Buenas,

Os traigo el segundo capítulo. Al final lo he dividido en tres, pero el último capítulo será más un epílogo. Tenía que haber subido antes este capítulo, pero ando muy liada últimamente fuera de casa, y de hecho, en cuanto suba este capítulo me voy de fiesta de nuevo xD así que no podré responder hasta mañana.

Al escribir este capítulo he bajado el tono de crudeza, ya que había escenas que originalmente son bastante desagradables (este fic estaba planeado para el cumpleaños del Unicejo y posteriormente Halloween—Todos los Santos—Fieles Difuntos). Pero no quiero herir sensibilidades y no creo que la gente disfrute mucho con escenas gore como lo hago yo.

Así pues gracias a los que habéis marcado como favorita o seguís esta historia, espero que os siga gustando.
Gracias Rosa de Castilla por tu comentario, espero que te guste la historia.

*Fe de erratas: no sé por qué me dio por cambiarle la nacionalidad a Minos, es noruego y no sueco. Lo peor es que me he dado cuenta ahora mismo y en el anterior capítulo le he puesto como procedente de la vecina Suecia. Tanto Lune como Minos son compatriotas, y ya cambié las palabras.**


2. Tres eran tres…los caballeros de oro

Al regresar al Inframundo, la enorme cola que se extendía por doquier cada vez era más numerosa.
Caronte tardaba muy poco en cruzar el río Aqueronte, gracias a su flamante lancha a motor, que cargaba con seis viajeros cada turno y descargaba a los ocupantes en la otra orilla en un periquete.
Por ello, la acumulación de muertos iba en aumento.

Mu, Deathmask y Milo caminaban por entre la muchedumbre, guiados por los tres jueces quienes observaban el desastre con verdadera desesperación.
—¿Estáis pensando lo mismo que yo?— preguntó Deathmask mosqueado con todo aquello.
—¿Que vamos a tener que lidiar con toda esta gente?— respondió Mu con otra pregunta—. Pues mucho me temo que así será.
—Estupendo— gruñó Milo—, trabajo de funcionario. Todo el día sentados y escribiendo…

Por todos lados había gente muerta charlando animadamente, otros quejándose sin cesar de todo el tiempo que les estaban haciendo pasar ahí de pie, en la cola.
—¡Tengo hambre!— dijo un hombre aferrándose a Deathmask con desesperación—. ¡Deme algo de comer por favor o voy a morir!
—¡Pero si ya está muerto!— espetó el italiano, retirando la mano con disgusto—. El que tiene hambre soy yo, que llevo más de un día sin probar bocado.

Radamanthys se giró y chasqueó la lengua.
—Los muertos siempre tienen hambre cuando llegan, así que acostúmbrate— bufó, apartando a una mujer obesa que obstaculizaba el paso quien cayó al suelo sin poder incorporarse de nuevo.
Al verla indefensa, los muertos de alrededor se abalanzaron sobre ella, devorándola en aquel instante.

Instintivamente Mu se aferró al brazo de Minos al ver aquella escena de canibalismo.
—Se…se la están….se la están comiendo…viva…— balbuceó aterrado.
—¿No acaban de decirte que tienen hambre?— respondió el noruego avanzando—. Y no se la come viva, se la están comiendo muerta. Vosotros no tendréis esa suerte si os cazan…la carne de humano vivo es muy codiciada, porque esa sí acaba con su hambre.
—¿Cómo que se la están comiendo muerta?— preguntó Milo quien apuraba el paso, sintiendo un escalofrío recorriendo su espalda, al escuchar los gritos agónicos de la mujer y los sonidos de los desgarros y mordiscos que propinaban el resto de muertos al comérsela.
—Pues que está muerta, no puede morir de nuevo— atajó Aiacos—. Que aunque la devoren, seguirá regenerándose y volviendo a ser rasgada. Es un círculo vicioso, porque por mucho que desgarren su carne, seguirá regenerándose, y por mucho que coman, el hambre no se pasará, por lo que es una tortura sin fin. No podemos hacer nada al respecto. Llamaré a algunos espectros para que se los lleven de la cola y los echen al Tercer Círculo, a cumplir condena. Como se alboroten demasiados, igual esto parecerá Holocausto Caníbal y no me apetece volver a ver semejante cuadro…

Los tres caballeros de oro se lanzaron miradas de angustia. Aquel lugar era realmente terrorífico, y a pesar que lo habían pisado previamente, había aspectos que desconocían por completo.

