Disclaimer |©Shingeki no Kyojin/進撃の巨人, sus personajes y trama son propiedad de su autor, Hajime Isayama. Este Fic es una creación sin fines de lucro únicamente recreativos.
Advertencias | AU. Ooc. Omegarverse. Fic basado en el cuento del mismo nombre del Gran Horacio Quiroga, pero barbarosamente pasado por mis manos.
Al Fic.
—Para: Ola-Chan—
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La gallina degollada
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Era una cajita que guardaba el sol, tan solo queríamos ver su luz, pero cuando intentamos abrirla…se rompió
El sol ya se había terminado de ocultar, y sus vibrantes rayos ya no se veían tras el cerco de ladrillos rojizos de la casa del matrimonio Jeager, cuando Carla, la señora de aquel hogar, llenó el tazón de comida y chistó molesta al ver como aquellos perros se atragantaban a boca llena.
«Tan repugnantes» Fue su pensamiento al darse la vuelta para volver a la cocina. Ellos trataron de seguirla puertas adentro, pero ella les lanzó un furioso puntapié a cada uno ante su descarado intento.
Pues para ella, el lugar de esas sucias criaturas era el patio, lejos de sus ojos y su corazón aguijoneado por el remordimiento y la amargura de las desgracias pasadas.
Una vez que entró cerrando la puerta mosquitera tras de sí y se vio librada de la presencia nauseabunda de aquellos perros, se alisó el vestido con estampados de flores y se colocó el mandil blanco con brocados, para después sacar de la alacena un bonito bol que resplandecía cual plata, en el cual vertió la humeante sopa que reposaba sobre la estufa. Mientras el caliente líquido se escurría del cucharón en sorbos grandes, su rostro antes enfurruñado fue arrasado por una cálida sonrisa. Una bonita sonrisa que suavizó las facciones de su rostro regalándole una nueva imagen. La imagen de una mujer hermosa, en la plena flor de su juventud, radiante, llena de vitalidad pero sobre todo, inundada de felicidad.
Tatarateando la suave tonadita de una canción ya pasada de moda salió hacia el comedor, en donde fue recibida por dos pares de ojos que se clavaron en su figura desde el justo instante en que cruzó el umbral arqueado del lugar. En un par de aquellos ojos el brillo hermoso del amor natural bailoteaba, en los otros, la serenidad del cariño construido. Contemplarse a través del reflejo de aquellas miradas la dejó por un segundo embelesada por sus sentires.
«Tan amada»
Una dulce vocecita y el sonido de piececitos que se filtro en sus tímpanos la sacó de tal ensimismamiento.
—Deja que te ayude, mami.
Pero ella negó.
—No hay necesidad Eren, ve y siéntate. Mamá puede sola. No te preocupes.
El hermoso pequeño omega de piel acaramelada y ojos de color esmeralda moteado de dorado que era su hijo, hizo un puchero y volvió a su lugar.
Ella movió la cabeza ligeramente, en un tierno gesto de negación. A veces su niño no entendía cuan adorado era por ella y que sus esfuerzos estaban dirigidos a que él viviera entre mimos.
Después de colocar los platos con apetecible sopa frente a sus comensales y una vez que todo estuvo listo, se sentó para degustar la cena junto a los dos amores de su vida. Su adorado esposo alfa y su perfecto hijo omega.
Durante un largo rato solo el ruido de los cubiertos se escuchó en el lugar, hasta que, cuando estaban por terminar ella soltó una risa y de sus labios brotaron aquellas palabras como quien no quiere la cosa.
—Grisha, Eren quiere contarte una muy buena noticia.
El más joven de la mesa pegó un respingo y se le sonrojaron las mejillas mientras negaba furiosamente.
—¿Qué cosa? ¿Qué ha pasado, Eren?
—Es que…—todo su pequeño ser se había vuelto una hojita al viento de la timidez
—Eren encontró a su alfa—terminó de decir ella al ver que su pequeño no soltaría la lengua. ¡Vaya muchacho el suyo!
El hombre abrió grandes los ojos, la sorpresa invadiéndolo, llenando su ser pero que al final terminó de desvanecerse ante el nacimiento del disgusto. Sus labios se volvieron un rictus de tal sentimiento a la vez que sus cejas se fruncieron remarcando tal expresión.
—Es demasiado pronto. Eren aún es muy pequeño. No debería estar pasando. No verá a ese alfa hasta que le llegue la edad.
Los ojos de la mujer se volvieron dos rendijas y se clavaron con fiereza en los de su esposo.
