Capítulo II: Horarios.

Creo que lo entendió, porque cuando me desperté a la mañana siguiente, aún estaba acostado en su cama. Pero no había rastros de él.
Por momentos pensé que estaría en el patio arreglando su jardín. Pero había menos libros en su escritorio, así que deduje que debía estar en el lugar ese dónde van los ningen a hablar estupideces. Emph… los alpedistas.
Miré la mesa de noche y allí estaba mi principal problema del día: la hora. ¿Cómo carajos hacían los estúpidos ningen para saber la hora con un coso que solo tiene tres palos? Uno que se mueve todo el tiempo, uno cuando se le da la gana, y otro que se mueve cuando yo no lo veo.
Lo odio. Me tenté de romperlo en mil pedazos y que dejara de hacer ese molesto ruido. Tic-tac, tic-tac, tic-tac…
Me quedé por un tiempo sentado en la cama, mirando la ventana salpicada de un montón de gotas. Parecía que el cielo aún tenía ganas de seguir llorando. Se podía sentir todavía dentro de su cuarto el aroma del pino mojado, y la tierra húmeda.
Pero todo lo armónico se fue a la mierda cuando empecé a darme cuenta que mi estómago reclamaba atención.
Me pregunté si podría bajar a la cocina y tomar algo de comida. Dudé especialmente por su madre. Quizás Kurama no quería que ella supiera de mi presencia. Así que decidí que lo esperaría, estaba seguro que el muy tonto no tardaría en llegar de ese estúpido lugar.
Pasaron unos minutos, y luego de aburrirme de mirar el techo, me puse a pensar en qué podía hacer mientras lo esperaba para no tener que escuchar los constantes reclamos de mi pobre y hambriento estómago.
Primero, antes que nada, se me ocurrió mirar televisión. Así que miré por encima del escritorio para buscar el maldito control. No tenía ganas de sentarme frente al aparato, como un retardado, y cambiar de canal directamente del televisor.
Revolví todo el escritorio, y no había rastros de él. Por un momento vi algo parecido, pero más chiquito y tenía botones parecidos, pero cuando los apreté no sucedió nada con el maldito televisor, así que lo tiré por ahí.
Volví a buscar dentro de la biblioteca y no encontré más que estúpidos libros de ningen idiotas, cartas de la madre (aparentemente, ya que no se leer el idioma de los idiotas) dentro de los libros, y muchos papeles de golosinas. Eso me dio más hambre, por supuesto, más bronca. ¿Dónde carajos estaba el jodido control remoto?
Cuando ya había desistido de la búsqueda y aparentemente no me quedaba más lugar dónde buscar, se me ocurrió que quizás estaba en su armario dónde guardaba la ropa. Me acerqué a él y abriéndolo de par en par con mucha violencia, me caí de la misma manera al suelo del susto. Un gato asquerosamente feo y peludo se abalanzó sobre mí, atacándome con esas uñas clavándomelas en todos lados.
Tuve una dura batalla con la porquería esa. No que fuera fuerte¿no?, simplemente no quería matarlo y que Kurama me echara de su casa.
Y eso me dio más bronca de la que ya venía acumulando. Depender del zorro estúpido y a causa de eso no poder matar al gato de mierda ese. Finalmente lo saqué de una patada en el medio del culo, desgraciado.
Cerré la puerta aún agitado y de muy mal humor. Miré el armario ahora con más odio, y acercándome a él como si tal fuera un demonio indestructible, empecé a revisar entre sus camisas. Nuevamente el perfume a rosas inundó mis pulmones, mi nariz, mi cabeza. Me nublaba el pensamiento.
Por una extraña razón ya no me sentía tan malhumorado. Bah… de qué extraña razón estoy hablando. Estaba claro que era el perfume. Delicioso perfume.
Al cabo de unos instantes me encontré abrazando su ropa como un estúpido ningen, al mejor estilo Kuwabara cuando toma de las manos a mi hermana. Sí, así de patético.
Me di asco y tiré las camisas, sonrojándome y buscando como si nada el… me había olvidado qué estaba buscando. Por un momento, arrodillado, miré el piso de madera cuidadosamente encerado y resbaloso. Pensé qué era lo que estaba haciendo antes de sentir ese fuerte aroma, y al cabo de un instante, me acordé del jodidísimo control remoto de porquería.
Empecé a abrir todos los cajones. En uno habría papeles, y más papeles. Ninguno me interesaba. Y justo antes de abrir el último cajón tuve un presentimiento. Algo me decía que no tenía que abrirlo. Quizás saltaba otro bicho endemoniado queriendo atacarme. Pero no encontré nada de eso (sí, lo abrí, la curiosidad a veces me puede a mi también). Encontré algo peor. El peluche. Sí, el coso ese horrible. Y no era todo. Sino que estaba cómodamente durmiendo entre las ropas íntimas del kitsune.

