El cuerpo de Marin ardía en una intensa fiebre que debía ser bajada de inmediato. Kanon se adentró en el templo de Piscis con paso decidido, cargando en sus brazos la inmóvil figura de Marin, avanzando con una determinación absoluta hacia la piscina que se encontraba unos pasos más adelante, pasando de largo a Kiki, que observaba la escena con un gran terror dibujado en su joven rostro. Sin siquiera pensarlo empezó a descender por la pequeña escalinata bañada en agua, la cual estaba moderadamente fría. Esperaba que el cambio de temperatura no provocara un choque demasiado intenso en el cuerpo de Marin. Se sentó en el último eslabón de la pequeña escalera sin dejar de sostener entre sus brazos a la inconsciente guerrera, sintiendo como el agua le cubría hasta su pecho. Con una mano empezó a refrescar el rostro de Marin, dejando que sus cabellos se empaparan por completo, esperando que la frescura del agua obrara el milagro. La respiración de Marin era leve e irregular. A Kanon no se le ocurría qué más podría hacer en esa situación, el cuerpo de la joven había absorbido demasiado veneno en muy poco tiempo, y su organismo intentaba contrarrestarlo descontroladamente. Desde cierta distancia Kiki no perdía detalle de lo que estaba ocurriendo, pero no se atrevía a decir palabra, sabía que Kanon estaba enfadado y lo último que quería era contribuir más a engrosar su furia.

- Venga, Marin…vuelve…- decía Kanon, con el ceño fruncido, mientras continuaba refrescando su frente.

Poco a poco la temperatura fue disminuyendo, y los ojos de Marin se cerraron con fuerza al mismo tiempo que emitía un suspiro que le acompasó el ritmo de los pulmones de nuevo. Todavía no había recuperado la consciencia, pero sus párpados ya no dejaban entrever el blanco de los ojos. Ahora permanecían cerrados como si estuvieran sumidos en un profundo sueño. Kanon seguía vertiendo agua sobre su rostro, rozando su frente suavemente con la mano, comprobando que la fiebre ya no era tan aterradora, aunque todavía estaba presente. Permanecieron dentro del agua unos minutos más, hasta que el cuerpo de Marin empezó a tiritar levemente. Parecía ser que la fiebre no volvía a subir, así que Kanon se incorporó cargando a Marin con él y salió de la piscina, con la ropa completamente empapada y adherida a su cuerpo, dejando tras de sí un rastro de agua que los siguió hasta los aposentos privados de la casa de Piscis. Una vez dentro de la habitación dejó lentamente a Marin sobre la cama, aún inconsciente, ordenando a Kiki que trajera toallas húmedas para cubrir su cuerpo e impedir que la fiebre volviera a subir. Kiki obedeció al instante y se retiró de inmediato, sentándose en el suelo detrás de la puerta de entrada, espiando a escondidas la escena, recogiéndose las rodillas con los brazos y esperando con angustia que no fuera demasiado tarde para Marin.

La noche avanzaba de manera imperturbable. Una pequeña luz iluminaba tenuemente la estancia, bañando en espectrales sombras el suave rostro de la guerrera, que ahora parecía estar entregada a los brazos de Morfeo. La fiebre se mantenía a raya, la respiración era normal y todo parecía indicar que el peligro había pasado. A poca distancia, completamente recostado en un sillón, se encontraba Kanon, que no había abandonado la habitación ni un segundo. Permanecía con los ojos cerrados y ocultos tras los mechones de su cabello, los brazos cruzados sobre el pecho, acompañando el compás de su respiración, las piernas ligeramente extendidas y aparentemente relajadas. Parecía estar en entrevela, aunque con los sentidos atentos a cualquier cambio que se produjera en Marin. No era ese el caso de Kiki, que había caído rendido detrás de la puerta, negándose a abandonar el lugar.

Los primeros atisbos del alba aparecieron irremediablemente, y con ellos, volvió la consciencia en Marin. Abrió los ojos lentamente, sintiéndose desorientada. Tardó unos instantes en darse cuenta que se hallaba en su propia habitación, y su mente trabajaba aceleradamente para reconstruir lo que la había llevado hasta ese estado. Se sentía mareada y extremadamente débil, presa de una terrible sed debido a la deshidratación que había sufrido. Al girar levemente su rostro se sorprendió al ver a Kanon recostado en su sillón. Parecía estar completamente dormido, pero al mínimo movimiento que hizo Marin para intentar incorporarse sus ojos se abrieron por completo y se clavaron, furiosos, en ella. Esa helada mirada perturbó sobremanera a Marin, que a duras penas había conseguido erguirse un poco sobre la cama. La sequedad que impregnaba su garganta era insoportable, intentó tragar saliva, pero no pudo…

- Tengo…mucha sed…- susurró con un hilillo de voz, intentado esquivar la afilada mirada de Kanon.

Éste seguía sin mediar palabra pero lentamente salió de su inmovilidad para alcanzar un vaso lleno de agua que había en la mesita de noche y lo acercó, con la mano temblorosa, hacia Marin. Ella lo alcanzó y bebió todo su contenido sin apenas respirar. Seguidamente intentó depositarlo de nuevo en la mesita, pero la mano de Kanon se lo arrebató con rapidez y lo dejó bruscamente en el mismo lugar donde antes había estado. Marin intentaba no mirar a Kanon, no quería afrontar esos ojos que la observaban con frialdad, a través de unos mechones de cabello índigo completamente humedecido.

