Estoy impresionado, 6 reviews. La verdad esperaba pasar días con un cero al lado del tag de reviews, pero me alegro de ver que me equivoqué. Esto me ha inspirado a continuar escribiendo, así que les traigo el capítulo dos. Para los que no me conocen, acostumbro a contestar los reviews en público, así que aquí va:

midusa: Un placer conocerte, me alegra que hayas leído Guerras Doradas, y espero que Guerras de Troya sea de tu agrado. La historia de Aquiles y Odiseo será el principal tema de esta historia, espero lo disfrutes.

TsukihimePrincess: Señorita Leo, un placer volver a leerla. No tengo idea la verdad de cuánto tiempo pasó Aquiles vistiendo de niña, me tomé algunas libertades, en especial con las edades para hacer la historia más interesante, pero Aquiles definitivamente fue Pirra, el primer travesti de la historia, jajajajaja. Gracias por leerme de nuevo.

Liluz de Geminis: Señorita, espero llegar a ser un buen maestro de mitología para usted. No es necesario que vengas a monterrey a torturarme, pero puedes venir a conocerme cuando quieras, jajajajaja. Patroclo en definitiva está desilusionado, pero descuida, se recuperará. En cuanto a los Espectros, es un secreto, jajajajaja.

Toaneo07 Ver2.0: Me alegra que pienses que la historia va bien. En cuanto a tus comentarios sobre la armadura de Aquiles, la verdad es que busqué a 12 caballeros que participaron en la Guerra de Troya, y en base a sus personalidades y los enemigos a los que enfrentaron, les di armaduras acorde. Respeto mucho a Piscis, y tengo planes para él. La razón de darle a Aquiles la armadura de Libra es porque era la única armadura que pensé le quedaría, este es un breve resumen de cómo la elegí: Aries, muy poco violento. Tauro, tenía a un mejor candidato. Géminis, muy cosmológico. Cáncer, demasiado malvado. Leo, podría ser. Virgo, definitivamente no. Libra, la que fue elegida. Escorpio, mi signo, muy obvio, por lo que fue descartado. Sagitario, definitivamente no. Capricornio, era la opción que tenía al principio, pero como Aquiles no es leal a ningún dios y Capricornio (en el anime), es el más leal a Athena, lo descarté. Acuario, tenía un mejor candidato. Piscis, no me imagino a Aquiles lanzando rosas. En otras palabras, estaba entre Leo y Libra, y por un tiro de moneda, ganó Libra. Espero esta respuesta no te desilusione, te prometo que soy justo con todos los signos, para Piscis, tengo grandes planes para él.

kyokai1218: Guerras Doradas fu mi obra maestra, jajaja, pienso que sería imposible superarla pero como todo buen Escorpio, no creo en la palabra imposible así que lo intentaré. La lanza para Diomedes fue una breve alusión a Brotaloigos, la lanza que usaba Milo en Guerras Doradas, yo también soy fan de las lanzas. Bienvenido joven de Leo, espero te agrade a la persona que elegí para esa armadura, todavía no sale pero pronto lo hará. Lo siento pero, Heracles murió antes de los tiempos de Aquiles, pero Heracles sí conoció a Jasón.

dafguerrero: Jajaja, lo de Aquiles de travesti yo no me lo inventé, esa parte del mito es real. Los guerreros que ayudaron a Milo, Mu y Aioria fueron Jasón, Heracles y Aquiles, y solo Aquiles está vivo en estos momentos, lo siento, pero no veremos a Heracles ni a Jasón. Lo de Shana como Athena pronto te lo resolveré.

EDITADO 18/10/2018


Saint Seiya: Guerras de Troya.

Saga de los Aqueos.

Capítulo 2: El Juramento de los Pretendientes.


Hélade. Isla de Esciro. Año 1,197 A. C.

—¿Eeeeeeeeeeh? ¿Un chico? —gritó Shana, y las hijas del rey Licomedes compartieron la misma sorpresa, mientras Aquiles, a quien habían conocido como Pirra, se arrodillaba frente al rey Licomedes, con Odiseo y Diomedes a su lado y también arrodillados frente al soberano de Esciro—. Pero… Pirra… quie-quie-quiero decir, Aquiles. ¿Por qué te disfrazaste de mujer? Más importante: ¿cómo pudiste engañarnos a mí y a la señorita Deidamía todos estos años? —lloró Shana sintiéndose traicionada.

—De hecho, yo siempre lo supe —confesó Deidamía, y todas las princesas y criadas se sobresaltaron—. Pero la verdad era muy divertido molestar a Pirra… quiero decir a Aquiles, con Patroclo. Siempre que Patroclo hacía sus movimientos intentando conquistar a Pirra, Aquiles llegaba a su cuarto y destazaba un muñeco de madera con un cuchillo de cocina —y Patroclo, quien se encontraba en la sala de trono, se horrorizó por la revelación.

—Deja de apenarte… Patroclo… yo fui quien decidió guardar el secreto… —le mencionó Aquiles, pero aquello no tranquilizaba a Patroclo, quién aún se sentía sumamente desilusionado por la revelación de que su amada Pirra era en realidad un hombre—. Rey Licomedes. Se ha divertido burlándose de mí a mis expensas… pero es más lo que le debo por cuidarme durante todos estos años, que mi desprecio a sus burlas de ebrio —y tanto Diomedes como Odiseo se horrorizaron por las palabras de Aquiles—. Gracias por permitirme vivir bajo su techo, pero… de ahora en adelante, seguiré la senda del guerrero… —todos miraron al rey, quien observaba a Aquiles fijamente. La situación parecía algo tensa, pero de pronto, el rey rio con fuerza.

—¡No tienes nada de qué agradecerme! ¡Fue una experiencia bastante divertida! —respondió el rey. Aquiles se mordió los labios con ira, y comenzó a desenvainar su espada, pero Diomedes se lanzó a Aquiles y lo obligó a la fuerza a tranquilizarse—. Eres un joven muy testarudo… pero seguramente Odiseo, el hijo del Argonauta Laertes, resultará ser un estupendo maestro para ti —continuó Licomedes.

—¿Sabía quién era desde que llegué? —preguntó Odiseo, y Licomedes asintió—. La fama que al parecer no he buscado me precede, rey Licomedes. Me honra que me conozca —hizo una reverencia Odiseo, y el rey bajó la cabeza con gentileza—. Pero me temo que no puedo tomar a Aquiles como discípulo —ante la negativa, Licomedes alzó una ceja en señal de curiosidad—. Dentro de poco, Helena, la hija del anciano rey Tindáreo de Esparta, alcanzará la mayoría de edad. Debido a mi legado como el hijo de Laertes, uno de los Argonautas que fue en búsqueda del Vellocino de Oro junto a Jasón, el rey de los Argonautas, fui seleccionado para ser participe en las ceremonias por la mano de Helena de Esparta —y Licomedes se impresionó—. Como bien sabe, rey Licomedes, el trono de Esparta es tan codiciado por su poderío militar, como el de Atenas o el de Ftía. Laertes únicamente elegirá al guerrero más digno para desposar a su hija. Es un honor que simplemente no puedo ignorar —sentenció Odiseo, y Licomedes entones miró a Diomedes.

—¿Eh? Imposible, imposible —mencionó Diomedes a la defensiva—. Al igual que Odiseo, también he sido llamado a competir por la mano de Helena de Esparta —explicó Diomedes, y Odiseo se sorprendió por aquella revelación—. Aunque mi prima, Egialea, estará furiosa cuando se entere. La verdad es que no me interesa el trono de Esparta, pero como hijo del rey Tideo, caído en batalla hace ya tiempo, el faltar a la celebración sería una declaración de guerra. Políticamente hablando, no puedo negarme, o Esparta estará a las murallas de Argos y mi pueblo simplemente no está listo para otra guerra —terminó su explicación.

—Eso es problemático —mencionó Licomedes, mirando a Aquiles—. Le prometí al rey Peleo, que no le devolvería a su hijo hasta devolverle a un guerrero digno de convertirse en el rey de los Mirmidones. ¿Cómo podría decirle que lo único que logré en 5 años fue ocultarlo en mi corte vestido de mujer a petición de su madre Tethis? —preguntó Licomedes.

—Mi señor Licomedes, si me permite hacer una sugerencia —interrumpió Patroclo, y todos lo observaron con detenimiento. Después de la terrible vergüenza que Patroclo pasó intentando enamorar a Pirra, nadie pensó siquiera que Patroclo volviera a atreverse a hablar—. Creo tener una solución —pero aun así, todos escucharon.

Hélade. Muelles de Esciro.

—Que molesto… nuevamente tenemos que viajar por mar. ¿No podemos al menos pasar un día completo en tierra? —se fastidió Diomedes, vistiendo túnicas comunes nuevamente. Patroclo a su lado por otra parte, estaba sumamente emocionado—. Patroclo parece como si fuera a su primera cacería de jabalí. Impaciente, sin conocer el verdadero peligro. Recuerdo mi primer viaje, fue bastante satisfactorio, me sentía como un verdadero Argonauta. ¿Qué hay de ti, Odiseo? —preguntó Diomedes.

—Fue terrible —mencionó el compañero y amigo de Diomedes—. Mi padre soltó el ancla en medio de la nada, y me torturó hasta que tuve que suplicarle que volviéramos a zarpar. Mencionó algo sobre darme una lección de humildad. Fuera de casa, de mi castillo, y lejos de quienes conozco, no soy nada y debo desconfiar de todo mundo. Esa fue la dura lección de mi niñez —y Diomedes se impresionó.

—Solo es un viaje en bote. No hay nada impresionante en eso —se quejó Aquiles, cargando la Armadura de Libra en su espalda—. Por cierto. ¿Por qué no tengo permitido ponerme mi armadura? Pensé que habías dicho que había sido elegido —se quejó Aquiles.

—Las 12 Armaduras Doradas son de reciente creación. Es infinitamente imposible replicarlas porque tienen los poderes de constelaciones en el cielo —explicó Diomedes—. Hay 48 constelaciones, de las cuales 12 son bañadas por la luz del Sol. Algunas constelaciones sin embargo, tienen apenas unos años de ser creadas por los dioses. La Armadura de Plata del Centauro, por ejemplo, Athena la creó recientemente en honor a Quirón. Piensen en ello mientras intentan ganarse el derecho a ser entrenados por el señor de los Centauros —Aquiles y Patroclo se impresionaron ante la explicación—. Ya que solo existen 12 Armaduras Doradas, son sumamente codiciadas, no solo por el material del que están hechas, sino porque se ha corrido la voz del tremendo poder que poseen. Inclusive, se dice que cuando las 12 Armaduras Doradas fueron creadas, los dioses hicieron la guerra por ellas y las 12 cayeron del Olimpo a la ciudad de Atenas, vaporizándola tras su caída. Las Armaduras Doradas poseen un poder tremendo, cargar esta caja es como decirle al mundo que eres superior —y Aquiles sonrió con malicia ante esas palabras.

