Muchas gracias a quienes comentaron el primer capítulo. Como son solo tres les agradezco de manera extendida a Erinia Aelia, especialmente por sus correcciones (Muchísimas gracias :,D), a Likarian y Sky por sus palabras de apoyo y aliento, significan mucho para mi, que jamás había escrito un fic.

Este capítulo es larguísimo y tal vez lo encuentren molesto. Es Lord Elrond POV, para fines macabros que sólo yo conozco -NotEvenSorry- Sé que estamos aquí en espera de Thorin y compañía, pero para eso tendremos que esperar sólo un poquitín más. El siguiente capítulo cambia de POV y se aclararán varias cosas.

Muchas gracias por su paciencia, estos primeros dos capítulos los he escrito con mucha prisa y poca revisión, pero prometo que en el siguiente tendré más cuidado. Les agradezco sus comentarios de aliento, pero sobre todo los que me avisan de mis múltiples errores. Espero que les guste.

SIGUIENTE CAPÍTULO: 21 de agosto.

pd. PRAISE THE LORD! al fin aprendí a poner la línea horizontal. Así de grave.


Capítulo I

Elastic Heart

La primera noche siempre es la más difícil.

Lord Elrond lo sabía de sobra. Durante su largo reinado en Imladris había acogido a cientos de viajeros heridos y enfermos. Había ocasiones, incluso, en que la gente acudía desde muy lejos en busca de sus amplios conocimientos en curación, y él los compartía y brindaba su ayuda a todo el que lo solicitara, sin importar raza o género. Claro, habría que ver que un orco o troll tuviera la humildad o la valentía de pedirla. Ni aún en estos tiempos de paz.

La generosidad del señor elfo era conocida en toda la tierra media.

Era probablemente esa misma generosidad la que lo tenía despierto esa noche. Aunque llamarle noche sería algo impreciso, pues desde hace un par de minutos el cielo comenzaba a clarear al este, sobre su ciudad aun dormida. Desde un balcón miraba distraídamente los límites de Rivendell, lejanos para la vista humana, pero cortos para un elfo.

La tranquilidad absoluta del momento y la llegada del olor de las plantas recibiendo la mañana le arrancaron un suspiro. Se estiró ligeramente para desentumirse y por fin se volvió a sumir en sus pensamientos, todos se dirigían a las últimas horas.

Uno de sus exploradores le había traído por la mañana la noticia de avistamientos de huargos en las inmediaciones. Era sumamente extraño, especialmente en esta época del año, así que decidió encargarse de esto personalmente. No porque estos pudieran causar daños a la ciudad, sino más bien a los viajeros, que abundaban ahora que terminaban las cosechas.

Reunió un generoso grupo de diestros cazadores y salió cabalgando hacia los bosques cercanos. Pasaron horas hasta que pudieron dar con la jauría, que se había desplazado considerablemente desde que fueron vistos por primera vez.

Su mente no estuvo al cien por ciento en la cacería, si podía ser completamente sincero al respecto. La aparición de los huargos era un hecho completamente fuera de lo ordinario, y aunque su motivo para estar ahí probablemente se debiera a la escases de comida en sus regiones, algo le decía que esto era sólo presagio de algo mucho peor. La sensación de desazón no lo abandonó hasta que cerca del anochecer captó un rastro.

Eran pisadas de humano, recientes por lo visto. Al rastrear su origen se dio cuenta que estas desaparecían en determinado punto en medio del pastizal, como si su dueño simplemente hubiera aparecido en ese punto determinado, y no caminado hasta ahí. Intrigado, decidió buscar los pies que las imprimían. Las huellas le guiaron hasta una zona más desprovista de árboles, donde eran perseguidas muy de cerca por los lobos. Prácticamente ya era de noche y el resto de su patrulla se había concentrado en dar caza al resto de la jauría, río arriba.

Cuando por fin los encontró, se creyó a sí mismo presa de una visión.

