Teela abrió lentamente sus ojos e inmediatamente sintió un dolor de cabeza punzarla ferozmente. Ganó conciencia y cubrió su boca con la mano tan pronto comenzó a recordar los acontecimientos de la noche anterior.

No podía creer cómo se había aferrado al cuello de Adam, atrayéndolo hacia a su cama, suplicándole que no se marchara, y lo peor de todo, cómo había llorado inconteniblemente, sollozando hasta quedarse dormida.

Era demasiado para asimilar. ¿De dónde había salido todo aquello? Podía culpar parcialmente al vino. Pero no totalmente, y eso la ponía nerviosa. Era como si todos sus sentimientos enterrados hubieran estallado a la vez, de la peor manera posible. Sorceress una vez le había advertido sobre un desbordamiento como aquel. La sabia mujer le había dicho que no podría someter con fuerza sus emociones toda la vida; que la tristeza y el miedo y el anhelo debían sentirse más que combatirse. Teela no entendió esas palabras, hasta este momento, demasiado tarde para retractarse de lo dicho… y lo hecho.

Se miró en el espejo; sus ojos tenían maquillaje embarrado por todos lados, su pelo era un desastre. Limpió su cara y luego fue a lavarse el cuerpo con agua fría.

Adam había dicho que volvería en la mañana, y era conocido por mantener su palabra. Al menos, ella podría darle crédito por eso. Así que ella se alistó tan rápido como pudo y dejó sus habitaciones apresuradamente.

La guardia real no esperaba que su capitana llegara tan temprano, ni recibir la instrucción de hacer un viaje de reconocimiento, justo después del Baile de la Cosecha, mientras que la ciudad entera de Eternos todavía estaba durmiendo.

Adam había estado dando vueltas en su cama lo que quedaba de la noche, incapaz de dormirse. El peso de su identidad lo golpeó. De haber sido otra persona, habría montado guardia fuera de la residencia de Teela, esperando que ella despertara para darle una explicación. Al ser el heredero al trono de Eternia, el hijo del venerado rey Randor, el amado Príncipe Adam, él no podría hacer eso sin despertar a todo tipo de rumores desafortunados, y eso era lo último que quería dadas las circunstancias.

Así que muy temprano en la mañana, pidió una gran jarra de jugo de bayas silvestres para aliviar los efectos de la implacable racha de brindis de la noche anterior. Se arregló y salió en la búsqueda de Teela.

Cuando llegó a la casa de Teela, ella ya se había ido, tal como él había sospechado. Lo que no esperaba oír era que sería incapaz de contactarla ese día en absoluto. Se vería constantemente decepcionado los días siguientes.

Cada vez que preguntaba por el paradero de Teela, ella estaba siempre fuera de alcance:

Entrenando a jóvenes guardias en las montañas cercanas.

En un reconocimiento de las Puertas de Oriente.

En una reunión estratégica con otros oficiales para evaluar peligros potenciales.

En una visita al sitio de forja, para supervisar las nuevas armaduras.

Adam continuó dejando mensajes para ella, pidiéndole que lo contactara en cuanto sus obligaciones lo permitieran, totalmente en vano.

Medias lunas más tarde, Adam se volvió impaciente. Podía imaginar la amargura esparciéndose en la mente de Teela. Para ser honesto, estaba un poco molesto. ¿No podía ella confiar en sus motivos? ¿No lo conocía lo suficiente como para adivinar por qué se había marchado? Al parecer, no.

Así que se sentó en su escritorio, garabateó un breve texto y le imprimió el sello principesco.

-Ella va a odiarme por esto -murmuró, mientras enviaba la orden oficial.

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