—Entonces no me tomaré la molestia de ocultar mi armadura —se burló Aquiles, y Odiseo le golpeó la nuca a Diomedes por hablar de más—. Pero más impresionante es que ese tal Quirón sea tan importante como para que el rey Tindáreo de Esparta permita a Patroclo faltar a sus responsabilidades —apuntó Aquiles, mirando a Patroclo fijamente—. ¿Cómo fue que el hijo de un capitán de la guardia del rey Licomedes puede ser prospecto de matrimonio para Helena de Esparta? —preguntó Aquiles.

—¡Deberías estar agradecido de que te prefiriera a ti que a la princesa de Esparta! —se quejó Patroclo, y de inmediato se dio cuenta de lo que dijo y se cubrió la boca—. ¡No tiene importancia! De todas formas mi padre no tiene un reino, es solo un soldado de alto rango, así que faltar a la invitación por la mano de Helena de Esparta no es una declaración de guerra. Si Odiseo entrega el mensaje de mi viaje de entrenamiento con Quirón, entonces no habrá ningún problema —y Odiseo asintió a sus palabras.

—Bien, repitamos el plan —mencionó Odiseo—. Diomedes y yo tomaremos el barco que lleva a las costas de Esparta al sur de Hélade para atender a la ceremonia de mayoría de edad de Helena de Esparta —y tanto Aquiles como Patroclo asintieron—. En cuanto a ustedes, irán a Tesalia al norte de Hélade, y escalarán el Monte Pelión para solicitar a Quirón el que los entrene —Patroclo asintió, pero Aquiles bajó la mirada—. Aquiles… el Monte Pelión se alza sobre la región de Tesalia, y frente al reino de tu padre, Ftía. Pero Licomedes hizo una promesa, el que no te permitiría regresar a tu padre hasta que no fueras un verdadero guerrero. Si vas a ver a tu padre, sin ser digno de la Armadura de Libra, habrás insultado al rey que te acogió por 5 años… por favor prométeme que no verás a tu padre hasta convertirte en el verdadero Caballero de Libra —le pidió Odiseo, y Aquiles se cruzó de brazos.

—Yo hago lo que me viene en gana —declaró Aquiles, y Odiseo suspiró en señal de molestia—. Pero, no me gustaría llegar ante mi padre y decirle que mi mayor logro fue enamorar a Patroclo al vestirme de mujer por 5 años —Patroclo se ruborizó, y miró a Aquiles con desprecio—. Te fastidiaré con eso todo lo que yo quiera. Tú tienes la culpa por seguir insistiendo cuando te rechacé miles de veces —lo miró Aquiles fijamente—. Fue desagradable… por 5 años fue una verdadera tortura soportar tus malditos acercamientos… soñaba todas las noches que te cortaba la garganta y terminaba con esta tortura, pero al mismo tiempo, antes de que empezaras a verme con intereses lujuriosos, fuimos compañeros de cacería de gatos. Parte de mí te veía como un compañero de armas al que deseaba ver pelear en una gloriosa guerra —confesó Aquiles.

—No me agrada en absoluto que pienses en mí de esa manera —aclaró Patroclo—. Pero definitivamente yo no puedo decirte el cómo pensaba de ti o sin pensarlo 2 veces me cortarás la garganta —y Aquiles lo miró con un aura sombría rodeándolo—. ¡Es tu culpa por vestirte de mujer! —gritó Patroclo, mientras ambos caminaban a un barco que comenzaba a cortar las amarras para zarpar rumbo al norte—. Además… eras muy bonita —y Aquiles pateó a Patroclo con fuerza ante semejante comentario.

—¡Soy un hombre! ¡Deja de declararme tu amor incondicional! ¡Si vas a ser mi compañero de armas no pretendo pasar a la historia con ideologías extrañas de los historiadores considerándonos algo más que solo amigos! —le gritó Aquiles, mientras ambos subían al barco, preocupando a Diomedes y a Odiseo, quienes los veían partir—. Te juro que si en la historia nos ven como un par de raritos, te buscaré en el Hades tras mi muerte y te desollaré el alma —sentenció Aquiles con ira casi divina.

—Di lo que quieras, Pirra —agregó Patroclo sumamente molesto, y Aquiles por fin tuvo suficiente, dejó la Armadura Dorada en el piso y se lanzó contra Patroclo en medio de la borda, enfureciendo al capitán, pero era ya muy tarde para que los bajaran del barco ya que habían zarpado—. ¡Golpeas como una niña! —gritó Patroclo.

—¡Está niña te tenía vuelto loco, maldito rarito! —le gritó Aquiles, y el par rodó por toda la borda mientras los marineros intentaban separarlos con muy poco éxito. Diomedes y Odiseo simplemente se golpearon los rostros en señal de preocupación por lo infantil del par de idiotas en el barco en dirección al norte.

—Bueno… no los culpo… de niños tú y yo vivíamos discutiendo —mencionó Diomedes, un tanto alegre por recordar los días de su infancia—. ¿Recuerdas como solíamos correr por los mercados huyendo de los padres enfurecidos de las chicas que cortejábamos? —preguntó Diomedes con una sonrisa lujuriosa.

—¿Te refieres a mí arrastrándote por toda Argos después de que padres de familias nobles te encontraban con sus hijas en acciones indecorosas no aptas para el heredero al trono de Argos? —recriminó Odiseo—. Yo tenía noviazgos fieles, no aventuras diarias con las hijas de los nobles. ¡De hecho sigo soltero porque tu mala reputación contaminó la mía! ¡Como tu amigo, todos pensaban que era igual de depravado que tú! —apuntó Odiseo con molestia.

—Esa es agua bajo el puente. No vale la pena preocuparse por las cosas del pasado —aseguró Diomedes con una sonrisa en su rostro, pero Odiseo estaba sumamente furioso por los recuerdos—. Te lo compensaré. Llegando al puerto de Esparta, te conseguiré a una hermosa mujer que te haga incluso olvidar a Helena de Esparta, quien por cierto, será toda mía —anunció Diomedes, y Odiseo comenzó a tronarse los nudillos.

—No sé qué sería más satisfactorio: medir mis fuerzas como el Caballero de Plata más poderoso contra el Escorpio que no puede perder más que una sola batalla en toda su vida… o… decirle a Egialea sobre todos tus amoríos nocturnos —continuó Odiseo, y Diomedes se horrorizó.

—No te pongas violento, Odiseo… Egialea no tiene por qué enterarse… —insistió Diomedes—. ¡Sabes lo violenta que es mi prima! ¡Te lo suplico! ¡No le digas nada! ¡Tengo una idea! ¿Por qué no te casas con mi prima? ¡De esa forma mis tormentos habrán terminado al saber que mi prima se ha casado con mi mejor amigo! —continuó Diomedes, pero Odiseo le golpeó el rostro con fuerza, derribando al de Escorpio—. Odiseo… vuelve a hacer eso… y te destrozaré… —mencionó Diomedes desde el suelo, pero entonces vio la mano de Odiseo invitándolo a levantarse, y el de Escorpio aceptó la ayuda.

—No hables de tu prima de esa forma… sé lo mucho que te duele todo esto… sé que siempre te estás guardando rencores para ti mismo y que frecuentas burdeles únicamente para escapar de Egialea y tu promesa… sé que quieres que ella te odie… —Diomedes bajó la mirada, y Odiseo colocó su mano sobre el hombro de su amigo—. Nunca quieres decirme nada, Escorpio inútil… pero te entiendo mejor que nadie… encontraremos una solución… —Diomedes asintió, y Odiseo colocó su brazo alrededor de Diomedes, y el par comenzó a caminar por los muelles despreocupadamente—. Ya veremos cómo me compensas todas las barbaridades que me hiciste vivir en nuestra juventud. De momento, Esparta nos espera —pero Odiseo se detuvo de improviso, y notó a Shana esperando frente a un barco. Estaba impaciente y nerviosa, el barco soltaba amarras y los marineros le preguntaban si subiría o no—. ¿Shana? —preguntó Odiseo—. ¿Qué haces aquí? Estás muy lejos del palacio, una doncella viajando por sí misma corre mucho peligro —aseguró Odiseo.

—¡Lo lamento! ¡Lo lamento! ¡Lo lamento! —se disculpó Shana—. Pero ayer me quedé despierta hasta tarde charlando con mi señorita Deidamía… nos contamos secretos… sellamos nuestra amistad… y Deidamía me ordenó acompañar a Pirra, quie-quiero decir a Aquiles, para asegurarme de brindarle mi protección —Odiseo y Diomedes intercambiaron miradas de extrañeza—. El punto es que debo acompañar a Aquiles en su viaje. Pero le he preguntado al capitán muchas veces y ya no quieren retrasar el viaje. Dice que deben zarpar a Tesalia inmediatamente pero ni Aquiles ni Patroclo llegan —explicó Shana.

—Pero Shana… —comenzó Diomedes—. El barco que zarpa a Tesalia ya partió —las amarras del barco fueron cortadas, y el grito del capitán que anunciaba la retirada del barco en dirección a Tesalia y la petición al dios Poseidón por vientos favorables, confundieron a Odiseo y a Diomedes—. Espera un momento… si este es el barco que va a Tesalia… entonces. ¿A dónde enviamos a Patroclo y a Aquiles? —se horrorizó Diomedes, y Odiseo compartió la misma preocupación.

Mar Egeo. Barco a Anatolia.

—¿Qué quiere decir con que no podemos regresar? —gritó Patroclo con molestia—. Fue un error, le pagaremos por los inconvenientes pero en verdad, necesitamos tomar el barco a Tesalia —insistió Patroclo, cubierto en vendajes en su rostro y cabeza, y con un ojo morado por su pelea con Aquiles. El capitán del barco simplemente se negó, y llamó a un par de marineros, que lanzaron a Patroclo fuera de los alrededores del timón—. Esto no está bien —se preocupó Patroclo, y comenzó a caminar entre gente que pescaba o comía con sus familias, buscando a Aquiles, a quien encontró sentado sobre un barril, con raspones en las rodillas, su frente cubierta en vendajes, y mordiéndose los labios mientras un joven de cabellera negra ondulada y de mirada gentil cubría los raspones con ungüentos medicinales que le ardían a Aquiles—. Creí que serías un poco más… invulnerable… —mencionó Patroclo, y Aquiles tomó un saco de trigo y se lo lanzó a Patroclo al rostro. Patroclo enfureció, y estuvo a punto de resumir su pelea con Aquiles, cuando el joven que atendía a las heridas de Aquiles curó otra herida en su antebrazo, y Aquiles se retrajo con dolor, mostrando nuevamente el lado casi femenino del que Patroclo se había enamorado, y forzándolo a darse la vuelta y estremecerse del horror—. Maldito Aquiles, ¿por qué tienes que ser tan hermoso que confundes a los hombres? —preguntó Patroclo con molestia.

