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La Mansión Malfoy estaba particularmente silenciosa esa noche. ¿La razón? Bueno, la señora había salido temprano de su autoimpuesto encierro; su particular forma de alejarse de la realidad. Apenas contactaba un momento con la luz de la vida y generalmente era de noche, pero siempre con una visita persistente y extremadamente necesaria. Finalmente, Draco entendió qué mierda hacía Astoria Greengrass en su casa.

—¡Hola, hijo! –saludó con alegría su madre, recibiéndolo con un beso en su mejilla; un bálsamo para su perturbada alma—. Me alegro de que estés aquí y me acompañes para recibir a nuestra invitada. ¿Sabes quién viene?

La verdad era que su madre estaba hechizada, o maldita. Padre lo reconoció hace unas semanas, cuando lo castigó por causar revuelo con la menor de los Greengrass. Resultó que la pequeña era necesaria, muy necesaria para su madre, padre… y para sí mismo.

—¿Astoria?

—Sí, así es. ¿Cómo supiste? –sonrió ella.

Draco no se atrevió a responderle la verdad. Podría sonar irreal en un heredero de magia oscura como él, pero amaba a su madre y ahora entendía todo. Entonces, prefería sufrir en silencio, omitir el hecho de su maldición y dejarla vivir en su fantasía feliz. Eso sería suficiente.

—Buena noche, señora Malfoy –saludó una cortés voz, sonando radiante—. Me alegra mucho verla.

Él se quedó muy quieto esperando la reacción de la pequeña niña.

—Hola, Draco—.

Esa noche descubrió otra gran verdad. La pequeña había usado las mismas palabras de siempre, pero ya no iban infladas con emoción. Su voz no le estaba cantando a él, ni sus ojos ni su sonrisa brillaban. Carecía de todo en sí misma. Aprendió entonces que no sólo los hechizos maldicen, otras cosas también lo consiguen.

Y ahora Astoria estaba maldita… y todo era su culpa.