Cuando la princesa de la casa volvió por la noche, tenía su tarea ya hecha, como era costumbre. A mí me tocó preparar la cena, tenía más funciones en esta casa como años en ella. Ellas comieron en el gran comedor y yo en la cocina, siempre se daba de aquella manera. Pero lo que ellas no sabían es que se podía escuchar sus conversaciones desde allí...
- ¿Y cómo te fue en casa de los Cullen querida? –preguntó Janet a su hija favorita, con voz pastosa. De seguro estaba demasiado ocupada tratando de engullir toda la comida que le fuese posible.
- Pues muy bien mamá –contestó Hillary, pero luego hizo una pausa, supuse que estaría tomando agua – estuvimos hablando un buen rato con Rosaline sobre el baile de comienzo de curso, ya sabes.
Ella junto a su inseparable amiga Rosaline eran las encargadas de realizar los preparativos para el día del baile de comienzo de curso. Eran las jefas del comité de organización. Según había escuchado, trataban de favorecerse siempre a ellas mismas, eligiendo un tema que a ellas les gustase o algo por el estilo. Desde luego ese era un baile al que no me dejarían asistir, eso sería tan posible como que Janet adelgazara. Toda una proeza para ella, casi imposible desde luego.
- Luego – hizo una pausa nuevamente y soltó una risita por lo bajo – estuve con Edward – volvió a hacer una pausa, esta chica me ponía de los nervios. Pero creo que esta vez era una generadora de intriga – y ¡nos pusimos de novios! –chilló de felicidad. Me sobresalté del susto, pobre muchacho.
Edward era el nuevo juguete de Hillary. Pero a la hora de elegir no le gustaba cualquier juguete, sino uno del cual pueda extraer algo. Edward Cullen era conocido por ser el chico perfecto. Era increíblemente apuesto, su sonrisa arrancaba suspiros al pasar, su popularidad era envidiable por todos, era como el Dios del instituto.
Podía llegarme a imaginar lo que ambos provocarían mañana a la mañana: admiración, devoción y caos. Las chicas estarían enojadas con Hillary por ganarse el niño más guapo del instituto, y lo mismo pasaba con los chicos. Ambos eran los más deseados. Por favor, eran la pareja perfecta. Totalmente superficiales, pisando cabezas a su paso y sin importarle nada al respecto; no tenían moral, eran abominables.
A mí me tocaba compartir biología con él, de hecho nos sentábamos juntos y es la persona más arrogante que pude conocer en mi vida. Nunca fue capaz de mirarme a los ojos, siempre ignorando a todos los que eran inferiores a él, creyéndose superior. Estúpido.
Tenía todo los que los hombres envidiaban y lo que las chicas deseaban. Pero yo no, no lo veía de esa forma. Para mí sólo era otro chico del montón, es más hasta me daba lástima. Siempre me preguntaba que había sido lo que lo llevó a ser de aquella manera, supongo que nunca lo sabría.
- Ay hermana, me alegro mucho por ti – la felicitó Pauline con una fingida voz de alegría. Eso significaba que tendrían una charla entre hermanas, ella quería explicaciones. Hasta donde llegaba mi memoria ella sintió algo por Edward alguna vez. Bueno, ¿quién no lo había hecho? ¡Yo desde luego!
- Bella – chilló Janet desde el comedor. De verdad no sabía por qué lo hacía si la escuchaba perfectamente! – ven a recoger los platos – me ordenó.
A duras penas me levanté de la silla, y me dirigí al comedor. Había sido sin duda, un día largo y agotador. Allí estaban todas sentadas en la gran mesa de roble. Janet se sentaba en la cabecera de la misma, esbozando la figura autoritaria, que no era obedecida por sus hijas. A su derecha cuando no, se encontraba Hillary. Ella sabía que era la preferida de su madre, hasta sospecho que se aprovechaba de aquello.