—¡No es mi culpa haber nacido con este rostro! —gritó Aquiles—. Incluso mi padre lo decía: «el más hermoso entre los hombres», odio ese maldito apodo. Preferiría ser un horrible ser que haber nacido así. Además, ya te lo dije, mi única inmunidad es a las enfermedades y al hambre —sentenció Aquiles con molestia, y el ardor de otra de sus heridas al ser curada lo hizo estremecerse de dolor—. El talón no, el talón no… espera… Paris… me estás lastimando —se quejó Aquiles, mientras Paris, el joven que le curaba las heridas, frotaba el raspado talón de Aquiles—. Maldito talón… —se mordió los labios Aquiles.

—Los tendones de tu talón están muy lastimados… debe dolerte mucho… —mencionó Paris, y Aquiles se estremeció tanto de dolor, que comenzó a tirar de su cabellera y a llorar por el terrible sentimiento—. ¿Qué pudo haber pasado para que te lastimaras las articulaciones del talón a tal gravedad? —preguntó, pero Aquiles no podía ni hablar, mientras Paris le curaba el talón derecho—. Apenas y lo estoy tocando —pero Aquiles tuvo suficiente, empujó a Paris, y corrió hasta una esquina del barco, donde comenzó a sobarse el talón—. ¿Qué le pasa? —preguntó Paris, y Aquiles lloró de dolor.

—Aquiles, no seas descortés —lo reprendió Patroclo, acercándose a Aquiles, quien lo miró de reojo con desprecio—. Paris se ofreció a curar nuestras heridas cuando los marineros por fin lograron separarnos. Deberías ser más agradecido y soportarlo un poco. Lo de tu talón es solo un raspón —apuntó Patroclo, intentando tomar el talón de Aquiles, solo para que Aquiles le tomara la mano y la estrujara con fuerza.

—¡Jamás me toques el talón! —gritó Aquiles, y tanto Patroclo como Paris lo miraron preocupados—. Un día… cuando tenía 5 años… y mientras aún vivía en la corte de mi padre el rey Peleo… tropecé y me lastimé el talón. Grité como jamás había gritado, gemí con tal fuerza que los soldados de mi padre me pensaron un debilucho… lloré y lloré, no podía contenerme. El dolor… era como si me hubiesen clavado una espada al rojo vivo en mi talón… —explicó Aquiles, y Patroclo y Paris lo miraron con tristeza y curiosidad—. Tethis, mi madre, por fin logró calmarme. Y me contó la razón de mi dolor… —y ambos se sentaron junto a Aquiles para escuchar la historia—. Cuando era un bebé, mi madre pidió a los sacerdotes que profetizaran mi futuro en las estrellas. Ellos profetizaron, que debería elegir entre una vida larga y plena, o una vida corta y gloriosa. El miedo invadió a mi madre, y pidió a Poseidón el volverme invulnerable. Me bañó en las aguas del río Estigia, y me secó frente a una fogata tras haberme ungido en ambrosia, una sustancia sagrada. Mi madre entonces notó que mi talón estaba enrojecido por la marca de su mano, me había sostenido el talón para bañarme en el rio después de todo, por lo que esa parte no se mojó, y como la ambrosia es un líquido que solo los dioses pueden usar, mi talón se quemaba, y yo lloraba con fuerza. Mi llanto despertó a mi padre, que vio a mi madre realizando lo que mi padre llamó un desafío a los dioses. Como mi madre era una Oceánida, ella podía tocar la ambrosia, pero cuando mi padre intentó separarme de ella, a él se le quemaban las manos, por lo que solo podía sostenerme del talón —recordó Aquiles con tristeza, y tanto Patroclo como Paris comenzaron a intuir lo que sucedió después—. No era la intención de mi padre o de mi madre, pero en su discusión… mi talón… —y tanto Patroclo como Paris desviaron la mirada como sintiendo el dolor—. Me dislocaron el talón y me destrozaron los tendones. Yo solo tenía unos meses de nacido por lo que el daño fue irreversible. Mi padre y mi madre, hicieron todo lo posible por ayudarme a recuperarme. Trajeron a doctores de todas las tierras, y al final, aprendí a caminar como un niño normal. Pensaban que todo había terminado pero… aún el menor estiramiento de mis tendones en mi talón derecho… me duele como si me quemaran con hierro hirviendo. Por eso siempre pateo con la pierna izquierda, lo más que puedo hacer con la derecha es caminar, correr y saltar. Si me tuerzo el talón… o se abre una herida… no puedo hacer más que tirarme al suelo y llorar… —terminó con su explicación Aquiles, sumamente avergonzado.

—Por eso tu madre te ocultó como una niña en la corte del rey Licomedes —concluyó Patroclo—. Ella sabía que como Mirmidón querrías convertirte en un guerrero igual a tu padre. Pero ese talón… un solo rasguño y estabas acabado… —Aquiles asintió a sus palabras con suma tristeza—. Lo lamento… no lo sabía. Cargas con muchas tragedias, Aquiles. Te aligeraré la carga todo lo que pueda —y Aquiles lo miró fijamente—. Tu deseo es ser un guerrero, ¿verdad? —y Aquiles asintió—. Entonces yo seré tu sombra. Me esforzaré por convertirme en un guerrero tan grande como tú. Me encargaré de siempre cuidar tu talón, para que así tú pelees sin complicaciones. Si alguna vez te hieren, estaré allí para protegerte —sonrió Patroclo.

—No sería suficiente… —mencionó Aquiles—. No quiero que me protejan… quiero ser un guerrero imparable, el más grande de todos, más grande que Jasón, más grande que Heracles… —y Aquiles se puso de pie, pero como su talón estaba herido, no pudo evitar caer, pero Patroclo lo sostuvo—. Déjame… —se molestó Aquiles.

—No lo haré —habló Patroclo con orgullo—. Te convertirás en ese guerrero en que deseas convertirte. Pero mientras lo haces, yo seré quien te ayude a levantarte —y Aquiles se mordió los labios con ira—. No me importa si me haces caras. No cambiaré de opinión —continuó Patroclo, y ayudó a Aquiles a sentarse en el barril—. Perdona, pero en verdad hay que curarte la herida del talón —lo abrazó Patroclo, avergonzando a Aquiles—. Antes de que empieces con tus malditas bromas, hago esto por tu bien, no porque te vea como Pirra. ¡Paris, límpiale la herida! —ordenó Patroclo, y Paris asintió y comenzó a sobar el talón de Aquiles,

—¡Suéltame! ¡Te mataré por esto! —gritó Aquiles, estremeciéndose de dolor—. ¡Te odio! ¡Púdrete! ¡Malnacido! ¡Pervertido! ¡Debilucho! ¡Insolente! ¡Hijo de Afrodita! —y Patroclo se molestó por el ultimo insulto, pero resistió mientras Aquiles pataleaba y Paris se esforzaba por evadir la pierna izquierda mientras torpemente terminaba de vendar su talón derecho—. ¡Mátame ya! ¡No puedo soportarlo! ¡Aaaaaaaaaah! —resonó el grito de Aquiles por todo el barco, y todos lo miraron sorprendidos—. ¡Solo mátame! ¡Córtame el maldito pie! ¡Termina ya con esto! —Paris se separó, había terminado, y Aquiles lloró de dolor, tomó a Patroclo del cuello, y lo lanzó a la pared de madera de los camarotes, y lanzó un tremendo puñetazo, que perforó la madera justo a la derecha del rostro de Patroclo—. ¡Acepto tu maldito ofrecimiento! —gritó Aquiles, respirando pesadamente—. Si vuelvo a herirme el talón… definitivamente moriré… más te vale que no me estorbes en batalla, Patroclo… vuélvete lo suficientemente fuerte para combatir a mi lado… ¿entendiste? —recriminó Aquiles, sacando su mano del interior de los camarotes, y caminando por la proa con odio en su ser.

—En verdad el talón de Aquiles debe ser algo muy doloroso —expresó Paris, y Patroclo asintió, y se sentó en el suelo, sumamente agradecido de que Aquiles no le hubiera impactado el rostro con la fuerza que imprimió que fue capaz de perforar la madera de esa forma.

—En nombre de Aquiles, que sé que es muy orgulloso para esto, tienes mi agradecimiento —le ofreció Patroclo, y Paris asintió mientras sonreía—. En verdad fuiste de mucha ayuda. Los ungüentos con que nos atendiste ardieron un poco al principio, pero ahora siento que puedo moverme con libertad —sonrió Patroclo.

—Lo único que hice fue limpiar las heridas —mencionó Paris—. La verdadera curandera es mi esposa, Enone —continuó Paris, mientras una bella joven de cabellera anaranjada llegaba con varios ungüentos que acababa de preparar—. Muchas gracias, Enone —sonrió Paris, mientras ella le ofrecía unos tarros pequeños con ungüentos diversos—. Enone preparó un poco más para ustedes. Úsenlos sabiamente, los ungüentos de mi esposa son muy especiales —sonrió nuevamente Paris, y Enone hizo una gentil reverencia.

—Eres increíble, Paris. Apenas tienes 15 años y ya estás casado —y Paris asintió—. Además eres un buen médico, ambos lo son. Es sorprendente que sean simplemente unos campesinos. Por cierto. ¿Qué los lleva a Anatolia? —preguntó Patroclo nuevamente.

—En Anatolia hay un reino de nombre Troya —explicó Paris, y Enone entristeció un poco. Patroclo lo notó, pero hizo caso omiso—. En Troya, una vez al año el rey Príamo lanza una celebración en honor a su fallecido hijo que no sobrevivió al parto. Se le llaman los Juegos Fúnebres. Y todo quien quiera competir puede hacerlo. Hay grandes recompensas para los vencedores —explicó Paris, y Enone le abrazó el brazo.

—Paris, en verdad no necesitamos que participes —mencionó Enone, y Patroclo la miró fijamente—. Tenemos una granja de vacas. Vendemos leche y carne. Pero nuestro ganado no es de muy buena calidad —comenzó con su explicación Enone—. Para este año, al campeón del torneó de arquería en los Juegos Fúnebres se le será entregado un toro cretense. Con un toro de esa raza podríamos levantar la calidad de nuestro ganado pero… Paris… yo preferiría que desistieras —suplicó Enone.

