Posó la mano izquierda en el vidrio de la ventana, dejando la huella impresa. Las luces anaranjadas de la calle y el incipiente amanecer iluminaban la habitación. Se arremolinó en su usual bata azul, todavía estaba en pijama aunque no se había acostado.
Estaba aburrida, bastante aburrida, muy aburrida, absoluta e irremediablemente aburrida.
Llevaba cuatro días con la misma ropa y solo había salido a la calle en una ocasión para comprar cigarrillos, ni entonces se había vestido. Simplemente se puso el abrigo y los zapatos, sin calcetines, para bajar al Tesco; gastarse casi siete libras en un paquete y volver a casa entre aleros para no mojarse. Ahora su media melena de enredados bucles caía sobre los ojos; y avanzaba hasta más debajo de las clavículas de forma desordenada, los rizos saltaron cuando se alejó del cristal.
Sorteó prendas de ropa sucia esparcidas por el suelo mientras buscaba con la mirada su móvil. No lo encontró entre las sábanas descolocadas, ni en la mesilla de noche, aunque su mirada captó los fluorescentes números del reloj digital, 6:02am. El aparato tenía función de despertador, totalmente innecesaria. Su hermana se lo había regalado hacía algunos años; acompañado de una ridícula, larga y pedantea nota sobre enderezar su vida, una de sus retorcidas bromas.
Salió hacía el pasillo camino del salón, todo se encontraba en penumbras. Saltó violentamente sobre su sofá, que golpeó con dureza la pared y algo calló al suelo. Pensó con ironía que ya había encontrado su teléfono. Hundió la cabeza en uno de los cojines y tanteó la mesa de centro en busca de algún frío té olvidado, solo halló tazas vacías. Malhumorada se giró hacia el respaldo hundiéndose en su cabeza, reflexionando sobre lo gris y horrible que era el mundo.
Solo quería un caso, algo mínimamente interesante, mínimamente. Eso era todo; no experimentos en la cocina, ni practicar puntería en el salón, ni tocar el violín, ni visitar la morgue de Barts ni nada por el estilo, solo un maldito caso. ¿Era tanto pedir que la clase criminal le pusiera un poco de esfuerzo en matar a alguien? Quería eso o perderse entre los almohadones del sofá para asistir a la propia desintegración de su cerebro, sin punto intermedio.
De pronto un revoltijo de hojas calló sobre su cabeza, sacándola a la superficie. Olor a té y tostadas, ruido de platos, Joan en mitad de la sala mirándola.
-Échale una ojeada al periódico, igual hay algo interesante, ya que estamos suscritas…y deja de arrástrate por la casa como un alma en pena.- Dijo con una sonrisa mientras le extendía un té humeante. No lo cogió, se enderezó en el sofá dispuesta a ordenar las páginas y leer titulares.
Sabía de antemano que no iba a encontrar nada, como mucho una de las partidas de ajedrez a resolver. Cuando llegó a la página estudió la posición de las piezas, Bryne contra Fischer (1956). Que aburrido pensó, siempre elegían partidas famosas facilísimas de reconocibles, gana Fischer. Le vino el destello de fichas, ébano y marfil, barniz, cuero envejecido, "las blancas mueven primero, hermanita", la pelirroja sonriéndole avariciosa mientras atacaba a su reina arrinconada. Lo desechó todo inmediatamente.
Joan se había perdido tras la cristalera translucida de la cocina, podía distinguir perfectamente la silueta.
-No tiene sentido... ¡Joan, Joan! ¡Nada tiene sentido, y como el mundo ya no tiene sentido lógico mi cerebro se pudrirá! ¡Quedaré reducida a alguien que se divierte con "Minute to win it", o los programas de cocina o los que cantan o alguna de esa bazofia televisiva que ves!- Gritaba mientras se levantaba como una tempestad hacia la nombrada y agarrándose el pelo con ambas manos, en un aspaviento melodramático.
Su amiga estaba sentada en una de las sillas de la cocina, había amontonado algunos de sus tubos de ensayo y material de laboratorio para poder usar un mínimo espacio en la mesa. En aquel momento la miraba con gesto interrogante y la boca llena de tostadas con mermelada. Tragó lo más rápido que pudo ayudándose del té, que le quemó los labios.
-Deja de ser la reina del drama, tengo que irme a la clínica, no tengo tiempo para tus lloriqueos de detective aburrida...-Dijo con ceño frunció- Y a mí no me gustan esos programas.-
Sherlock suspiró dándose la vuelta con la bata suelta ondeando a su espalda. Volvió a tumbarse sin consideración en el sofá.
-¡Claro! Para ti es muy fácil, con tu simple cerebro…te diviertes con ancianos reumáticos y gripes estacionales, ocasionalmente alguno que quiere alargar la baja por enfermedad y…-Corta su monólogo levantando la cabeza, miraba gravemente a Joan que se estaba colocando el abrigo-Cómprame tabaco.-
-No, lo estabas haciendo muy bien Sherlock, y el otro día te escabulliste al Tesco a comprar un paquete. Encima te fumaste medio de una sola sentada- La mencionada enarcó una ceja-Si, lo sé porque aunque fumes en la ventana se te queda pegado el olor a la ropa y el pelo.-
Sin comentar nada más, abandono la casa perdiéndose por las escaleras, dejándola de nuevo en silencio y a solas.
No quiso pensar en el tiempo pasado, cuando el aburrimiento la consumía tenía la solución en el bolsillo. Se dijo que aquello había quedado atrás (no muy atrás), había sido necesario (tampoco tanto), Lestrade nunca la hubiese accedido a trabajar con ella (había formas de burlarla). Agitó la cabeza enérgicamente desechando tales pensamientos.
Se quedó en el sofá mientras la luz comenzaba a entrar lánguida por las ventanas de cortinas abiertas, encontrándola tumbada boca arriba indolente. El móvil rompió la quietud y palpando el suelo aún con los ojos cerrados contestó sin mirar.
Quince minutos más tarde Sherlock se había duchado, peinado, afilado la mirada y vestido; camisa, pantalones y zapato elegante aunque plano.
Con ágiles de dedos tecleaba mensajes a Joan, quién sabía todavía estaba haciendo esfuerzos por ignorarla pero Sherlock sabía que terminaría respondiéndole, siempre lo hacía.
Notas de la autora: A Sherlock le he mantenido su nombre, porque es tan extraño que para mí es unisex.