Y Pauline, por último se situaba a la izquierda de su madre. Siempre tan callada, creo que le tenía miedo a su propia madre. Sí es que era una mujer de temer. Apostaría que por su cara la noticia de que su hermana está de novia le había afectado.
- Recoge estos platos y lávalos, luego sirve el postre – me ordenó con voz autoritaria. Aún no sabía por qué demonios la obedecía, si ella no era absolutamente nadie para mí.
Seguramente la razón se encontraba en que si no lo hacía, me echaría de aquí, en ese caso me quedaría prácticamente en la calle. Sabía que tanto Jacob como Bean me recibirían en sus casas, pero no quería ser un estorbo.
Todo se reducía a esperar a ir a la universidad, eran apenas unos meses más y me marcharía de aquí. Había enviado varias solicitudes de becas, porque por supuesto no estaba en condiciones de pagar semejante cantidad de dinero. Apenas había ahorrado para pagar la primera matrícula, y eran los ahorros de dos o tal vez tres años; ahorros de mi trabajo en la librería.
Antes de morir mi padre, él ya había muerto hacía cuatro años y medio, me había incitado a conseguir un trabajo, algo pequeño, para tener mis propios ahorros. Luego él muerto, esta opción era mi único ingreso de plata, dado que Janet no me lo facilitaba.
Cuando le pedía dinero, que generalmente lo hacía cuando iba a hacer las compras, me sometía a un cuestionario bastante extenso, en donde ella se cercioraba de a dónde iba invertido el mismo.
Recogí todos los platos, me encaminé nuevamente a la cocina dejando a aquellas fieras detrás. Estuve un buen rato lavando los platos, es que Janet comía demasiado, por tanto, ensuciaba tantos platos como porciones se comía. Ahora me tocaba servir el postre. ¿Es que nunca me daban un respiro? Desde luego que no, pero lo necesitaba, era una persona no una máquina. Necesitaba descansar. Sabía que por más que protestara no me lo darían, mi estrategia de supervivencia en esta casa era la resignación y la paciencia.
Me dirigí al comedor con la fuente de la crema que sería su postre, y digo "su" porqué a mí nunca me dejaban comer postre, supongo que lo veían como un castigo. Comencé a servir el postre, de inmediato Janet se devoró su porción, me daba gracia parecía que no hubiese comido en su vida. Pero antes de irme ésta habló:
- ¿Te enteraste de la noticia? –me preguntó con una sonrisa en el rostro. ¿Acaso me tenía que enterar de algo en especial?
- Pues no, ¿de qué me tengo que enterar? –pregunté con cara confusa. Si tal vez se mudaban a China y me dejaban en paz, sacudí la cabeza alejando ese pensamiento de mi torpe mente. Sabía que eso nunca ocurriría, ellas se quedarían aquí para arruinarme la vida.
- Hillary se puso de novia – dijo con una sonrisa, supuse que estaría orgullosa de su hija. Pero a mí me importaba un cuerno la vida amorosa de ella, no entendía para qué demonios me lo decía. Comencé a sospechar que esto desencadenaría en algo malo, muy malo. Janet me miró con malicia y prosiguió hablando – felicítala –ordenó.
De seguro que el infierno era más placentero que esto, sin duda. Debo aceptar y reconocer que la idea de suicidarme pasó por mi cabeza un par de veces. La idea de reencontrarme con mi padre era muy tentadora, pero sabía que a éste le decepcionaría la idea de que abandonara mi lugar, el lugar que me tocaba ejercer. "Sé fuerte" me decía una y otra vez, yo lo tendría que ser para defender su honor, su patrimonio.
- Pues me alegro por ti Hillary, felicitaciones – le dije mirándola a los ojos, que sepa que ésta vez no me iban a humillar.
- Supongo que tú nunca sabrás lo que es un novio – me contestó con una sonrisa malvada, casi sádica. Sabía que esto acabaría mal, lo sabía. Siempre se salían con la suya para hacerme sentir mal.