—He practicado mucho, Enone. Soy el mejor arquero de todo Esciro —y Enone asintió—. Ganaré ese torneo y salvaremos nuestra granja —Patroclo sonrió ante lo que estaba escuchando—. Pero, primero tenemos que ayudar a Patroclo y a Aquiles a abordar una nave que los lleve a Tesalia. Nos tomará una Luna llegar a Anatolia. Una vez allí, el barco de Anatolia a Tesalia tomará 2 Lunas más de viaje. Lamento mucho que se hayan retrasado tanto en su viaje —se preocupó Paris.

—Paris, definitivamente debes ser la persona más pura en toda Gea. Mira que ponerte a llorar por el sufrimiento ajeno, se un poco más egoísta —le sonrió Patroclo, y Paris comenzó a secarse las lágrimas—. Ese collar que llevas también me parece muy interesante. ¿Dónde lo conseguiste? Con un collar así podría conquistar a cualquier chica, incluso a la más terca y obstinada —y Patroclo sintió que le lanzaban un saco de trigo en la cabeza. Nuevamente había enfurecido a Aquiles, que lo escuchaba todo desde lejos—. ¡No estaba hablando de ti! ¡Ya supéralo! —gritó Patroclo.

—¡No puedo superar el trauma de 5 años en un par de días! —se quejó Aquiles, y Patroclo se molestó y decidió prestarle más atención a Paris, y al collar de plata con forma de estrella con inscripciones en Anatolio que Patroclo no podía leer—. ¿Qué significan estas escrituras? —preguntó Patroclo.

—«Tuyo para siempre» —leyó Paris, y Patroclo se impresionó—. Este collar, lo he tenido desde que tengo memoria. No sé qué significa, pero siento que debo tenerlo siempre a mi lado. Es mi posesión más preciada, y sin embargo no sé por qué —sonrió Paris.

—Eso es algo bastante raro —sonrió Patroclo—. Y continuó charlando con Paris. Enone sin embargo, se mostró preocupada, principalmente al ver el collar que siempre le pareció que envolvía un oscuro secreto.

Anatolia. Troya. Palacio del Rey Príamo.

—Se está acercando… la flama se está acercando —en la Sala del Trono de Troya, una bella mujer de cabellera oscura y piel pálida, y con la mirada perdida, observaba a otra doncella de cabellera castaña y ojos repletos de ojeras, que observaba una esfera de luz blanca mientras la locura la invadía—. La antorcha, esa mortífera flama que traerá consigo la total destrucción de Troya. Esa hermosa flama —la joven de cabellera castaña, de al menos unos 18 años de edad, comenzó a reír con malicia—. Está llegando, se está acercando —continuó.

—Cierra la boca, Casandra —habló un joven de la misma edad que la enloquecida hechicera, y mientras la princesa de cabellera larga y oscura, sentada en el trono, los miraba a ambos con incertidumbre—. No tienes nada de qué preocuparte, Políxena. No olvides que Casandra está demente —aclaró el joven, y Casandra simplemente continuó riéndose con fuerza.

—¿Es en verdad demente nuestra hermana, Heleno? —preguntó Políxena, mirando fijamente a ambos—. Casandra de Arcana, Estrella Terrestre de la Mentira… y Heleno de Profeta, Estrella Terrestre de la Adivinación… —enunció Políxena—. Fueron bendecidos desde el nacimiento con la habilidad de ver el futuro en el caso de Casandra, e interpretar los sueños en el caso de Heleno… pero cuando fui declarada la reencarnación de la hermana de Hades, el señor del Inframundo, todos tacharon a Casandra de mentirosa. Después de todo, su estrella es la Estrella de la Mentira —mencionó Políxena, y Heleno asintió, mientras Casandra se acostaba en el suelo, y comenzaba a rodar—. Dime, Heleno. ¿Acaso no profetizó Casandra que el hijo del rey Príamo por el cual se celebran los Juegos Fúnebres, traería la ruina de Troya? ¿Y acaso no fuiste tú el que interpretó el sueño de nuestra madre Hécuba, la esposa del rey Príamo, como una señal de que aquel recién nacido por su avaricia iniciaría una guerra de 10 años? —preguntó Políxena nuevamente, y Heleno se preocupó.

—Es verdad que al interpretar el sueño de nuestra madre vi a Troya arder en llamas, hermana… —comenzó Heleno, y Políxena asintió—. Pero es imposible que la antorcha haya regresado, porque nuestro padre, Príamo, ordenó el asesinato de ese niño —mencionó Heleno.

—Y por ello estamos condenados —sonrió Casandra, abrazando los pies de Políxena—. Nuestra hermana mayor es la reencarnación de Pandora, la hermana de Hades, rey del Inframundo. Ese niño, era Hades —anunció Casandra, y Políxena miró a Casandra fijamente—. Pero el niño no murió, la voluntad de los dioses lo mantuvo vivo. Y ahora viaja en dirección a Anatolia. Él ganará en los Juegos Fúnebres, y Trolio intentará matarlo por celos —anunció Casandra.

—Deja de decir mentiras, Casandra —mencionó Heleno nuevamente, y Casandra se acarició el rostro con los pies de Políxena—. Estás demente. Siempre a los pies de Políxena. Eres una vergüenza para la familia de Príamo —continuó Heleno.

—Le creo —mencionó Políxena, y Heleno se sorprendió—. Casandra tuvo razón cuando me declaró la reencarnación de Pandora 3 años después de que el infante que era la reencarnación del señor Hades fuera enviado a ser ejecutado por la visión de la antorcha que tuvo nuestra madre —prosiguió Políxena—. 108 Espectros, llegaron a la celebración de los terceros Juegos Fúnebres, y se arrodillaron frente a mí, jurándome lealtad incondicional. Y yo solo tenía 7 años… —explicó Políxena—. Esos 108 Espectros, me han sido fieles sin saber que Hades había sido enviado a su muerte. Si Casandra dice que la flama está regresando, le creeré… ya que sin Hades… sea o no sea Pandora, yo ya estoy muerta —explicó Políxena, y Heleno asintió—. Quiero que se aseguren de que Trolio no le ponga un dedo encima al ganador del torneo de arquería. Yo seré quien decida si ese niño es o no es el señor Hades, el dios del Inframundo —sentenció Políxena.

—Digamos que lo es, hermana mayor —mencionó Heleno sombríamente—. Si ese niño resultara ser Hades, ¿por qué permitirle regresar? —agregó con preocupación—. Si Casandra está en lo correcto, entonces también el regreso de ese niño significará la caída de Troya —explicó Heleno.

—Hay otra parte de la profecía de Casandra, que dice que hay posibilidades de que Troya no caiga —mencionó Políxena—. Si tener a Hades de nuestro lado no es suficiente, entonces solo debemos mantener a Trolio con vida y Troya no caerá, ¿o me equivoco? —Heleno se preocupó un poco, pero asintió—. Lo dejo en tus manos, Heleno —y Políxena se retiró, dejando atrás a un molesto Heleno, y a una Casandra que dormía en el suelo pacíficamente.

Mar Egeo. Barco a Esparta.

—Shana, deja de limpiar. No eres una criada mientras viajes con nosotros —se quejó Diomedes, mientras Shana barría los alrededores del camarote, dispuesta a ser de utilidad para el par—. Hablo enserio, Shana. Yo jamás he requerido de una Escudera. En todo caso, eres la escudera de Aquiles, no nuestra —apuntó Diomedes, que se encontraba sentado frente a Odiseo, quien pensaba seriamente en un movimiento de su tablero de ajedrez. Al parecer iba perdiendo contra Diomedes en ese juego.

—Deidamía me ordenó cuidar de Aquiles… pero él y Patroclo tomaron el barco equivocado, y si regreso con la señorita Deidamía únicamente le causaré más preocupaciones de las que tiene en estos momentos —explicó Shana, y Odiseo movió una pieza, y Diomedes miró el tablero e hizo un movimiento rápido, preocupando a Odiseo, quien volvió a tardarse una eternidad pensando en su siguiente movimiento—. Por favor. En estos momentos es muy importante el descanso de la señorita, cualquier preocupación podría alterarla mucho y poner en riesgo su salud —terminó con su explicación Shana.

—¿Acaso enfermó? Se veía en perfecta salud ayer que la conocimos —mencionó Odiseo e hizo un movimiento, y Diomedes tardó solo un segundo en devolver la afrenta en el juego de ajedrez y forzar a Odiseo a preocuparse—. ¿Cómo puedes mover tus piezas tan rápido? ¿Al menos estás pensando tus movimientos? —se quejó Odiseo.

—Todos mis movimientos están perfectamente pensados. Te habré derrotado en 3 movimientos más —aclaró Diomedes, y Odiseo se molestó—. Lo llamo la victoria de los 15 movimientos. Es como lanzar mis agujas. Podría vencerte en menos movimientos, pero disfruto tanto torturando a mis oponentes que te terminaré en 15 —sonrió Diomedes, y Odiseo se forzó a sí mismo a pensar más—. Mientras Odiseo piensa, aclaremos este malentendido. Deidamía y tú intercambiaron sus secretos más íntimos para ser mejores amigas, ¿verdad? —y Shana asintió—. Y tú secreto era tan importante, que Deidamía decidió mandarte a cuidar de Aquiles, a pesar de que el secreto de ella involucra un deficiente estado de salud —concluyó Diomedes, y Odiseo movió. Diomedes movió sin ver, enfureciendo a Odiseo.

—Yo no lo llamaría deficiente… es más bien… —pero Shana no supo qué decir, y Diomedes la miró fijamente—. Diferente… —definió, y Diomedes sudó frio ante aquella mención—. No puedo decirle por más que me insista. La señorita Deidamía me confió su secreto… y es mi mejor amiga… así que… no puedo revelarlo… —se ruborizó Shana.

—Eso es malo porque yo soy muy curioso —continuó Diomedes, Odiseo movió, y nuevamente Diomedes movió sin ver—. Un movimiento más y serás exterminado por Antares —le sonrió con malicia Diomedes, y Odiseo comenzó a sudar a chorros pensando en su siguiente movimiento con cautela—. ¿Y si me convirtiera en el mejor amigo de Shana, me tendrías la suficiente confianza para contarme el secreto de Deidamía? —preguntó.

—¡No podría! ¡Eso sería traicionar a Deidamía! —se quejó Shana—. Por favor ya no intente sacarme el secreto. Le digo que no puedo revelar un secreto de una amiga —suplicó Shana, y Odiseo movió su pieza—. En todo caso, si eso llegara a pasar, el único secreto que podría revelarle sería el mío —le explicó.