- "¡COSO DEPRAVADO!"- pensé, y desesperado lo tomé del tronco. Lo empecé a odiar en serio. ¿Qué hacía una cosa tan fea descansando entre las ropas perfumadas, suaves e íntimas del kitsune¿acaso Kurama lo había guardado ahí¿acaso el zocotroco ese tan especial para él¡¡pero si era horrible!!

Lo miré con mucho odio, y sujetándolo fuertemente, decidí que lo mejor era acabar con él. Alzando mi brazo derecho, dispuesto a decapitarlo, levanté el osito idiota ese por el aire. Pero no llegué a cortarle la cabeza, no llegué a deleitarme, ya que la puerta sonó.
Abrí los ojos atentamente. ¿Quién podía ser? Kurama no, desde luego, era su cuarto, no tenía porqué llamar a la puerta.

- Shuichi, soy mamá¿está todo bien?- se oía la amable voz de la mujer.

Si yo no contestaba seguramente la madre entraría en sospecha y sería un grave problema, así que decidí que debía hacer algo que hago muy bien: esconderme. Muy suavemente, en putillas de pie, entré en el armario y cerré la puerta justo antes que la madre abriera la otra.

- ¿Shuichi¿estás aquí?- preguntaba la mujer.

No tardé en sentir nuevamente se rico olor penetrándome hasta ensáñeseme.

- Qué raro… creí escuchar algo- murmuró la madre- ¿fuiste tú, Kyu-chan?- preguntó para que luego se escuchara al gato asqueroso y bien peludo maullar- ¡Mira cómo le dejaste el cuarto¿a ti te parece¡eso no se hace¡muy mal!- lo regañaba la mujer. Hasta enojada parecía amable- Ahora me tengo que ir a trabajar y siquiera tengo tiempo de ordenarle el cuarto… pobre Shuichi.

Por un momento se quedó callada. Pero al rato escuché que se preguntaba para sí misma.

- Mhh… ¿otro colchón?

La puerta se cerró y luego de unos minutos, se escuchó que la puerta principal de la casa se abría y se cerraba. Ahora sí estaba solo en la casa. Bah, el peludo también estaba. Y el zocotroco también.
Me acordé del duelo que tenía con él, pero al salir del armario, tropecé con una de las tantas cajas que había y caí de cara al suelo.

- ¡¡ARGH!!- nada me irritaba más que caerme torpemente, y encima golpearme la jeta. Sentí cómo el pecho se me enfriaba de a poco.

Me acababa de dar cuenta que solo traía un pantalón de dormir. Y yo no recordaba haberme sacado la ropa para dormir.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Acaso…?
Me maldije. ¿Cómo podía ser tan idiota de creer que Kurama me iba vestir a mi¡a mí! Seguramente me había cambiado yo adormecido y no me había dado cuenta. Todo a causa de ese perfume… ese perfume que me volvía loco.
Sacudí mi cabeza, tratando de volver en sí, y recordé que tenía mucha hambre. Así que me cambié y decidí que lo mejor era ir a buscar al estúpido kitsune y que me diera algo de comer de una buena vez. Al fin y al cabo, era tan mal anfitrión como Mukuro.
Encontré mi ropa sobre el borde de la cama de Kurama. Aún estaba húmeda de la lluvia, pero no me importaba. No me iba a poner ropa ningen de ninguna manera. La odio, no solo es ridícula, sino incómoda. Tal como ellos.
Salí de la casa, y aún estaba lloviendo a chaparrones. Pero el hambre me podía más. ¿Dónde estaría el muy estúpido?
¡Esta me la iba a pagar!... juh, tener que esperarlo. Y encima soportar al gato ese feo que tenía, al oso idiota ese, atentando contra su vida privada¡y la madre que casi me descubre!
Retiré la venda que cubría mi jagan y lo busqué. Y tal y como me lo imaginaba, estaba en la institución esa para ningen alpedistas. Volví a tapar el jagan y caminé hasta allá a paso ligero. No quería apresurarme tanto porque seguramente iba a tener que esperar afuera y era bueno hacer tiempo, y si iba lento me empaparía debido al mal tiempo.

Definitivamente mi problema era el tiempo.