—¿Qué estás diciendo?—su voz sonaba rasposa, un tanto distorsionada—.Deberías alegrarte, el alfa de Eren es lo mejor de lo mejor. Alguien lo suficiente bueno para sacarnos de la deshonra que…
—No te atrevas, Carla—los ojos y la Voz del hombre la aplastaron como si de una pesada pared de roca se tratase.
—Solo no quiero que…—el suave murmullo emergió de sus labios, temerosos, sin aliento, ocultando toda la podredumbre de su sentir. A veces odiaba ser lo que era. Estar sometida de tal manera.
—¿Quién es?—le cortó el hombre.
—Levi Ackerman—cada letra fue soltada como un cuenta gotas.
El ceño del hombre se contrajo con mayor fuerza.
—Tuvo que ser ese—murmuró entre dientes, apretando los puños bajo la mesa.
—Es perfecto—el hilito de voz apenas si fue escuchado por el hombre que, del otro lado de la mesa parecía llenarse de rabia a cada segundo.
—Es una maldición.
—No, no es así—masculló con una sonrisa misteriosa curvando sus labios—. Es una bendición, la salvación de la mala sangre de tu familia—aquello fue como un silbido lejano.
—¿Qué has dicho?—el siseo fue bajo pero amenazante.
Ella pegó un respingo al sentir la vibración de las palabras dichas por el hombre, filtrándose en sus oídos, como un murmullo, pero que sentía casi como si le hubieran dando una patada al centro del pecho con extrema violencia.
—Que es inevitable. Se han reconocido.
—Y una mierda—gesticuló el alfa antes de levantarse de su lugar para perderse detrás de la puerta que daba al salón.
En su silla, mordiéndose los labios, con los ojos ocultos tras el flequillo, permanecía inmóvil Eren. Afectado de cierta manera por la cantidad de feromonas de rabia que su padre había exudado ante la noticia que lo involucraba directamente a él.
La tibia mano de su madre en su mejilla, le hizo levantar el rostro.
—No te preocupes cariño. Todo está bien. Papá solo está celoso. Tú sabes que eres nuestro mayor tesoro. Pero no pasa nada—le consoló ella—. Mañana invita a Levi a almorzar. Ya verás que todo irá bien—finalizó no si antes darle un beso amoroso en la frente a su retoño—. Ahora ve, lávate los dientes y a dormir.
—Si, mamá—canturreó el niño a la vez que hacía un sonido gustoso al sentirse envuelto por el suave y dulce aroma que su madre le brindaba—. Buenas noches—murmuró en despedida antes de salir de allí, obedeciendo las indicaciones que ella le había dado.
Los ojos de la mujer le siguieron hasta que se perdió de su visión, luego recogió los platos, los que lavó y guardó en su lugar antes de apagar las luces y subir a la habitación. La discusión pendiente debía terminar.
Afuera, cuatro pares de ojos seguían fijos en el cerco de ladrillo, desprovisto ya del festín de luces con el que pasaban sus días.
Ojos pertenecientes a cuerpos que como cada noche, olvidados por los señores de la casa, se llenaron de frío.
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Cerca de la medianoche, cuando la oscuridad se tragaba todo, los mugidos queditos empezaron. Lastimeros, necesitados.
Fue aquel sonido lo que lo extrajo del cómodo sueño. A como cada noche sucedía, y a como seguiría sucediendo en los años venideros. Tal vez.
Eren aún estaba atontado por el sueño cuando salió de la habitación envuelto en una gruesa manta, caminando torpemente a pies descalzos por los pasillos oscuros de la casa hasta llegar a la cocina, donde la puerta mosquitera que daba al patio chirrió un poco cuando él la destrabó y el aire frio traspasó la tela, filtrándose con brusquedad, mordiendo su piel, causando que un ligero temblor recorriera todo su delgado cuerpo.
La luna en el cielo estaba en cuarto menguante y su pálida luz bañaba los techos de las casas, la tierra húmeda por el rocío y a los perros que pegados entre sí estaban plantados frente a la puerta, mugiendo, titiritando sin control.
Él les vio con cariño y abrió más la puerta para dejarlos pasar. Un par de segundos después cuando ya todos estaban adentro, lejos del frío nocturno, fue tumbando por los perros, que con premura se restregaron contra él durante un par de minutos. Momentos que acabaron al él propiciarles un suave coscorrón a cada uno de los cuatro para después de un brinco ponerse de pie.