Al fin alcanzaron el Tribunal de los Muertos, donde una multitud increpaba a Marchino, quien no sabía muy bien cómo lidiar con aquella situación. A sus lados, una barrera de soldados esqueleto protegía la mesa e impedían a los muertos acercarse demasiado, siendo inmediatamente decapitados con las guadañas que portaban en el caso de que se sobrepasaran. Además, Faraón mantenía sujeto a Cerbero, quien gruñía a todo aquel que se acercara lo más mínimo.

Así pues, Radamanthys avanzó hasta el lugar pateando algún cráneo suelto.
—Bueno— dijo pisando una cabeza cortada—, ya estamos aquí de nuevo. Marchino, hazme un resumen rápido de lo que ha pasado aquí en nuestra ausencia.

El espectro de Esqueleto se quedó atónito al ver a los caballeros de oro y los señaló inquieto.
—¿Y éstos qué hacen aquí? ¿Vivos?— dijo tembloroso— ¿Guerra otra vez?
—Cállate Marchino— cortó Grifo—. Vienen a echarnos una mano para el exceso de muertos, por lo que se dedicarán a juzgar las almas de esta pobre gente…— dijo con un desdén, después de ver cómo dos se enzarzaban en una pelea—. ¡Eh, vosotros dos!

Rápidamente, el noruego alargó la mano y de ella salieron varios hilos que atraparon a los dos combatientes, apretándolos con fuerza y reventándoles de un solo golpe. Faraón aflojó la cadena que sujetaba a Cerbero y la enorme bestia se abalanzó sobre los pedazos de carne humana esparcidos por el suelo del Tribunal.
—Ya se ha comido a unos cuantos— informó el egipcio con una reverencia ante sus superiores—. Están todos muy alborotados y están replicando los crímenes que cometieron en vida. Será mejor que aviséis a Caronte que no trabaje un tiempo o si no, vamos a tener que hacer algo más al respecto.
Radamanthys se mesó la barbilla unos segundos y carraspeó contrariado.
—Iré a hablar con él para que pare. Aiacos, ven conmigo. Y tú Minos, ve a buscar a Lune y convéncele para que vuelva.
—¿Cómo que yo tengo que convencerle para que vuelva?— bufó airado el Grifo—. Vete tú, no te jode…
Al Wyvern se le inflamaron los ojos que centellearon con un resplandor rojizo.
—Mira idiota, si estamos así es básicamente por tu culpa, que no has querido echarle un cable a tu subordinado cuando más lo necesitaba, y si no quieres que…— y bajó la voz para que sólo su compañero pudiera escucharle, susurrándole algo que provocó que su compañero frunciera el ceño y tragara saliva—. ¿Te ha quedado claro?
Minos resopló y asintió con una mueca de disgusto, al tiempo que desaparecía del Tribunal de los Muertos camino de Ptolomea, el templo que regía el juez de Grifo.

Aiacos se dirigió entonces a los caballeros dorados, entregándoles dos togas más para que las vistieran encima y señaló las sillas que había detrás de la mesa de mármol.
—Tomad asiento por favor— indicó el nepalí, recogiendo la pluma de cuervo y entregándosela al caballero de Aries—. A ver, tú, que eres igual que Minos, serás el que escriba los datos del fallecido. En cuanto rellenes los datos, verás que saldrá su historial de virtudes y defectos. Deathmask, eres cáncer como yo, por lo que te toca escuchar las alegaciones de la gente occidental. Para que te hagas una idea, según el meridiano de Greenwich, tú te encargas del lado izquierdo— dijo mostrándole un mapamundi sobre la mesa—, es decir, todo el continente americano, países de África occidental incluyendo Argelia, Malí, Burkina Faso y Ghana y de Europa tienes que encargarte de Reino Unido, Islandia, Irlanda, Francia, España y Portugal. ¿Te ha quedado claro?
—¿Italia no?— preguntó el caballero de Cáncer—. Somos occidentales.
—No según el planisferio— cortó el espectro de Garuda—. Lo tenemos así planteado desde hace milenios, por lo que así se queda. Y tú Milo— dijo volviéndose al caballero de Escorpio—, te encargarás del lado oriental, resto de países. Resto de Europa, África, Asia y Oceanía, que es de lo que se encarga Radamanthys, ¿entendido?
El caballero de Escorpio asintió apesadumbrado.
—Pero yo tengo muchos más gente— dijo con un quejido—, ¿no puede quedarse Deathmask con los australianos, por ejemplo? O con toda Europa…o mejor, con que se quede con India y China…
– Tú harás lo que se te ordene, ¿entendido?– gruñó el Wyvern acercándose a la mesa–. El que dicta la sentencia final será Mu, por lo que tenéis que ir diciéndole vuestras resoluciones finales. Aquí os dejo un esquema de los distintos lugares a los que debéis enviar a los muertos, dependiendo de los delitos que hayan cometido en vida. Si tenéis dudas al respecto con una persona que pensáis que está demasiado equilibrada, es decir, que sus delitos y sus virtudes están demasiado parejos, llamad a Faraón para que haga un juicio aparte.

