Disclaimer: Los personajes de Naruto no son de mi propiedad sino de su creador, el mangaka Masashi Kishimoto. Solo los utilizo para adaptarlos a la historia de Magela Gracia, Aunque sea su hermano. La pareja principal es Sasuhina, sus personalidades pueden estar alteradas ya que es una adaptación, sino te gusta no lo leas, todo lo hago sin fines de lucro y por amor al Sasuhina así que si no te gusta esta pareja ¿Qué haces aquí? Solo quiero mostrar los libros que me gustaron a través de esta gran pareja que se robó mi corazón desde que la vi.
Advertencia: este libro tiene contenido sexual y palabras vulgares. Quien avisa no es traidor. Gran OcC en los personajes. Disfruten de la lectura.
CAPÍTULO 1
LA PERSONA EN LA QUE NUNCA DEBÍ FIJARME
Odiaba los viernes. ¿A quién no le pasa? Pues a mí, yo era la extraña persona que el día que menos soportaba era ese. Los fines de semana se hacían largos y tediosos en mi casa. Debía ser la única chica en el primer curso de la facultad que no deseaba que llegara el viernes. Al menos eso podía deducir de los saltos de alegría del resto de los alumnos, y de los folios que volaban en clase cada vez que sonaba la ansiada campana a las tres de la tarde. Yo casi ni me movía de mi pupitre, agachando la cabeza, deseando que me tragara la tierra y que volviera a ser lunes.
De lunes a jueves seguía una rutina que adoraba, o al menos así había sido en el instituto. Sus apuntes de matemáticas y los exámenes a primera hora, competiciones en gimnasia, los malos humos en la clase de laboratorio, y las largas sesiones de poesía en los ratos de literatura adornaban y simplificaban mis horas. Porque debía de reconocer que desde que había empezado la universidad todo se había complicado. Y en casa la convivencia era demasiado complicada. ¡Si hasta había disfrutado de los ratos en los que me ponía delante del tablero de ajedrez en las actividades extraescolares! Esas a las que mis padres me apuntaron para que tuviera que hacer algo después de las clases, porque no tenían tiempo de recogerme antes en el instituto, con sus interminables jornadas laborales, y porque tampoco les gustaba que estuviera sola delante del televisor en el salón, sin supervisión, dejándome la vista y llenándome la cabeza de tonterías.
Las clases le daban a mi vida algo de estabilidad, porque cuando entraba por la puerta de casa toda mi atención acababa centrada siempre en lo mismo. Y había sido por culpa de ellas... No eran las mismas de la época escolar, ni las que me habían acompañado cuando dejamos de usar uniforme de falda de tablillas y polos recatados. Eran caras nuevas, pero los mismos intereses.
Había llegado un punto en el que estaba hasta las narices de mis amigas, las del instituto y las de la facultad. Las del colegio no, pero apenas si las recordaba después de tantos años. Ellas, las nuevas, con sus aires de expertas y sus sostenes con relleno, empezaron a hacerme preguntas dejándome sin palabras, con la boca abierta, sin ganas ni capacidad de responder. ¿Acaso no se daban cuenta de que hablaban de Sasuke?
Nunca se me habían dado demasiado bien las relaciones sociales. Me había costado mucho iniciar conversaciones en el colegio, y creo recordar que mi madre llegó a decirme una vez que ya era así en la guardería. No había cambiado mucho la situación en el instituto, y no había motivo para que fuera a ser así al llegar a la universidad. Sólo había conservado una verdadera amiga de mi época colegial, y vivía a tantos kilómetros de distancia en la actualidad que ambas, algunas veces, nos habíamos dado por vencidas al intentar mantener la relación a flote.
Con los constantes correos electrónicos en la adolescencia, y alguna que otra reunión de nuestros respectivos padres en la época de verano, ya que eran también amigos desde mucho antes de nacer nosotras, habíamos salvado la horrible distancia. Mi amiga, mi única amiga, Izumi.