—Ya, ya no más. No hagan más ruido o despertaran a mamá—les regañó con dulzura apartándole al ver como ellos insistían en refregarse contra él—. Hagan caso—esta vez su voz se elevó un poquito, solo para que captaran que era en serio que debían parar. A ellos le tomó otro minuto entender, pero lo hicieron, y alejándose suavemente obedecieron—. Eso es, buenos chicos—dijo él y les regaló otro toque cariñoso para finalmente salir de allí. Pero antes de hacerlo totalmente se quedó de pie en el umbral y les regaló la última miradita y una bonita sonrisa.
Allí estaban ellos, viéndolo fijamente, con los ojos llenos de idiotismo, la glutinosa saliva escurriéndoles de entre los dientes, mojando sus encías, el piso y sus cuerpos. Eren les sonrió y les moduló un 'buenas noches' que ellos no respondieron. Porque no podían. Tan solo eran perros. Pero Eren sabía que aunque fuera lo fueran, tenían sentimientos, y eran esos sentimientos lo que lo guiaban en su actuar para con ellos.
Eran esos perros, los únicos amigos que tenía.
Los quería en demasía, aunque causaran ciertamente repulsión a otros ojos, al verles tan idiotas, con ojos vacíos y cuerpos deformes en un grado más atroz que en otro. Eso a él no le importaba. El cariño estaba ahí, tatuado como un susurro por el instinto.
Regresó silencioso a su habitación y cerró los ojos pensando en las cosas del próximo día. Cosas que de vez en cuando eran tonterías para los adultos pero para alguien como él, un niño, aquellas cosas era grandes acontecimientos. Acontecimientos que se tejían como nido de araña, en hilos delgados, casi invisibles pero que al acumularse junto a los sentimientos retorcidos, destruyen vidas. Esos sentimientos que al principio parecen buenos.
Sentimientos como el amor.
Y Eren estaba lleno y cubierto de él.
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Era tan brillante su luz que queríamos quedarnos viéndole durante mucho, mucho tiempo. Y podíamos, porque era toda nuestra. O eso creíamos
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Levi Ackerman pateó por decimotercera vez la piedrita con forma de nuez que venía arrastrando desde que había salido de su casa. Le parecía entretenido verla elevarse un poco, caer y rebotar, creando un sonidito cómico de ploff-ploff. Debía ser por eso —y no porque él siempre era así— que una pequeña sonrisa se había mantenido en sus labios durante todo el camino que hasta podía decir que los ardientes rayos de sol que caían sin tregua sobre su cuerpo, no quemaban tanto.
Había estado tan entretenido en su infantil jueguecito que en algún momento al darle una patada ligeramente más fuerte a la piedrita esta voló lejos y se estrelló contra la barra de metal de un letrero, que al leerle le hizo darse cuenta que se había pasado tres calles de la dirección que la Sra. Jeager le había dado. Dejando de lado su diversión y suspirando con cansancio giró sobre sus pies para retomar el camino de vuelta.
Con pasos lentos deshizo el camino andado hasta llegar frente a una bonita casa de tres plantas, pintada en melocotón y blanco, que estaba rodeada al oeste por un pequeño cerco de ladrillos rojos. Alisándose la ropa que llevaba, la cual constaba de una camisa de cuello redondo, mangas cortas con botones azul marino y unos shorts negros que caían a juego con los zapatos deportivos color marrón, se dispuso a tocar.
El primer toque fue suave, tanto que con seguridad no sería escuchado al otro lado de la puerta. Viéndose las manos se dio cuenta que estaba nervioso. Le temblaban ligeramente.
—Basta—susurró para sí mismo.
Debía ser fuerte por Eren. Su Eren.
Debía dejar de lado ese pequeño temor de que al final no sería aceptado por el padre de su omega, y por ende le sería arrebatado el derecho natural de tenerlo a su lado. Pues para él, con sus once años, no era un secreto que su familia y la de Eren, fueron una misma, pero que al final se había fragmentado de manera irreversible por las venenosos circunstancias provocadas por la rebeldía de algunos miembros en un tiempo pasado.
Los Jeager eran esa rama. Y el fruto de ella era despreciado hasta tal punto que los vínculos nacidos entre ellos de manera espontanea, eran deshechos a fuego, encaminando todo a rutas por separadas.
Pero allí estaba, nuevamente vinculado en ellos, por ironías de la vida, como un escupitajo del caprichoso destino que les gritaba que si importar qué, las cosas debían ser como era y no como ellos trataban de imponer. Aunque a diferencia de sus antecesores, él no se acataría a los órdenes desdeñosas de nadie, que pretendían alejarlo de su destino. De su pequeño rollo de canela. No. Eso jamás. Pues más allá del instinto, era otro sentimiento el que él sabía lo unía a Eren.
