Capítulo 1: His secret, her secret, Their secret.
– Entonces ¿De verdad te acuestas con él?
Thomas carraspeó. Frente a él, Bárbara "Bebe" Stevens lo observaba de forma recriminatoria, casi devorándolo con los ojos. Colocó uno de sus brazos bajo sus pechos, mientras delineaba suavemente los rizos de su cabello con los dedos, tratando de darse una imagen más casual y piadosa. Siendo su mejor amiga desde que ambos cursaban clases particulares de danza, ella realmente esperaba que Thomas no le ocultase secretos ni alguna otra cosa de importancia. Dio lo mejor de sí para ganarse su confianza y, actualmente, se sentía orgullosa de poder llamarlo su BFF, lo cual volvía más doloroso el hecho de que no le hubiese comentado ni insinuado lo que ocurría.
– ¿No vas a defenderte?
La chica relajó el gesto, tomando asiento a su lado en la cama. El cuarto de Thomas seguía apestando a café expresso incluso cuando Tweek no se encontraba allí.
Le levantó el rosto usando la punta de sus uñas barnizadas en rosa, con el fantasma del desengaño todavía rondándole en la cabeza. Si ella le confió todos sus secretos ¿Por qué Thomas no hacía lo mismo?
– ¿No me dirás nada?
Foster apartó el rostro en el acto, antes de sentir las manos de Bebe aferrarse a sus mejillas, volteándole la cabeza. Su semblante crítico flaqueó en pos de ese instinto maternal que le guardaba, y Thomas supo que, más que enojada, Stevens se hallaba sinceramente preocupada por él.
– No tuve 'Puta bastarda 'tiempo de decírtelo – mentir fue lo único que pudo hacer –. Ya sabes, hay que 'Coño' guardar las apariencias.
Bebe abrió los ojos de par en par, percibiendo la puñalada escondida en aquellas dicciones. Hace un par de años podría haber jurado que su popularidad era lo único realmente relevante en su vida, sin embargo, Thomas le enseñó que la superficialidad y el narcisismo sólo la conducirían a su propia destrucción. De un momento al otro se encontró sumida en un mundo frívolo y despiadado, colmado de relaciones disfuncionales y utilitaristas, cabalmente opuesto a la realidad que ahora se alzaba frente a sus pasos. Foster la arrebató de ese escenario y la introdujo a una amistad sincera, la primera en toda su miserable vida, esa misma que llevaban en secreto para no perjudicarla.
– Eso no tiene nada que ver – la chica cruzó los brazos nuevamente, suspirando de forma apagada –. Puedes hablarme de lo que sea cuando sea, por lo menos llamarme o textearme. No vivimos lejos y tomamos clases de baile juntos, siempre podemos vernos fuera de la escuela, si eso es lo que te molesta.
Se acomodó los rizos tras los hombros antes de inclinarse ligeramente hacia él y abrazarlo. Quizá no se notaba en su voz ni en su rostro, pero Bebe sabía mejor que nadie que Thomas no estaba pasándola bien. Tantos años llorando y sufriendo por sus condiciones de vida le ayudaron a perfeccionar el arte del disfraz emocional. Foster parecía fuerte, la mamá gallina de sus amigos, aun cuando en el fondo era el más sensible y delicado de ellos. Su corazón era tan blando como el algodón… Y estaba tan seco como el mismísimo desierto.
Stevens no esperó lágrimas ni sollozos, tampoco correspondencia ni reproches. No esperó nada distinto a la comprensión de su mensaje: que estaba ahí y que siempre lo estaría.
Movió la cabeza un poco, apoyando su barbilla entre los rebeldes cabellos rubios cenizos. Con las manos acariciándole la espalda y los ojos perdidos en la cama, se permitió darle lo que tanto necesitaba.
Dieciséis años y seguía siendo un niño… Dieciséis años y todavía no se apresuraba en crecer como el resto. Thomas era demasiado inocente como para comprender plenamente lo que hacía, como para notar que estaba destrozando lentamente su corazón de adentro hacia fuera. En Tweek sólo existía una maravillosa ilusión de amor perfecto e idealista, un sueño que acabaría desvaneciéndose tarde o temprano. No lo amaba, nunca lo haría; pero Thomas aún creía en los milagros.
Las manos de Foster se aferraron débilmente a la lana rojiza de su suéter, y Bebe no pudo más que sonreír con melancolía.
