesón de mármol de la cocina.

Sora agradeció y buscó la carpeta. Revisó las hojas, suspiró aliviada. Todo estaba allí.

—Ya me voy —avisó, caminando hacia Yamato y besó sus labios.

—¿Almorzaremos juntos? —preguntó a pocos centímetros de la boca de la otra.

—Hoy es el almuerzo con los chinos. ¿Cena?

—Ensayo de la banda —La culpa brillaba en los ojos de Sora—. Descuida, haremos algo mañana.

Sonrió y volvió a besarle.

La mañana se sentía fría, aunque diferente, parecía ser la típica mañana nipona. Todo funcionaba como siempre. Las personas iban de aquí y de allá, la metrópolis seguía su curso habitual: desde su contaminación sonica, hasta aquella producida por el dióxido de carbono despedido por los autos. La diferencia de los días anteriores, es que el aire se respiraba más calmado, más sereno y lejano. Sora respiró hondo la calma, abrazó el portafolios y caminó con decisión. Posiblemente lo diferente de aquella mañana ordinaria, pudiera ser también otorgado a las nubes pomposas y grises que parecían descender del cielo pocos centímetros o, por el viento helado que amenazaba con llamar la nieve desde las alturas.

Sora tomó el subterráneo hasta el trabajo.

Al salir de la estación de trenes, las luces coloridas, puestas desde hace dos semanas en el centro de Tokio, vislumbraban entre los anuncios de neón de los puestos de negocios. Como el sol se había ocultado desde que inició el mes de diciembre, no era raro que las luces navideñas alumbraran el día entero.

En la oficina, Sora notó a sus compañeros de trabajo más felices y animados que de costumbre. Alzó una ceja, comparando tanta alegría con días anteriores.

—¡Feliz navidad, jefa! —le dijo la encargada de recursos humanos, Huang.

Sora se dio una palmada en la frente.

—¿Sucede algo, jefa?

—¿Hoy es 24 de diciembre?

Su empleada asintió. Sora se cacheteó mentalmente. Ese día celebraba ocho años de aniversario desde que aceptó salir con Yamato. Se maldijo por dentro. Pero la suerte estaba de su lado, o eso creyó. Los chinos llamaron a primera hora para posponer la junta, en Hong-Kong había nevado toda la madrugada y parte de la noche del martes, les fue humanamente imposible hacer nada.

Eventualmente la pelirroja armó un plan de cinco segundos para la mejor comida aniversario de Yamato y su persona.

Yamato recordó también el aniversario cuando estaba grabando en el estudio que lo representaba. Encargó un ramo de flores, con una tarjeta personalizada y dio la dirección del trabajo de la mujer para hacérselas llegar. A mitad de mañana la pelirroja llamó para agradecer el detalle y para avisar que podrían almorzar juntos, en el mismo restaurante donde le pidió matrimonio hace cuatro años.

Hacía mucho tiempo que no charlaban tanto. La intimidad parecía renovarse. Entre sus trabajos que consumían casi todas las horas de sus días, no le quedaba tiempo para el romance. La pareja se besó y susurró cosas un largo rato. Entre el roce de sus labios y sus pieles, no había nada más que hacer en aquel lugar. Yamato faltaría al ensayo programado para las 16.15, era la voz principal del grupo, pero podían arreglárselas un día sin él. Decidieron que tendrían que regresar a casa para ponerse más cariñosos de lo que podían ponerse en el restaurante.

Una vez afuera se dieron cuenta de la lloviznada de la tarde. Poco indicios de ella. Pero olía a lluvia y el frío anunciaba una futura nevada. Dos o tres fans se acercaron a Yamato. Mientras esperaban el auto, dio autógrafos y se tomó fotos con mujeres y niños que le reconocieron. La dedicación de Yamato para con sus fan enternecían a Sora. Todo el rato anduvo con una agradable sonrisa adornando sus mejillas rosadas por la helada.

Mientras eso sucedía, el esposo de Makoto buscaba un nuevo empleo. El empresario pedía a Tagiro que buscase a su hija, Rien iba de regreso a casa, le hubieron dado la tarde libre, recordando que en la mañana hubo un embotellamiento, tomó el desvío de horas tempranas.

Sora y Yamato se subieron al auto. Una de las canciones de Yamato sonaba en la radio. Sora subió el volumen, Yamato torció los ojos divertido. Los dedos de Sora tamboritearon las rodillas, cantó a todo pulmón la letra que una vez le hubo dedicado su esposo en pleno concierto. Yamato contagiado de la alegría de su mujer cantó para acompañarle. En medio del momento, la otra olvidó colocarse el cinturón de seguridad.