Habíamos cursado primaria juntas, y fuimos inseparables hasta que sus padres, antes de terminar el último curso, tuvieron que mudarse a la otra punta del país por motivos de trabajo. Hacía más de un año que no la veía. Y me había adaptado a tener, simplemente, relaciones superficiales con las compañeras de clase que le siguieron. Esas a las que nos empeñábamos, por la edad e inexperiencia, en llamar amigas... aunque no lo fueran.
Pero, de pronto, habían sido ellas las que me habían buscado a mí. Amigas por todas partes, chicas que, asombrosamente, deseaban pasar tiempo conmigo y hasta visitarme por las tardes en mi casa, sin padres. Amigas a las que no vi venir, pero que luego mostraron sus intenciones.
Esas chicas universitarias, tan novatas como yo en el campus, a las que había conocido hacía poco más de unos meses en el inicio del curso académico, se dedicaron a preguntarme, primero con sutileza y luego con total descaro, sobre el tamaño de la polla de Sasuke. Y sus huevos... ¿Eran redondos y duros, le colgaban mucho, se depilaba?
— ¡Yo no sé nada de eso! —les contesté al principio, cuando sus interrogatorios me cogieron por sorpresa. Al fin y al cabo, pensar de esa forma en el hermano de mi única amiga me parecía de lo más deshonroso, por no decir que hasta me produjo un poco de asco—. Nunca le he mirado su amiguito. Por lo que ni hablar de sus... dos cosas…
Por descartado, ellas no pudieron creerme; y yo, algo desorientada ante el giro drástico que habían dado las conversaciones en nuestro círculo de amistades, no les di más explicaciones. Tampoco tenía mucho más que decir, por supuesto. Que no me hubiera fijado nunca en el tamaño de la polla de Sasuke, que al parecer había sido la sensación del instituto sin darme mucha cuenta de ello, tenía que ser pecado como mínimo. En ese momento, ya con amigas universitarias, el hermano de Izumi era toda una delicatesen. No por nada en ese entonces, cuando aún no había cumplido la mayoría de edad, el interés de mis antiguas compañeras me había parecido raro, pero que me comentaran algo de él las actuales, ya con dieciocho, cuando había tanto chico mono suelto entre todas las facultades del campus era demasiado para mí. Sasuke era suficientemente mayor como para que nunca nos mirara como a las mujeres en las que nos estábamos convirtiendo...
Mujeres en las que se estaban convirtiendo ellas, en verdad, porque yo parecía anclada en una mentalidad de eterna infancia que no concordaba mucho con mi aspecto físico. Aunque, a decir verdad, tampoco era que tuviera un cuerpo tan voluptuoso y sensual.
Mujeres que se morían por poner los labios sobre su tremenda polla, comerla hasta hacerlo correr, probar su leche espesa...
Ellas, no yo. Mis queridas y odiadas amigas. Que yo todavía era lo bastante tonta como para no haberme dado cuenta de que tenía un tío bueno viviendo en mi casa, con su cama pegada justo al otro lado de la pared donde se apoyaba la mía. Al menos podían haberme comentado primero algo de sus ojos, sus labios, su apuesto y varonil rostro... Su voz seductora...
¡Por el amor de Dios, que estaban hablando de Sasuke! ¿Cómo se les ocurría nombrarme sobre su miembro? Aunque la verdad es que tampoco me había fijado en el pene de los otros chicos. Podía decirse que era un poco mojigata, sí... Pero, sobre todo, estaba bastante resignada... Me faltaban, seguramente, muchos años antes de conseguir probar una verga tirando a normalita, ya no digamos una de las características que le atribuían mis amigas a la de Sasuke. Seguía llamándolas amigas... Resignada, sí, y realista. Una normalita, para empezar...