Era amor. Llano y total amor.
Lo había amado desde el primer instante en que sus ojos se encontraron.
Había visto en aquellos bonitos ojos de agua y bosque, polvos de estrellas, el universo y su infinidad de galaxias y nebulosas de multicolores, la hermosura y el significado de la vida. El paraíso prometido.
Inhalando profundamente levantó la mano otra vez, y en esa ocasión si golpeó con fuerza.
Unos segundos después, el sonido alegre de pacitos apresurados se oyó tras la puerta, la cual fue abierta de un tirón y tan solo una milésima de tiempo más tarde, los bonitos ojos de Eren lo recibieron, igual que sus mejillas sonrosadas y su boquita de fresa desdibujada en una ancha sonrisa que mostraba sus dientecitos blancos.
—¡Levi!—canturreó colgándose de su cuello, escondiendo el rostro en su pecho—. Pensé que no vendrías. ¿No tuviste problemas?
—Kenny me apoya.
Sí, extraordinariamente —de la última persona que pensó le ayudaría— su sombrío padre se había puesto de su lado para hacerle frente a todo el resto de la familia. Aunque si se ponía pensarlo mejor, debía ser la influencia de su padrastro Uri lo que había hecho posible tal cosa.
Alejando su mente de aquellas cavilaciones se concentró en Eren, que abrazado a él parecía un gatito mimoso. Al verlo así, se dispuso a enroscar sus brazos alrededor de la cintura del omega y repartir besitos pequeños sobre la coronilla de su melena castaña.
Y Eren sonreía con complacencia al sentirse así de apretado contra su chico, pues con sus nueve años quedaba perfecto con su oreja pegado a aquel corazón que latía con cadencia, casi al ritmo de una música que encantaba al suyo propio. Un corazón que cantaba una canción de amor para él.
Durante algunos minutos se quedaron bajo el pórtico, abrazados, sintiendo la plácida sensación de permanecer unidos, perdidos en un espacio solo de ellos dos.
Desde la esquinilla a contra luz del sol, los perros observaban a ese extraño hacerle cariño a su Eren. El más grande dejó caer la cabeza mientras en sus ojos nacía un brillo peculiar a la vez que con un sonido casi parecido a un gruñido llamaba a los otros. Un minuto después, sus presencias desaparecieron.
Levi, a pesar de estar casi enteramente enfrascado en aquel abrazo que compartía con su Eren, había sentido aquel extraño corrientazo que precede al hecho de sentirse intensamente observado. Lanzando una miradilla por el rabillo del ojo, los vio. A los perros. A su mirada penetrante a pesar de lo muerto que parecían sus ojos. Y una pregunta se formuló en su cabeza. Una que sabía bien podía ser solo su imaginación.
¿Eran celos lo que había visto bailoteando en aquellos ojos ausentes?
Negando suavecito en su fuero interno se dijo que eso no era posible, que ellos no tenían conciencia.
Apartando con delicadeza a Eren y hablándole con suavidad le dijo que era momento de entrar. Sonrojado a más no poder, el más pequeño asintió y tomados de la mano entraron, dispuestos a enfrentar lo que fuera por su unión.
Contrario a lo que en principio pensaron, todo salió muy bien y después de ese día las visitas de Levi a la casa de los Jeager se volvieron constantes, ganándose de a poco, cada vez más, el cariño de los habitantes de aquella casa, volviéndose el centro de atención y gusto de ellos, en especial de Eren. Eren que se enamoraba más y más de él. Eren que empezó a dejar de lado a sus perros.
Esos perros que vivían por ver la luz en el cerco de ladrillos rojizos y la luz que se paseaba en la casa, ahora lejos de ellos.
Fue así como los perros de aquella casa terminaron por quedarse realmente solos, descuidados, relegados en el viejo banco del patio, en su mundo idiota consumido por el anhelo de un sol que les dañaba los ojos* y no les daba de comer.
El tiempo avanzó escurriéndose en semanas, en meses y años.
Los sentimientos se volvieron punzantes, escarpados, turbios y profundos.
El amor, el resentimiento y el odio bailaron en una sola pieza, al compás de un futuro incierto que solo podría terminar en tragedia.
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La brillante luz dejó chispitas de colores como motas flotantes y cálidas detrás de nuestros ojos, pero la noche llegó y no las arrebató. La luz se fue completamente. Nos abandonó.
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Una mañana Eren despertó cociéndose en un extraño hervidero que le nacía desde el vientre, le consumía las extrañas y llenaba todo su cuerpo de un calor y dolor insoportable ante una necesidad que él sentía, pero que desconocía cual era su razón de ser. Asustado, débil y lloroso se refugió en los perros, quienes en un vano intento de consolación le lamieron la piel perlada de sudor, cubriéndolo de baba cristalina y soniditos tan lastimeros como los suyos.