Un par de huargos jóvenes cercaban a una figura etérea y veloz, su cabello era una flama meciéndose contra el viento. Un fuego fatuo o una hada, el señor elfo titubeó un segundo, pero el instinto que le llevaba a proteger a los necesitados lo lanzó en su defensa.

El lobo la alcanzó antes de que él pudiera hacerlo, tomándola con sus fauces y lanzándola un par de metros hacia atrás. La figura estaba milagrosamente viva, pero el huargo no iba a perder su presa.

Un segundo más y hubiera sido demasiado tarde.

La bestia no ofreció demasiada resistencia, demasiado débil, probablemente habían pasado días desde su último alimento, a causa de su peregrinaje en busca de tierras nuevas.

Ya de más cerca pudo discernir mejor, se trataba sólo una joven humana (muy ligeramente vestida para esta época o cualquiera del año). Un escaneo rápido por su cuerpo reveló que de uno de sus costados manaba sangre y que sus brazos estaban llenos de raspones. Al levantar la mirada para examinar los golpes en la cabeza, sus ojos se cruzaron con los de ella; enormes, al borde de las lágrimas y presas del pánico y la desesperanza. ¿Cuándo fue la última vez que vio una criatura así de indefensa? Un nudo se formó en su garganta y casi no pudo decir:

-Tranquila, vengo a ayudarte.

Su lógica le decía que el miedo era una reacción natural para alguien que estuvo a punto de ser devorado por las bestias, pero algo le decía que éste se extendía también hacia su persona.

Pero, ¿por qué razón debería temerle alguien a un elfo de Imladris, si era bien sabido en todos los rincones de la tierra que son gente pacífica y hospitalaria?

Decidió ofrecer sus manos en señal de paz y vio cómo la expresión de la muchacha se tranquilizaba. Se veía agotada, física y mentalmente, su espíritu postrado por frenesí de la persecución.

Cuando estuvo a un palmo de distancia se inclinó para ver de cerca el lugar de donde manaba la sangre, se detuvo. Inseguro, pasó su mano a unos centímetros de ella. Algo estaba raro. Era visiblemente una humana joven, pero algo en ella era diferente, una energía extraña…como si…

No, no era momento para eso, la prioridad era examinar la herida y salvarle la vida. Las indagaciones vendrían después.

Revisó su herida y afortunadamente no había dañado ningún órgano interno. Repentinamente su respiración se agitó en algo que casi parecía una risa nerviosa, lord Elrond levantó la vista justo a tiempo para verla perder el conocimiento.

Un par de jinetes lo alcanzaron a tiempo para ayudarle a subirla a su caballo.

Durante el trayecto no pudo dejar observarla; la extraña disposición del color de su cabello, su palidez, la extraña joyería que portaba. No había manera de que alguien viajara en tan precaria condición y que al mismo tiempo aparentara riqueza. ¿Alguien la había abandonado ahí?, ninguno de sus jinetes había encontrado indicios de otros caballos o pisadas ¿qué clase de ciudad o tribu humana se ataviaba así y abandonaba a uno de los suyos en medio de la nada?

Combatía una insulsa idea que pujaba por colarse al frente de sus pensamientos.

Ella no es de por aquí, ni de ningún lugar del que se haya oído mencionar en todo el ancho mundo.

Desechó esta ocurrencia tan pronto como él y su avanzadilla entraron a las luces de Rivendell.

Sobre su pecho podía sentir la débil respiración de la joven, que dormía el dulce sueño de la inconciencia, sin saber que los elfos de Rivendell jamás olvidarían la visión de esa noche: su señor entrando a la ciudad, cargando en brazos a una joven pálida, cuyo cabello ondeante semejaba una refulgente flama, alimentada por la danzante luz de las antorchas.


Curar las heridas había sido tarea fácil, tratar con ella después de que despertara, no del todo.