- ¿Se puede saber por qué has actuado con semejante imprudencia? – inquirió Kanon, con un tono de voz bastante severo.

Marin intentaba encontrar las palabras correctas para explicar sus motivos, no atinaba a construir una frase, y mucho menos, enfrentar esa mirada que la estaba aplastando.

- ¡¿Por qué?! ¡Respóndeme! – dijo Kanon, alzando más la voz, pasándose el dorso de la mano por su propia frente para secarse el sudor que le estaba resbalando por la sien.

- Yo…yo sólo quería…

- ¡¿Qué querías?! ¡¿Matarte?! – le cortó secamente.

- Quería…quería hacerme inmune a Piscis… - respondió titubeando y agachando la cabeza, sintiendo como un nudo empezaba a atarle la garganta.

- Y no se te ocurre otra cosa que hacerlo así, de golpe – le reprochó Kanon, recostándose de nuevo contra el respaldo del sillón, apoyando la cabeza en su mano - ¿Cómo has podido cometer semejante estupidez? Sabías que ese es un proceso largo, que debe hacerse lentamente para evitar lo que casi consigues hoy, ¡morir en el intento!

- Lo sé…lo sé – respondió ella, cerrando con fuerza los ojos al notar como se le llenaban de lágrimas de impotencia.

- Creía que eras más inteligente, Marin – dijo Kanon con desdén.

Marin no pudo evitar que las lágrimas corrieran por su rostro, el cual cubrió con sus manos, intentando no derrumbarse más por las duras palabras de Kanon. Sabía que no había actuado correctamente, pero esa no era manera de tratarla. No entendía como Kanon, que antes siempre la había tratado con respeto, ahora le hablaba tan rudamente.

Las voces habían arrancado a Kiki de su sueño, y permaneció escondido detrás de la puerta escuchando todo lo que estaba ocurriendo unos metros más allá. Le dolía lo brusco que estaba siendo Kanon, la falta de tacto que mostraba en esos instantes.

Marin intentó tranquilizarse un poco, respirando profundamente repetidas veces, hasta que tuvo el valor necesario para retirar las manos que cubrían su mirada y enfocarla hacia Kanon.

- No lo voy a hacer – dijo sin más preámbulos.

Kanon no cambió en nada su posición. Tampoco articuló palabra alguna. Pero su mirada era punzante.

- No voy a dejar que el veneno me corroa – prosiguió Marin, notando como los ojos se le nublaban de nuevo, pero sin intentar detenerlo – aún estoy a tiempo de revertirlo…no voy a renunciar a mi vida por Piscis…- había encontrado la valentía necesaria para mantenerle la mirada a Kanon sin vacilar.

- ¿Entonces renuncias a ser un Caballero Dorado? – inquirió Kanon fríamente.

- No. Renuncio a perder mi humanidad por el oro – respondió con una seguridad que la sorprendió a ella misma – encontraré otra manera de defender a Piscis que no sea renunciar a la vida – dijo masticando el nudo que le apretaba la garganta - ¡no podría soportar la soledad que eso significaría! – el labio inferior le temblaba de rabia, y no pudo evitar mordérselo.

- ¡Tonterías! ¡Todo guerrero renuncia a muchas cosas para poder cumplir con su deber! – replicó Kanon al tiempo que se ponía en pie, visiblemente débil, apoyándose en el sillón para no perder el equilibrio.

- ¡Yo no soy como tú! – contestó Marin, totalmente presa por la rabia, cuando Kanon empezó a dirigirse fuera de la estancia tambaleándose levemente, detalle en el que Marin no reparó debido a la impotencia y odio que sentía en ese momento - ¡A ti ya te está bien la soledad, no necesitas a nadie, no te importa nadie! Pero yo no soy así…

Estas palabras, vertidas desde la más profunda impotencia, hicieron que Kanon se detuviera en su camino. Marin se arrepintió de haberlas pronunciado en el mismo momento que se dio cuenta de lo cruel que había sido, pero ya era tarde.

- Tú no me conoces, Marin. No sabes absolutamente nada de mí – contestó Kanon secamente, sin volverse, con un atisbo de tristeza impregnando su voz.

Dicho esto, avanzó hasta el umbral de la puerta apoyándose en la pared a cada paso que daba, dándose cuenta de la presencia de Kiki, agazapado y asustado por saberse descubierto. Kanon no se sorprendió, al contrario, se sintió aliviado de verle allí. Apoyó su mano sobre el hombro del joven mientras volvía a secarse el sudor de la frente con la otra.

- Kiki…acompáñame a Géminis…por favor…

Kiki hizo lo que Kanon le pidió sin vacilar y Marin se quedó a solas, observando todavía la puerta por la que había salido Kanon, secándose con rabia las lágrimas que surcaban su rostro, sintiéndose profundamente dolida por todo lo que acababa de pasar.

- Tienes razón...no te conozco...- dijo para ella misma - no te dejas conocer...

El recuerdo de Aioria la invadió de nuevo, y con él, la sensación de tristeza y desamparo que embargaba a Marin desde hacía demasiado tiempo.

Continuará