El chico era tan inocente que hasta había olvidado quitar la llave de emergencia que su madre enterró a un lado del buzón del correo, y Stevens fue lo suficientemente imprudente como para hacer una visita sorpresa. Jamás hubiese imaginado, ese día ni ninguno, que Thomas estaría enredado en semejante locura. Ese no era el niño que ella conocía. El enamoramiento y las hormonas lo trastornaron, obligándolo a perseguir la parte romántica del asunto. Lo vio detenerse en el camino en ocasiones, con la venda que le cubría los ojos a la altura del cuello; lo vio abatido por el peso de sus propios deseos, antes de quitarse la tela del cuello y volver a colocarla sobre sus ojos, apretando el nudo con más fuerza; lo vio lanzarse al mismo abismo varias veces, y ella jamás pudo hacer algo para detenerlo. Sus anhelos eran tan inocentes y su amor tan inmaduro, que ese tino que le conocía desde hace tiempo ya no tenía cabida en su mente cuando Tweek estaba cerca.
– No es lo correcto – murmuró Bebe –. Deberías saberlo.
– ¿Es así como te sientes siempre? – la chica titubeó por un par de segundos, mientras Thomas acunaba la cabeza sobre sus pechos, abrazándola débilmente por la espalda.
– No… Es mucho peor – le acarició el cabello con una de sus manos entonces, suspirando –. Tú puedes tener a Tweek aunque sea un poco, yo no puedo tener a Wendy de ninguna manera.
Cerró los ojos con pesadez, sintiéndose herida por sus propias palabras. Por su puesto que jamás podría tenerla, mucho menos cuando Wendy y Stan habían madurado lo suficiente para mantener una relación estable. Sería realmente hipócrita de su parte decir que se alegraba por ella, que su felicidad importaba más que el resto. En el fondo, era lo suficientemente egoísta como para pensar que Testaburger estaría mejor a su lado, incluso cuando lo supiese una completa falsedad. Ella era tan feliz con Stan, estaban tan juntos, eran tan perfectos, que al sólo conmemorarlo las náuseas se apoderaban de su cuerpo. Deseaba separarlos, hacer que se odiasen con todo el corazón; pero luego se arrepentía, maldiciéndose por aquellos barbáricos pensamientos.
La gente predica que cuando realmente amas a alguien debes dejarlo ir; pero ella sabía que eso era una estupidez… Una estupidez que Thomas debería respetar.
Ese pobre y desgraciado chico.
Se separó de él y le sonrió ampliamente, en un intento de despejar su cabeza. No lo entendía; pero cada vez que observaba esos orbes azul violáceo, su interior se apaciguaba.
Le costaba comprender la razón por la cual Thomas y sus amigos acabaron siendo rechazados en la escuela. Eran buenos chicos, talentosos y con sentimientos puros a pesar de todo. Nunca habló demasiado con Butters o Tweek, incluso conociéndolos desde toda la vida; pero no necesitaba de ello para intuir que eran mejores personas que el resto de la escuela, una bola de hipócritas y superficiales conformistas discriminadores – tal cual pregonaban los góticos de la secundaria.
Más de una vez consideró dejar de lado a sus amigas, esas chicas vacías con sueños de belleza eterna y dinero fácil, para unirse al grupo de Foster y Daniels – a quién también consideraba un buen amigo. Pero entonces Thomas la detenía, pidiéndole que no sacrificara lo que poseía a cambio de una vida de discriminación y aislamiento, no cuando desconocía esa desesperación desde la cuna… Ese mundo no le correspondía.
Aun así, Bebe consiguió suponer seriamente que su lugar estaba con ellos, siendo una loca más. Sin miedos, sin restricciones, sin parámetros, un lugar donde podría ser aceptada tal cual era. Pasar las tardes del viernes en casa de Thomas, jugando videojuegos de Hello Kitty o un MMORPG hasta el amanecer, pintando con los dedos como a Tweek tanto le gustaba, practicando claqué con Butters y Thomas o, simplemente, escuchando a Bradley cantar cualquier cosa que le franquease la cabeza. Reír de fantasías paranoicas y planes de conspiración absurdos, también de indirectas acerca de una homosexualidad admitida. Disfrutar de la libertad de ser, sin recibir burlas abiertas ni acoso físico – cortesía del respeto general a Tweek y sus clases de boxeo. Gritarle al mundo que amaba a Wendy Testaburger, y que estaba orgullosa y feliz de ser lesbiana.