—¡Jaque Mate! —anunció Diomedes al mover una pieza sin ver, y Odiseo se horrorizó al ver a su rey rodeado en todas direcciones—. Gané la partida de ajedrez y gané el debate con Shana al mismo tiempo. ¡Es un nuevo record personal! ¡Y todo mundo decía que era imposible platicar con un tercero y jugar ajedrez! ¡Soy el caballero que rompe los imposibles! —se burló Diomedes, y Odiseo simplemente bajó la cabeza sintiéndose humillado—. Entonces, me convertiré en el mejor amigo de Shana, y ella me dirá su secreto. ¿Es eso correcto? —Shana se ruborizó un poco, pero asintió—. Entonces comencemos nuestra amistad con una amistosa partida de ajedrez, en vista de que Odiseo no sirve para jugar este juego —cargó Diomedes a Shana, y la sentó frente a él mientras Odiseo maldecía a Diomedes entre dientes—. No digas palabras altisonantes frente a una niña de 12 años —mencionó Diomedes mientras acomodaba las piezas.

—Es solo un juego de ajedrez… en el campo de batalla yo soy muy superior a ti —pero Diomedes le sacó la lengua de forma infantil—. En todo caso, si Shana quiere limpiar y atendernos para compensar el que le ayudemos a reunirse con Aquiles nuevamente, ella está en su derecho. No deberías escupir en la humildad de los demás. Shana es tan buena y noble que puede ofrecerse a este tipo de servicios, para mí eso es admirable. Solo prométeme que no te esforzarás mucho, Shana —ella sonrió y asintió.

—Sigo insistiendo en que los escuderos son para los perezosos que no quieren valerse por sí mismos —mencionó Diomedes y movió su pieza de ajedrez, y Shana pensó mucho su primer movimiento—. Pero bueno, si es Shana, no me molesta mucho tener una escudera tan linda —Shana entonces movió su pieza, y Diomedes parpadeó en un par de ocasiones—. ¿Esa? —preguntó Diomedes, y Shana asintió.

—¿Qué tiene de especial que haya movido esa pieza? —preguntó Odiseo, y se percató de que Diomedes pensaba mucho su siguiente movimiento—. Oye, oye… no estés jugando… no puedes ponerte tan pensativo en apenas 2 movimientos de un juego de ajedrez —pero Diomedes ni se dignó a mirar a Odiseo.

—No me molestes… —respondió Diomedes, y Odiseo se sorprendió—. Estoy pensando… esta niña… no sé si fue suerte o no pero… matemáticamente hablando acaba de arruinar mi estrategia de los 15 movimientos… tengo que cerciorarme de si fue o no un accidente —Diomedes movió otra pieza, y Shana se puso pensativa.

—Umm… eso es muy agresivo… —mencionó Shana, y el silencio perduró por unos instantes, y Odiseo no podía comprender lo que estaba pasando—. En un juego de ajedrez… los primeros movimientos definen al ganador. ¡Este! —movió Shana al caballo, y Diomedes se impresionó, incluso se puso de pie, observando el tablero fijamente.

—No fue un accidente… —declaró Diomedes—. Esta niña… irradia una sabiduría impresionante… no solo arruinó mi estrategia de los 15 movimientos matemáticamente desde el primer movimiento… sino que está tomando la ofensiva… en 2 movimientos acaba de apuntar directamente a mi rey —se sobresaltó Diomedes, y Odiseo parpadeó intentando comprenderlo, en especial por las reacciones de Diomedes.

—Bueno… no es exactamente así… solo estoy preparando el terreno para que mis 2 alfiles crucen sus líneas con tu rey a distancia, acortando el margen de movimiento del rey en 3 cuadros. Luego lanzaré a mi reina, y un ataque sorpresa con mi Pegaso es siempre muy divertido —sonrió Shana.

—¡Me acorraló! —se horrorizó Diomedes, y Odiseo pensó que su amigo sobreactuaba, pero Diomedes se apresuró a mover, y Shana movió también, en menos de unos segundos el juego de ajedrez se movió fluidamente, las piezas no eran comidas, todas permanecían en el tablero, y al final, el rey de Diomedes estaba rodeado por sus propias piezas.

—¡Jaque Mate! —sonrió Shana, y Diomedes se horrorizó—. ¡Fue muy divertido! ¡En verdad pude sentir el aire competitivo de sus movimientos! ¡Es muy bueno en este juego! —y Diomedes se deprimió, y caminó hasta su cama, se acostó, y no dijo más—. ¿Señor Diomedes? —preguntó Shana, y Odiseo movió su cabeza en negación.

—No entiendo muy bien lo que pasó pero… al parecer ganaste… —Shana asintió—. Diomedes toma las derrotas de muy mala gana. Estará repasando el juego una y otra vez en su mente hasta saber qué fue lo que pasó —y Shana se preocupó un poco—. No tienes de qué alarmarte. Mantener a Diomedes ocupado haciendo cálculos es lo mejor que puede pasar. Así evita pensar en cierta mujer que lo acosa —Shana parpadeó en un par de ocasiones, y Odiseo le sonrió—. Conviértete en su amiga y lo sabrás… Diomedes no le confía ese secreto a cualquiera. De hecho, está tan obsesionado con saber los secretos de los demás, porque quiere encontrar un secreto que sea más vergonzoso que el suyo, y así poder aceptar una relación prohibida y mal vista —y Shana, a pesar de no comprenderlo, asintió dispuesta a dar su mejor esfuerzo.

Anatolia. 1 Luna más tarde.

—¡Voy a extrañarlos mucho, Aquiles, Patroclo! —mencionó Paris, quien junto a Enone se despedía del par de aspirantes a guerreros que conocieron hace una Luna cuando abordaron el barco equivocado—. ¡Dentro de un par de Lunas este barco desembarcará en Tesalia! ¡De allí en adelante deberán tomar el camino al Bosque de los Centauros! ¡Ellos los guiarán a Quirón! ¡Pero tengan cuidado! ¡Quirón no acepta a cualquiera de discípulo! ¡Si no son dignos, los Centauros los matarán! —explicó Paris.

—¡Estaremos bien! —gritó Patroclo, y Aquiles simplemente les dio la espalda a todos—. ¡Gracias por todo! ¡Paris! ¡Enone! ¡Mucha suerte en los Juegos Fúnebres! ¡Espero que algún día nos volvamos a ver! —Paris sonrió y los vio partir.

—La próxima vez que se vean, serán enemigos a muerte. ¡Je je je! —escucharon Paris y Enone una voz, y al darse la vuelta, encontraron a una joven de apariencia sombría—. Mi nombre es Casandra, y te he estado esperando, mi señor Hades —sonrió la joven, y Enone se escondió detrás de Paris, sumamente asustada—. Descuida… vivirás feliz en Troya por un tiempo. Pero después, digamos que no será tan grata tu vida, je je je —y Enone se estremeció de miedo.

—Disculpe… señorita Casandra… —comenzó Paris, con una gentil sonrisa dibujada en su rostro—. Me temo que está asustando a mi esposa… y a decir verdad, yo también me siento un tanto incómodo. ¿Puedo ayudarla en algo? —preguntó con excelsos modales, pero Casandra comenzó a juguetear con su cabello, mientras miraba al barco que se retiraba y veía a Aquiles en este.

—Buenos amigos que volverán a verse e intentarán darse muerte. Sería divertido ver a Troya arder en llamas si eso significa divertirme tanto. Todos quienes me llamaron mentirosa… serán castigados… je je je… —sonrió Casandra, Paris retrocedió, y Enone comenzó a llorar por el miedo que sentía—. ¡Gaviota! —gritó de repente, espantando a Paris y a Enone, y comenzó a correr por los muelles persiguiendo gaviotas—. ¡Vuelen! ¡Vuelen! ¡Vuelen ahora que pueden! ¡Disfruten de los últimos años de paz en las playas de Anatolia! ¡Ustedes que me creen! ¡Sean felices! ¡Disfruten ahora que pueden! ¡Por 10 años las gaviotas no volverán a posarse en las playas de Anatolia! ¡Solo existirán los buitres y los cuervos desde los muelles de Anatolia, hasta las murallas de Troya! A los buitres… lo atrae el olor a la sangre… y las gaviotas les temen a los buitres… ¿lo sabían? —sonrió Casandra.

—Paris… tengo miedo… —le susurró Enone, y Paris asintió, tomó de la mano de su esposa, y la guio fuera de los muelles antes de ver a varios guardias correr por los muelles, dirigirse a Casandra, y rodearla de cadenas.

—¡Uwajajajajaja! ¡Me hacen cosquillas! ¡Me hacen cosquillas! ¡Uwajajajajaja! —gritó la perturbada mentalmente, mientras los guardias la jaloneaban de regreso a un carruaje, desde el interior del cual Políxena observaba a Paris fijamente.

—Pobrecilla… está… totalmente perturbada… —se preocupó Paris, pero suspiró y miró a su esposa—. Vamos, las inscripciones no tardan en comenzar —más Enone lo negó con la cabeza—. ¿Qué pasa, Enone? Sé que fue aterrador pero te aseguro que todo saldrá bien —le sonrió Paris, y comenzó a guiar a Enone en dirección a unos puestos, donde varios soldados de todas las regiones de Anatolia llegaban.

Hélade. Mercados de Esparta.

—Y te ponemos una corona de Laureles, y listo. ¡Eres una princesa! —habló Diomedes, vistiendo la Armadura Dorada de Escorpio nuevamente. Odiseo también vestía la Armadura de Plata del Altar. Shana por su parte, vestía cedas blancas y una corona de laureles que Diomedes acababa de comprarle—. Ahora encajarás perfectamente. Solo debes decir que eres mi acompañante, y te dejarán entrar a la audiencia del rey Tindáreo —sonrió Diomedes.

—¿Eh? ¡Pero no podría! —se ruborizó Shana—. Diomedes… siempre estás diciendo cosas muy vergonzosas… detente por favor —Odiseo sonrió con gentileza ante la vergüenza de Shana, que comenzó a estremecerse como intentando escapar de la vergüenza de las palabras de Diomedes—. Yo no puedo tener ese tipo de sentimientos… perdón… —reverenció, y tanto Diomedes como Odiseo parpadearon un par de veces. Odiseo no lo soportó más, y se burló de Diomedes.

—¡Wajajajajaja! ¡Te rechazaron! —se burló Odiseo, y Diomedes miró a Shana fijamente, sintiéndose derrotado ante la niña que se sonrojaba con gentileza—. Escorpio idiota, te acaba de rechazar una niñita de 12 años, jajajajaja —prosiguió Odiseo.