Lo que Eren no sabía es que estaba ante su primer celo. Pues tenía ya 14 años, y su cuerpo sin aviso, ni darle tiempo de conocerse así mismo, había decidido que el momento de madurar había llegado. Pues así era la naturaleza de su raza y contra ella nada podía hacer.
Y para mayor agonía del adolescente omega, sus padres, quienes podrían ayudarlo, se habían marchado desde la noche anterior hacia el distrito de Trost y no regresarían hasta el día siguiente.
Reconfortado por los mimos de sus perros, con el dolor lacerante que le atravesaba todo el cuerpo en un relámpago de calor, permaneció hecho una bolita en el suelo frio de tierra del patio durante horas.
Cerca del mediodía apareció Levi, vuelto un huracán, guiado por el embrujo del instinto que había golpeado en su interior, exclamándole a gritos que su pequeño omega lo necesitaba.
Apenas poner un pie frente al hogar de su compañero, se dio cuenta del porqué de las sensaciones que lo invadieron y lo extirparon con violencia de su sueño. Odió en ese momento vivir tan lejos de Eren, pues por dicha razón había tardado tanto en llegar a su lado, y lo odió mucho más al percibir los aromas que envolvían el ahora exquisito perfume de Eren.
El pesado aroma de los perros. Esencias que eran tan pastosas y fuertes que le hacían picar la nariz. Aromas que no debían fundirse al de su niño.
Con pasos agigantados, rodeando la casa se dirigió hacia el patio, en donde la ola de feromonas de lujuria y necesidad reprimida que brotaban del cuerpo tembloroso de su Eren, inundó todos sus sentidos y lo perdió sin remedio.
Desde su lugar, temblando sin control, Eren le vio aparecer, a su Levi, quien se plantó frente a él para un segundo después arrancarlo del lado de los perros mientras emitía un extraño siseo que destilaba amenaza y furia hacía ellos, quienes también le devolvieron aquel gesto. A Eren, poco o nada le importó aquel actuar, pues lo único que prevaleció para él fue la electrizante sensación de alivio y placer que recorrió su cuerpo al sentirse levantado en vilo por los fuertes brazos de su alfa. Todo desapareció para él y el instinto lo consumió.
Fue así como, sobre la banca donde los perros solían contemplar su festín de colores de sol*, Eren y Levi se unieron más que en carne, en alma por primera vez. Entre lágrimas de placer, dolor, gemidos agudos y graves, murmullos de consuelo y eternas promesas, su vínculo se fundió hasta hacerse irrompible.
Mucho rato después, cuando los primeros estertores del celo en Eren hubieron pasado, los perros contemplaron como aquel intruso—que por siempre para ellos sería—extraño, se lo llevaba hacia el interior de la casa, de donde no salió hasta el amanecer, pero con la promesa de volver. Tan solo un tiempo más tarde Eren apareció por la puerta mosquitera, con la piel húmeda, chorreando agua, unas bolsitas oscuras bajo los ojos y una ropa pesada que cubría todo su cuerpo.
«Gracias. Perdónenme»
Eso les susurró con voz suave, casi gastada, mientras les rascaba las cabezas. Ese día su Eren se quedó toda la mañana a su lado, jugueteando, refregándose con ellos, disipando el aroma que extraño había dejado en su piel, con los suyos propios. Pero estaba vez ellos permanecieron quietos, sin hacer tanto alboroto por sus caricias y atenciones, pues estaban algo resentidos con él, él que había preferido el consuelo de aquel extraño al que ellos le habían brindado. Su Eren debió sentir su lejanía, y derrotado después de unas horas hubo de retirarse cabizbajo cuando papá y mamá volvieron. Poco después de que él entrara el sonido de voces estruendosas les llegó desde el interior de la casa. Voces llenas de reclamos que se fueron apagando pasados largos minutos, minutos tras los cuales salieron llevando de arrastras a su Eren, quien gimoteaba sin control al ser halado con fuerza por la mano callosa y severa de papá.
Por la tarde regresaron, pero lejos de portar las caras enojadas que habían llevado al irse, venían con el semblante radiante, llenos de felicidad. O eso era lo que tal vez en sus mentes vacuas de razonamiento lograron captar, cuando desde el patio los vieron pasar.
