Me levantaba por la mañana y como siempre partiéndome el cráneo con el techo de mi habitación. No es que fuese demasiado alto, sino que mi habitación era la buhardilla de la casa donde vivía con mis padres y mis hermanos. No era muy grande pero tenía una planta principal con la cocina, el salón y un baño, y la habitación de mis padres y la de mis hermanos estaba en la segunda planta. Mi habitación era muy simple y no tenía todo lo que tenía que tener una habitación de adolescente: el típico ordenador, un escritorio… Solo constaba de una simple y diminuta cama y un pequeñísimo armario en la última de las plantas de la casa.

A mis padres no había otra cosa en el mundo que no les gustase más que discutir y discutir y creo que discutir. Se pasaban todo el día discutiendo y asustando a voces al bebé de la vecina de al lado, una cotilla impotente que tenía el salón como habitación inacabable. Todos los meses, por no decir semanas, cambiaba el salón completo cambiando hasta el color, las lámparas e incluso el tamaño: quería agrandarlo porque no le cabía su fuente fengh-shui.

Mientras bajaba abriendo la trampilla sacando las escaleras plegables hacia el estrecho pasillo mis padres discutían, como no, sobre quién hacía la mejor lasaña: mi madre o mi abuela. Mis hermanos salían corriendo hacia la cocina para coger el mando de la tele y yo me tenía que preocupar de no darles con la escalera al soltarla.

Mis hermanos, Joel y Amaia, son mayores que yo. Tienen 22 años los dos, son Mellizos, y no pueden estar juntos mucho tiempo. Todos los días, Joel se va con sus amigos, no le gusta estudiar, no trabaja y mis padres se lo dan todo. Mi hermana Amaia sí que estudia; se está preparando para su carrera de derecho y no suele salir mucho. Tiene una habitación grande al lado del baño. Es rosa, muebles blancos y un armario enorme, su escritorio es sagrado para ella y es muy limpia. Mi hermano tiene la habitación al lado y no está tan limpia como quisiera mi madre. Lo tiene todo revuelto y ya no se sabe de qué color son los muebles o si se los ha tragado la tierra. La habitación de mis padres está al fondo del pasillo y es muy grande. La verdad no me acuerdo de cómo es porque no he pasado en mucho tiempo.

Mis padres ya no se preocupan de sus hijos. Aunque yo aún tenga 17, mis padres se van todos los días por la noche a cenar a los mejores restaurantes y luego a los hoteles más ricos de Madrid. Mis hermanos ya son lo suficientemente mayores para cuidarse pero tengo que ir solo a todos los lados, me hago la comida como puedo, aunque a veces mi hermana me ayuda, y hago mi vida prácticamente solo.

Sorprendentemente, me canso de mi vida, nunca ha habido un día en que me levantara con ganas y menos este que estaba solo, como no. Durante los días de mi niñez, mis padres se preocupaban más de nosotros y me gustaba más mi vida pero mi nombre no me complacía demasiado. Me llamo Fernando, y no es de los más modernos y suele darme mucha vergüenza sobretodo en clase.

Yo era un joven cariñoso y amable con la gente que realmente me quería. Me gustaba mucho salir con mis amigos cuando vivíamos en la otra ciudad, llevar el pelo alborotado y presumir de cuerpo. Podría ser el chico con el cuerpo más sexi del mundo. Pero ahora…, ahora ya no soy así. Engordé mucho después del traslado y la pérdida de todos mis mejores y únicos amigos. Dio la casualidad de coincidir con la muerte de mi perro Kiko y ahora estoy fofo. No sé cómo pude engordar tanto en tan poco tiempo, pero es la realidad.

Odiaba mi vida, cualquiera que me viera lo diría. No soportaba a mis padres, mi hermana era la única que me quería de verdad y, para dar el remate a todo, a mis dos únicos amigos apenas los veo. Van los dos juntos a la misma clase y este año a mí me han cambiado. Se llaman Tears y Leo. Tears no es inglesa, sus padres escucharon el nombre en su viaje de luna de miel a Londres y les gustó. Es muy cariñosa, estudiosa y le encantan las pelis de miedo. Suele llevar el pelo largo y negro, con ropa moderna y a la moda. Le apasionaría ser modelo y está buscando algo con lo que empezar. Leo es un chico magnífico, le gusta la música y toca la guitarra. Me prometió que me enseñaría a tocarla pero nunca nos decidimos. No le importa mucho la moda y suele vestir con lo primero que pilla. Ambos son buenos amigos y es lo único por lo que lucho cada mañana.