—Pero Shana… —fingió estar herido Diomedes, y Shana se disculpó e hizo varias reverencias—. ¿Cómo puedes rechazar a tu Caballero de Escorpio? Yo te amo casi tanto como amo a Athena —Shana volvió a ruborizarse ante los acercamientos de Diomedes, quien solo estaba bromeando, pero ella que no lo sabía comenzó a mover su rostro en negación.

—No lo entiendes, Diomedes, yo no puedo amar a nadie porque soy… —pero Shana se cubrió la boca, y entonces sintió un viento gélido golpearle. Diomedes se sobresaltó en ese momento por el sentimiento frio que le recorrió la espina. Odiseo estaba igualmente sorprendido.

—Así que, ¿amas a esta niña? —escuchó Diomedes, y el de Escorpio se sobresaltó al encontrar a una Caballero de Bronce, vistiendo una armadura con forma de Cisne, y con una máscara cubriéndole el rostro—. Diomedes… tú. ¡Eres un maldito mujeriego! —gritó la Caballero del Cisne, que elevaba su cosmos hasta forzar una pequeña nevada.

—¿¡Egialea!? —gritó Diomedes sorprendido—. ¿Qué, qué, qué, qué Hades haces aquí? —retrocedió Diomedes sumamente perturbado por la presencia de la Caballero de Cisne—. Puedo asegurarte, mi dulce prima, que por más que aprecie a Shana, se trataba simplemente de una broma, una broma —explicó Diomedes—. De todas formas. ¿Qué haces en Esparta? —preguntó.

—¿No es obvio, Diomedes? —escucharon una voz poderosa, y un hombre un poco mayor que Odiseo, vistiendo una Armadura Dorada, y de cabellera verde-azulada, se posó frente a Diomedes y Odiseo—. Egialea de Cisne es mi discípula, y viene a acompañarme mientras compito por la mano de la hermosa Helena de Esparta —explicó el joven.

—¿Menelao? —se sorprendió Odiseo—. El soberano de Micenas. Que honor más grande es estar en su presencia, Caballero Dorado de Acuario —sonrió Odiseo, y estrechó la mano de Menelao—. Pero esto es una verdadera sorpresa. Pensé que su hermano, Agamenón, sería quien competiría —explicó Odiseo. Y mientras él y Menelao charlaban, en el fondo Egialea se mantenía cruzada de brazos observando a un Diomedes que sudaba frio y encontraba su sudor congelándose por el desprecio de su prima, lo que confundía a Shana, quien solo era testigo.

—Mi hermano Agamenón competirá también —mencionó Menelao, y comenzó a caminar junto a Odiseo, Diomedes simplemente comenzó a seguirlos también. Pero sin importar a dónde mirara, siempre encontraba el rostro cubierto por una máscara de Egialea—. Pero sinceramente, es preocupante… la cantidad de representantes de pueblos que ha venido es sumamente impresionante —apuntó Menelao, mientras el grupo llegaba a la explanada de la ciudad de Esparta, y Odiseo se sobresaltaba por encontrar a varios caballeros, todos vistiendo alguna Armadura de Athena de algún tipo—. Hay Cretenses también entre los pretendientes —mencionó Menelao con cierta cautela.

—¿Cretenses? —se sorprendió Diomedes, y miró alrededor—. ¡Idomeneo de Crisaor! ¡El rey de Creta! —se sobresaltó Diomedes mientras observaba a un apuesto guerrero, de cabellera larga y blanca y tez morena, con ojos azules claros—. ¡Idomeneo es sumamente fiero! ¡Le juró lealtad a Poseidón y el dios de los mares lo recompensó con la Escama de su hijo Crisaor! ¡Siempre he deseado tener un combate de lanzas con el rey de Creta! —se emocionó Diomedes.

—¡Ese es Anceo de Lynmades! ¡Otro Cretense que se dice es hijo de Poseidón! —apuntó Odiseo a un apuesto guerrero vistiendo una armadura similar a la de Idomeneo, aunque ligeramente más ostentosa. Tenía cabellera larga y negra, y su piel era algo pálida. Sus ojos azules enamoraban a las doncellas con la vista solamente—. A pesar de su apariencia, dicen que posee una fuerza que se equipara a la de Heracles —continuó Odiseo.

—Por allí está Meríones de Escilla —apuntó Menelao, y el grupo vio a un joven de cabellera rosada amarrada en una coleta. Igual que todos los Cretenses, era bastante apuesto—. No habla mucho, pero tiene un cosmos tremendo —terminó Menelao—. He escuchado que Dragón Marino y Sirena también están aquí. Pero desconozco sus identidades. Y tanto Odiseo como Diomedes comenzaron a preocuparse, y Diomedes entonces sintió que Shana le jalaba la capa.

—Allí hay más Caballeros Dorados —apuntó Shana a un grupo de caballeros, todos vistiendo Armaduras Doradas, eran 4 en total—. 7 Caballeros Dorados en total. 5 más y estarán los 12 —sonrió Shana.

—¡Definitivamente esto no está bien! ¡Son 7 Generales Marinos de Poseidón! ¡Y si hay 7 Caballeros Dorados de Athena…! —comenzó Odiseo, y Diomedes tragó saliva con fuerza—. ¿Piensas igual que yo, Diomedes? —preguntó Odiseo.

—Menelao… sácanos de una duda que comienza a atormentarnos… —comenzó Diomedes, y Menelao asintió—. ¿Cuál es exactamente el tipo de torneo que decidirá al merecedor de la mano de Helena de Esparta? —y Menelao bajó la cabeza en señal de tristeza.

—Un torneo de batalla —y tras hacer aquella declaración, resonó el impacto de 2 Caballeros de Bronce jóvenes, uno vistiendo al Dragón, y el otro vistiendo al Pegaso—. En realidad, el torneo ya empezó. Llegaron tarde para el anuncio oficial del rey Tindáreo. 7 Caballeros de Oro, 13 Caballeros de Plata, los 18 Caballeros de Bronce, y 7 Generales Marinos, un total de 45 pretendientes de 30 pueblos diferentes —explicó Menelao.

—¿Por qué han venido tantos? ¡Es una locura! ¡La mayor parte de la Orden de Athena está aquí! —se horrorizó Diomedes, mientras veía al Dragón y al Pegaso peleando en una arena frente al palacio de Esparta, donde un intranquilo rey Tindáreo, de cabellera blanca y barba del mismo color por la edad, y la bella Helena de Esparta, de piel blanca cremosa y cabellera dorada, observaban los combates—. Por más hermosa que sea Helena, por más poderoso que sea el ejército Espartano… jamás en toda la historia de Hélade habían participado 30 pueblos en búsqueda de la mano de alguien. ¿Qué hace a Helena tan importante? —preguntó.

—¿No lo saben? —preguntó Menelao tranquilamente—. Si lo supieran, probablemente ustedes también pensarían en competir con tal fervor como aquellos Caballeros de Bronce, que a sabiendas de que hay Caballeros Dorados en la competencia, pretenden intentarlo —y tanto Odiseo como Diomedes miraron a Menelao fijamente—. Helena… es la actual encarnación de la diosa Athena —y el par se horrorizó, y Shana sintió una horrible sensación—. Tindáreo lo ha anunciado así. Los dioses han entregado a Athena a los mortales. Y Tindáreo asegura que Helena está por fin exenta de su juramento de castidad —explicó Menelao.

—Es mentira… —comenzó Shana, y todos la miraron—. Es mentira… Athena no puede librarse de su juramento de castidad. Jamás debe irrespetarlo, porque el día en que lo haga… Zeus se convertirá en un tirano… Athena debe mantener por siempre su juramento de castidad —sentenció Shana, y Diomedes notó que la niña estaba furiosa—. ¡Ella no es Athena! ¡Es mentira! ¡Es un engaño! ¡Ella no es Athena! —Diomedes se preocupó, levantó a Shana del suelo, le tapó la boca, e hizo una reverencia.

—¡Menelao! ¡Te veremos en el torneo más tarde! —comenzó Diomedes, confundiendo a Menelao, y enfureciendo a Egialea—. ¡Después hablaremos de nuestra situación! De momento no tengo tiempo para preocuparme por nuestro compromiso —Egialea se sobresaltó, Menelao se sorprendió, y Diomedes corrió con Shana, también sorprendida, en sus brazos—. ¡Vamos, Odiseo! —el de Plata asintió, y siguió a Diomedes.

Anatolia, Troya. Juegos Fúnebres.

—No es… no es posible… —habló Heleno, el príncipe de Troya, quien junto a la encadenada Casandra y la intranquila Políxena, observaba el torneo de arquería en el cual participaba Paris, junto a un joven de 15 años de edad, hermoso como lo era Aquiles, pero de cabellera oscura—. Ese sujeto ha igualado los puntos de Troilo. Su puntería es increíble —continuó Heleno.

—Es muy guapo, tenemos un hermano muy guapo, muajajajaja —continuó Casandra, y todos la miraron sorprendidos—. Puedes decirme mentirosa todo lo que quieras, Heleno. Pero ese sujeto… es Hades… —Políxena lo observó fijamente, y encontró una cadena plateada rodeándole el cuello y un bulto circular sobresaliendo de su sudada camisa—. Va a derrotar a Trolio. Solo observa —continuó Casandra.

—Eres bastante bueno, campesino —mencionó Trolio, lanzando su flecha, y dando en un blanco sumamente alejado—. Pero soy el mejor arquero de toda Troya. No perderé contra un sucio y maloliente campesino —insistió.

—Con el debido respeto, mi señor Trolio, príncipe de Troya —sonrió Paris—. Pero he viajado desde muy lejos solo por un Toro. Me sentiría sumamente desilusionado si no gano esta competencia. Pero le prometo, que en honor a tan emocionante contienda, el primer becerro nacido de la cruza de este Toro con una de mis vacas, será todo suyo, mi señor —Paris tensó el arco, lanzó su flecha, y dio más en el centro del blanco, sorprendiendo a Trolio, que había sido derrotado—. Se lo prometo —sonrió Paris, alzando su mano, y recibiendo la ovación de los anonadados ciudadanos y participantes del torneo, que no se esperaban que un simple campesino los venciera en el torneo.

—Políxena —comenzó Casandra—. Si no intervienes, Trolio matará a Hades, y yo no me divertiré —explicó Casandra, y Políxena no supo qué decir, mientras Paris caminaba en dirección al blanco, tomaba su flecha, y la alzaba como un trofeo y se dirigía a su esposa Enone para celebrar—. Si Hades muere, Troya no arderá, y yo no me divertiré. Pero si Hades vive… Athena por fin será derrotada, y los aliados de Hades obtendrán la vida eterna. ¿Qué dices, Pandora? ¿Dejarás a tu hermano morir? —Políxena observó a Trolio, que por la ira apuntaba su flecha a Paris, quien besaba a su esposa con gentileza—. ¡Pandora! ¡Quiero divertirme! —suplicó Casandra.

