¡Saludos a Richter EverSwan y a Lyra MacMillan! ¡Y a todos aquellos que leen este fic les animo a que dejen un review o me manden un PM con sus sinceras opiniones!
Capítulo 2
«Una prímula. ¡Oh, qué encantador!» ironizo poniendo los ojos en blanco. Seguro que Séneca Crane ha escogido expresamente su nombre para hacerle la pelota al viejo Presidente Snow. Rosas y carne fresca, jugosa e inocente, el banquete favorito de ese malnacido. Un suspiro unánime y vergonzoso recorre la columna de las candidatas a tributo y una pequeña, diminuta, niña de cabellos rubios brota de la aglomeración del fondo cuando se apartan para dejarla espacio. En realidad sólo alcanzo a ver un bulto dorado en la distancia. Pero deduzco por su posición que es un tributo de apenas doce años. Un lechón recién destetado listo para la matanza…
Cierro los párpados un instante y concentro todas mis fuerzas en no vomitar el poco licor que aun me queda en el estómago. Paso a paso, emprende una procesión hacia adelante mientras las miles de personas congregadas comienzan a cuchichear en voz baja protestando. Tiene toda la pinta de ser una chica de la Ciudad y siendo tan joven seguramente sólo tenía una papeleta, demasiada mala fortuna como para evitar las sospechas de que no esté amañado el sorteo. La suerte nunca, nunca está de nuestra parte, por mucho que Effie Trinket diga lo contrario.
—Si al menos me dieran algo mejor con lo que trabajar —mascullo negando de manera inconsciente, mientras se acerca y su carita empieza a enfocarse en mis ojos sin que pueda evitarlo. Estoy a punto de desviar el rostro hacia el entarimado de la plataforma para no mirarla directamente, cuando escucho un desgarrador grito que hace trizas el silencio de la plaza como el crujido de un glaciar en el océano.
—¡Prim! ¡Prim! —una chica se abalanza por entre los candidatos a tributos dando trompicones, es un poco más alta, con el pelo negro y la piel aceitunada típica de la Veta—. ¡Me presento voluntaria! ¡Me presento voluntaria como tributo! —vocifera desesperada justo cuando agarra a la muchacha cuyo nombre ha salido y la arrastra detrás suyo. Durante un segundo dudo de lo que estoy viendo con mis ojos y me pregunto seriamente si no seguiré durmiendo en mi sofá, allá en la Aldea de los Vencedores. No ha habido voluntarios del Distrito 12 desde antes incluso de que yo naciera. Mi mirada se cruza por un segundo con la suya, aunque la joven parece estar en estado catatónico y no me ve, porque no deja que Primrose Everdeen se suba al escenario. Y es entonces cuando reconozco ese rostro de ojos grises, cabello negro recogido en una trenza y cejas espesas, rudas y crispadas.
«¡La chica con la cara de babuino!» a pesar de mis reiterados intentos de evitar a todos los niños en la edad de la Cosecha, no me he podido despegar de la imagen de esta odiosa mocosa en los últimos cinco años. La he visto innumerables veces por el Quemador, negociando con los artículos de estraperlo como una adulta más. Siempre que me cruzaba con ella (ya fuera en la taberna de Sae la Grasienta o de camino a la Pradera para beber junto con mis amigos enterrados en ella) me miraba con cara de malas pulgas. Frunciendo el entrecejo y con el rostro tan tenso como un orangután a punto de enseñar los colmillos para ahuyentarme. Eso unido a que apenas levantaba un palmo del suelo en comparación conmigo y que solía tener la piel tiznada por el carbón que impregna la Veta, le daban un aire muy… simiesco.
—¡Espléndido! —exclama Effie Trinket, falsamente emocionada. Aunque es obvio que intenta buscar desesperada una manera de cambiar lo que acaba de suceder.
Sólo los Distritos 1, 2 y 4 han enviado regularmente voluntarios a los Juegos del Hambre, voluntarios entrenados a pesar de que las normas de la arena lo prohíben expresamente. Pero sus tributos siempre habían sido examinados por adelantado y preseleccionados después de obtener el permiso de los Vigilantes. Parpadeo incrédulo una vez más y tengo que sofocar un risita sardónica porque lo que estoy viendo no tiene precedente en ningún Juego del Hambre. Un espontáneo voluntario, de verdad. No, qué digo, un espontáneo suicida con todas las de la Ley.
—Pero —apunta Effie con rapidez, mientras Primrose Everdeen intenta ocupar su lugar y forcejea inútilmente— creo que queda el pequeño detalle de presentar a la ganadora de la Cosecha y después pedir voluntarios, y, si aparece uno, entonces… —Effie intenta obligar mediante el protocolo que, esa niña que se ha dejado llevar por una locura transitoria, salga del proscenio cuanto antes y se lo piense dos veces.