El espectro de Esfinge saludó desde el otro extremo al ver que los caballeros de oro se volvían hacia él.

–¿Y qué es exactamente lo que hace él?– preguntó el caballero de Aries, curioso ante aquella novedad.
Radamanthys y Aiacos se miraron unos segundos y esbozaron media sonrisa.
–Ya lo veréis– musitó el nepalí, dándose la vuelta–. Nosotros nos vamos a ver a Caronte, espero que controléis esto y que no se os vaya de las manos.
–Por vuestra propia seguridad– terminó el Wyvern riéndose al salir del Tribunal.

Tras la marcha de los jueces, los caballeros de oro resoplaron contrariados.
–¿Hemos hecho bien en aceptar este trabajo?– se preguntó el lemuriano, indeciso, mientras pasaba las hojas del libro que tenía delante–. En fin, manos a la obra…
Deathmask y Milo no respondieron de inmediato. Se quedaron callados mirando como los guardias comenzaban a poner orden en la fila, llevándose a los más escandalosos.
–Oye, el calvo bajito de la guadaña– llamó Milo a Marchino, y éste se giró contrariado–. Sí, tú, ven un momento.

El espectro se acercó y realizó una reverencia.
–¿Qué desea?– dijo sumisamente.
–Ya que Deathmask y yo tenemos asignadas unas nacionalidades, ¿podrías pedirle a los guardias que vayan por las filas separándoles? Delante de Deathmask que esté la fila de occidentales y delante de mí, los orientales. Es para agilizar el trabajo.
Marchino se rascó la cabeza unos instantes.
–Un poco complicado, pero veré lo que podemos hacer– respondió no muy convencido y se dirigió al resto de guardias que al escuchar aquella orden, rápidamente se pusieron a ello, moviendo a los muertos de un lado a otro. Si alguno se resistía o no entendía la orden, recibía un golpe por parte del guardia.
–¡Pero sin golpearles!– gritó Mu al ver aquel maltrato–. No hace falta que sean tan desagradables…bastante tienen los pobres…

Los guardias se encogieron de hombros porque no entendían aquello, pero como aquellos tres ahora eran sus jefes, movieron a los muertos de manera más sosegada, y rápidamente todo el mundo comenzó a colocarse en dos filas y a respirar aliviados al saber que los juicios continuarían y no tendrían que esperar en aquel tétrico lugar mucho tiempo.
Así pues, los juicios dieron comienzo sin tardanza y tanto Milo como Deathmask acribillaban a preguntas a los muertos, quienes en muchos casos no sabían con certeza por qué estaban muertos y otros directamente ni sabían que lo estaban.
–Pero a ti te mató él, ¿no?– preguntaba Deathmask a un hombre desharrapado indeciso, después de señalar a otro de la misma fila, vestido de policía–. Y luego te suicidaste.
–¡No, no, no!– gritó el que estaba vestido de policía–. Durante el tiroteo me hirieron, me disparó él. Y cuando me estaba muriendo, le disparé yo también, pero yo le acerté en la cabeza, por lo que murió antes que yo. Pero que conste en acta que fue él quien me disparó primero al pecho.
El caballero de Cáncer se quedó unos minutos pensativo y se inclinó hacia su derecha, donde estaba Mu leyendo el historial del hombre desharrapado.
–¿Y usted cómo se llama?– le preguntó el lemuriano–. Necesito su nombre para corroborar lo que dice.
–Thomas Johnstone Jr, nacido en Nashville, Tennessee, el 12 de mayo de 1969.
El caballero de Aries escribía el nombre del policía rápidamente para leer su historial, e inmediatamente apareció ante él los hechos más relevantes. Mu se quedó unos instantes callado e indicó a Deathmask un párrafo.
–Vale– dijo el italiano–, ha sido tal y como dices. Lo que no sé es dónde mandarles. Milo, pásame el esquema que te dejó el Unicejo, por favor.

