ADVERTENCIA: Esto es LEMON es más, y creo que a mi gusto me he pasado con la violencia. También hay mal vocabulario y más violencia.

Ya por fin actualizo~~ Que LunnVic me regañó por tardar tanto en actualizar (y eso que ella suele tardar mucho más la muy D8) pero en fin todo con cariño.

Ayer por fin se me ocurrió como continuar el fic de una vez por todas y bueno aquí está. Lo he escrito con prisa y sobretodo en la parte del final creo que canta un poquito bastante a mí gusto~ pero la vida sigue o eso dicen XD

Muchas gracias por los reviews que habéis dejado~ Suben bastante la moral :D

¡Y ah! ¡Que conste que Lavi es de mis personajes preferidos, no os llevéis la impresión equivocada _ y esto va por las fans de el tuerto XDDD

LO SIENTO SI HABEÍS RECIBIDO 7899909877638 CORREOS DICIENDO QUE HABÍA ACTUALIZADO ¡PERO ES QUE FANFICTION ME TOMA EL PELO TOT!

* * * * *

Llevaban ya varias horas de tedioso viaje. Viajar con el viejo Panda podía llegar a ser insoportable. Para el joven Bookman habían pasado años desde que se habían montado en el tren.

Tras varios intentos de entretenerse leyendo un libro de biología orgánica ahora había desistido y contaba los pueblos que veía desde la ventanilla del tren ya que mantener una conversación con el viejo Bookman era complicado dado que se había dormido apoyado en una mano.

Se reclinó sobre su asiento exhalando un largo suspiro.

"Si al menos hubiera alguna chavalita mona en el vagón…" Pero en aquel vagón viajaban aparte de los buscadores y ellos mismo solamente había una familia húngara con tres hijos pequeños. Y con la ventisca que había en el exterior cualquiera se lanzaba a la peligrosa aventura de pasar de vagón en vagón.

Se había puesto a juguetear con los extremos de su bufanda cuando alguien golpeó con los nudillos la puerta del compartimento.

-¿Quién es? –Preguntó Lavi intentando no reírse del Panda que se había despertado con un brinco.

-Esto…¿Bookman Junior? Disculpe soy yo…-Lavi pudo distinguir la voz de Iván, el buscador que les acompañaba en aquella misión. –Eh…¿Puedo entrar? Hay un asunto del que me gustaría hablarles…

-¡Claro hombre! Pasa…-Lavi se levantó y abrió la puerta del compartimiento con la intención de dejar pasar a Iván.

Los tres niños húngaros pegaron un grito cuando el disparo resonó por el vagón.

* * * * *

Siguió caminando entre las calles malamente empedradas. Nada, ni rastro de Gregory. Llevaba tres días buscándole ignorando un poco las órdenes provenientes de la Central. Y se podía decir también que llevaba tres días dando vueltas por la ciudad helena. No había podido sacar nada claro interrogando a las gentes, dado que su griego era algo más que deficiente.

Suspiró, la misión se le estaba haciendo eterna. No habían conseguido ningún dato relevante ninguno de los dos y no había sucedido nada extraño merecedor de su atención. La Orden había propuesto el envió de más buscadores, pero Allen temeroso de que sucediera lo mismo les había rogado que no lo hicieran. Kanda sin embargo se había mostrado al margen de la situación como siempre. Llevaba por su cuenta una investigación independiente, aunque tampoco había hecho demasiados progresos.

Allen llegó a una calle que daba a una pequeña plaza en la que se estaba celebrando un mercado. Los puestos estaban a rebosar de clientela, cosa que no extrañó a Allen ya que parecía que los alimentos que se vendían ese día eran de calidad. Se acercó a unos de los puestos tentado por su agradable olor a embutidos y a distintas variedades de productos lácteos. La comida mediterránea le parecía algo maravilloso. Quizás era la única parte positiva de que la misión se estuviese alargando.

Se dispuso a pedirle al tendero que le vendiera unas longanizas cuando una amable señora le empujó violentamente, dejándole fuera del campo de visión del mercader y empezó a pedirle a voz en grito que la atendiera, o al menos eso entendió el albino. Este intentó recuperar su lugar pero varias mujeres se interpusieron en su camino al igual que la anterior y entre unas y otras, formando un equipo insuperable, le empujaron hasta dejarle fuera sin posibilidad de acceder al puesto de nuevo.