—¿Qué más da? —suelta el alcalde a mi lado, dejándome atónito. ¡Parece que hoy es el día de las sorpresas! En todos los largos años que ha presidido este lamentable evento no se ha salido ni una coma del guión. Y elige hoy precisamente para que le salgan un par de huevos y plantarse ante el Capitolio y ante su audiencia—. ¿Qué más da? —repite mientras le contemplo de hito en hito, y observo que su vista se ha fijado en un punto en medio de los candidatos de la Cosecha—. Deja que suba.
Oigo los gritos de Primrose a lo lejos, como detrás de una catarata, porque toda mi atención se ha centrado en mi viejo colega, el alcalde. De repente se ha convertido en alguien sumamente interesante para mí y no despego los ojos de él. Siempre le había tenido por un pusilánime que se dejaba doblegar por el Capitolio, pero lo que acaba de hacer le podría costar demasiado. Creo recordar que aun le queda una hija en la peor edad posible. Intento escrutar la mortaja blanca de piel que tiene en esos momentos por rostro, pero su mirada está perdida en algún punto hacia adelante. Sin más, el alcalde da un leve respingo y niega sutilmente con la cabeza a alguien que está enfrente, entre la multitud. De fondo sigo escuchando el parloteo incesante de Effie, animando a la chica de la trenza a que suba los escalones y se plante delante del público, sin prestarle mucha atención. Sólo logro distinguir un par de frases entre tanto blablablá: espíritu, calcetines y gloria. No logro encajar mentalmente esas palabras en mi cabeza y le echo la culpa a mi absorto estado de embriaguez.
—¡Vamos a darle un gran aplauso a nuestro último tributo! —pide Effie rebosante de entusiasmo. Se hace el silencio en la plaza, un silencio tan absoluto que me pone los pelos de escarpias. El Distrito 12 siempre ha sido así de solemne todos los años. Pero tras unos tensos segundos, algo cambia en el ambiente. El alcalde suelta el aire contenido en un hondo gemido y sus ojos parecen salírsele de las cuencas.
—¡Mierda! —silbo entre dientes al voltear el rostro y ver a la gente congregada alrededor de la plaza llevarse los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y después señalar con ellos a la chica de la trenza. Las cámaras empiezan a enfocarlos a medida que se van sumando más y más personas.
Cray y sus hombres se envaran al ver esa peliaguda muestra respeto, pues conocen bien su significado más allá de este Distrito y lo referente a los Días Oscuros. Aquí, en el 12, apenas se emplea ya en los funerales y la gente ha perdido la costumbre de honrar así a sus muertos. Pero en los viejos tiempos de la Guerra y de la Rebelión del Distrito 13, con ese saludo se despedía también a los soldados vivos que partían de sus casas para no volver. Toda Panem estará viendo esto a la hora de la cena, en el Capitolio no dejará de ser más que algo desconcertante, una curiosidad dentro de los Juegos del Hambre. Sin embargo puede significar el fin de todo, si el Presidente decide dar ejemplo una vez más, por esta muestra de desafío…
Los recuerdos de mi infancia, cuando Nero Scare dirigía a los agentes de paz del Distrito me hacen levantarme del asiento: Los azotamientos públicos, los cuerpos colgados de las sogas en la plaza durante días para que sirvieran de escarmiento y el sonido de las mujeres gritando cuando sus depravados hombres entraban libremente en las casas de la Veta en busca de diversión por las noches.
—¡Miradla, miradla bien! —tengo que apartar a la audiencia de esta pobre gente y salvarla como he estado haciendo solo durante los últimos quince años. Agarro a la criaja majadera con cara de mico de los hombros y la planto a la fuerza delante del escenario—. ¡Me gusta! Mucho… —intento encontrar una palabra para describir lo que la chica de la trenza está provocando con su insensato arrebato, pero no encuentro un término adecuado entre la 'Locura' y la 'Estupidez'—. ¡Coraje! —espeto cuando logro captar la atención del equipo de rodaje—. ¡Más que vosotros!
«Eso es, Snow, mira al payaso de Haymitch y ríete de mí» imploro aproximándome al objetivo para que me encuadre por completo—. ¡Más que vosotros! —repito y quiero añadir una frase más, dirigiéndome a los demás tributos que verán la repetición en su viaje al Capitolio, pero de repente se hace un fundido en negro.
Sigo viéndolo todo de color negro cuando recupero la consciencia, pero como se está a gusto así y la cabeza me da vueltas no abro los párpados. Alguien me está poniendo en la frente un pañuelo húmedo y noto que mi cogote está apoyado en el regazo de esa alma cándida que cuida de mí. Aunque no sé porqué razón me podría merecer semejante trato, no soy más que un despojo de ser humano, sin valor.
—Despierta, Haymitch —no es la voz de Effie Trinket, ésta es serena y tranquila, pero la nota de apremio en su timbre me hace preguntarme quién será—. Despierta, por favor —repite la súplica con un arrullo melódico. Abro los ojos, intrigado, y es cómo entrar de lleno en mis pesadillas cuando distingo sus ojos verdes en lo alto.