El caballero de Escorpio, quien se hallaba con una mano apoyada en la barbilla escuchando con cara de sopor lo que le contaba una señora australiana sobre su accidente mortal en la cocina, alargó la mano y cogió el papel, entregándoselo sin mirarle siquiera.

Deathmask buscó entre los delitos estipulados para ver qué hacer.
–Al primero le vamos a mandar…al Primer Giro del Séptimo Círculo. Por matar a un policía, porque es el delito más pesado que tiene. Aunque previamente tiene acumulados delitos por robo con violencia y por ello debería ir a la Séptima Fosa del Octavo Círculo…¿qué hacemos?– preguntó a Mu, quien se encogió de hombros.
–Yo diría que su peor delito fue matar a un policía, como dijiste. Oye Faraón– dijo el lemuriano girándose en la silla–, si un tipo tiene en su historial catorce robos a mano armada y un delito de homicidio, ¿cómo le juzgamos? ¿Por la cantidad de robos o por el homicidio?

El espectro de Esfinge se acercó a la tribuna y leyó el historial.
–Por el homicidio– dijo sin titubear–. En los casos de criminales con largo historial delictivo pesan más los delitos de sangre.
–¿Y con el policía qué hacemos?– preguntó Deathmask–. Porque vale, él mató al chaval ese, pero su historial previo es impecable y lo mató en defensa propia. No me parecería muy justo enviarle al mismo lugar que a su asesino.
Faraón leyó entonces el historial del susodicho y se cruzó de brazos.
–Mismo delito, homicidio. Con lo cual, debe ir también al Primer Giro del Séptimo Círculo. Matar a alguien es un delito severamente penado en este Tribunal, por lo que debemos regirnos por las leyes. Aquí no existen atenuantes como en la justicia humana. Ambos deben ir al Flegetonte y ser castigados por los centauros– sentenció el espectro, regresando a su puesto, junto a Cerbero quien dormía plácidamente tras haberse dado un atracón de muertos.

Mu y Deathmask se miraron compungidos y dictaminaron enviar al ladrón donde habían decidido, pero cuando el italiano iba a confirmar la misma sentencia para el policía, su compañero le frenó.
–Tú irás a los Campos Elíseos, ya que tu delito fue en defensa propia y anteriormente jamás habías cometido ningún delito penado en esta ley– dijo golpeando el mazo–. ¡Siguiente!
El caballero de Cáncer miró a su compañero con disgusto.
–¿Estás chalado?– preguntó–. Faraón dijo que la misma sentencia para ambos.
–Me da igual– contestó firmemente el caballero de Aries–, no sería justo enviar al policía a ser condenado para la eternidad. Quien tiene el mazo aquí soy yo, así que si quiero liberar a ese hombre del tormento, lo haré.

Por su parte, Faraón, quien había escuchado todo aquello dejó escapar un suspiro.
–Lástima que ignore que para alcanzar los Campos Elíseos el alma debe estar libre de toda culpa y sin un resto de sangre– musitó acariciando una de las cabezas del perro–. Por su testarudez, acaba de condenar al policía a un suplicio peor que ser castigado por homicidio. Cuando se entere Hades…

Mientras tanto, a orillas del río Aqueronte, Aiacos y Radamanthys conversaban con Caronte.
Habían capturado la lancha a motor del espectro y la tenían retenida, mientras el napolitano saltaba indignado.
–¡Porca miseria!– bramaba–. ¡No podéis quitarme mi herramienta de trabajo!
Aiacos trataba de desmontar el motor de la lancha, y Radamanthys se mantenía firme en su decisión.
–Sí podemos, porque te has emocionado trayendo muertos y ahora estamos desbordados– dijo entregándole el remo antiguo–. Por lo que a partir de ahora tendrás que volver a remar y nada de traerlos en plan patera de inmigrantes, rebosante de gente. Los traes de uno en uno.