La ilusión destelló raudamente en el verde de sus ojos, mientras la sinceridad de sus emociones se dibujaba a modo de sonrisa en su rostro. Thomas la observó dubitativo, cuestionándose las posibles razones de semejante cambio de ánimo. Las mujeres y sus líos sentimentales.
– ¿No estás 'Marica' enojada? – la pregunta brotó apenas de sus labios, temerosa y abrumada.
– Nunca estuve enojada – la chica suavizó sus facciones, con los brazos aún cruzados bajo el pecho –, pero sí muy decepcionada. Deberías habérmelo dicho antes, es más fácil guardar los secretos entre dos.
– Dirás: 'Verga' Entre cinco.
– Espera ¿Qué? – ella abrió grande los ojos, antes de curvar su boca en un puchero –. ¡Eres de lo peor!
Lo empujó a la cama con ambas manos, haciéndole cosquillas en son de venganza. Siendo Thomas de risa tan fácil como lo conocía, Bebe simplemente adoraba caerle en ataques de cosquillas cada vez que tenía la oportunidad. Disfrutaba verlo tratando de defenderse, moviendo los pies y los brazos en espasmos involuntarios, mientras hacía gestos de estar ahogándose entre carcajadas. ¿Podría existir algo más adorable en ese mundo?
Se detuvo luego de algunos segundos, para mirarlo directamente a los ojos. Ni siquiera ella misma dimensionaba la profundidad del cariño que le profesaba.
– Desde ahora en adelante me contarás todo lo que pase con Tweek ¿Sí? – Foster tomó una bocanada de aire para contestarle, mas ella lo calló con el índice sobre los labios –. A no ser que quieras que Bradley y Butters se enteren "accidentalmente" de que eres cosquilloso.
El chico le sonrió con sinceridad, riendo despacio. Le encantaba cuando hacía eso, contestarle que sí con una tierna sonrisa.
Si tan sólo Thomas fuese mujer.
.
Dejó el tenedor sobre la blanca cubierta enchapada de la mesa del comedor de los Stotch.
Tras salir del cine, y luego de pasar por unos helados, Butters condujo a Bradley hasta su casa. Tal como se lo prometió al salir de la escuela, mataron la tarde jugando desde Hello Kitty hasta Little big planet, para, finalmente, cenar junto a los padres de Leopold. Daniels intentó rechazar la oferta amablemente; pero Stephen, el padre de Butters, prácticamente lo obligó a tomar asiento en la mesa. Le llenaron el plato de Poke, una comida tradicional Hawaiana, y Bradley no pudo hacer más que aceptarlo, ignorando completamente el hecho de que las algas le sabían a mierda. Con un poco de suerte, no vomitaría.
– Y dime, Bradley – habló Stephen, rompiendo el hielo –. ¿Cómo has estado de tu brazo?
Alzó el tenedor de vuelta, con la mano izquierda.
– Muy bien, señor. Van a quitarme el yeso la próxima semana si no me equivoco. Muchísimas gracias por preguntar.
– Esa es una maravillosa noticia, cielito – Linda le sonrió con cariño, casi tanto como el que su madre le tenía en vida –. Sin tu guitarra todos los domingos en la mañana, la iglesia está demasiado callada.
– Supongo que sí. Sí lo está.
Bajó los ojos al plato, un tanto avergonzado por el halago. Cantar y tocar en la iglesia era una de esas cosas que hacía más por hábito que por deseo, semejante a peinarse el cabello luego de bañarse - aun cuando los rizos se le desarmasen y su cabeza se tornara la réplica perfecta del jewfro de Kyle. En su infancia, los consejeros del campamento New Grace pensaron que sería una buena manera de distraerlo, aprovechando sus dedos largos y la textura aterciopelada de su voz, especialmente cuando ésta no era empañada por sus uñas. Una vez integrado al coro, la costumbre permaneció fuertemente arraigada a su rutina. Se le antojaba a repetir versículos de la Biblia, lo relajaba y lo hacía sentir menos… abominable.
