Autora: Hola! Vuelvo feliz viendo que os esta gustando el fic (bueno, jaja, al menos a cuatro personas! XD). Escribo para agradeceros los reviews (Naoko tendo, Lapislazuli Stern,Tsukishirohime-chan, metitus)! me hicieron mucha ilusión y de verdad q espero que en adelante os siga gustando! Tambíen espero que sigais siendo pacientes ya que el fic va ir lento(para darle mas emoción) jeje... asi que atents xq poco a poco se irán dando explicaciones! ^^
Os dejo para que sigáis con la lectura con mi mayor deseo de que os guste!
LA GRAN MISIÓN DE RUKIA KUCHIKI
Y pasaron 14 años...
- ¿Co... Cómo? Pero hermano... ¡no puedo hacer eso! yo...
- Cállate Rukia. - ordenó Byakuya con voz helada y punzante - harás lo que se te ordena, para eso se te ha criado.
La joven heredera Kuchiki no supo cómo reaccionar, ¡su cuñado se había vuelto tarumba! ¿Irse a estudiar a Karakura? ¿Dónde demonios estaba Karakura, para empezar? ¡Ya ni se acordaba! ¿A qué venía todo aquello?
Pensaba que Byakuya odiaba ese pueblo, ella era una niña cuando asesinaron a su hermana Hisana, asi que sus recuerdos eran difusos y casi nulos. Pero lo que si recordaba era su rápida y traumática huida a las lejanas tierras de Sakata, lejos de la civilización, lejos de sus amigos, lejos de todo...
También recordaba la lenta y progresiva transformación del agradable y atento Byakuya, un Byakuya que poco a poco se había convertido en ese ser apático e impasible que escasamente parecía humano.
Su cuñado nunca hablaba de esa época, pero el tío Aizen le explicó años atrás la razón. Según su tío, el mutismo de Byakuya se debía a una antigua y dolorosísima traición recibida por parte de un ser querido. Al parecer, fue un componente del clan Kurosaki el responsable del asesinado de su hermana, un asesinato a sangre fría. Eso había supuesto un duro golpe para Byakuya, quien inmediatamente rompió todo contacto con el clan "hermano", y se trasladó a las montañas.
¿Y ahora la obligaba a regresar? ¿Pero qué bicho le había picado?
- ¿Hermano? - Rukia se moría por preguntarle directamente las causas de su cambio de opinión, pero Byakuya no era un hombre fácil, uno debía de tener mucho tacto si quería sacar algo del moreno - Haré lo que pides, desde luego - siguió diciendo humildemente con la cabeza gacha - aunque, quizá, si supiera la causa de tu decisión, yo...
- Sabes bien que no soy tu hermano. - sus palabras, duras e hirientes cual grueso látigo, llegaron al corazón de Rukia como si de una pedrada se tratara. Conteniendo las incipientes lágrimas, la joven esperó a que su cuñado le diese una explicación - Y no tengo por qué darte explicaciones, irás a Karakura y no se hable más. Tu maestro y tutor te dirá cuáles son tus órdenes.
Sin más, sin una mirada o palabra de aliento, Byakuya Kuchiki abandonó la espaciosa habitación y la dejó sola.
La joven sabía que no tenía que dejar que las malas formas del jefe del clan la afectasen, pero una estúpida parte suya, una que guardaba en un profundo lugar de su corazón, quería gritar y clamar por el cariño del que consideraba su hermano, su familia.
- No te entristezcas por ese cabezota, Rukia. ¡Ya le conoces! ¡Si es toda fachada!
Como siempre que su maestro se dirigía a ella, el ánimo de la adolescente mejoró al instante. Si, pensó, siempre podré contar con él.
- Lo sé profesor Ukitake, no estoy triste, solo pensaba - se giró para poder ver mejor a su tutor, un hombre que paso a paso y año tras año, se había convertido en un padre para ella. Un padre muy enfermizo... observó angustiada la palidez del atractivo y maduro samurái. Víctima de una grave enfermedad pulmonar que acarreaba desde hacía años, se había visto limitado como guerrero, y rebajado al cargo de profesor de los jóvenes aprendices. Rukia sospechaba que una de las razones por las que Byakuya había trasladado al clan tan lejos de contaminaciones y demás medios dañinos, era la precaria salud de su mejor amigo.
- ¿Estás bien?
- Jejeje... si, tranquila. - respondió él, indicándole con la mano que detuviera su avance - No hace falta que me ayudes Rukia, se cuidarme solo.
A pesar de sus palabras, Rukia se acercó a Ukitake y, agarrándolo por la cintura, le ayudó a sentarse.
- ¿Dónde están tus auxiliares? - exigió saber ella buscando con la mirada al par de locos responsables de su tutor.
- Déjalo ya. - y con una amable sonrisa, la obligó a sentarse a su lado - ¡Para una vez que los despisto!
- ¡Maestro Ukitake! - riñó.
- ¡Jaja! No es por eso por lo que estamos aquí, ¿cierto?
Rukia no pudo negarse al mal disimulado cambio de tema.
- Te escucho.
- Pequeña Rukia... - los ojos del hombre se empañaron un segundo antes de que los cerrara fuertemente - ... no, ¿ya no eres pequeña, verdad? - preguntó sin esperar respuesta alguna, y sin prestar atención a la confusa expresión de la muchacha - no... - soltó un pequeño sollozo - me temo que ya no lo eres... - y dando un suspiro finalizó - en fin, para que luchar contra lo inevitable... prepárate Rukia, por que hoy comienza tu primera misión como samurái del clan Kuchiki.