El espectro aulló desesperado y se lanzó sobre Aiacos, tratando de evitar que se llevara el motor.
–¡Devuélvemelo!– seguía lloriqueando el napolitano, al tiempo que el nepalí le daba una patada apartándolo de él.
–¡Vete por ahí hombre! Como sigas así de pesado, te quito la pala y remas con los brazos– gruñó el juez, sujetando el motor de la lancha–. Esto te lo devolveré cuando hayamos terminado de resolver este embrollo.

Los dos jueces echaron a andar de vuelta al Tribunal, pero Radamanthys cayó en la cuenta de algo.
–¡Ostias, que yo tenía que ir al castillo Heinstein!– gritó aterrado–. Y a saber qué hora será, seguro que Pandora está que fuma en pipa.
Tras decir esto, salió corriendo desapareciendo rápidamente.
–Y yo a la Giudecca…– murmuró el nepalí acomodando el motor de la lancha, al tiempo que resoplaba–. Bueno, no creo que Hades esté despierto así que…y total, tengo que cruzar el Tribunal para llegar allí…
Por lo que siguió andando a su ritmo, sin preocuparse demasiado, hasta que vio a Minos merodeando feliz por el Inframundo.

–¿Puede saberse qué haces aquí?– preguntó Aiacos, arrojando el motor al suelo–. ¿No te dijimos que fueras a hablar con Lune?
El noruego sonrió pícaramente y bostezó, alargando sus dedos para envolver el motor entre las redes.
–Digamos que no estaba en mi templo cuando fui a verle y ando buscándole.
Pero su compañero no se tragó semejante excusa y se cruzó de brazos.
–A otro perro con ese collar, Minos. Te conozco– dijo golpeándole el pecho con el dedo–, tú has estado haciendo el vago como siempre, así que vas a ir a tu templo y a convencerle para que regrese, ¡estamos? Tira delante de mí, que no me fío.
El espectro de Grifo alzó las manos llevándose el motor mientras caminaba delante de su compañero.
–Vale, vale, a tus órdenes– musitó contrariado–. Si tenemos tres días para descansar, ¿qué más te da?
–Algunos no estamos tan ociosos como tú, que esclavizas a Lune para que haga el trabajo sucio por ti– espetó Garuda–, por lo que tenemos cosas que hacer. Y cuando Hades se entere de que no eres tú quien siempre está a cargo del Tribunal, prepárate.
–Vosotros tampoco estáis siempre al cargo– dejó escapar el noruego con cierta sorna–, así que si me vas a delatar ante nuestro dios, tú caerás conmigo. Tenemos un pacto, ¿recuerdas?
El nepalí frunció el ceño y dejó escapar un bufido de indignación, al tiempo que su compañero soltaba una risa perversa.

En el Tribunal de los Muertos, la cola seguía avanzando a un ritmo frenético, sólo entorpecido cuando los jueces no se ponían de acuerdo para dónde enviar a algunos de los ajusticiados.
–¡Pero vamos a ver!– bufó el caballero de Escorpio, perdiendo los estribos–. Responde a mi pregunta, ¿sabías o no sabías que no debías tocar el dinero de las arcas públicas?
El cansancio hacía mella en el griego, que llevaba más de veinte minutos tratando de averiguar si aquel político estaba mintiéndole o por el contrario era muy tonto al pensar que su sueldo salía de las arcas públicas del ayuntamiento que regía y que podía usarlo a su conveniencia.
–Pero si yo no sabía nada– dijo angustiado el hombre–. A mí el anterior alcalde me dijo que podía usar ese dinero para libre disposición. No sabía que aquella cuenta era la de fondos públicos.
Por un momento Milo se quedó callado con las manos cruzadas delante de su boca. Después cerró los ojos y resopló cansado, por lo que llamó a Faraón.
–Necesito que juzgues a este hombre, porque en el libro no pone nada que diga si lo que hizo fue intencionadamente o no. Sólo que con ese dinero compró terrenos, edificó varias casas y compró multitud de productos de alto nivel adquisitivo, como joyas, coches, relojes y demás parafernalia.

