2.

T. M. Riddle.

El cielo lloraba lágrimas blancas, cristalinas, escarchadas. Él sentía cómo se le derretían en el pelo y le acariciaban las mejillas enrojecidas ya por el frío y el azote gélido de la intemperie. El ambiente era fresco en los alrededores del Lago Negro, pero no tenía adónde estar.

¿Poseía nombre? Por supuesto, como todo ser humano. Un nombre vulgar donde lo haya y un apellido que lo tenía cualquiera. El solo pensarlo le provocaba ardor en la garganta y ganas de gritar de frustración. Estaba solo ese 25 de diciembre, como le era por costumbre durante la docena de años que constituían su existencia, sin embargo junto a él, blanquísimos, etéreos, de consistencia helada como la nieve, lo rodeaban sus fantasmas.

-¿Especial, tú? –Se burlaba una voz en su cabeza, una que tenía mucho parecido con la del instructor de su orfanato. –Sólo eres un huérfano de los tantos que hay por aquí.

Y a Tom (mirad que nombre más común) le hubiera gustado mucho negarlo. Él era diferente, se decía cada día al despertarse, cuando era pequeño. Y se lo siguió repitiendo aún cuando llegó aHogwarts y supo que había miles de magos, que podían jactarse casi de sus mismas hazañas. ¿Cuántos muchachos de doce años habían pasado por allí, y pusieron sus traseros en ese mismo césped? ¿Por qué tendría que ser especial para algo o alguien?

Descubrió la verdad ese mismo día, tan cruel como era y siempre había sido para el pequeño Riddle la navidad. Dos años de exhaustiva búsqueda, libros pesados en el regazo, letras escurridizas bajo los ojos oscuros y hermosos, escrutinios intensos en cuanto árbol genealógico se le atravesó y paseos por cada salón de trofeos, diplomas exhibidos y expedientes de alumnos de hacía tantos años atrás... todo eso y más había hecho el adolescente, en busca de sus orígenes. Habría levantado las rocas si las hubiera, y el mar no le habría supuesto obstáculo para su anhelo más íntimo.

-¿Qué buscabas, Tom Riddle? –Se burlaban al oído sus temores. -¿Querías ver cuán valeroso, qué inteligente, trabajador y leal era tu señor padre? ¿Ansiabas ver el legado de su astucia en ti? ¿Qué tanto buscabas?

Le hubiera gustado responderse a sí mismo, pero no había para ello explicación posible. –Vaya navidad de mierda –Se dijo, abrazándose a sí mismo. El pelo oscuro le chorreaba nieve derretida, que le caía sobre el rostro asemejándose a lágrimas. Tom se las secó con la manga de la túnica, odiando ese símil de debilidad aunque no fuese real. gruñó, molesto. Había pensado que el no encontrar ni rastro de un Riddle en el colegio Hogwarts lo iba a hacer llorar, pero aquello no sucedió. Sentía una angustia casi dulce, una frustración que lo envolvía como el abrazo letal de una serpiente.

-en el orfanato me dijeron que mi madre me había puesto Tom por mi padre –Pensó el chico, tapándose la boca para toser. Estaba seguro de que se iba a resfriar muy pronto, pero le daba igual; la navidad no le podía dar mejor regalo que un dulce resfrío, ya que no le dio la posibilidad de saber de dónde provenía.

¿Qué le quedaba ahora? solo resignarse a que era un mierda más... y buscar por la línea materna. Pero de la mujer desaliñada que según le contaron le dio a luz, no sabía nada, excepto que murió una noche lluviosa de año nuevo. Y algo más, un detalle que hasta entonces se le había escapado.

-Me puso Marvolo por mi abuelo –Reflexionó, acurrucándose contra sí mismo, su único sostén, el único apoyo que tendría jamás. Entonces, allí sentado, congelándose hasta los huesos, se le ocurrió.

Buscaría por el lado materno, seguro. ¿Qué podía perder?