Aturdido como estaba Allen se llevó la mano a la cabeza y se rascó la nuca con expresión desorientada. Timcampy salió de su camisa aturdido también tras las violentas sacudidas. Trepó por su cabeza hasta llegar a la parte superior y se acomodó allí. El propietario de la cabeza dio media vuelta y se dispuso a salir de aquella plaza de locos. Caminó entre las gentes hasta que se encontró con una figura familiar. Kanda le observaba desde una esquina de la plaza.

Frunció el ceño ¿Qué narices quería ahora ese? No habían vuelto a hablar desde el incidente de hacía tres días. Al poco después Allen se había enterado de que solamente la Orden había reservado únicamente una habitación. Pero aún así Kanda no había aparecido ningún día por ahí. Sólo se encontraba con el albino para intercambiar información recopilada una vez al día. Por eso era raro que apareciese en ese momento.

Mientras Allen meditaba sobre todo esto, Kanda cambió de postura como señal de impaciencia.

Encima, chulo Fue lo que pasó por la mente de Allen. No tenía por qué aguantar las borderías del samurai, cuando la culpa no era suya.

Le dirigió una mirada llena de desdén y dio la media vuelta alejándose de él. Se volvió a meter en la plaza dejando que la multitud le engullera de nuevo. Después de pasar entre todo el gentío logró salir por el lado opuesto de la plaza. Se metió por unas callejuelas que daban a una avenida y después de comprobar que había dejado atrás al samurai siguió caminando por aquella avenida ajeno a todo lo que ocurría a él. Lo último que le apetecía en ese preciso instante era intercambiar dos palabras con aquel encantador exorcista.

Siguió caminando en ese plan durante dos horas hasta que notó que sus cinco estómagos empezaban a pedir atención por su parte. Timcampy que había permanecido en su cabeza todo el rato despegó y se puso a dar vueltas alrededor del albino.

-Vale, vale… ya vamos a comer…sosiega.- El golem empezaba a ponerse pesado y hacía intentos frustrados de tirarle de los mechones blancos. Allen le aparto de un manotazo, realmente se estaba poniendo un poco pesado.

Miró a su alrededor para comprobar donde estaba. Como no, se había perdido. Se llevó la mano al entrecejo acompasada con un suspiro. Estas cosas sólo le pasaban a él. Ahora tendría que preguntar a los atenienses hasta conseguir volver al hotel.

Mientras Allen pensaba todo se dio cuenta de que la plaza estaba vacía, únicamente estaba él que se encontraba al lado de una farola estropeada. Un escalofrío le recorrió la espalda y decidió que lo mejor sería marcharse de aquel lugar que le estaba dando mal karma. Tomó la calle más cercana y salió de aquella plaza. Siguió caminando por aquellas calles hasta encontrar otra más concurrida que ya le resultaba más familiar.

La calle estaba bastante concurrida. Había muchos tipos de gente como jovencitas, madres con sus hijos, vendedores y demás transeúntes. Sería por eso, que al haber tanta gente y de tantos tipos que Allen ignoró la sensación de que estaba siendo observado y siguió caminando dirección a un buen restaurante.

* * * * *

-¡Estaba delicioso! – Cantó alegremente el albino detrás de su interminable pila de platos, fuentes y demás recipientes. Para variar al camarero parecía que se le iban a salir los ojos de sus órbitas y el cocinero miraba a través de la rendija de la puerta para comprobar si eran ciertas las exageraciones que iba diciendo los demás empleados. Aquello era ya rutina, que tenía que ir a diferentes restaurantes cada día porque los dejaba sin comida para unos cuantos días.

Se limpió cuidadosamente y dejó el equivalente a las toneladas de comida consumida encima de la mesa en forma de dinero. Luego salió casi brincando con una sonrisa de oreja a oreja con Timcampy recostado en el cuello del abrigo durmiendo la siesta tranquilamente. Estaba tan embobado que ni siquiera se dio cuenta de que alguien le estaba observando desde uno de los balcones que daban a esa calle.