—Estás loca… —susurró Políxena, mientras Trolio tensaba el arco—. ¡Pero te creo! ¡Detente, Trolio! —gritó Políxena, sorprendiendo a Trolio, quien lanzó la flecha, pero por el grito Paris reaccionó. Un cosmos oscuro lo rodeó, sus ojos se nublaron, y la flecha fue desviada y se clavó en su lugar en la frente del Toro que era el premio de la contienda, matándolo en un instante—. Ese sujeto… en verdad es Hades… —se sorprendió Políxena—. ¡Tonto! —le gritó a Trolio—. Ese sujeto… ese excelente arquero… ¡es el hijo perdido del rey Príamo por el cual se celebran los Juegos Fúnebres! ¡Alejandro de Troya! —gritó Políxena y corrió en dirección al sobresaltado Paris y lo abrazó con fuerza—. Alejandro… hermano… has vuelto a mí… —lloró Políxena, y todos alrededor de la arena se sorprendieron.

—¿Alejandro? —escucharon todos, mientras el rey Príamo, que había observado la contienda desde su palco principal, se ponía de pie y observaba el collar alrededor del cuello del joven—. Mi hijo… mi hijo Alejandro… —lloró Príamo, y el joven rey de cabellera castaña oscura, caminó hasta el sorprendido campesino y lo abrazó con fuerza—. ¡Mi hijo ha regresado! ¡Los dioses me lo han devuelto! —lloró Príamo mientras abrazaba a Paris y a Políxena con fuerza, pero todo el tiempo, Paris no hacía más que ver al pobre Toro, y llorar por el injusto asesinato de tan bella bestia.

Hélade. Esparta. Templo de Athena.

—Shana. No puedes simplemente acusar a la hija de un rey de ser falsa. Muchas guerras han empezado con semejantes palabras —explicó Diomedes mientras colocaba a Shana en el suelo de un templo en honor Athena dentro del cual se refugió, y Shana lloró sintiéndose regañada, pero asintió—. ¿Por qué estás tan triste? Todos amamos a Athena, y si Tindáreo en efecto está mintiendo, los dioses lo castigarán —Odiseo llegó también a donde Diomedes había cargado a Shana, y tomó aire tras la persecución—. Somos amigos, ¿verdad? Así que como amigo tengo que confiar en lo que dice Shana pero, ¿por qué estás tan segura de que Helena de Esparta no es Athena? —Shana bajó la mirada, y movió su cabeza en negación—. ¿Es alguna especie de secreto? —preguntó, a lo que Shana respondió con su silencio y desviando la mirada, por lo que Diomedes suspiró, sonrió, e intentó animarla—. ¿Y si yo te cuento un secreto, nos convertiríamos en mejores amigos y me lo dirías? —Shana parpadeó un par de veces, sin entender las razones de Diomedes.

—¿Por qué insistes tanto en querer conocer secretos? —preguntó Shana, y Diomedes simplemente le sonrió—. El Caballero de Escorpio… no es el más fuerte… ni es el más leal… pero es el favorito de Athena… ya entiendo por qué… —susurró Shana—. Eres el guardián de Athena… el que siempre se preocupa más por Athena que por sí mismo… el que morirá por Athena antes que permitir que su diosa se equivoque… el Caballero de Escorpio, que siempre… y por siempre… cuida a Athena como si fuera lo único que importa… —Diomedes se sorprendió por el conocimiento de Shana sobre el Caballero de Escorpio, pero fue Odiseo el que se quedó boquiabierto ante aquellas palabras.

—Diomedes… cuéntale un secreto… —ordenó Odiseo, y Diomedes hizo una mueca de curiosidad—. ¡Solo hazlo! ¡Pero no cualquier secreto! ¡El secreto! ¡Ese que te avergüenza mucho y no te deja dormir por las noches! ¡Ese por el que sufres todos los días! ¡Ese que consume tu corazón! ¡Cuéntaselo! —suplicó Odiseo.

—¿Odiseo, qué Hades estás diciendo? —se preocupó Diomedes, y miró a Shana con curiosidad—. No sé lo que está pasando, pero, si te cuento ese secreto. ¿Me dirás por qué acusaste a Helena de ser una farsante? —Shana meditó al respecto, ella también estaba curiosa del secreto de Diomedes, por lo que, tras pensarlo unos instantes, ella asintió—. ¿Lo juras en el nombre de Athena? Estamos en un templo en su honor, si dices mentiras aquí, Athena se enojará —Shana sonrió, y asintió—. Bueno… te contaré… Egialea, la Caballero del Cisne, es mi prima y prometida —confesó, sorprendiendo a Shana por la revelación—. Cuando niños, en Argos fui seleccionado para competir por el derecho a convertirme en el Caballero de Escorpio. Me embarqué, dejando a Odiseo y a Egialea cuando yo tenía 12 años… ella tenía 10… me llevaron a la Isla de Milo, donde fui forzado a competir a muerte contra 800 aspirantes por la Armadura de Escorpio. Me tomó un par de años derrotarlos, me convertí en el Caballero Dorado de Escorpio a los 14 —y Shana asintió nuevamente—. De regreso a Argos, me enteré de que Egialea había abandonado Argos al poco tiempo después de mí. Había ido a Micenas, a convertirse en Caballero de Athena con Menelao de Acuario de maestro, quien la aceptó con gusto. Nadie había escuchado de ella en mucho tiempo, y yo la busqué, era mi querida prima, y Argos y Micenas son familias reales con amistades añejas —Diomedes bajó la mirada entonces, algo apenado—. Era invierno cuando llegué a Micenas, las nevadas habían llegado y Menelao estaba preocupado. Cuando me presenté ante él, me contó que había enviado a su discípula a las montañas a entrenarse en la conquista del Cero Absoluto, pero que el clima se mostró inclemente y Egialea se había perdido. Menelao estaba por partir en una expedición a buscarla, pero toda la ciudad estaba siendo abatida por la tormenta y necesitaban a su príncipe, por lo que me ofrecí a ir en su lugar —Shana asintió nuevamente, y comenzó a preocuparse un poco—. La busqué por días, y la encontré en una cueva, cubriéndose del frio, cubriéndose el rostro. Fui por ella, y encontré a varios soldados muertos en el suelo de la cueva. Eran los hombres de Menelao que habían ido a buscarla. Egialea los había asesinado —Shana tragó saliva, preocupada—. Egialea ya era una Caballero de Bronce… había perdido su máscara, y por orden de Athena, si un hombre ve el rostro de una Caballero de Athena, ella debe amar a la persona que la ha visto y desposarla… o asesinarla… vi su rostro… sin saber aquella regla… —Diomedes bajó la mirada, entristecido—. Ella… es mi prima… y estoy obligado a casarme con ella… o matarla… Egialea solo aceptó salir de la montaña si le juraba el hacerla mi esposa… ella pronto cumplirá 16 años… y cuando lo haga… deberé cazarme con ella o matarla, y no puedo matar a mi querida prima. ¿Sabes lo que pasa cuando un príncipe de una casa noble se casa con un familiar? —y Shana lo negó con la cabeza.

—Ante los ojos de la familia… esa persona no existe… —comentó Odiseo, y Shana se sobresaltó—. El matrimonio es muy importante para los nobles… es la forma de adquirir riquezas inigualables. Cuando hay un matrimonio incestuoso, se dice que es una vergüenza, y que oficialmente han muerto para la familia. Pierden todas sus tierras, derechos reales, el destierro es el castigo más común por ser el más humano posible —y Shana se sorprendió por el terrible secreto, y Diomedes asintió en depresión—. Cuando Egialea cumpla la mayoría de edad, Diomedes tendrá que elegir entre el destierro, o la vida de Egialea. Todo por haber visto el rostro de su prima —y Shana por fin lo comprendió todo—. Le he dicho que si lo destierran, tendrá un lugar en mi corte. Somos amigos después de todo —aseguró Odiseo.

—Soy el único hijo varón del rey Tideo de Argos… —mencionó Diomedes—. Mi padre murió hace ya mucho tiempo… si soy desterrado nadie podrá gobernar a Argos, y mi pueblo estará débil y sujeto a invasiones por mis tierras. La política y la diplomacia son temas muy complicados. Debo elegir entre mi pueblo y mi prima, pero… de eso me preocuparé después. De momento, necesito saber. ¿Por qué llamaste a Helena de Esparta una falsa? —preguntó nuevamente Diomedes, y Shana comenzó a preocuparse. Cerró sus manos en forma de plegarias en contra del pecho, y miró a Diomedes con preocupación.

—Somos amigos, ¿verdad? —preguntó Shana, y Diomedes asintió—. ¿Odiseo también? —y Odiseo asintió de igual manera—. ¿Si les pido que me crean, juran en el nombre de Athena que creerán a mis palabras, por más absurdas que estás puedan sonar? —Diomedes se preocupó un poco por aquellos comentarios—. ¿Lo juran? —insistió Shana co ojos llorosos.

—Espera, espera, espera… —interrumpió Diomedes—. Ese tipo de juramentos no son unos que se tomen a la ligera. Incluso si es Shana quien lo pide. No podría enunciar un juramento de ese tipo en el nombre de Athena, es impo… —comenzó Diomedes.

—En el nombre de Athena, yo, Odiseo, Caballero de Plata del Altar, te juro que creeré en tus palabras —anunció Odiseo, y Diomedes se sorprendió—. ¿Qué pasa, Diomedes? ¿No eras tú quien se jactaba de ser un caballero capaz de romper cualquier imposible? —mencionó Odiseo con una sonrisa, y Diomedes enfureció.

—¡No muevas mis hilos, Odiseo! ¡Sabes que me refiero a cosas difíciles de hacer! ¡No ha verdaderos retos que sin importar qué son imposibles para un mortal! —Odiseo tan solo se burló de Diomedes—. ¿Crees que tengo miedo a un juramento? —Odiseo no dijo nada—. Me crees incapaz, ¿verdad? ¿Crees que soy un cobarde? ¿Crees que miento cuando digo que puedo sobrepasar cualquier imposible? —Odiseo entonces incitó con un movimiento de su mano a Diomedes a decirlo—. ¡Púdrete en el Tártaros, Odiseo! ¡Nadie llama a Diomedes el Argivo un cobarde! ¡Soy el caballero capaz de crear milagros! ¡Diomedes de Escorpio! ¡Lo juro! ¡Te creeré! —Shana se alegró, y miró a ambos frente a ella.