Me dispongo a bajar a la cocina, con mis típicos vaqueros pitillo y mi sudadera. Creo que tengo una de cada color. Mis padres estaban en otro hotel y mis hermanos perdidos en el mundo. Desayuné lo que primero cogí del cajón de los bollos, agarré la botella de leche y un vaso, me serví la mitad de este y mientras me comí el bollo y encendí la tele con el mando. No echaban nada importante: noticias, noticias, documental, dibujos. Lo paré en el canal de deportes y mientras veía la caída de un esquiador patoso me bebí el vaso de leche de un trago. Metí el vaso al lavavajillas y salí hacia la calle con el abrigo negro de plumas.

No tardé en llegar al instituto y, como siempre, mis dos mejores amigos me esperaban en la entrada.

-Hola Fer - me dijo Tears cuando llegue. Ya estaban acostumbrados a llamarme así porque sabían que no me gustaba el nombre y una vez confesaron que a ellos tampoco-. ¿Qué tal?

-Bien, cansado como siempre. ¿Qué te pasa Leo?

-Oh, nada, nada, solo que… estoy cansado también- mi amigo no estaba tan feliz y contento como siempre.

Fuimos entrando por la puerta del instituto y en cuanto llegamos a la planta de arriba nos despedimos y cada uno salió hacia su clase. Al entrar en la mía, me dirigí a mi sitio al fondo al lado de la ventana. Eché mi mesa para atrás para intentar evitar el olor de repugnancia que soltaba la pija de la clase. No es que oliese mal sino que me daba asco verla allí acicalándose viéndose su malvado rostro en su mini espejo azul. Por no hablar de los demás pringados de mi clase. Unos heavy flipados más masoquistas de lo que te puedas imaginar. Aunque no debería hablar de "friquis" sin contarme a mí primero.

El profesor entró en clase sin que le viese. Era difícil distinguirle de los demás, era pequeño, pero se le diferenciaba por su calva. Si no llega a ser por sus cuatro pelos en la cabeza no me hubiera dado tiempo a ponerme la capucha y los cascos. Todos los profesores me daban por perdido, ya no se molestaban en preguntarme nada y yo se lo agradecía.

Al terminar las tres primeras clases, empezaba el recreo. Me reunía todos los días en la cafetería con mis dos amigos y luego íbamos a dar una vuelta y a hablar de lo que habíamos hecho el día pasado.

-¿Sabéis qué?-preguntó Tears con un entusiasmo que si no soltaba lo que quería decirnos explotaba-. Me ha pedido salir Marcos, ¡sí!- después de comunicarnos su gran noticia y soltar un grito de alegría, Leo y yo nos miramos.

-¿Y qué le has dicho?- añadí.

-Pues qué le voy a decir. ¡Qué si!- Soltaba cada risa a la cual peor. Se notaba que estaba feliz por su nuevo romance-. Bueno, me lo pidió ayer. No se le ocurrió otra cosa que pedírmelo por el Messenger…

Mientras ella seguía hablándonos de su estupendísimo novio caminamos hacia el patio a nuestro sitio particular subiendo la rampa. Nos sentamos en el muro bajo mientras Tears seguía hablando. Nunca pensé que un chico pudiese tener tantas cualidades que creo que son inventadas. La verdad creo que repitió mil veces que es guapo pero no prestaba atención porque estaba cansado. Cerré los ojos. Intenté poner mi mente en blanco [un poco difícil de tener a una cotorra hablando, mejor dicho, chillando en mi oído] y apartarme del mundo descansando de mi ajetreada noche de constantes llamadas de compañías telefónicas intentando convencerme para que me cambiase.

El recreo pasó volando al igual que las tres clases siguientes. Como era principio de curso, los profesores se presentaban y hablábamos de nosotros. Algunos de los profesores ya me conocían otros me preguntaban mi nombre y al instante los demás les informaban de mi pasotismo.