El espectro de Esfinge asintió y comenzó a rasgar las cuerdas de su arpa egipcia y frente al político apareció una balanza. La melodía siguió sonando y del pecho del político comenzó a emerger su corazón y fue depositado en un lado de la balanza.
Faraón entonces sacó una bella pluma blanca y la depositó en el otro plato y se retiró hacia atrás, esperando el veredicto.
–¿Y ahora qué?– preguntó el caballero de Escorpio, viendo a la balanza intentando ajustarse.
–Si ha dicho la verdad, el corazón se mantendrá en equilibrio con la pluma de Maat. Si ha mentido, el corazón pesará más que la pluma.

Después de unos angustiosos segundos donde la balanza se movía de un lado a otro, finalmente emitió un resplandor blanquecino. Estaba equilibrado.

–Osea, que éste tío era un idiota que obedeció las órdenes sin cuestionarlas– espetó Milo incrédulo–. No sé si hay un lugar en el Inframundo para los tontos, pero déjame ver el esquema– dijo girándose hacia Mu, quien le pasó el papel–. Mira, tienes suerte, no hay lugar para los idiotas, pero sí para los codiciosos.
Faraón miró de reojo al caballero de Escorpio, pensando en qué sentencia decidiría.
–Te mandaría a la Quinta Fosa del Octavo Círculo, por malversar fondos públicos– dijo el griego–, pero como no había malicia en tus actos, te voy a mandar al Cuarto Círculo, por avaricioso. Ya que aunque no has mentido porque no sabías que aquella cuenta bancaria era la destinada a fondos públicos, sí podías haberte limitado en la extracción de dinero y en tu historial aparecen multitud de propiedades materiales innecesarias. ¿Estás de acuerdo?– preguntó a Mu, quien continuamente se llevaba la mano a la frente y simplemente musitó un "donde tú me digas".

Tras este juicio, Milo se revolvía incómodo en la silla, hecho que no pasó desapercibido para su compañero de al lado que le conminó a dejar de moverse.
–Llevamos aquí mucho tiempo sin descansar y estoy que me caigo de hambre y cansancio– murmuró el caballero de Escorpio–. Y encima estas sillas son incómodas a rabiar, se me está quedando el culo plano.
–No te preocupes, que en cuanto volvamos al Santuario Camus no tardará en devolverlo a su forma original– soltó Deathmask al escuchar aquello, y recibiendo un aguijonazo en el hombro por respuesta.
–Y a ti que te lo llene Afrodita de…
–¡Callaos los dos!– cortó el caballero de Aries, quien se hallaba en mitad de ambos compañeros–. Tengo la cabeza que me va a estallar, de escuchar tantas cosas. Necesitamos un descanso porque además es que ni sé qué hora es, no hay relojes por aquí y tampoco luz del sol...Marchino, acércate por favor– pidió al espectro, quien se acercó raudo.
–¿Sí?– preguntó realizando la consabida reverencia.
–Ve hasta los dos últimos que hacen cola hasta la puerta y diles que haremos un descanso. No olvides cerrar la puerta. Terminaremos a estos que tenemos delante y paramos– informó el caballero de Aries mesándose la frente–. Me duele mucho la cabeza, no creí que un trabajo así pudiera ser más agotador que estar arreglando armaduras…
–Está bien– dijo el espectro, acatando la orden dada, a pesar de las quejas de los muertos.
Los tres caballeros de oro terminaron de juzgar a los que estaban dentro del Tribunal y finalmente se incorporaron de las sillas para estirar las piernas.

Fuera del recinto, Aiacos y Minos vieron la puerta cerrada sin saber por qué. Subieron las escaleras apartando a los muertos y al llegar pidieron a los guardias que les abrieran.
–¿Puede saberse por qué está parado todo esto?– preguntó Aiacos al ver a los tres caballeros de oro de pie, estirando las articulaciones.
–Necesitábamos descansar un poco– respondió el caballero de Aries–. Llevamos mucho tiempo aquí sentados y no podíamos más.
Minos sonrió y tranquilizó a su compañero.
–No la cagues ahora, déjales descansar– susurró a su oído–. Está bien caballeros, podéis seguir descansando pero que no se os acumule gente, ¿de acuerdo? Nosotros estamos de paso– dijo tirando de Garuda, quien no estaba precisamente contento al ver aquello.