Por alguna razón que aún le inquietaba, había sido muy celoso con la curación de la paciente, encargándose hasta el último detalle él mismo. Pero siendo el lord de una gran ciudad, dedicar su atención a una sola cosa-o persona-era un lujo que no podía darse. Tan pronto estuvo seguro de que la herida en el costado no se abriría, marchó de inmediato a sus responsabilidades del final del día. Lamentablemente su preocupación y desconcierto también se marcharon con él.

Cuando unas horas después revolvía papeles en su escritorio distraídamente, pensando en los ojos temerosos que lo habían mirado hace unas horas, le llegó el aviso de que su huésped había despertado. Sintió un sobresalto en su pecho que le pareció vagamente familiar.

Durante el trayecto a la habitación Lindir-que era quien había llevado el mensaje-le explicó la muchacha había estado bastante intranquila, casi maniática y no había permitido que nadie se le acercara al principio. Después había hecho un millón de preguntas extrañas en un acento aún más extraño; Preguntó por un tal teléfono, dijo que esto era una cosa llamada película o una serie de tele…telealgo.

Y si no fuera lo suficientemente raro, preguntó dónde nos encontrábamos. Se lo dijimos, pero ella afirma una y otra vez que Rivendell no es el nombre de ninguna ciudad existente. Insiste en que todo es una broma de mal gusto…un mon…montaje. Lo que sea que eso signifique.

Ah, sí, por un buen rato repetía "al fin puedo recordar", aunque no estamos seguros exactamente qué es lo que había olvidado.

Afortunadamente el señor elfo no era tan fácil de importunar como su asistente, que estaba visiblemente consternado por la peculiaridad de la huésped, así que llegó a la habitación con un poco más que curiosidad.

Antes de entrar Lindir le hizo una y mil advertencias. Lord Elrond quiso reprenderlo por su tendencia a exagerar precauciones con los desconocidos, pero sabía que en realidad Lindir sólo estaba molesto por la desconfianza que la joven mostraba a quienes amablemente le ofrecían su hospitalidad.

-Está asustada, sólo eso.-le dijo simplemente y entró a la habitación.

Sentada con las piernas cruzadas, en una orilla de la cama, jugaba con una especie de lazo de tela unido en forma de aro. Estaba visiblemente nerviosa, pero no frenética como Lindir había descrito. No pareció darse cuenta de la entrada del elfo hasta que este aclaró su garganta para anunciar su presencia.

Fue hasta entonces que comprendió aquella aprensión que había surgido en él cuando la encontró en el bosque. Sus ojos en ese momento eran réplica exacta de los que había visto cientos de años atrás, en el dulce rostro de su querida Arwen, cuando aún era una pequeñita y se perdió entre la multitud en un festival de cosechas. La mirada de quien encuentra la calidez y protección después de buscar desesperadamente por horas sin éxito alguno.

-Fue usted quien me salvó…-titubeó ella, paseando una mano sobre el vendaje en su cintura-…en el bosque.

-Lord Elrond es mi nombre, y le ofrezco la hospitalidad de mi casa-dijo en su tono más afable, acompañado de una ligera inclinación de cabeza y un movimiento de su mano.

La joven parecía contrariada por este gesto y lo miraba con incredulidad. Como si hubieran estado atrapadas, las palabras salieron una detrás de otra, amontonándose en su boca.

-¡¿También usted se burlará de mí?, ¿qué clase de broma es esta?, ¿por qué todos hablan y se visten así?! ¡y traen esas…esas orejas!

Al principio el elfo la miró completa y totalmente confundido, pero la idea que había cosquilleado en su mente al entrar a Rivendell sonó claramente en sus pensamientos. Se tomó entonces un momento para mirar a la muchacha, para sentir la energía que manaba de ella y cómo contrastaba notoriamente con el flujo natural de la tierra. No era un ser ajeno a la naturaleza como los orcos, simplemente parecía provenir de un flujo distinto, otro tipo de naturaleza. Otro mundo, otro tiempo.

