Todos los personajes le pertenecen a Hidekaz Himaruya.


La mano le temblaba al sostener el mango del espejo, de forma que le era devuelta una imagen movediza de sí mismo. Francis se remojó los agrietados labios y entrecerró los ojos tras el vidrio de sus gafas para concentrarse más en distinguir los incipientes cabellos grises. De ser morocho, castaño o pelirrojo (inclusive con un tono rubio más oscuro), le hubiera resultado mucho más simple diferenciar las canas del resto de su pelo. Hacía tiempo que no se dejaba cortar, siempre que las enfermeras se ofrecían a hacerlo él se negaba. Era el único allí con una melena, ni siquiera las señoras poseían una cabellera tan extensa. Siempre se había caracterizado por sus mechones fuertes y sedosos, no iba a dejar que un deterioro en la pigmentación arruinara su aspecto. Algo que debía agradecer era la ausencia de una calvicie, ni siquiera a su edad había tenido que enfrentarse a ese problema. Pero el color (¡ese horrible color!), si bien sutil, era algo que le ponía los nervios de punta. No recordaba por qué nunca antes le había molestado, no destacaba demasiado puesto que el resto de su cabello era naturalmente claro. Quizá con los años se había vuelto más observador que de costumbre.

A su lado, Arthur manipulaba una diminuta botella de pegamento color azul. Con suma dedicación ponía pequeñas porciones en un palito de helado que luego distribuía a lo largo y ancho de una hoja. Hasta ahora Francis no había prestado atención a las manualidades que realizaba. Su amigo dejó el palito a un lado y tomó uno de los pinceles, no sin antes mojarlo un poco en el vaso de agua enfrente suyo. Se ensalivo los labios y con su mano libre levantó una paleta que contenía temperas de colores, examinó cuál sería la próxima a utilizar. Ensucio el pincel con el rojo, tomando una buena cantidad de pintura que dejó caer sobre la hoja, luego lo arrastró a lo largo y ancho de la enorme uña que había trazada en el papel. La uña formaba parte de una mano, más específicamente el dedo medio, el único levantado. Había comenzado como una broma a uno de los enfermeros, hasta que descubrió que no había nada más que realmente quisiera dibujar. Quizá se lo terminara regalando a Francis. Al levantar la vista hacia el susodicho descubrió sin sorpresa que todavía seguía sin comenzar su propia pintura. No iba a hacerlo en ningún momento próximo, no cuando algo referido a su aspecto le molestaba. Después de todo era usual en él preocuparse vanamente por sus arrugas, su imposibilidad de ponerse de pie y sacar a bailar a una dama, el deterioro de sus dientes, el temblar de sus manos. Lo extraño resultaba que en esta ocasión tiraba de su cabello en busca de canas. La luz del sol que ofrecía la tarde había sido la culpable de proveer la posibilidad de que se viera con tanta claridad, de lo contrario su vista generalmente era mala.

—Puedes verlo, ¿no? —Le dijo, en alusión a los pelos blancos—. Necesito ir a la peluquería, esto no puede seguir así. ¡Ha de saber cuántos días anduve con esto en la cabeza!

—Ni que fueras el único —espetó Arthur—. Por si todavía no lo has notado todos aquí están canosos. Poco te falta para quedarte calvo.

—¡No! —chilló Francis con horror. Se cubrió el rostro con ambas manos. Ninguna enfermera se acercó, nadie le había dado mayor importancia a su comportamiento. Su lamento persistió, sus manos se humedecieron con lágrimas y su espalda convulsionó. Arthur rodó lo ojos con exasperación antes de acercar su silla a la del otro. Vacío un fiasco de pintura amarilla en su mano y, aprovechando la cabeza gacha de su amigo, desparramó el color en la copa de su cabeza. Francis no estaba enterado de lo que sucedía, aún seguía muy sumergido en su dolor, pero Arthur ya estaba añadiendo un verde vibrante a su melena. Se le sumó el azul, le siguió un rojo furioso y una buena cantidad de naranja brillante. La parte difícil fue despegar los cabellos que se habían adherido a sus dedos, aunque no se arrepentía de no haber utilizado los pinceles.

Francis desistió de su llanto al sentir una palmada acompañada de palabras que lo incitaban a levantarse.

—Mírate al espejo —comandó Arthur—, te ves como un maldito pavo real.

Nuevamente tomó el espejo y estudió su reflejo, asombrado por el desastroso trabajo. No se atrevió a pasar los dedos por la colorida humedad, se conformó con girar la cabeza de lado a lado y admirar el cambio. Ya no eran visibles los desagradables pelos blancos, todo era pintura que pronto estaría endurecida, pero eso poco le preocupó, su cabellera había sido transformada en un lienzo con arte plasmada en él. Y Arthur tenía razón, parecía obra de la naturaleza.

—No —dijo al ver con detenimiento—, soy una mariposa. La más grande y la más bella.

—Y la más llorona —le pareció pertinente agregar—. ¿Ves que te lamentabas por nada?

Francis decidió no darle razón, aunque su trabajo lo había dejado más satisfecho que el de cualquier peluquero, no tenía por qué permitir que Arthur se jactara de ello. Quizá, sólo quizá, lo mencionaría en su lecho de muerte.