Eren volvió a su lado cuando el sol sobre el cerco de ladrillos se hubo ido y la noche había aparecido con sus vientos cantores. Sonriente llegó hasta ellos, con un pollito rechoncho que piaba a cada segundo entre sus manos. Se los regaló, diciéndoles que era por haberlo cuidado el día anterior, que lo perdonaran, que los quería mucho.
Enloquecidos por aquel diminuto animal que empezó a corretear alrededor de ellos para acurrucarse contra sus cuerpos, el dolor del olvido se fue a un rincón de sus mentes cargadas de idiotismo y susurros inentendibles. En su mundo entristecido se sintieron llenos de dicha. Tal vez fue porque el pollito, con sus ojitos redondos y brillantes se parecía a Eren, su Eren, el Eren que no los olvidaba jamás, el Eren que los seguía queriendo sin importar qué.
Fueron felices aunque mamá al cabo de los meses cuando se dio cuenta que su Eren estaba preñado, les empezó a golpear hasta dejarlos casi muertos. Pero para ellos ese dolor era pasajero, casi inexistente, tan solo una sensación que iba y venía cada día, pues se eclipsaba con la presencia de aquella criatura que pasaba pegada a ellos.
Lo que ellos no sabían, era que esos arranques de furia que mamá descargaba sobre sus cuerpos maltrechos, eran producto del miedo y la frustración que habían hecho nido en ella durante muchas noches y días hasta que se sosegaron con las palabras de extraño. Sentimientos de los cuales ellos solo conocieron la amarga verdad, cuando ella, con crueles manos les arrancó a su ahora hermosa gallina de su lado para meterla a la cocina y degollarla sin piedad frente a sus ojos haciéndose oídos sordos de sus resoplidos y lamentos.
Con la escoba hubo de amenazarlos con darles golpes más severos para correrlos de allí.
—¡Salgan! ¡Salgan de aquí condenados perros! No quiero su asquerosa presencia aquí, infectando el aire que rodea la cena de Levi—les gritó aquella funesta mañana mientras balanceaba en su mano el pobre animal degollado.
Algo en ellos se incendió, arrasando con hambre vorágine su interior ante la mención de aquel nombre. Un nombre que enlazaron con soledad y dolor.
Levi.
¿Extraño se llamaba Levi?
Sí, Levi.
Levi.
Levi.
Así que era por culpa de él. De ese Levi.
Levi, el que había traído tantos males a su vida.
Levi, el que les había quitado todo.
Todo.
Con los ojos llorosos y fijos en la cabeza colgante de su amada gallina, las ideas frenéticas se arremolinaron en una espiral que afloró en sus mentes de un solo color.
Rojo.
Rojo.
Sangriento.
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Queríamos tanto a aquella luz que fuimos hacia la cajita donde se encontraba, tratamos de abrirla, pero al hacerlos se hizo pedazos dejando libre su contenido. Entre nuestras manos tratamos de arrancar su esencia para guardarla para nosotros, pero se desvaneció como polvo de estrellas
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Eren quien había escuchado el escándanlo desde la sala, había llegado apresurado hasta la cocina, pero para cuando hubo de hacerlo, la gallina ya se desangraba colgando de las manos de su madre.
Con los dientes apretados el chiquillo se fue en fuertes protestas contra las acciones de la mujer, enfadado a más no poder, herido y angustiado por los corazones rotos de sus perros. Pero ella simplemente levantó los hombros y vociferando que nada tenía que reclamarle y que lo tomara como un castigo que iba también para él por sus actos tan descocados, hubo de dejarlo allí, con los puños apretados por la impotencia, mientras ella salía de ahí para ir a buscar a su padre en el mercado, en donde seguramente el hombre se había hecho un embrollo con las compras para la próxima cena.
Con los ojos bañados en lágrimas, viendo como gota a gota la gallina se ponía más blanca y floja*, Eren se quedó durante mucho rato contemplando tan fatídica visión de muerte.
Permaneció allí, quieto, casi sin respirar hasta que apareció Levi, quien había llegado de anticipado a la cita concretada horas antes. Lo encontró así, sentado en el suelo con los ojos fijos en aquella escena. Limpiándole las mejillas irritadas por el llanto, él le prometió traerle un nuevo pollo, que lo esperara en el cerco de ladrillos rojizos para darles la sorpresa a ellos, que no tardaría.
Con la sonrisa naciente y renovada dibujada en sus labios, Eren recibió el beso que fue depositado en estos antes de que Levi se marchara apresurado.
Y pues a pesar de que a Levi no le agradaban aquellos perros, para Eren eran importantes. Y lo que era importante para su omega, también lo era para él.