Haciendo un esfuerzo por recolectar pensamientos que giraban en una y otra dirección, usó el tono más sereno para preguntar lo que le parecía más sensato.

-¿Jamás había visto a un…a alguien que se viera como yo? Es decir, a alguien con…-titubeó pensando en lo mucho que los elfos no hablan del tema, ya sea por pudor o por la obviedad-…con orejas como las mías?

La chica entrecerró los ojos, desconfiada le miraba de soslayo. Comprendiendo el hilo de sus pensamientos, el elfo se sentó a su lado. La miró por un segundo, tratando de estar seguro de lo que estaba a punto de hacer, entonces inclinó su cabeza ligeramente hacia ella, el cabello oscuro deslizándose en cascada sobre su hombro. Sus ojos se movían nerviosamente por el piso ante la situación tan incómoda, hasta que la chica por fin entendió. Cuando los dedos rozaron la punta de sus orejas se sobresaltó ligeramente, desacostumbrado al inusual tacto.

La sensación no duró mucho, la mano se retiró abruptamente, como si le hubieran quemado. Tratando de no hacer movimientos bruscos que la alteraran, Lord Elrond levantó la vista lentamente. El rostro de la muchacha era el de la súbita comprensión.

-¿Dónde estoy?-Sonaba horrorizada. Poniéndose derecho una vez más, el elfo le ofreció su mano.

-Acompáñeme.

Ella tomó su mano y se dejó conducir cuidadosamente hacia el balcón, donde el señor de Imladris descorrió las enormes y pesadas cortinas que le ocultaban la vista de una ciudad inverosímil, dormida bajo el manto de una noche tranquila. No muy lejos de ahí, en otro edificio que parecía estar conectado al suyo por el largo tronco de un árbol, una cascada fluía vigorosamente. Debajo de ellos se extendía una especie de avenida sembrada con postes iluminados por antorchas. Más allá árboles y casas de arcos complejos y orgánicos se fusionaban infinitamente en la más peculiar y natural de las uniones. Todo parecía estar en perfecto estado y al mismo tiempo haber sido testigo del paso de incontables años. Justo como su anfitrión.

Después de un momento de silencio, se atrevió a intervenir una vez más.

-Mi gente conoce esta ciudad como Imladris, la última casa acogedora al este del mar. En la lengua común la escucharás nombrar como Rivendell.

La miró un momento, tratando de sondear las emociones de su rosto, pero entonces un ligero rubor se asomó al suyo propio.

-Me disculpo por mis modales, no he preguntado su nombre u origen.

La chica se movió incómoda y respondió con recelo:

-Robin, mi nombre es Robin y antes de…antes de despertar esta tarde yo estaba de viaje en Nueva Zelanda. Por favor, dígame que ha escuchado hablar de ese lugar.

¿Despertó y luego estaba aquí? ¿así es como llegó? Quiso preguntarle esto, pero al ver sus ojos prefirió dejar esa pregunta para después.

El señor elfo sintió una profunda pena al contestar:

-Me temo que a pesar de haber recorrido la mayoría de los reinos fructíferos de esta tierra, ese nombre no me suena familiar, ¿Es un pequeño pueblo, acaso?

-Más bien un país. Considerablemente grande, para mi mala suerte.

El silencio se asentó por un momento con el peso de sus pensamientos. Pareciendo considerar la situación, ella preguntó por fin.

-Los…lobos, ¿eran reales?

En el elfo surgió una enorme compasión por la joven, que tocaba cautelosamente su costado herido. Trataba de convencerse a sí misma de que aquello no era real. Lamentablemente él no podía ofrecerle las palabras que ella deseaba oír. Si su teoría sobre la llegada de la muchacha era cierta o no, ella misma había llegado a similar o idéntica conclusión.