Nunca había sido del grupo de las chicas guapas de clase, ni siquiera se podría decir que fuera resultona. Normal, sí... y con un poco de aspecto de tonta. Tal vez era la mejor forma de describirme, vergonzosa y tímida. La niña apocada que se ponía colorada cuando un tío le miraba las tetas.
Aunque había tratado de seguir la corriente que habían impuesto el resto de las compañeras en el instituto, y vestía, me peinaba y me maquillaba como ellas. Aún así, en las fotos de grupo, parecía siempre que no pertenecía a la misma edad que el resto. Todo lo contrario que Izumi y su hermano, el maravilloso Sasuke, terminando Arquitectura después de tantos años. Con ellos parecía que se habían alineado los astros. Conmigo, sin embargo, recién cumplidos los dieciocho, no se habían esforzado nada.
Sasuke me sacaba diez años, aunque parecían muchos más por el porte que tenía. ¿Qué si al final me había fijado en él? ¡Cómo para no hacerlo! ¡Si parecía un puñetero modelo! La naturaleza de mí se olvidó el día que mis padres decidieron que necesitaban una hija, pero a él le cogió cariño desde el principio. Siempre quedaba bien en las fotos de final de curso, en las de Navidad y hasta en las de la Primera Comunión, en las que todos salíamos con cara de lelos. Izumi también era una chica bastante mona, y aunque no la había visto en los últimos meses suponía que no habría cambiado al empezar la universidad. Yo, al lado de su hermano, era la criaturilla asustadiza y anodina en la que nadie reparaba. Su sonrisa encandilaba a todas las ancianitas amigas de mi abuela, mientras que ella les tenía que recordar a todas que la niña que estaba al lado de Sasuke era su nieta, y no el chico que solía acompañarnos los domingos.
Mis padres habían hecho un gran favor a los padres de Izumi y Sasuke al acoger a su hijo en los años de carrera universitaria. Llevaba viviendo con nosotros una buena temporada, ya que no podían costearse un piso sin que él trabajara, y tanto sus padres como los míos no pensaban permitir que ese niño que ya era todo un hombre pasara penalidades para estudiar una carrera. La facultad de nuestra ciudad era mil veces mejor que la de la suya, y aunque era muy complicado conseguir una plaza en sus aulas, el hermano de Izumi era un buen estudiante y no tuvo problemas para conseguir la nota necesaria. Aún recordaba la conversación de los adultos, cuando yo apenas rozaba la adolescencia, una tarde de verano cerca de la playa.
— No se hable más— había sentenciado mi padre—. Sasuke se viene a casa con nosotros. El cuarto de la plancha se puede transformar en su dormitorio.
— Además, pasamos tanto tiempo fuera que seguro que a Hina le viene bien tener algo de compañía durante el día. Seguro que Sasuke será una buena influencia para ella. Siempre quiso tener un hermano mayor.
Quien dice un hermano dice tener a alguien con quien hablar en casa, pero no quise corregir a mi madre, que tan ilusionada estaba con la idea de acoger al "pequeño" Sasuke, aunque no fuera ya tan pequeño bajo su protección.
Y así se vino a vivir con nosotros al llegar Septiembre. Se trajo una pequeña maleta y a partir de entonces los trastos de la plancha fueron a parar a la cocina, aunque al final nadie planchaba tampoco en casa. Claro que al inicio de mi andadura en el instituto yo ni me fijaba en sus atributos físicos; no se me iban los ojos a ninguna parte de su anatomía. Lo veía como supongo que se ve a un hermano, y cómo mucho sentía cierta envidia de que fuera tan perfecto, si es que una mujer podía envidiar el atractivo del género masculino. Me llevaba muy bien con él, y estaba orgullosa de tener un amigo tan responsable y cariñoso conmigo.