- Supongo – contesté con una sonrisa, convencida de que esto no me afectaría.
- Supones bien querida, sólo mírate: eres fea – dijo Janet haciendo una pausa. Estaba acostumbrada a ese tipo de agresiones – eres fea y encima poco inteligente –solté una risa. Si yo era algo, sin duda eso era ser inteligente. Tal vez era un poco egocéntrica al decirlo, pero era todo lo que tenía. Mi inteligencia – ¿te burlas de mí? – preguntó con cara de enojo. ¿Por qué siempre preguntaban lo obvio?
- Nunca lo haría –le dije con un deje de sarcasmo en mi voz. Sabía que si llegaba más lejos me ganaría una cachetada, pero de veras que no me importaba. ¡Estaba ya harta de toda esta situación!
- Oye, a mi no me hablas así –dijo levantando la voz enojada. Ya sabía yo que esto terminaría mal. Bajé la mirada en forma de disculpas, siempre que estaba decidida y con fuerzas ellas me hacían flaquear – además de fea eres insolente y mal educada – dijo riendo de algo de lo que yo no me había enterado – de seguro eres igual a tu asquerosa madre –me escupió aquellas palabras en la cara.
No iba a permitir que ensuciara el nombre de mi madre con tan sólo nombrarlo, que saliese de su asquerosa boca. No iba a permitirlo.
- No eres quien para hablar así de mi madre, asquerosa estúpida –le dije con asco. Ella no se atrevería a manchar el nombre de mi madre, no la dejaría.
- ¿Quién te crees tú para hablarme así, mocosa malcriada? –me chilló Janet mientras se paraba y se enfrentaba a mí. Hillary se paró y le gritaba a su madre que me pegara, Pauline se quedó allí sentada comiendo su postre. Le era indiferente nuestra pelea, en cierta forma eso me hacía sentir bien, no me creía capaz de enfrentarme yo sola contra las tres Malone.
- No dejaré que insultes a mi madre con sólo nombrarla, que salga de tu asquerosa boca – le dije fuera de sí. Sabía que estaba traspasando los límites establecidos, pero no me importaba, no iba a permitir que hablase de mi madre en esos modos.
- Estúpida y poco inteligente huérfana, tu no me hablarás así – me dijo gritando como nunca lo había hecho. Se acercó amenazadoramente levantó su pesada mano derecha, iba a protestar no permitiría que me pegase, no otra vez. Pero ella y su enorme mano fueron más rápidas y terminó estampándomela en la cara.
El dolor era intenso sin dudas, las ganas de llorar se acrecentaron conforme pasaban los segundos, pero estaba segura que no les daría tal satisfacción. Me limité a llevarme una mano a la mejilla, mantenerme en silencio mientras la miraba con odio, mucho odio.
- Eso te pasa por ser insolente –me dijo con una sonrisa maliciosa. Hillary no hacía más que reírse de lo sucedió y Pauline creo que siquiera se había enterado – levanta todo esto, ¡y friega toda la noche! –me ordenó mientras se levantaba de la mesa junto con sus detestables hijas.
Levanté la mesa con desgano y me dirigí a la cocina para lavar lo que habían ensuciado. ¿Tendría que quedarme toda la noche limpiando? ¿Acaso nunca se cansaban de torturarme? Por supuesto que no, habían nacido para esto. Así que con las últimas fuerzas que me quedaban fui a por el trapo de piso, el agua y el jabón y comencé a fregar el piso de la cocina. Mi vida era insufrible y lo sabía.
No podía parar de pensar en lo que había pasado, nunca me había sucedido semejante cosa. Conocía los límites y nunca los excedía. No entiendo que me pasó, habló de mi madre y un dragón rugió en mi interior, tenía ganas de golpearla. Supongo que mencionar a mi madre me ponía así, todo sería tan diferente si ella y mi padre estuviesen aquí. No sé cuánto tiempo después me quedé dormida en el suelo de la cocina.