Hacía una tarde perfecta, incluso dada la situación en la que estaban. Así que se sentó en un banco con vistas al mar para ver pasar los barcos. Exorcista y golem estuvieron así durante un largo rato. Le habría gustado bastante retroceder en el tiempo durante unos instantes y ver aquellas embarcaciones griegas de el mundo antiguo y a los civiles paseando por las calles atenienses.

Todos estos pensamientos rondaron por su mente durante un largo rato hasta que el sonido de unos pasos se detuvo un par de metros detrás de él.

-¿Qué es lo que quieres?

-No estamos aquí de vacaciones Moyashi idiota.

La presencia de Kanda le había arruinado el día definitivamente. Siempre tenía que aparecer en el momento oportuno con tal de joder.

-Lo sé, pero algunos nos cansamos. No todos estamos hechos del mismo material. –Le respondió con un deje cansino en su voz.

Kanda se puso delante del albino y le dirigió una mirada envenenada. El otro sin embargo ni se digno a mirarle, simplemente actuó como si el mar Egeo fuese lo más interesante en ese momento.

-¿Podrías ser tan amable de apartarte? Tu apariencia estropea la belleza del paisaje. –Allen fue el que rompió el silencio.

-Levanta tu culo de ahí Moyashi. Acaba de llamarme Komui. Ha habido problemas con el buscador que acompañaba a los Bookmen en su misión y su misión ha tenido que ser abortada.

Allen permaneció inmóvil en el banco mientras escuchaba esto. ¿Ellos también habían tenido problemas con su buscador? ¿Pero qué…?

-¿Qué clase de problemas? ¿Qué clase de problemas han hecho necesario el aborto de la misión? –Allen tenía los ojos desorbitados y le costaba hablar. Le era impensable concebir eso.

-Nada, simplemente que ese conejo idiota se saltó esa norma suya de no fiarse de nadie, bajo la guardia al ser un buscador y recibió un disparo en el hombro. Luego Bookman fue quien redujo al buscador y la misión habría seguido adelante si la herida no se hubiese infectado y tuvieran que haberle mandado inmediatamente de regreso a La Orden.

¿Y a eso le llamaba nada? Desde luego le sacaba de sus casillas. Si Allen hubiera rifado hostias y Kanda se las habría llevado todas sin la necesidad de comprar ninguna.

-Bueno, pues si eso es el informe de hoy…-Estaba cabreadísimo y esto lo dijo levantándose del banco y empezando a caminar alejándose del pelilargo.-… yo me voy ya Que lo último que me apetece ahora es verte la cara.

Pudo notar como la mirada envenenada de este se clavaba en su espalda hasta que giro en la primera esquina. La calle resultó estar repleta de tiendas y de familias de clase más bien alta que realizaba sus compras. Esquivó a un muchacho que movía una carretilla en la que cargaba varios muebles en mal estado y por no entorpecer el camino del muchacho chocó contra otro hombre.

Se echó para atrás automáticamente y pidió perdón inclinándose rápidamente. Cuando se levantó para comprobar si el hombre estaba bien algo en él le llamo la atención.

Sería un hombre de entre los veinte y los treinta años. Tenía la piel muy clara y el tono castaño oscuro de su melena por los hombros iba a juego con sus ojos. Era bastante alto y su estatura era pronunciada con la larga túnica de color negro que llevaba que le recordaba a una sotana. De haber sido Allen una mujer habría afirmado que era un hombre bastante atractivo, pero no se dio el caso.

-¡Oh, lo siento de verás señor!…-volvió a inclinarse exageradamente- ¡No miraba por donde iba!

-Tranquilo no pasa nada.- El hombre puso las manos delante de él en señal de que dejara de disculparse.- Estas cosas pasan chico, no se va a morir nadie.-El hombre mostró una hilera de dientes relucientes perfectamente alineados que dejó al albino impresionado. Luego le devolvió la sonrisa y siguió caminando entre la multitud.