La gente que asistía a misa los domingos por la mañana solía elogiarlo por su talento, y sus padres estaban siempre ahí para jactarse de ello, fingiendo orgullo de algo que detestaban. En casa le prohibieron cantar, tocar cualquier tipo de instrumento e, incluso, escuchar música no religiosa, por lo cual Bradley acostumbraba a socorrer sus ansias melódicas en las juntas semanales de viernes en casa de Thomas, ahí donde estaban escondidos la guitarra eléctrica y el amplificador que sus amigos le obsequiaron para su decimosexto cumpleaños – obras del diablo, según su padre. De ahí en adelante su límite era el cielo. Pasaba del rap a las baladas y del pop al country. Practicaba algunas canciones que Thomas deseaba bailar o componía sencillos cortos y humorísticos sólo para molestar al grupo, incluyéndose.
Sus amigos comentaban que la suya era una voz maravillosa, con bajos escalofriantes y altos que se deshacían en el aire; mas él prefería obviar las opiniones y permanecer sintiéndose inferior al resto. "No hagan nada por rivalidad o vanagloria. Que cada uno tenga la humildad de creer que los otros son mejores que él mismo" Filipenses 2: 3… Así lo resumía.
Quizá por eso los padres de Butters lo aceptaban, en secreto, como el único pretendiente masculino digno de su hijo, y con quien deseaban que pasase el resto de su vida. Si no podían controlar su "bicuriosidad", al menos esperaban elegir al afortunado o influir generosamente en la decisión final. En Bradley veían un gran chico, respetuoso y de buenas intenciones, alguien que lo daría todo por Leopold. Humilde y honrado; pero con la cabeza llena de ideas equivocadas y destructivas acerca de sí mismo. Carecía de autoestima, desconocía el amor propio. Inseguro, de tendencias depresivas y suicidas, sin embargo, los señores Stotch continuaban sabiéndolo el indicado. Un poco de amor y un par de palabras afectuosas cada tanto, eso era lo que Bradley necesitaba para contemplarse con otros ojos. En cuanto lo lograse, quizá, y sólo quizá, Butters se fijaría de la forma esperada en él.
Recogió una pequeña porción del platillo con el tenedor, preguntándose si su estómago lograría soportarlo. La mitad de su cena restante casi lo observaba con sarcasmo, como queriéndose burlar de él, y eso realmente le hizo considerar la probabilidad de que la psicosis anfetamínica de Tweek se volviese contagiosa con los años. Era eso o el heladero también había optado por comprarles metanfetamina a los laboratorista del garaje de Kenny… En cualquier caso "Dijo Dios: «Haya alucinaciones», y hubo alucinaciones." Génesis 1: 3… o algo así.
– ¿Pasa algo, cielito? – Linda le preguntó con delicadeza, inclinándose hacia él como si quisiese comprobarle la temperatura. Bradley sonrió –. ¿No te gusta la cena?
– No, no es eso – dijo –. Es sólo que Butters y yo compramos helado antes de venir y no tengo demasiada hambre ahora. En serio, la cena está deliciosa, ojalá mi madrastra cocinara así de bien.
La mirada de Linda cambió de preocupada a contenta en una fracción de segundo, convencida por las bonitas palabras. Una mentirilla blanca no agravaría su condena en el infierno ¿No? E, incluso haciéndolo, sus papilas gustativas ya sufrían lo suficiente con la hostia todos los domingos.
Butters no supo si reírse por su sonrisa nerviosa o si enojarse ligeramente con él por su falta de educación. Bradley podía ser muy exquisito respecto a ciertos temas, entre ellos la comida. Por eso estaba tan delgado, las cosas que disfrutaba comer podrían, fácilmente, ser contadas con los dedos de una mano. En su hogar acostumbraba a comer porciones del tamaño de un platillo de té, y en la escuela se terminaba lo que Tweek y Thomas dejaban del almuerzo. Si Bradley no moría como parte del suicidio masivo de alguna secta religiosa, indudablemente moriría de inanición. Aunque la delgadez le sentaba, había que admitirlo. Le recordaba a una súper modelo… pero con pene.
Se levantó de la mesa, no sin antes pedir los permisos correspondientes, y emprendió camino a su habitación junto con Daniels. Los mandos de la X-box One estaban sobre la cama, frente a la pantalla en pausa de su partida de Plants vs. Zombies. Sinceramente, Bradley hubiese preferido una ronda de Call of duty, aprovechando que Tweek no estaba ahí – el chico temblaba cual vibrador recién comprado, pero jamás fallaba un headshot, JAMÁS –, lástima que Butters lo detestaba. Demasiada violencia, según él.
