DOS
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Las mujeres se habían quitado de aquel complicado nudo de cuerpos cuando se percataron de que el joven moreno y de cabellos castaños estaba por írsele encima al rubio, ambos se observaron echando chispas por los ojos.
Caminó hacia el melio, y sorpresivamente, le apretó entre el asiento y su rodilla a la altura del pecho, presionaba con tanta fuerza que para Milo fue casi imposible respirar sin sentir dolor.
—Tienes que volver, no puedo seguir mintiendo y fingiendo que no sé en dónde estás —masculló—. ¿Ya he pagado suficiente no? Ya has pagado suficiente —le dijo bajando la pierna y levantándolo por el cuello de la chaqueta, parecía implacable.
—Aun no… aun no es suficiente, Aioria… —contestó en medio de una carcajada amarga.
Por toda respuesta el ateniense agitó al melio, con tal violencia que poco faltó para desnucarle.
—Hablo en serio Milo, estoy cansado de recogerte de entre las estelas funerarias, estoy cansado de tener que encubrirte… ¿Sabes que hoy mismo Atenea me ha preguntado por ti? ¡Hace un mes que te marchaste! ¡Un mes! —Estuvo por enlistarle la serie de mentiras que había tenido que decir por su culpa.
—Aun no pagas lo suficiente… —siseó, los ojos inyectados en sangre, y si se hubiese alborotado más el cabello, habría parecido una bacante, tomó sus muñecas y las hizo bajar, apretándolas violentamente, cuando observó las esmeraldas de sus ojos, sus pupilas intensas… esa mirada esclavizadora, no pudo negar… lo innegable… que sufrían probablemente en la misma medida…
—Arréglate la ropa —le ordenó el Arconte de Leo dándole la espalda dispuesto a esperarle afuera del lugar, la verdad es que entre el humo, las risas y la pestilencia general del lugar, no era la mejor cita de su vida.
Milo, tragó saliva, lo poco o mucho de embriaguez que anidaba en su cuerpo comenzó a evaporarse, y mientras observaba la espalda ancha y perfecta del guerrero de Leo que decaía en una cintura pequeña… ese cuerpo tan masculino… se abrazó a él, así, por su espalda, pasando sus manos por debajo de sus brazos, apretándolo, pegando el rostro contra él.
El abismo.
Totalmente desesperado. Reivindicando referencias y pertenencias, y un pasado en común, que todavía no podía dejar ir.
Aioria cerró los ojos, apretando los puños con furia. Odiaba esa forma de ser de Milo, odiaba sus chantajes físicos y emocionales, era un manipulador con honores. Suspiró pesadamente y tocó las manos del otro Arconte.
—Sabes que de todos modos acabaré haciendo algo mezquino, tarde o temprano —confesó el escorpión—, y aun así, estás aquí…
—Lo sé, no hay nada que hacerle. —Fue su única sentencia, en ese triunfo pírrico que había empezado con el francés.
Ambos se preguntaban ¿Cómo buscar más espacio, más libertad, más locura, más eternidad del deseo?... sólo entre ellos la respuesta flotaba tácita.