De repente vio algo de refilón que le resultaba familiar. Era un hombre con un atuendo de color crema que conocía perfectamente. Se trataba sin duda de un buscador, cosa que le extrañó ya que La Orden no había mandado ninguno que el supiera, a no ser que se tratara de…

Empezó a aproximarse hacía el tan rápido como pudo esquivando a la gente con la que se cruzaba. Pero cuando estuvo a escasos metros del buscador este se giró y empezó a correr metiéndose por un callejón cercano. Pero Allen ya había confirmado sus sospechas y aquel buscador era el que llevaba tres días buscando, Gregory.

Le siguió metiéndose él también por el callejón, luego siguió a Gregory por la única calle por la que se podía girar y ambos fueron a parar a una plaza cerrada en la que apenas daba la luz del Sol. El buscador se giró para mirarle. Tenía los ojos desorbitados, la piel demasiado pálida a ojos del albino y sus ropas presentaban un estado lamentable.

-¡Gregory! ¿Qué está pasando? –El albino se intentó acercar pero el sonido de un objeto metálico le obligó a girarse activando su siniestra.

Para su sorpresa no se encontró con ningún arma akuma como él se esperaba sino con un hacha que manejaba un hombre vestido de negro. Este volvió a alzar su arma contra él obligando a Allen a apartarse. Luego se fijo en que no era un solo hombre sino por lo menos calculó que veinte. Iban entrando por el callejón, todos iban de negro y empuñaban hachas de tamaño considerable. Otro de los hombres arremetió contra él y Allen volvió a defenderse con su brazo. Estos iban acercándose a él y arrinconándole mientras trataba de proteger al buscador que se había hecho un ovillo en el suelo y no paraba de mover los labios. No entraba en sus principios matar a personas, el era un exorcista y por tanto no iba a levantar su inocencia para acabar con la vida de aquellos hombres, tenía que haber alguna solución.

Mientras pensaba en la manera de salir ileso de ahí sin causar bajas escucho una voz familiar y el sonido del metal contra la carne. Un par de hombres se desplomaron al suelo y Allen pudo ver a Kanda cubierto con rojo sangre a unos pasos.

-¿Se puede saber qué haces Bakanda? –Allen empujó a uno de los hombres con ira. Ya tenía que aparecer su majestad con su espadita especial a dar la nota.

-¡Eso quisiera saber yo, imbécil! ¿Se puede saber qué coño haces? ¿¡Dejar que te maten!? – Kanda esquivó a uno de los hombres que se abalanzó hacía el y le proporcionó un mandoble por la espalda haciendo que este cayera al suelo.

-¡Nuestro trabajo no consiste en matar personas! ¡Desde luego eres un inútil! ¡No das más que problemas estúpido criajo! – Kanda terminó en un poco tiempo con todos los hombres armados que había en esa plazoleta. Cuando acabó el y buena parte de sus ropas estaban empapadas de sangre dándole un aspecto grotesco. Dio una estocada al aire para limpiar la sangre de la hoja de la Mugen y la devolvió a su vaina.

Allen resopló ante la chulería del samurai y se giró para comprobar como estaba Gregory. Este seguía en el suelo. Se acercó a él y se arrodilló a su lado pero este ni se inmutó. Seguía moviendo los labios de forma frenética. Emitía como una especie de susurros inteligibles.

-Gregory… ¿Estás bien? –Allen levantó la mano con la intención de tocar al buscador. Este levantó la mirada bruscamente, le cogió la mano y le empujó contra la pared. Luego abrió la boca y mostró unos dientes que no eran propios de un ser humano y se abalanzó sobre el cuello del albino.

Resonó un disparo en la plazoleta y la sangre del buscador salpicó la cara de Allen. Este se quedó petrificado mientras veía como la cara con aquel gesto grotesco del que una vez fue Gregory desaparecía de su campo de visión. Cuando este cayó al suelo haciendo un golpe seco Allen pudo distinguir al hombre con el que se había chocado antes. Estaba entre la montaña de cadáveres y apuntaba con un revolver el lugar donde antes había estado Gregory.

-Estaba infectado, para hombres como él ya no hay vuelta atrás. –El hombre de negro bajó el brazo y cerró los ojos durante un segundo. Luego guardo el arma y le dirigió una mirada a ambos exorcistas.- Cuanto tiempo sin verte Kanda.