Sentados como estaban antes de la cena, Butters reanudó la partida, antes de volver a interrumpirla. La alegre musiquita de la apertura del anime de Hello Kitty salió desde su bolsillo, llenando la estancia.
– ¿Me permites? – Inquirió, mostrando el pequeño móvil, adornado a juego con el tono de llamada.
– Sí, sí, claro. Te espero.
Butters se encerró en su baño personal, mientras Bradley se dedicaba a mirar en todas direcciones, sin saber qué hacer. Se levantó de la cama y se dirigió a la jaula plástica a un lado del escritorio, donde Butters tenía a sus dos hámsteres: Caos y Marjorine. Eran un par de bolas de pelo blancas con manchones castaños, mucho más parecidas a ratas de lo que Bradley desearía. Hacia un par de días, Leopold le comentó que Marjorine estaba preñada y le ofreció regalarle a una de las crías, a lo que Daniels declinó sin pensarlo. Odiaba a los roedores o cualquier cosa que pareciese un ratón; lo único que le gustaba eran los gatos, porque era alérgico a los perros. De todas formas, sus padres tampoco le permitían tener mascotas, así que ni gustándole podría permitírselo. Fuese como fuere, la noticia lo emocionaba, pues le encantaban los bebés en general. Muchas veces imaginó la posibilidad de tener uno propio y formar una hermosa familia con Butters; pero, en un momento, se golpeaba de frente con la dura realidad: Stotch no lo amaba, tampoco lo haría, y ni aun así podrían concebir hijos.
¿Por qué todo le salía tan mal?
Un dolor punzante en la punta de uno de sus dedos lo trajo de vuelta al mundo, percatándose de que había metido su mano a la jaula y Caos lo mordió. Movió un poco la cabeza, encontrando sus ojos con el reloj de pared. Diez minutos perdido en sus pensamientos. Dirigió la mirada hacia la cama, cayendo en cuenta de que Leopold aún no salía del baño.
– Butters – llamó, frente a la puerta –. ¿Ya acabaste?
No hubo respuesta.
– ¿Butters? – volvió a nombrar, esta vez preocupado –. ¿Estás bien? ¿Pasó algo?
Nada.
Colocó el oído contra la madera, al tiempo que daba leves golpecitos, esperando recibir algún tipo de contestación. Sintió pasos acercándose del otro lado y, finalmente, el sonido del pomo al abrirse. Retrocedió sobre sus pies para dejarlo salir, sin intuir la visión que le deparaba. Mantuvo los ojos fijos en las lágrimas que escurrían por su rostro, buscándole una explicación lógica a la situación.
– Butters…
– Kenny me dejó… – un sollozo ahogado murió en su garganta, mientras se secaba las lágrimas con la manga del suéter.
– Oh, vamos, no es tan malo – acercándose despacio, Bradley rodeó su cuerpo en un abrazo –. Dale un par de días, tú sabes que siempre regresa.
– No. No lo entiendes, Bradley – rompió el abrazo en un movimiento, enfrentando sus ojos como nunca antes. Algo en él acababa de destruirse –. Kenny me dejó para siempre.
Las palabras resonaron fuerte en su cabeza.
.
Tan!
No estoy del todo conforme con esto, pero no pude hacer mucho más.
No sé si Bebe les agradará, pero a mi vista es un buen personajes, y es una lástima no verla en muchos fics. Pensé que darle un papel importante en este relato estaría bien y, aunque parezca lo contrario, entre ella y Thomas sólo hay amistas. No es que sea Friendzone, es más como un "If you were a woman/man, we would be togheter zone" o algo así.
Espero no haberme ido en detalles demasiado insignificantes (Tipo Thomas es un inmaduro y Bradley le tiene alergia a los perros), pero siempre he pensado que esas pequeñas menciones les dan a los personajes un "toque especial".
Con respecto a lo de sus "talentos", quise darles algo en lo que fuesen buenos y sirviese como una forma de canalizar sus problemas. Para Tweek el dibujo porque siempre se me ha figurado que tiene una gran imaginación, sin contar que es algo que puede hacer en silencio y privado, sin presiones; Para Thomas el baile por el nombre clave que usa en la serie (Tango); Y canto y guitarra para Bradley porque es muy común en las iglesias, además de que me gusta mucho su voz en inglés. Butters conservará todo lo de la serie.
Próxima actualización: Craig and those guys y The boys (Stan's gang) + Wendy.
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