Mientras sonaba el timbre de final de clases, yo ya salía de la mía. Me encontré con mis amigos y caminamos hacia nuestras casas. Esta vez el que no paró de pronunciar palabras y frases fue Leo. Nos habló de que sus padres se habían ido de viaje a Valencia y se había quedado solo con su hermana. Por una vez en mi vida me quité los cascos:

-Mis padres también se han ido- le interrumpí-, si quieres quedamos los tres en mi casa, o en la tuya.

-Vale, se lo digo a mi hermana y te llamo. Estate atento y quedamos después de comer. ¿A qué hora puedes, más o menos?

-A la hora que sea, me viene bien cuando podáis vosotros.

-Si eso me llamáis a mí también- nos informó Tears intentando que no la olvidemos a ella también-. Que sigo siendo vuestra amiga aunque tenga novio…

-Sí, claro-dijo Leo-, nosotros te llamamos también. Si quiere, que venga tu novio también, a mí no me importa, ¿y a ti Fer?

-No…, claro que no-les dije.

Me marché a mi casa después de dejar a mis amigos en la esquina que separa nuestras calles. Les despedí con una mano mientras que con la otra buscaba las llaves en el bolsillo de mi cazadora. Entré a mi casa echando una última ojeada a mis amigos, pasé, dejé las llaves en la entradita de madera y pasé a la cocina. Saqué los espaguetis de la nevera y los metí en el microondas. Su sonido atronador invadía mis oídos cada vez que lo usaba. Me sentía contento y no sabía el por qué.

El teléfono del salón sonó y corriendo lo cogí. Vi que era Leo y me sorprendió su rapidez. Lo descolgué:

-¿Si?

-Hola, ¿qué tal? Al final hemos quedado a las cuatro en la esquina. ¿Te viene bien, no?

-Oh, sí claro, os dije que me daba igual la hora. Bueno, me voy a duchar que si no me da tiempo.

-Ok, te dejo. Xao.

-Adiós.

Cuando descolgué, saqué los espaguetis del microondas y subí corriendo las escaleras en forma de caracol hacia el baño de arriba mientras me quitaba la camiseta. Me metí en el baño, abrí el grifo y me terminé de desnudar mientras el agua empezaba a salir caliente. Después de la ducha, el secador estropeado no me pudo secar el pelo por lo que me lo sequé como pude con la toalla. Me fui a la habitación envuelto en la toalla, dejando gotitas de agua que caían de mi flequillo. Elegí bien la ropa. No quería encerrarme en mi jaula otra vez, quería vivir por esta vez la salida con mis mejores amigos, quería saber lo que se siente, sentir el sol en mi cara por primera vez en mucho tiempo. Cogí mi camiseta morada con espantados de letras en colores y mis vaqueros pitillo. Esta vez dejé de lado las sudaderas y me cogí la chaqueta negra que me regalaron en Navidad, agarré el móvil y la cartera, miré si llevaba dinero y me los metí en los bolsillos apretados.

Bajé las escaleras a todo correr para que me diese tiempo a comerme los espaguetis. Me los acabé rapidísimo y salí por la puerta con las llaves en la mano, cerré y las metí debajo de la maceta blanca. Una vez perdí las llaves y lo pasé muy mal en la calle, desde ese día no me volvió a pasar.

Mientras salía de la urbanización dirigiéndome hacia la esquina donde había quedado con mis amigos. Ya iba imaginándome sus caras al ver que dejé en casa la sudadera y los cascos. Quizá pensasen que se me habían olvidado pero al verles en la esquina con su cara de felicidad al ver la mía también con la sonrisa incrustada en la cara, supe que no pensaban así. La verdad, no supe porque hice ese cambio. Supongo que me gusto que mi amiga Tears estuviese tan contenta y feliz con su novio.

Al cruzar la calle, vigilé que no se acercase ningún coche, pero maldije a mi cartera al caerse en medio de la estrecha calle.

El camión lo sentí en mi costado. No pude ver la cara de mis amigos pero imagino que sería de puro miedo. Al caer a varios metros del accidente sentí otro golpe en la cabeza. Juré que no había nadie más en aquella calle estrecha, pero el coche rojo que venía en dirección contraria se adelantó a mi caída y recogió la sangre de mi cabeza. En ese momento perdí la consciencia. Por una vez en mi vida que decido cambiar y pierdo la felicidad de un solo golpe.