Por su parte, Eren después de verlo perderse calles abajo, alegre salió al patio, en el que encontró a los perros sentados en su banco, viendo los colores de la luz del sol difuminarse en tonos vibrantes, hipnotizados ante el espectáculo de haces de colores turbios y castaños, que hasta casi parecían que el dolor de la pérdida de su querida gallina era algo vano en sus corazones y mentes. Pero él sabía que no era así.
Pasando un poco de ellos, sonrió de manera misteriosa echándoles una miradita y con pacitos cortos en un gesto infantil de ocultar algo para que ellos se fijaran en él, se dirigió al cerco.
Con la saliva grumosa escurriendo de entre sus labios, la lengua fuera y los miembros colgantes, ellos clavaron sus ojos en la delgada figura coronada por un abultado vientre que le hacía gestecitos torpes para llamar su atención. Lejano a los sentimientos que en tiempos pasados había en aquellos ojos al contemplar al chiquillo, había en estos un brillo cruel recubriéndolos.
Pensamientos retorcidos esparciéndose por mentes enfermas.
Ajeno al peso de tal mirada y deseos, Eren hubo de subirse a un viejo banquillo desfondado y luego en un barril de kerosene vacío, desde donde trató de montarse a horcajadas sobre el cerco de ladrillos, cosa que no lo logró porque su barriga de lagartija se rozaba mucho y el miedo a golpearse por descuido lo retenía de intentarlo con más ahínco. Imposibilitado de tal hazaña, decidió entonces quedarse de puntitas sobre el barril, con el cuello alzado sobre el cerco, esperando la llegada de Levi por la callejuela que daba hacia su casa.
Desde el banco los perros lo seguían observando fijamente. Antes sus ojos los colores volviéndose uno, reuniéndose, transformándose de manera tan clara y precisa.
Rojo.
Rojo.
Rojo.
Aquel color que a contra luz del sol se mimetizaba en el cuello alargado del muchacho, revelando el suave palpitar y la esencia que corría entre las delicadas venas*.
Rojo.
Rojo.
Rojo.
Se relamieron los labios con hambre.
Eren vio aparecer a Levi, con pasos lentos, los ojos grises observándolo desde la distancia y las manos creando el resguardo de una pequeña cosita. Alzando efusivamente la mano, creó un largo aspaviento para alentarlo a aligerarse mientras se inclinaba en demasía.
Levi estaba a tan solo unos metros. Tan cerca de él.
—Apúrate—le soltó con alegría, una alegría que desapareció en un solo instante y se transformó en pasmo al sentirse halado de una pierna. Y al girar para ver quien cometía semejando acto despiadado, cuatro pares de ojos hambrientos y bestiales le devolvieron la mirada mientras sus dueños tiraban con más fuerza de su extremidad—. ¡Suéltenme! ¡Suéltenme! Van a hacernos daño—lloriqueó pero ellos no obedecieron, si no que con más fuerza tiraron de él. Sin poder creer lo que estaban haciendo aquellos que tanto él quería, empezó a gritar—. ¡Ayúdame Levi! ¡Ayúdame!—soltó a vivía voz, pero lastimosamente, fue lo último que pudo proferir antes de caer y sentir un dolor agudo que lo dejó inmóvil, preso de contracciones severas que impidieron que luchara al ser arrastrado sin cuidado hacia la cocina.
Cuando la puerta mosquitera se cerró tras de sí, sus oídos captaron el eco de los gritos de Levi más allá de la puerta principal. Luego, todo desapareció, engullido por un solo color. Un color doloroso y asfixiante.
El color de la muerte.
Rojo.
Para cuando Levi, con la respiración a mil y los ojos espantados, llegó a la cocina, aquel morboso color se esparcía en un charco pegajoso que manchó sus pies.
Le temblaron las manos y el pollito medio ahogado entre ellas, cayó creando un sonido acuoso, blando, agónico. A Levi poco le importó lo despiadado de su actuar, sus ojos estaban ahí, fijos, en el cuerpo inmóvil de Eren que bañado enteramente en su propia sangre continuaba siendo devorado por las fauces de aquellos perros que arrancaba a pedazos la carne de lo que alguna vez fue su bonito rostro, pero que ahora era tan solo un amasijo de carne y tejidos deshilachados que eran arrebatados de su lugar de una manera tan glotona que le cortó la respiración.
Gritando con todas sus fuerzas se abalanzó contra aquellos malditos perros, dispuesto a destriparlos con sus propias manos.
Su corazón estaba deshecho y ellos pagarían por el dolor que le habían causado.