Sí, llegó a ser verdaderamente un buen amigo, tanto como lo era su hermana. La diferencia de edad no se impuso, y Sasuke asumió un papel protector que hizo que, al principio, me volviera a sentir muy a gusto en casa. No por nada lo conocía desde hacía muchos años, y aunque el haber estado separados luego en su época del instituto había hecho que sintiera cierto pudor al iniciar la convivencia, el enorme parecido que guardaba con mi mejor y única amiga era tan grande que el sentimiento que le profesaba a ella se extrapoló sin reservas hacia su hermano. Se convirtió en mi mejor amigo.
Pero tantas veces me lo pusieron delante mis compañeras, esas a las que llamaba a la fuerza amigas, con sus ojos lascivos y palabras obscenas, que acabé cayendo. Acabé mirándolo... como lo veían ellas. Y ellas lo miraban mucho... Y lo deseaban más.
Sabía que se masturbaban pensando en Sasuke; sabía que se lo follarían si tuvieran la más mínima oportunidad. Estaban salidas; cosa de las hormonas y la efervescencia de la adolescencia. Y el hermano de Izumi, además de estar muy, pero que muy bueno, era un buen partido. Arquitecto en breve y con buenos contactos para colocarse en un interesante puesto de trabajo en cuanto tuviera el título en las manos. Ya casi tenía el contrato en las manos. ¿Qué más podía necesitar una adolescente para fijarse en un chico?
Pero Sasuke ya era un hombre. Que nosotras tuviéramos ya la mayoría de edad no nos convertía en mujeres. Era mayor, y con eso supongo que les bastaba. También lo de que tuviera coche ayudaba a que se sintieran intensamente atraídas, ya que ninguna tenía independencia en el medio de transporte. Mis padres y los suyos se habían dejado un buen dinero en hacerle ese regalo, hacía un par de años, y Sasuke era tan perfeccionista y metódico que lo mantenía como nuevo. Imaginaba que mis amigas se veían, las muy cerdas, follándoselo en el asiento delantero, sacando la cabeza por la ventanilla del pasajero y ofreciéndole el culo mientras él las ensartaba con fuerza desde el otro lado, agarrado a sus caderas.
Ocupando ese asiento en el que yo me sentaba cuando Sasuke era el encargado de llevarme de un lado a otro, a expensas de unos progenitores que no tuvieron tiempo para hacerlo. Había supuesto que por eso a mis padres les había dolido mucho menos el hecho de pagar el precio del coche, a todas luces, superior a lo que se podían permitir sin recortar en el presupuesto de las vacaciones de verano. Les venía bien que alguien se encargara de llevarme y traerme cuando ellos no podían hacerse cargo, es decir, casi siempre.
Mis amigas siempre estaban fantaseando. Yo también lo hacía. Al final, había acabado pecando.
Me lo imaginaba montándomelo con él en su puñetero coche, donde tantas veces me había sentado para que me llevara, primero al instituto y después a la facultad, antes de que él se fuera a sus clases. Más de una vez temí dejar la marca de mi excitación mojando la tapicería del asiento, ya que las faldas que solía llevar puestas no eran precisamente largas... Algo había que potenciar de mi físico, aunque fuera vistiendo como el resto de mis amigas.
Sí, un poco menos puritana. Con la falda tan corta que a poco que se nos cayera el bolígrafo al suelo teníamos a cinco alumnos detrás haciendo fotografías con el teléfono móvil. Allí, sentada en el asiento del acompañante, viéndolo cambiar las marchas, mientras hablaba con sus amigas por el manos libres, me imaginaba empalada por su polla a un ritmo frenético, como había visto en algunas de las pelis que guardaba en el ordenador de su dormitorio, y que yo espiaba las noches en que salía de marcha y sabía que no iba a regresar temprano.
También a eso había llegado: a espiarle el ordenador, y hasta el ropero. Si... Deseaba a Sasuke, aunque fuera el hermano de mi amiga desde la infancia. Hacía meses que lo deseaba... Me masturbaba pensando en él. En su polla, o especificando, en su polla jodiéndome el coño de forma bestial.