¿Podía decirle eso a una niña extraviada? ¿que estaba irremediablemente perdida para su hogar, que su viaje había sido tan extraordinariamente imposible que ni los siglos de sabiduría de las bibliotecas élficas tenían registro de sucesos igual y que por lo tanto no había esperanza? ¿Quién era él para deslizar una sentencia así sobre el cuello de una pobre alma abandonada?

No, tiene que haber otra forma.

-Esta ciudad es segura, los lobos jamás podrían entrar. Mientras permanezcas aquí estás a salvo.

Ambos se miraron prolongadamente, hasta que hubieron llenado con silencio los espacios de una conversación que ella no parecía querer justo ahora. Miró al frente distraídamente y preguntó:

-¿Qué hay más allá de los límites de la ciudad?

-Los páramos y colinas de las montañas Nubladas.

-Jamás he escuchado de ese lugar- ofreció tímidamente, sus ojos puestos en el horizonte y su mente lejos, muy lejos de ahí.

El viento inundó de frescor la silenciosa habitación y el elfo se hizo la muda promesa de darle a su huésped un hogar.


Todos los días la joven huésped recibía, sin saberlo, la visita del gobernante de la ciudad. No porque este la visitara en secreto, sino más bien por la plena ignorancia de ésta sobre la vida del hombre que la frecuentaba.

Sus heridas mejoraron considerablemente en poco tiempo y eso le satisfacía enormemente al señor elfo. Eran en realidad pocas cosas las que no le satisfacían de ella. A raíz de su primera conversación, la muchacha se tornó más accesible e incluso amable para con los elfos que le atendían. Eso por supuesto, hizo que se ganara inmediatamente el favor de Lindir, quien mandó personalmente a confeccionar un par de vestidos que no alteraran la pudorosa vista de los elfos, especialmente la suya propia.

Cada vez que el elfo asistente mencionaba lo muy agradecido que estaba con el cambio de carácter de la huésped, Lord Elrond no podía sino admirarse de su ella. Recordaba con frecuencia la noche de su primera conversación y cómo al final de su visita le había confirmado su teoría.

Lo que más le asombraba de aquello era el estoicismo con que había manejado todo.

En un instante había perdido hogar, familia, amigos y fortuna-por modesta que fuera, según le había contado. Y jamás le vio llorar. Ni un solo día. Y aún más admirable, se mostraba receptiva y ansiosa de aprender sobre este nuevo mundo. Había días que incluso hablaba sobre su tierra natal y las cosas que había en ella.

Un día le mostró algo llamado liga-la misma cosa con la que jugaba aquella primera noche -y le explicó que era un objeto muy popular, debido a sus propiedades elásticas. El elfo quedó fascinado, ya que no existía en la tierra media un material con semejantes cualidades de resistencia.

Estando distraído en la conversación y la apreciación del material, no había notado que iba un poco tarde para su reunión vespertina. Fue sino hasta que Lindir apareció en la puerta que, muy apenado, tuvo que salir a toda prisa para encontrarse con los miembros de su guardia.

La reunión duró más de lo esperado, especialmente porque tuvo que lidiar durante un buen rato con las quejas surgidas a raíz las bromas de sus gemelos, Elladan y Elrohir. En días como estos, deseaba que su oído no fuera tan sensible.

Sus herederos sobresalían en todo, incluso en las épicas maneras que tenían de sacar de quicio a su padre.

Tal vez sería buena idea presentarles a Robin. Quien sabe, tal vez ahora que Arwen no está, encuentren en ella una persona para canalizar toda su atención.

De su bolsillo sacó la liga que Robin le había mostrado y que en la prisa de su salida había olvidado regresar a su dueña. La estiró lentamente entre sus dedos.

Tal vez debería escribirlo en algún libro la siguiente vez.

E-lás-ti-co: Propiedad de un material que puede resistir la aplicación de fuerza, sin romperse o alterarse gravemente.

E-lás-ti-co.

Justo como el corazón de la pequeña Robin.