¿Habéis oído hablar alguna vez de las vidas de cuento de hadas? El sueño de toda niña, casarse con su magnífico príncipe azul en un castillo y vivir felices y comer perdices. Pero ¿Alguien se ha preguntado por qué en ningún cuento explican lo que ocurre después? Pues por una simple razón, la realidad. La realidad es lo que destruye la magia de toda historia, y en los cuentos de hadas con príncipes y bodas ¿Cuál es la magia? La peor y más peligrosa de todas: el amor.
El tiempo, los problemas, la distancia, la convivencia van desgastando el amor, en ese momento se ve si la princesa y el príncipe se quieren de verdad. Las parejas pierden su pasión y algunas hasta se rompen por el peso de la realidad ¿Los que tengan pareja o tengan alguna cerca me podrían decir que tras 5 meses de relación han estado igual de tiernos, tan pegajosos como el primer día? No, claro que no.
Pero toda ley tiene su excepción y esa es el amor verdadero, aquellas personas que son capaces de entregarse en cuerpo y alma a aquel/lla al que aman, por muy cretinos que sean o aunque salgan heridos, ellas siguen amando y dándolo todo. Siendo sincera, me dan un poco de pena, porque ellas/os pueden acabar sufriendo mucho si se equivocan de persona especial. Y aquí, esa excepción es Christa Renz.
Nuestra princesa de ojos azules está casada con un enorme y rubio príncipe que se moría por los huesos de la rubia, este cuando salían juntos, le daba todo lo que ella necesitaba para ser feliz: amor, comprensión y esa extraña calidez que solo puedes sentir cuando miras a los ojos de tu amada/o.
Pero algo había cambiado en su relación estos últimos meses. Tras estar dos años casados, Reiner había chocado con la cruel realidad de la vida y su amor se estaba deteriorando a una velocidad increíble. La rubia no le hacía mucho caso al tema pues estaba profundamente enamorada, pero aquellas noches que él volvía de madrugada apestando a alcohol o cuando llegaba a casa después de trabajar y se tumbaba en el sofá sin dirigirle una palabra o un beso de bienvenida le dolían, mucho. Pero ella no diría nada, no es el tipo de persona que se queja del comportamiento de otras personas. Se podría decir que es pasiva al extremo. Así que los días de nuestra princesa se limitaban a eso: trabajar limpiando, cocinando, hiendo a comprar, etc… hasta que llegaba su marido, le preparaba el baño y la cena y se iban a dormir. Una rutina continua que no molestaba a Christa, pero la hacía sentirse un poco sola.
Una mañana mientras la rubia barría la casa tatareando una canción alguien llamó al timbre.
-¡Ya voy un momento por favor! – Dijo mientras se acomodaba la camisa y corría hacía la puerta. Al abrirla se encontró con un personaje bien extraño. Era una mujer más alta que ella, con gafas de sol, un pañuelo tapándole el rostro hasta la nariz y llevaba su largo cabello castaño recogido en una cola alta.
- ¿Es usted Christa Renz? – Le preguntó la misteriosa mujer.
- Eeeeeh… Si soy yo ¿Quiere algo? – Christa estaba un poco asustada, no sabía si cerrarle la puerta en la cara a la mujer o esperar a que sucediera algo. Pero optó por la segunda opción, pues si había aprendido algo de su vida de instituto, era que las apariencias engañan.
- Tenga esto es para usted. – Le dio un sobre que extrañamente no tenía ni sello ni remitente solo ponía su nombre con letras doradas.
- Disculpe ¿Pero qué es esto? – Levantó la mirada del sobre para preguntar a la extraña repartidora, pero esta ya se había ido.
– Mmmph… Supongo que tendré que ver yo que es. – Suspiró cerrando la puerta tras de sí.
Sorry si el capítulo os parece un poco "cutrillo" aparte de corto, pero a duras penas tengo tiempo libre por la abertura del bar de mi madre y no quiero tardar mucho en ir actualizando los fics. Plis no me maten a reviews negativos :'(