—¡Soy Athena! —anunció con alegría, y Odiseo asintió, habiéndolo descubierto antes de la revelación de Shana. Diomedes por su parte, se mordió la lengua con fuerza, y se horrorizó—. ¡Soy Athena! ¡Dijiste que me creerías! —se humedecieron los ojos de Shana—. ¡Lo juraste! ¡No seas un mentiroso! ¡Me enojaré mucho si en verdad me mentiste! —y Diomedes colocó su mano frente a Shana, pidiéndole callar.

—Maldición… dame un respiro… déjame pensar detenidamente lo que acaba de suceder… —Odiseo se burló de Diomedes, mientras el de Escorpio caminaba a una pared, y se golpeaba la frente con fuerza en contra de esta—. Veamos… estamos en un templo en honor a Athena… Shana acaba de hacerme jurar que le creería, y para creerle necesito pruebas… vamos… busca pruebas… tienes que cumplir tu juramento —Shana miró a Odiseo, quien movió su cabeza en negación—. Veamos… llamó a Helena de Esparta una falsa… me llamó su caballero favorito… estamos en el Templo de Athena y si ella no fuera Athena entonces Athena la hubiera castigado, la convertiría en una Gorgona como a Medusa o algo así… —prosiguió Diomedes.

—¿Puedo hacer eso? —preguntó Shana, y Odiseo movió sus hombros arriba y abajo indicando que no tenía ni idea—. Diomedes… prometiste creerme… por favor créeme… —suplicó Shana, pero era inútil el suplicar, Diomedes requería pruebas concretas.

—Veamos… los Espectros… ellos mencionaron algo sobre Athena, pero estaba tan ocupado burlándome de esos 3 y después lo de Aquiles vestido de mujer, no pude concentrarme mucho después de eso pero los Espectros sí mencionaron algo sobre Athena… —y Shana comenzó a tener esperanzas, pero Diomedes aún no estaba convencido—. La anterior Athena fue asesinada durante una batalla contra Ares, el dios de la Guerra Violenta, hace exactamente 112 años… Shana tiene 12 años, y Calcas dijo que encontrar a Aquiles era la llave de la victoria de Athena sobre Hades. Si Hades ataca a Gea, eso significa que Athena ha reencarnado, pero Calcas no la encontraba, estaba buscando a Aquiles como si supiera que encontrar a Aquiles sería la llave para encontrar a Athena también… y además Shana es muy linda, no mentiría ni arriesgará su cabeza, mi cabeza, ni la cabeza de Odiseo, sin razón alguna… —Diomedes se tranquilizó, y miró a Shana, quien lo miraba con ojos de esperanza—. Tras meditarlo detenidamente… concluyo que hay razones para creerlo, así que… hasta que se demuestre lo contrario… estoy a sus humildes servicios, diosa Athena —se arrodilló Diomedes, y Shana se alegró y se lanzó a abrazar a Diomedes—. Me cuesta creerlo pero… mi principal prueba es que dudo mucho que alguien tan linda como tú fuera capaz de decir una mentira pero… definitivamente tienes que contarme la razón por la que crees que eres Athena —mencionó Diomedes.

—No lo creo… sé que soy Athena —mencionó Shana, y Diomedes suspiró, y asintió—. Por eso les decía que Helena de Esparta miente. Ella no puede ser Athena porque yo soy Athena. Se los juro en mi propio nombre, y que Zeus me fulmine si no digo la verdad —Diomedes se preocupó y miró en todas direcciones, pero nada pasó—. ¿Lo ves? ¡Soy Athena! —se alegró la niña.

—¡Negarte eso sería negar la existencia de Zeus! ¡Estás jugando con fuerzas muy complejas! —y Shana le sacó la lengua alegremente—. Pero… Odiseo… juré que creería en Shana, y por Athena, voy a creer… pero si Shana es Athena y 30 pueblos se han reunido en Esparta porque creen en la mentira de Tindáreo entonces… —y Odiseo asintió.

—Si… la mano de Athena es tan codiciada que seguro se harían la guerra por intentar obtenerla. Tindáreo ha lanzado una falsa promesa muy poderosa —explicó Odiseo, y Shana se preocupó—. Hasta donde yo lo veo, hay 2 preguntas. La primera. ¿Por qué Tindáreo mentiría de esa forma? La segunda. ¿Cómo arreglamos las cosas de manera que no se inicie una guerra en toda Hélade? —y Diomedes lo pensó también, mientras Shana simplemente los observaba a ambos fijamente—. Tengo una idea… Diomedes… aunque es algo riesgosa… —y Diomedes asintió—. Un juramento… un juramento de lealtad en nombre de Helena de Esparta.

Anatolia. Troya. Palacio de Príamo.

—¡Padre! ¿Qué significa esta insolencia? —se abrieron las puertas del salón de trono de Príamo, y un guerrero vistiendo una armadura morada brillante, una Suplice, y cargando un escudo inmenso y una lanza, entró en el recinto. El joven tenía al menos 18 años, era el primogénito de Príamo, y estaba por conocer a su hermano menor—. ¿Qué significa esto? —se impresionó.

—Hijo mío, contigo ya estamos todos reunidos —habló Príamo, sentado en el trono del rey, con una mujer de cabellera castaña y labios pintados de morado a su lado—. Pueblo de Troya, mi nombre es Príamo, rey de Troya —grandes nobles de toda Troya, de Dárdanos, de Tracia, Asia Menor e invitados de Hélade, estaban presentes escuchando el anuncio. El Espectro recién llegado, sin embargo, estaba confundido—. Ella es mi esposa, Hécuba, reina de Troya. Ante ustedes también está Héctor, mi primogénito y heredero —apuntó al Espectro recién llegado, antes de dirigirse a los que estaban sentados en los tronos alrededor del suyo—. Políxena, mi hija mayor, y los mellizos Heleno y Casandra, bendecidos por los dioses con dones especiales —y Príamo se hizo a un lado, y dejó al pueblo ver un par de tronos más, ocupados por extraños—. Ahora, con orgullo, les presento a mi hijo menor, Alejandro, quien ha optado por usar el nombre con el cual fue criado: Paris. Y a su esposa Enone, príncipe y princesa de Troya —Héctor se mantuvo incrédulo de lo que ocurría, tenía un nuevo hermano, y, sin embargo, recordaba las razones por las que no se habían conocido, hasta ahora.

Hélade, Esparta. Palacio de Tindáreo.

—Increíble… el combate entre Pegaso y Dragón es el primero, y se ha extendido por horas. Pareciera que ninguno quiere ceder y que darían la vida por la mano de Athena —mencionó el rey Tindáreo de Esparta, mientras Helena, su hija de 16 años, observaba la determinación de los combatientes—. ¿Acaso he cometido un error? ¿Acaso he pecado de avaricia al desear que solo el más honorable se convirtiera en el rey de Esparta? —se preguntó Tindáreo.

—¡Muy seguramente así fue! —gritó Odiseo, pateando a un par de guardias al suelo, y derribando las puertas del rey Tindáreo, quien se sobresaltó. Varios soldados fueron en su auxilio, y por la conmoción, el combate entre Dragón y Pegaso fue interrumpido—. Diomedes… —comenzó Odiseo, y el de Escorpio entró en la habitación seguido de Shana, que le tomaba la capa.

—Lo sé, lo sé… no quieres romper muchos huesos… yo me encargaré —mencionó Diomedes—. ¡Restricción! —enunció mientras elevaba su cosmos, y el ejército de Tindáreo fue paralizado en su lugar—. Adelante, Odiseo. Por cierto, ¿por qué me das ordenes? Yo soy el Caballero Dorado —Odiseo lo ignoró y entró en la sala del trono.

—¿Qué significa esto? —se quejó Tindáreo, mientras protegía a su hija Helena—. ¡Guardias! ¿Por qué no se mueven? —preguntó a sus múltiples guardias, que se mantenían inmóviles y sudando frio por el miedo.

—Porque mi amigo aquí presente es bueno en los concursos de miradas —apuntó Odiseo mientras se paraba frente a Tindáreo—. Sabemos lo de Athena, sabemos que mintió sobre Helena, ella no es Athena —Diomedes su preocupó un poco en ese momento—. No lo es… —y Diomedes asintió mientras mantenía la mirada en los soldados—. Así que, Tindáreo… permítame ayudarle a salir de su problema. Si me lo permite, le prometo que no habrá daños colaterales… al menos no a corto plazo —y Tindáreo asintió, mientras Odiseo se acercaba al palco—. Representantes de los 30 reinos, mi nombre es Odiseo, el Caballero de Altar del Santuario de Atenas. Al ser el caballero de Altar, soy representante del Patriarca del Santuario, y traigo noticias tristes: ¡El rey Tindáreo ha sido engañado! ¡El sacerdote que profetizó que Helena de Esparta era la reencarnación de Athena, mintió! —y todos los presentes enfurecieron, y comenzaron a discutir entre ellos mismos—. ¡Escúchenme! ¡Todos hemos sido alguna vez engañados por falsos profetas! El rey Tindáreo es un anciano, preocupado por no tener hijos varones que le queden con vida, y por el futuro de la gloriosa Esparta. Un pueblo de guerreros valientes, que no merece la vergüenza de ser engañados. Cualquiera de los aquí presentes, podría convertirse en rey de un país que se considera el más poderoso de toda Hélade. 30 pueblos se han reunido por el deseo de convertirse en ese rey. Así que les propongo un juramento, en el nombre de Athena. Para evitar un derramamiento inútil de sangre que cause la guerra entre nuestros 30 pueblos, propongo un juramento al vencedor de esta batalla, que por Athena hemos de respetar al campeón, que por Athena, uniremos a nuestros pueblos. 30 pueblos bajo el mismo estandarte, 30 pueblos jurando lealtad a Esparta, y al rey que de esta justa prevalezca. ¿Acaso no es el honor más grande? No será la mano de Athena en matrimonio, pero el vencedor se convertirá en el hombre más poderoso de toda Hélade —Esparta guardó silencio, mientras todos analizaban las palabras de Odiseo.

—Yo, Diomedes de Escorpio, príncipe heredero al trono de Argos, en el nombre de Athena ofrezco el juramento al hombre que tome por esposa a Helena de Esparta —gritó Diomedes, ofreciendo su juramento.

—Yo, Menelao de Acuario —prosiguió Menelao desde las filas de guerreros—. Príncipe de Micenas, en el nombre de Athena ofrezco el juramento al hombre que tome por esposa a Helena de Esparta —terminó Menelao.

—Yo, Idomeneo de Crisaor, rey de Creta —agregó un General de Poseidón—. En el nombre de Poseidón ofrezco el juramento al hombre que tome por esposa a Helena de Esparta —y los juramentos continuaron, los representantes de 30 pueblos, juraban lealtad a un rey que estaba lejos de ser elegido.