Y allí estaba siempre cuando llegaba el viernes: con sus amigos en su cuarto. Chicos universitarios, hombres desde cualquier punto de vista.
Ninguno de ellos me miraba. Yo era sólo la chica retaco que vivía en la misma casa que uno de sus colegas, intocable e invisible para no traspasar el código no escrito donde se especificaba que no se podía desear a las amigas de las hermanas de un colega. Ese código que mis amigas no conocían...
Sasuke tampoco me miraba. Yo los oía hablar de chicas desde mi habitación; se contaban unos a otros sus correrías de fin de semana. Al final supongo que los estudios universitarios eran lo suficientemente duros como para que no pudieran hablar entre ellos en otro momento antes de llegar el viernes, y aprovechaban la oportunidad de tener nuestra casa vacía, sin mis padres, para reunirse como cuartel general desde el que planificar la siguiente estrategia de ataque. El hermano de Izumi no era ningún santo.
A través de esas conversaciones de puerta entornada y rap de fondo le había escuchado más de una historia. Había tenido varias novias a lo largo de aquellos últimos años, y aunque no era del todo faltón ni indiscreto con respecto a sus aventuras, de vez en cuando se le soltaba la lengua y decía más de la cuenta. Eso ocurría, sobre todo, si había alcohol del mini bar de mis padres de por medio.
Yo, si podía, lo escuchaba con suma atención. Y me lo imaginaba a él entre mis piernas. Y me mojaba... A Sasuke, descubrí, le gustan borrachas...
Siempre que se le llenaba la boca contando sus batallas coincidía, casualmente, cuando sus novias o amantes –follamigas las llamaban—, bebían más de lo que debían. Por norma general Sasuke decía bien poco. Vitoreaba los comentarios de sus amigos y pedía –o exigía—, más detalles cuando ellos se ponían en modo vecina charlatana, de esas que hay en todo patio de vecinos. Al principio creí que Sasuke no hablaba demasiado porque le cortaba que yo pudiera estar escuchando al otro lado del pasillo.
Eso habría tenido arreglo si hubiera cerrado alguna vez la puerta, el muy malnacido. Sus amigos le preguntaban constantemente y no soltaba prenda. Se hacía el duro, realizaba comentarios evasivos, y con poco más solía salir bastante airoso de esas encerronas de sus colegas. Nada más. Pero cuando la noche en cuestión a la que aludían, la chica de turno había bebido, parecía que Sasuke se ponía como loco; se le soltaba la lengua y no podía reprimir el instinto de hacerse el machito frente a sus colegas.
Eran casi siempre cuatro, contándole a él. Todos estudiantes de arquitectura salvo un futuro abogado, y ninguno había cruzado conmigo más de diez palabras en aquellos años de carrera, entrando en mi casa cuando mis padres faltaban. Uno, incluso, el abogado al que conocía por el nombre de Menma, me había revuelto el pelo una vez al pasar por mi lado en el pasillo cuando iban directos al dormitorio de su amigo, nuestro antiguo cuarto de la plancha. Como si se hubiera encontrado a un perro, mascota de la casa, que mereciera un premio por portarse tan bien.
"Eso es, buena chica. ¿Una galletita?" Empecé a odiar bien de joven a los abogados... Aquel seguro que era especialmente canalla en sus andaduras como libertino. Debía haberme fijado más en él en vez de hacerlo en el hermano de mi amiga, ya que probablemente era del tipo de tío que era fácil llevarse a la cama. Pero lo único que me vino a la mente por aquel entonces fue pensar en que acabaría viviendo demasiado lejos, ya que según le había escuchado comentar estaba deseando mudarse y empezar a viajar, cambiando de trabajo cada vez que se lo permitieran las posibilidades.