-Gill…

* * * *

-Que sí Allen, que estoy bien.- La voz de Lavi sonaba al otro lado del auricular. Allen no había podido evitar preocuparse y le había llamado tan rápido como le había sido posible. – Me han operado los mejores cirujanos de toda Inglaterra no hay de que preocuparse. Además una nimiedad así no podrá conmigo.

-Otro igual…-Murmuró Allen.

-¿Qué?

-No, nada. Una cosa Lavi… ¿Qué ha sido del buscador que ha sido del buscador que…

-¡Y bueno! ¡Que te tengo que dejar! –Lavi cortó la conversación rápidamente.- Que aquí la hermosa jefa enfermera me hará picadillito como vea que no estoy en la cama. Y creo que ya se ha dado cuenta de que me estoy saltando sus órdenes. Ciao. –Y colgó.

Allen se quedó mirando el auricular con cara idiota hasta que pensó que tal vez era buena idea colgar el auricular.

Ahora Kanda y él se encontraban en la casa-guarida de Gill, que había resultado ser miembro de no se qué comité le había dicho de la iglesia del Vaticano, no era exorcista pero sí estaba al tanto de lo que se cocía. Les había llevado a su casa con el pretexto de que el hotel en el que se alojaban no era seguro y que probablemente "ellos" ya les estuvieran buscando.

La cosa es quien eran "ellos". Allen no tenía ni la menor idea de que podían haber estado hablando y Kanda que si parecía saber algo no había dicho nada por mucho que este le había preguntado.

Se llevó las manos a la cara y se frotó la frente como si así se fueran a esfumar todas sus preocupaciones. Se sentía fatal, impotente y le daba la sensación de que se estaban burlando de él. Gregory a quien el había intentado ayudar había sido "infectado" según las palabras de aquel hombre, Gill. Que no les había dicho nada más aparte de que tenían que abandonar el hotel y les había proporcionado una habitación compartida. De no ser porque Kanda parecía conforme con la situación, ya que él al menos sabía algo, y eso le cabreaba aún más.

Miró a su alrededor. Estaba sentado en una de las camas que había en la habitación la restante le pertenecía al pelilargo. La pared estaba repleta de símbolos religiosos cosa que no era de extrañar y estaba forrada con un horrible papel que se caía a cachos por algunos lados. Eso y un escritorio con una silla era lo que formaba todo el mobiliario de la habitación.

Dio un puñetazo a la pared. Encima ahora le tenían prisionero con Kanda, vamos, el alma de la fiesta. Que por mucho que le volviera a insistir no diría nada. Resopló. Necesitaba dejar de pensar, olvidar… si tan solo pudiera olvidar por un momento todo.

El chirrido de la puerta sacó al albino de sus pensamientos. Kanda volvía del baño, había regresado cubierto totalmente de sangre y no había parado de dar la nota todo el camino a la guarida el muy escandaloso. Miró al albino que estaba sentado en la cama y apoyo la mugen contra la mesa.

-¿Aún sigues despierto criajo? –Preguntó el samurai.

-Ni que fueras mi madre Bakanda, ya me preocuparé yo de cuanto duermo ¿No? –Respondió este irritado.

-Pero tú eres tan insensato que te pasas las noches en vela cuando tienes oportunidad. –Contestó el otro sin dirigirle la mirada.

-Ah bueno, pero ¿de quién es la culpa imbécil? –Allen habló despacio, esperando ver que efecto hacía esto sobre el pelilargo. Este no cambió apenas la expresión de su cara y siguió sin mirarle.

-Hasta el momento no había oído quejas. –Y mientras decía esto se sentó en la cama y se quitó las botas como si estuvieran hablando del tiempo.

No. De ninguna manera iba a pasar la noche con ese energúmeno. Se levantó y se dirigió a la puerta con la intención de abandonar la habitación. No sabía adonde iba pero cualquier lugar era mejor que esa habitación.

-No tenemos permitido salir de la habitación.- Pudo decir Kanda antes de que Allen diera un portazo y empezara a bajar las escaleras.

Mientras iba bajando escuchó con el pelilargo había salido también y ahora le perseguía. Intentó darle esquinazo pero este fue más rápido y le bloqueó el paso en el rellano poniéndole el brazo delante impidiéndole el paso.