—¡Maysilee! —prorrumpo en un exabrupto, quitándome la compresa humedecida de mi frente y sentándome derecho. Miro a mi alrededor frenéticamente y llego a la conclusión de que estoy en el despacho del alcalde, junto con su esposa. He estado contadas veces en el ayuntamiento, pero reconozco los viejos muebles carcomidos por las termitas y la mesa de trabajo con una pátina de medio siglo de antigüedad.
—Maysala —me corrige frunciendo los labios en un pequeño rictus de desagrado—. Mi nombre es Maysala. A ver cuándo va a quedarte claro, Haymitch —añade de manera cortante. Lo peor de mis Juegos del Hambre no fue ver morir a Maysilee Donner en la arena, ni que la carne de las ardillas me dé arcadas después de ser atacado por las versiones mutantes que creó el Capitolio, ni haber estado a punto de acabar eviscerado por una niñata psicópata con ansias de sangre. Lo peor vino después de la victoria, cuando regresé con vida al Distrito y en el anden del tren vi un fantasma de carne y hueso aguardando mi llegada, en la forma de su hermana gemela. Casi sufrí una crisis nerviosa después de ese sobresalto, pero esos ojos verdes oscuros que creía que podría olvidar a base de beber, nunca se me pudieron quitar de la cabeza por culpa de esa mujer que me perseguía por todos lados—. Menudo espectáculo has montado ahí fuera, casi parecías un revolucionario.
—Como si me importara algo lo que tú opines —intento fingir que es así.
—Cierto —Maysilee chasquea la lengua y me mira detenidamente evaluando el grado de sobriedad que tengo en este momento—. ¿Sabes por qué estás aquí?
—Me he caído del escenario ante todo Panem —sé que no es una pregunta literal, pero me noto un lado de la cabeza magullado por el impacto y me niego a seguirle la corriente a esta condenada mujer.
—Este año es un año muy importante, Haymitch. Este año el Distrito 12 ganará los Juegos del Hambre —recita ella como si no hubiera escuchado mi desplante.
—Así que al final se te ha ido la olla con tanta morflina —diagnostico segundos después ante semejante desvarío. Maysilee me fulmina con su mirada y aprieta la mandíbula con fuerza. Sigue teniendo carácter, igual que su hermana. Pero está muy desmejorada desde la última vez que nos cruzamos un Día de la Cosecha como hoy. Tiene los huesos de los pómulos más marcados, consumida la carne por la falta de apetito en que degenera el narcótico y la piel amarillenta de alguien recluido en la oscuridad por las intensas migrañas que provoca su abstinencia.
—Eso tendría crédito viniendo de alguien que sabe en qué día de la semana vivimos.
—¡Ouch! —me quejo por el comentario mordaz—. Has tocado hueso, Maysilee.
—Maysala, soy Maysala —insiste, irritada, una vez más.
—Lo que tú digas —desdeño su matraca con un movimiento de muñeca y después me apoyo en las palmas de las manos, luchando por evitar que mis párpados se cierren de agotamiento. Sé muy bien el doble juego que llevaron las dos hermanas Donner durante el segundo Vasallaje de los Veinticinco. Maysala, la verdadera Maysala, sustituyó en la arena a su gemela mucho menos entrenada para que sobreviviera. Habrían podido dejar en ridículo al Capitolio si la verdad se hubiera filtrado, pero los Vigilantes descubrieron el engaño y la castigaron antes de que tuviera una oportunidad—. ¿A qué viene todo esto? ¿Qué narices quieres de mí?
—Quiero que hagas tu trabajo de mentor —dice con voz contrita, quebrada por el dolor—. Que dejes de comportarte como la escoria que crees ser y traigas con vida a esa chica de vuelta a nuestro Distrito. Eso es lo único que te pido, Haymitch.
Comienzo a reírme entre dientes, porque lo que me pide es tan irrealizable como que le baje la luna del cielo. Pero me detengo después de unos segundos porque sé que, de entre todas las personas que viven en Panem, es la única con derecho para exigirme lo imposible. Se lo debo, no a ella, por supuesto, sino a su hermana muerta en la arena. Y ésa es una deuda que jamás podré saldar del todo.
—No es como hace cuatro años —me doy asco a mí mismo por echar mano del recuerdo de su primogénito muerto, Hedge Undersee, para hacerle que entre en razón—, esa chiquilla no es ni siquiera tu hija. ¿Qué más te da lo que le ocurra?
—Quiero lo mismo que tú, Haymitch —tiene los ojos enrojecidos, a punto de que le broten lágrimas. Pero las mantiene contenidas con ese finísimo hilo de voluntad que parece sostener su enfermizo cuerpo en su sitio—. Darle con un canto en los dientes a la gente del Capitolio y hacerles saber que el Distrito 12 no es para tomárselo a risa.
«No me lo creo» ese discursito sobre el orgullo del Distrito suena tan falso como la risa de hiena histriónica de Effie Trinket. Hay algo más que no me cuenta.
Espero haberos sorprendido un poco. ¡Hasta que nos leamos!