¡Cómo para poder mantener una relación larga! ¿En qué andaba yo pensando? ¿Era mejor, acaso, pensar en acostarse con Sasuke que mantener una relación esporádica con uno de sus amigos? ¿Para qué coño quería yo una relación seria a los dieciocho años, cuando cualquier tío me daba veinte vueltas? Sasuke también se marcharía en cuanto tuviera la posibilidad, ya que su familia estaba al otro lado del país y allí seguramente también hacían falta buenos arquitectos.
Me lo tenía que hacer mirar por un psiquiatra... Tal vez mereciera la pena que no perdiera al abogado de vista... Era alto, bien parecido, atlético, y tan canalla y obsceno como el hermano de mi amiga. ¿Por qué siempre volvía a pensar en Sasuke? Lo cierto era que seguramente les tenía prohibido hablar conmigo. No por nada en más de una ocasión me había sugerido que sus colegas eran demasiado mayores para que yo anduviera cotilleando lo que comentaban.
Supongo que en más de una ocasión me había pillado escuchando sus mamarrachadas los viernes, aunque me diera vergüenza reconocerlo. No era que me pusiera con la oreja pegada a la pared, más que nada porque no hacía falta. Pero no podía ignorar las ocasiones en las que me había encontrado cerca de la puerta, tratando de captar mejor las palabras, mientras simulaba que buscaba mejor cobertura para mi teléfono móvil.
En el fondo siempre me había llevado muy bien con Sasuke, y el hecho de que quisiera seguir protegiéndome, cuando hacía pocos meses que me había convertido en una mujer adulta, tenía su gracia. Era como el perfecto hermano mayor que no tenía, diligente a la hora de preguntarme por el chico que me había acompañado hasta la puerta del coche con tono inquisitorio, hasta que a mí no me quedaba más remedio que confesar que simplemente estaba interesado en conseguir que le pasara mis apuntes de la asignatura de turno. Entonces Sasuke se relajaba y arrancaba el coche, dejando atrás mi instituto, o la facultad ahora, y a todos mis compañeros que no sentían ni el más remoto interés por mis tetas o mi culo. Y, cómo no, a mis encantadoras e interesadas amigas...
Había sido muy amiga del hermano de Izumi... hasta que su cuerpo perfecto y sus palabras obscenas empezaron a ocupar demasiados sueños por la noche, y fantasías por el día. Aquella noche de viernes, yo con los deberes de Inglés sobre la mesa de mi escritorio, intentando no prestar atención a los relatos de la juerga del fin de semana pasado de sus amigos —¿a quién quería engañar?, mirando las letras desordenadas en otro idioma, me descubrí prestando suma atención a uno de ellos, el tal Menma, que describía como se había follado por el culo a una universitaria de Erasmus. Cuando me quise dar cuenta había dibujado una enorme polla en la hoja cuadriculada...
¡Joder! A repetir toda la puñetera tarea...
Y entonces, uno de ellos, al que conocía como íntimo de Sasuke, se rió y dio un golpe en algún sitio duro del dormitorio. El resto le acompañó con el tamborileo, porque seguro que sabían de qué iba el chiste. Se escucharon movimientos y ruido de la silla de escritorio al rodar por el suelo, redistribuyendo la disposición de los cuerpos. El dormitorio de Sasuke no era mucho más grande que el mío, y siempre había imaginado que cuatro hombres sentados entre una silla, un taburete y una cama, no tenían que dejar mucho espacio en el centro para sus largas piernas estiradas.
— El que lo tuvo que pasar bien la otra noche fue Sasuke—, le escuché decir—. Hotaru estaba completamente borracha. Comentarios de aprobación, palmas que animaron y unos cuantos vítores.
Mi peculiar compañero de casa se rió entre dientes. Conocía esa expresión de su cara, la que seguramente tenía puesta en ese momento; nervioso, excitado. Seguro que se le había puesto dura nada más mentarlo. Esperé, expectante como ellos, con el corazón en un puño y sintiendo los latidos en la parte baja de mi abdomen. Pero Sasuke bajó un poco la voz antes de decir nada... y a eso no estaba acostumbrada. A esas alturas yo estaba tan excitada como él.