Todo sucedió demasiado rápido, pues una vez que se hubo estrellado contra dos de ellos y su puño le rompió la mandíbula a uno, la saliva glutinosa revuelta con sangre le salpicó el rostro y le obstaculizó la visión, impidiéndole que viera como mientras él seguía golpeando a aquel par de bastardos, otro de ellos se abalanzaba sobre él desde la retaguardia.
El filo helado de un objeto atravesando su espalda, desgarrando la piel, detuvo sus movimientos. El carmín y el dolor lo inundaron también a él. Su cuerpo cayó de bruces en medio de un grito lastimero.
El cuchillo que había atravesado sus pulmones, se levantó una segunda vez, cayendo con fuerza sobre su yugular. Abriéndola sin misericordia.
Su cuerpo dejó de responderle y nada más pudo hacer. Y así, mientras se ahogaba en su propia sangre, los pudo ver con claridad.
Allí estaban ellos, erguidos, con la mirada de un depredador, llenos sus ojos de un júbilo enfermizo, casi como si estuvieran contemplado la culminación de una ansiada y meticulosamente planeada venganza.
Arrancándole los últimos granos de fuerza a su cuerpo agonizante, Levi se arrastró lejos de aquellos ojos, en busca del consuelo final en los deditos de su omega, que más allá de él, se encontraba ya inerte.
Lastimosamente no los alcanzó.
Y lo último de lo que pudo ser consciente no fue de la calidez de aquellas falanges que tanto había deseado tocar por última vez, si no que fue la sensación de tener cuatro bocas hambrientas sobre su humanidad.
Una vez que aquello empezó, la amargura, el dolor y la impotencia lo eclipsaron todo, incluso aquel pensamiento que siempre navegó en su mente, y que se quedó con él incluso en su último segundo de vida.
«El instinto sobrevivió»
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Con las sombras llegó la revelación. Aquella luz nunca fue nuestra, fue tan solo una ilusión de nuestras tontas mentes. Pero cuando la robamos, nos dimos cuenta que estábamos satisfechos de que no fuera de nadie más.
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Grisha Jeager iba rezongando con las bolsas de compras entre sus brazos, detrás de él su esposa iba reclamándole sus defectos, esos que desde que su desgracia empezó, parecieron volverse más y más grandes.
Cuando intentó abrir la puerta se dio cuenta de que esta ya lo estaba.
Había un silencio extraño rodeando todo el lugar. Pero le restó importancia, aunque eso solo duró hasta que entró a la cocina.
Las lágrimas le resbalaron solas, mojando sus mejillas. La voz de su esposa lo trajo de regreso y con voz cortada solo pudo gritar mientras dejaba caer las bolsas de compras.
—¡No entres! ¡No entres aquí, por favor!*
Pero ya era tarde. Carla Jeager gritó espantada dejándose caer en el suelo, atragantada en el llanto desesperado.
Pues en el suelo de la cocina los cuerpos de Eren y Levi se encontraban. Teñidos en carmesí. Palidecidos por la muerte.
Pero tan solo los cuerpos estaban allí, porque las cabezas habían desaparecido. Desaparecido igual que los perros de la casa.
Esos perros, que no eran más que el retorcido producto nacido de la rebeldía de un capricho inmaduro, influenciado por los viejos rencores arraigados en los terrores de pesadilla por la endogamia degenerativa de sus antecesores que habían dañado sus líneas y los llevaron a ese fatídico momento.
Lo habían perdido todo por el pecado cometido ante el destino. El destino que pensaron podrían renovar en el amor de Eren y Levi.
Pero se habían olvidado de los primeros, los perros, los hermanos mayores de su niño perfecto. El cuarteto de alfas deformes física y mentalmente que no tenían las conciencias tan pérdidas como ellos habían pensado y que al final le habían cobraron la factura de sus errores, sus maltratos y su olvido.
Las deudas habían sido pagadas.
El pecado había sido purificado en carmesí.
Notas finales:
Sé que tienen muchas dudas sobre este Fic
¡Niéguenmelo!
Bueno si las tienen, pueden dejarme un review para que les zafeteé todo el asunto en interno, pero si le entendieron y les gustó, también pueden dejar un review de amor.
—saca bote de limosnera—
¡Dejen review para la loca Carlangas! ¡Dejen review para esta alma en desgracia!
Besos y galletotas de canela y choco-chispas para todas.
*Es la marca de que la frase pertenece al cuento original, y solo la tomé para dejar impregnado su contexto.
PD: Los hermanos de Eren se lo querían garchar. Pero como se lo garchó Levi, pues esto es pasional (lol)
Próxima Calabaza: Demonio guardián