Las pocas gotas de lluvia se esparcían por el suelo. Yhue, quien no encontró trabajo caminaba cabizbajo, no se percató del semáforo que prohibía el paso peatonal. Rien iba de camino, la moto con fallos en el motor. Intentó esquivar al hombre apesadumbrado, que ni cuenta se daba de que sería arrollado. La moto zigzagueó, el semáforo cambió a amarillo. Yoshiko, quien pidió regresar por el mismo camino de la mañana, lloraba a todo pulmón en el auto, sus amigos se habían reído de su voz de cuervo loco y desde entonces no había conseguido parar las quejas y gimoteo. Los chillidos de la otra no dejaron escuchar, al dócil Tagiro —que ya estaba harto de la voz de la hija de su jefe—, el insistente pitido de la bocina de una motocicleta sin control. Cuando quiso esquivar el vehículo, el semáforo volvió a cambiar. Yamato se puso en marcha, con la voz afinando una nota, mientras su esposa las destrozaba sin remedio, de la nada y sin poder evitarlo, la trompa de una limo descontrolada apareció, aparentemente de la nada, y chocó contra el auto del matrimonio Ishida.

¡Bam!

Tres vueltas. El mayor impacto lo llevó el lado del conductor. Sora giró dentro del vehículo, al no tener nada que la asiera contra él, se dio de tumbones durante los pocos y lentos segundos donde todo sucedió.

La limusina estrellada contra una floristería de la esquina. El hombre desempleado sudando frío veía la escena desde el suelo rayado. Rien, también en el piso, intentaba soportar el dolor de su brazo dislocado. Los demás transeúntes y conductores que salían de sus autos para ver las ruedas del Mazda azul, de patas para arriba, girar sin control, murmuraban cosas.

Dos hombres socorrieron a la pareja al creer que pronto el Mazda explotaría. Los periódicos y noticieros llegaron antes que la ambulancia y bomberos. La voz de que el cantante de pop-rock y su mujer, la famosa diseñadora de quimonos, estaban dentro del carruaje que sonaba sus sirenas y emitía una luz roja por donde pasaba.

Iori se enteró rápidamente. Su primer impulso no fue el de dar conferencias de prensas o nada que tuviera que ver con el marco legal. Tomó el teléfono de su escritorio y, con lágrimas en los ojos avisó a TK, luego a Miyako, que a su vez informó a Ken.

Hikari y Daisuke se enteraron primero por las noticias. La primera estaba fuera de la ciudad. El segundo dejó todo, cerró su puesto de comida, y corrió hacia el hospital.

La peor sorpresa se la llevó Jou, quien tomó la guardia de la tarde, y salió a auxiliar a los implicados del accidente sin saber que eran sus mejores amigos. El horror se sintió en su pecho cuando miró a Sora cubierta de sangre, con la cabeza abierta a un lado. Yamato, todo roto, soltaba quejidos, aunque muchos pensaron que no era más que el nombre de Sora lo que repetía sin cesar. No pudo si quiera darle la revisión general al matrimonio. El Sr. Kido, su padre, le sacó del caso medico y tomó las vidas de sus dos amigos en sus manos. Prometió que haría lo inhumanamente posible por entregárselos con vida.

Kaoru se puso de pie inmediatamente luego de ver a Taichi pasearse, con su traje negro y portafolio, delante de su oficina en la embajada de Ciudad File situada en Kioto. El hombre de veintinueve años pidió los mensajes que le hubieron dejado mientras estuvo en la reunión de la ONUM*. A la recepcionista casi se le salen los ojos. No sabía cómo dar la noticia, así que solo lo soltó sin anestesia:

—Llamaron para avisar que sus amigos, el cantante y la diseñadora, están en el hospital gravemente heridos de muerte. Sufrier...

Siguió hablando, pero Taichi había dejado de escuchar luego de la palabra muerte. Su mundo se sumió dentro de un repentino dolor que aprisionaba su corazón.

Sacó el móvil de su bolsillo. Marco un número con desesperación. Mientras repicaba llevó una uña hasta su boca y la masticó:

—Iori —Necesitaba saber si era cierto.


Jou lamió sus labios antes de dar la noticia. Alejó sus anteojos del rostro y dispuso a hablar:

—Están fuera de peligro.

No hubo quien no celebrara. La tensión se desinfló paulatinamente. En eso llegaron Koushirou y Mimi, quienes acababan de cruzar la terminal del Digimundo y ahora se unían a los abrazos y alivios soltados en suspiros largos.

Taichi observó el rostro cansado de Jou. Algo no iba bien. Lo sabía, su corazón no dejaba de latir, presentía que las noticias seguían sin ser contadas del todo:

—¿Jou? —su voz suplicante.

Alrededor de sus ojos negros, se coloreó un rojo que se extendió hasta su nariz. Sus fosas nasales se abrían y cerraban. El escalofrío que le recorrió el cuerpo lo sintió hasta Taichi.

Aquella voz trajo de vuelta al resto de los familiares y amigos.

—Están fuera de peligro —repitió, haciendo hincapié en las palabras dichas antes—. De todos modos estarán en terapia intensiva esta noche, pero...

Las miradas le devoraron por completo. El alivio sentido antes, desaparecía, en su lugar la impotencia hacia mella en todos los presentes.

—¡Maldición, Jou, habla de una maldita vez! —exigió Tai.

—Deben estar preparados. Yamato y Sora nos necesitaran más que nunca.


*ONUM: Organización de Naciones Unidas Mundial (ONU no me parecía inter-mundialista(?))

Eso, pues. Un beso. ¡Ciao!