-¿Se puede saber qué coño haces imbécil? –Preguntó Kanda con un notable deje de ira en su voz.

"Eso quisiera saber yo" pensó el albino cuando agarró el cuello de Kanda y se acercó a él para besarle agresivamente. Estaba desesperado y ya tendría tiempo para arrepentirse después. No le resultó extraño ver que aquello no pareció molestarle al samurai, que le empujó contra la pared devolviéndole el beso.

Habrían seguido así bastante más pero el albino escuchó los pasos de alguien que se acercaba y empujó bruscamente al japonés alejándole de él. El dueño de aquellos pasos era Gill.

-¡Y no vuelvas a decirme que tengo que hacer gillipollas! ¡No te soporto! ¡Piérdete!

Disimular ante un miembro del Vaticano que seguramente tenía ciertas ideas sobre el bien y el mal distintas a las suyas era en aquellos algo esencial. Dicho esto se dirigió pisando fuerte escaleras arriba haciendo todo el ruido posible al cerrar la puerta y dejándole abajo "el marrón" a Kanda.

Recuperó el aliento apoyado en la pared mientras escuchaba los pasos de Kanda que se dirigían de nuevo a la habitación. Cuando abrió la puerta le buscó con la mirada hasta encontrarle, echó el pestillo, se acercó a él y continuó con lo que ambos habían dejado a medias en el rellano.

Allen fue caminando hacía atrás guiando al samurai hasta su cama. Le iba desabrochando los botones de la camisa mientras el otro hacía lo propio con el chaleco y luego su camisa. Cuando por fin rozó con las piernas el borde de la cama se sentó en ella para después ser empujado por el pelilargo de forma que el quedaba tumbado y el otro encima de él.

Kanda se separó de él y empezó a besarle el cuello y los hombros mientras le desabrochaba el pantalón. Allen enredó las manos entre su larga melena y miró las viejas vigas que sujetaban el peso de la casa. Frunció el ceño y agarró a Kanda obligándole a besarle de nuevo.

Aquello era fácil, ambos eran hombres y rápidamente reaccionaban ante los estímulos del otro. Y así fue. Cuando el albino empezó a acariciar la entrepierna del samurai este se volvió loco.

Le despojó de sus pantalones y empezó a devolverle las caricias al albino que empezó a gemir. Pero no, Allen tenía prisa.

-Déjate de chorradas,…imbécil –Logró decir este entre gemidos. Kanda se separó de él para observarle durante unos instantes, le separó y acto seguido penetrarle sin más miramientos.

Allen atrajo a Kanda hacía sí intentando sofocar su voz. Realmente practicar sexo sin preparación previa era algo bastante doloroso, justo lo que estaba buscando.

Por miedo a ser escuchados Kanda le puso la mano en la boca con la intención de acallarle.

-Shh… ¿Estás mal de la cabeza o qué? ¡Nos va a oír! –Como si aquello le importara a Allen.

-¿Es… todo lo… que puedes hacer? –Le provocó. Allen jadeaba, le dolía terriblemente pero no todo lo que el esperaba. En esos momentos sólo quería olvidar, quería pensar en otra cosa, cualquiera le valía, aunque fuera dolor de lo que se trataba esta vez.

-Estás loco. –Susurró el samurai. Pero la provocación no fue ignorada y empezó a hacer lo propio.

Los deseos del albino se cumplieron junto con sus expectativas. Se tapó la mano con la sábana intentando con un éxito relativo silenciar sus gemidos cada vez que el japonés le envestía con violencia. Allen se retorcía de placer. No aguantaría mucho más y por lo que veía el japonés tampoco.

Al final el japonés se vino y el poco después. Apoyó la mejilla la mejilla en la almohada mientras recuperaba el aliento. Kanda le observó durante unos segundos y después acercó su rostro al de este pero se encontró con la mano de Allen que le ponía resistencia. Frunció el ceño.

Se levantó y se metió en su cama sin mirarle siquiera.

Allen cambió de posición pasa así evitar mirar la espalda del samurai. Y al poco tiempo ambos se quedaron dormidos.