Y cruzaron el Tribunal, saliendo por la puerta trasera en dirección a los templos de los tres jueces.
–¡Hay muchísima gente esperando ahí fuera, no pueden parar!– gruñó el nepalí–. Como no se den prisa en juzgar a toda esa gente, Hades vendrá, se dará cuenta de todo y se nos va a caer el pelo.
–Que no pasará nada–dijo su compañero tratando de calmarle los ánimos–. Todo está bajo control. Ahora iremos, hablaremos con Lune y entre los cuatro se ventilan esto en un santiamén, ¿de acuerdo? Tres días.
–Cuando regrese de hablar con Hades espero que hayas solucionado lo de Lune– soltó Aiacos–. Porque si no, estos tres no terminan ni dentro de un mes, al ritmo que van.

Ambos cruzaron la Caína, donde les recibieron Valentine y Sylphid, quienes salieron corriendo al escuchar a alguien llegar. Pensando que era Radamanthys se emocionaron, pero al ver que eran Minos y Aiacos compusieron caras de tristeza.
–Los chuchos de Radamanthys– soltó con desprecio Aiacos–, salen a recibirle. Pero les hemos decepcionado.
–Y él sale a recibir a Pandora– añadió Minos con una risa perversa, frase que provocó las risas de su compañero.

Después llegaron a Antenora, donde el espectro de Garuda se quedó y pidió a su compañero que dejara el motor de la lancha.
–Voy a tomarme yo también un descanso antes de salir a ver a Hades– informó el nepalí, despidiendo a su compañero–. Y te lo advierto, quiero que Lune esté en el Tribunal cuando regrese de ver a Hades.
–Que pesado eres– gruñó el espectro de Grifo, huyendo de aquel lugar y llegando a su residencia.

En la Ptolomea, templo que custodiaba Minos, Lune se hallaba tumbado en una chaise longue, leyendo un libro en silencio y picoteando frutas diversas.
Al escuchar un estruendo suspiró contrariado y dejó caer el libro sobre su rostro. Musitó una cuenta atrás y al llegar a uno, la cortina que separaba la estancia fue descorrida con violencia.
–…Y cero.
Minos entró en la sala como un torbellino y con sus hilos retiró el libro del rostro de su subordinado.
–Tienes que volver al Tribunal–dijo divertido, acercando el libro a la altura de los ojos–. Por un momento creí que estarías leyendo alguna novela romántica de Danielle Steel– dijo cerrándolo de golpe–. Venga, levántate de ahí y márchate. Se terminó tu descanso.
Su compatriota murmuró una blasfemia en noruego, hecho que provocó que su jefe alzara una ceja incrédulo.
–No te pases eh– amenazó el juez, lanzando un hilo hacia su subordinado–, que puedo hacerte bailar springar hasta que te sangren los pies.
–¡No quiero volver!– gruñó el Balrog–. ¡Déjame descansar! ¡Ve tú a juzgar gente!

El espectro de Grifo se mordió el labio inferior al verse ninguneado por su subordinado. Si lo presionaba, no conseguiría que regresara, por lo que los caballeros de oro tardarían más en solucionar el problema. Pero no podía permitir que se quedara allí un minuto más.
–Está bien– resopló pasándose la mano por la frente y retirándose el espeso flequillo de delante de los ojos–. Tendrás ayuda. Han venido los caballeros de oro a ayudarte en tus tareas. Pero sin ti van muy lentos, por lo que necesito que estés allí para supervisarles.

El espectro de Balrog abrió los ojos sorprendido.
–¿Me estás diciendo que ahora mismo en el Tribunal de los Muertos hay unos caballeros de oro de la Orden de Atenea juzgando muertos?– dijo incrédulo.
–Sí– soltó el Grifo.
–¿Han venido por voluntad propia?– preguntó de nuevo el Balrog, escudriñando a su jefe.
–Sí– mintió impasible Minos.

