CAPITULO II

-¡Esto es un ultraje! ¡TIENE QUE HABER HECHO TRAMPA!

Media taberna Oasis se volvió hacia una arrinconada mesa, en la que un bangaa vociferaba acaloradamente coreado por dos hombres más mientras un seek reía, socarrón. El sujeto al que se referían estaba sonriendo ampliamente en aquél momento, con dos muchachas contemplando a su lado perplejas la escalera de color que había expuesto sobre la mesa. Se estiró con calma, girando sus ojos miel a las chicas que se habían acercado a ver la última apuesta.

-Vamos, vamos, tíos. Ha sido una buena partida, dejadlo correr – comentó el seek, levantándose. Por su tranquilidad se denotaba que no era mucho el dinero que él había perdido -. Me voy a por un trago. Gran mano, capitán – se despidió de Balthier con una palmada en el hombro -, otro día te echaré la revancha si te veo por aquí.

-Claro – contestó éste, recogiendo su dinero con parsimonia -, otro día - a los otros jugadores no les hizo gracia su tono.

-Nadie ha dicho que la partida se haya acabado – intervino uno de los hombres, que se había quedado sentado y echaba un vistazo a su bolsa.

-Oh, vamos, vamos, señores. No se pongan así – Balthier levantó un brazo, apaciguando al personal y llamando al tabernero –. ¡Una ronda!

-¡MARCHANDO!

Pasó un rato con ellos, el suficiente para brindar un par de veces y asegurarse de que no tendría problemas por allí la próxima vez que regresara. Aquel detalle era una petición de Fran, que lejos de poner trabas a su marcha, siempre intentaba que el inevitable revuelo de su compañero no acarrease problemas a los demás.

Las chicas le despidieron entristecidas cuando se dispuso a salir solo de la taberna: hacía unos días que no deseaba compañía alguna.

El aire fresco de la noche le despejó la mente. Caminó sin rumbo por la ciudad llevando bajo el brazo una botella de licor empaquetada cuidadosamente para que no le fuese confiscada por los malditos imperiales que rondaban por todas partes. Llegó a un mirador pequeño, escondido entre las casas de los niveles altos y desde donde podía contemplar los puestos con farolillos del bazar bajo la oscura inmensidad. Allí se acomodó en el amplio pasamanos de piedra contemplando el ir y venir de la gente. Cuando llevaba media botella, pensó que había sido un idiota por no haber ido a divertirse por ahí con las muchachas, tan sólo le había retenido una cosa: la mirada reprobable de Fran cuando le veía llegar cada mañana… y la expresión de Basch.

El capitán de 36 años no aprobaba el desenfreno de Balthier. Más aún, no encontraba ningún atractivo en pasar la noche con una perfecta desconocida. Para el caballero no parecía aceptable una relación sin amor, nunca había expuesto tales pensamientos en voz alta, pero a Balthier le parecía evidente que era de eso de lo que se trataba. Él podía tener a cualquier mujer que desease. Era un hombre fresco, ingenioso y sutil, por lo que jamás había encontrado ningún problema hasta que…

De repente, ninguna mujer le satisfacía. Encontraba que se le entregaban en cuerpo y alma, pero ninguna de ellas calmaba su hambre. Tenía todo lo que deseaba y seguía hambriento. El sentimiento empeoraba cada noche que salía y regresaba al amanecer al lugar donde se alojaban los otros. Entonces solía encontrar a Basch despierto, que se volvía tan sólo un instante a mirarle antes de seguir recogiendo sus cosas. Nunca decía nada: aquella era su manera de expresar sin palabras que estaba equivocado. Balthier comenzaba a sentirse enfermo por aquellas acusaciones veladas.

El rubio era un hombre terriblemente formal, al castaño a veces le daba por pensar que de no ser así podría haber tenido incluso más éxito que él mismo. Éxito en muy diversos sentidos, claro estaba, puntualizó para sí, sonriente. La sonrisa se esfumó de su rostro al pensar nuevamente en la cara de Basch cuando regresase. Verdaderamente parecía lamentar su comportamiento. Agitó la cabeza para borrar esas ideas, sin entender porqué debía sentirse culpable, pero ello sólo le sirvió para que a su alrededor todo ondulase. Se dio cuenta de que se había acabado la botella hacía un buen rato. Rió en voz baja, yendo a bajarse del poyete. Se desestabilizó y sus manos perdieron agarre, precipitándose al vacío.

Recuperó el aire que había perdido de forma súbita: gracias a los dioses había caído hacia el lado correcto. Las manos le templaban de forma exagerada y rió histérico al pensar que se podría haber matado.

-Dios, Dios… Creo que es suficiente por hoy. ¡Cómo se sube esta mierda, joder! – alejó la botella de sí, perdiéndola de vista con un estrépito. Se levantó y emprendió el camino de regreso suspirando -. Un día de estos Basch me va a matar…