— Se la tragó todita, la muy cerda—, comentó entre susurros, como si nada—. Le di mi polla hasta la garganta y creí que vomitaría de tanto alcohol que llevaba encima. Pero aguantó como una campeona, y se tragó toda la corrida. Me puso como una moto, estaba completamente salida. El rímel le manchaba la cara. El sudor se le pegaba al pelo y le tapaba los cachetes. Pero se los agarré mientras me la mamaba... viendo como sus mofletes se inflaban cada vez que le daba un pollazo.
Más risas de sus amigos, y más palmadas animando a que siguiera con la tórrida historia. Yo me encontré sin respiración, pudiendo contar los latidos del corazón martilleando en ambas sienes. Era la primera vez que escuchaba a Sasuke una conversación tan obscena, y sentí una enorme vergüenza al darme cuenta de que necesitaba más palabras suyas en aquel tono, completamente desinhibido. Supe que tenía que tener la cara tan roja como si me acabara de llevar dos buenos guantazos, y rogué por no tener que salir corriendo de mi dormitorio porque se incendiara la casa con tales signos de excitación en mi rostro. Los guantazos me los tenía que haber dado alguien para que dejara de imaginar tantas tonterías mientras seguía espiando.
— ¡Joder, qué buena mamada me hizo la muy borracha! No aguanté mucho, pero me salió tanta leche que le rebosó de la boca cuando se la incrusté al final, y casi creí que volvería a casa con los pantalones manchados con lo que se había comido aquella noche. ¡Cómo para explicárselo a Hana! Me sorprendió cuando consiguió tragárselo casi todo, y agarrarme los huevos para estrujármelos mientras me chupaba la puta punta del nabo.
Hana era mi madre, y en verdad no veía a Sasuke entregándole los pantalones manchados para que se los lavara, teniendo que explicar cómo había llegado tal cantidad de vómito justo a la bragueta de la prenda.
Me llevé la mano a mi coño, aún virgen, que latía con fuerza allí donde me tocaba para correrme por las noches pensando en la pollita de aquel chico al que no reconocía en sus palabras. Siempre la había imaginado normal, y ahora se me antojaba enorme, venosa y brillante; la vi metida en la boca de la zorra de Hotaru, y me dieron ganas de darle un bofetón en esa cara sudada y corrida.
No se merecía la enorme polla de mi querido Sasuke, ninguna la merecía... Me descubrí más mojada que nunca. Me dolía el coño; sí, dolía... El lenguaje soez del hermano de mi amiga me había cortado la carne, me había hecho ver lo que habían visto sus ojos, y ahora no quería dejar de imaginar que eran los míos los que lo miraban con los cojones hinchados a la altura de la barbilla, la boca llena de su polla sudada por estar tanto tiempo en la bragueta, y mi estómago revuelto por el alcohol que no sabía beber...
Y su leche espesa... resbalando por mi boca, iniciando el descenso hacia el cuello y refugiándose en el canalillo de mi pequeño escote. La mano de Sasuke agarrando mi cabeza contra su pelvis, y yo gimiendo mientras sentía llegar mi orgasmo...
Las risas de sus amigos me devolvieron a la realidad. Me había estado masturbando; a punto había estado de correrme con la puerta abierta de mi cuarto, y no sabía si había estado jadeando, ni si me habían escuchado al otro lado. Me latía la vulva como nunca, dolía a rabiar la sensación de vacío que sentía allí donde necesitaba que me ensartara su polla. Sudaba y jadeaba. Había manchado la silla con lo que expulsaba mi coño, y mis dedos estaban rígidos por el machaque que le había dado a la punta de mi clítoris edematizado. Quería seguir... pero con la polla de Sasuke delante.
Bueno... Tal vez no precisamente delante... Necesitaba ser la putita borracha de mi querido Sasuke... Y, por suerte, sabía dónde guarda mi padre el whisky barato...