- ¿En serio? - exclamó ella con los ojos brillantes rebosantes de emoción. Desde que había comenzado su entrenamiento ocho años atrás, siendo apenas una cría, había estado deseando que llegara ese día, el gran día en el que se uniría a sus amigos en la honorífica misión de mantener la familia a salvo.
- Si, me imagino que Byakuya ya te lo ha comentado, pero te lo repetiré. Tu misión se llevará a cabo en la pequeña ciudad de Karakura, muy cerca de Tokyo. Entrarás a estudiar en la universidad de medicina de esa región, y vigilarás de cerca al descendiente de los Kurosaki. - Ukitake sacó una libreta que tenía guardada en algún lugar de su enorme kimono, y se la ofreció - Ten, para que te acuerdes de todo.
Tomando la libreta de cuero negro por inercia, Rukia contempló largamente las cuantiosas anotaciones plasmadas en ella. ¡¿Vigilar a un niño? ¿Esa era su gran misión? ¡Pues vaya mierda!
- ¿Y? ¿No estás ilusionada? - cuestionó su tutor con una irresistible sonrisa que todavía ponía en apuros más corazones femeninos de los que se podían contar.
- Pues... realmente... no es lo que me esperaba... - afirmó Rukia con la vista todavía clavada en la libreta.
Ukitake observó divertido a su desanimada pupila. El no era ningún imbécil a pesar de su imagen de hombre inocentón, y sabía que Rukia no estaba nada contenta con su misión. La conocía demasiado bien como para no darse cuenta de las ansias de aventuras que tenía la adolescente (o ya no tan adolescente, por mucho que le doliera). Y él, como su tutor y confidente, la comprendía perfectamente.
La pequeña Rukia, de apenas cuatro años, había sido arrancada de un mundo tranquilo y seguro, con una hermana que la adoraba y una vida privilegiada, para verse plantada en una vieja y monstruosa mansión situada en medio de la nada, y en condiciones prácticamente infrahumanas. La pobre niña había sido puesta a su cargo tan solo un año más tarde, cosa que siempre le agradecería al terco y frío Byakuya, gracias a él había dejado de estar solo. Su enfermedad lo consumía poco a poco, y se negaba a ser una carga para la mujer que amaba, así que siempre había preferido el aislamiento, quizá por ello se llevase tan bien con el líder Kuchiki, ambos portaban graves heridas que preferían sobrellevar en soledad...
Pero de repente tenía una responsabilidad, alguien a quien enseñar y cuidar, alguien por quien luchar, alguien a quien poder amar, su pequeña Rukia... su hija. Byakuya se desentendió totalmente de la cría, llegando incluso a ignorarla, al menos así fue hasta que Rukia cumplió los ocho años, entonces, el jefe decidió que ya era hora de que la niña entrenara para convertirse en samurái y que así pudiera servir de algo a la familia. Por supuesto, la jovencita no dudó en cumplir los deseos y objetivos impuestos por su cuñado con el fin de buscar su siempre negada aprobación.
Desde entonces, Ukitake vió a su pupila esforzarse día a día, superándose a si misma, luchando siempre por ser la mejor en todo, incluso imitando el temperamento noble y digno que caracterizaba a Byakuya. Todo esto, toda esta carga que había sido colgada en el fino y delicado cuello de la joven, comenzaba a superarla, y Ukitate no dudaba que pronto explotaría.
Por eso, y por muchas ganas de impedirlo que tuviera, no se negó a que Rukia recibiera su primera orden como samurái de élite. Ahora bien, no pensaba dejar que corriera ningún riesgo, así que había movido algunos cables en las altas esferas para que a la joven le dieran el puesto de vigilancia.
Además, el conocer a Byakuya y saber quién era el objetivo al que debían vigilar, daba a Ukitake más motivos para ser cauto... ¡sólo Kami sabía lo que tendría su amigo en mente!
- Bueno, no le des más vueltas. Debes encarar las cosas con alegría. Y piensa que el primer trabajo siempre es especial.
- ¿En serio? - pareció dudar la chica.
- ¡Claro! ¡Seguro que te lo pasas muy bien! Y no estarás sola. - dijo para captar el interés de su oyente - Un grupo de samuráis más experimentados que tú te acompañarán y cubrirán tu espalda. ¡Ah! Por cierto... antes de que se me olvide... seguro que no te acuerdas de tu vida en Tokyo, ¿verdad? - Rukia negó con la cabeza - No, ya me lo imaginaba... verás Rukia, el lugar al que irás es muy diferente a este...
- ¿Cómo de diferente?
- ¡Mucho! si al menos tuvieras televisión, sabrías lo que te espera... - comentó apenado por esa manía que tenía Byakuya de vivir de forma similar a la época Edo.
- Te... ¿televisión? ¿Qué es eso?
- Mmmm... - lanzándole una enigmática sonrisa, el maestro contestó - ¡Ya lo descubrirás!
N/A: Para compensaros por lo cortito del capítulo, y si veo que os sigue gustando, intentaré publicar otro capítulo antes de que termine la semana! ^^
Por cierto, no os cortéis en enviarme reviews, tanto si os agrada como si os horroriza! (Tsukishirohime-chan, intentaré rectificar los errores que me comentaste, y ya sabes, si ves alguno más me lo comentas).
Ojalá que hayais disfrutado!