Lune se rascó la cabeza unos instantes y suspiró al incorporarse de la chaise longue.
–Está bien, iré a echarles una mano– cedió finalmente–. Pero por tu bien, espero que no sea alguna de tus tretas y que me vea de nuevo a solas para juzgar.
–Que no– dijo el Grifo, tomando posesión de la chaise longue–. Lárgate ya, que te están esperando.
El Balrog recogió su toga y su látigo y salió del templo, dejando a Minos tumbado y comiendo los trozos de fruta.
–Así me gusta– dijo esbozando una amplia sonrisa–. A ver de qué va el libro que leía este…"Factótum", de Charles Bukowski…anda que no es hipster ni nada este tío…

Cuando Lune llegó al Tribunal se encontró a los tres caballeros de oro atareados juzgando a la gente. Esperó un poco para observar su nivel y miró las dos colas que estaban formadas, extendiéndose más allá del yermo páramo exterior.
–Aún queda muchísima gente y hay demasiado escándalo para un Tribunal– musitó el espectro indignado por las voces que metían Deathmask y Milo al toparse con gente testaruda–. Caballeros– dijo sin que nadie le hiciera caso, ya que se hallaba detrás de ellos–. ¡CABALLEROS!

Aquel vozarrón provocó que los tres improvisados jueces saltaran en sus sillas, que Cerbero despertara asustado, que Faraón dejara de tocar el arpa y que Marchino corriera a esconderse.
–Veo que sois los elegidos por los tres jueces para echarme una mano en esto, ¿me equivoco?– dijo acercándose al tribuno–. Soy Lune de Balrog, si me hacéis un sitio me siento con vosotros y os ayudo a seguir con la tarea.

Los tres caballeros se miraron indecisos, pero se movieron rápidamente, al tiempo que Marchino corría en busca de una cuarta silla.
–Gracias por venir– dijo Mu sonriendo–, llevamos mucho tiempo aquí y nadie ha venido a echarnos una mano.
–Gracias a vosotros en todo caso– respondió el Balrog con una leve reverencia–, al menos he podido descansar de este trabajo que ya veis que es muy duro. Y os agradezco que vinierais por hacer el favor.

Milo frunció el ceño sin terminar de entender todo.
–¿Hacerte el favor?–espetó–. En todo caso a los jueces y no precisamente sin esperar nada a cambio.
El noruego se extrañó ante esto.
–¿Perdón?– dijo dejando escapar media risa–. ¿Esperáis algo a cambio por hacer este trabajo? Pues lo lleváis crudo…
Mu se giró hacia sus compañeros sin comprender tampoco.
–¿Habéis llegado a algún acuerdo con Radamanthys y con Aiacos?– preguntó contrariado–. Porque esto yo lo he hecho a cambio de que Minos arregle las armaduras que tengo atrasadas…
–A mí Aiacos me dijo que me daría comida y un sueldo– aseveró el caballero de Cáncer, temiéndose la treta de los jueces–, y a Milo le debe una buena cantidad de dinero el Unicejo por romperle el sofá.

Por respuesta, Lune agachó la cabeza y cerró los ojos.
–Lo sabía…debí imaginármelo…– murmuró–. Pues mucho me temo que nos han mentido a los cuatro– dijo sin mostrar un ápice de sonrisa en su rostro.
—¿¡CÓMO!?— exclamaron al mismo tiempo los caballeros de oro.
El noruego frunció el ceño mientras leía las partes del libro que tenía Mu delante, señalándole un renglón—. Espero que tengas en cuenta esto a la hora de juzgar…
—Lune explícate— gruñó Deathmask agarrando al espectro de Balrog por el cuello—. Dime que no he estado metido aquí tanto tiempo para nada.
Retirando al caballero de Cáncer, el noruego se atusó la toga.
—A mí no me pagan por hacer esto, y dudo muchísimo que esos tres vayan a cambiar de parecer. Muchos menos por vosotros. Pero vamos— dijo sentándose a un lado—, tendréis mi gratitud eterna por haberme echado un cable con todo esto.

Entonces los tres caballeros de oro se incorporaron de sus respectivos asientos y se quitaron las togas, arrojándolas sobre la mesa.
—Creo que mis compañeros y yo estamos decididos a abandonar este trabajo— dijo Mu diligentemente—. Siento mucho que tengas que encargarte de todo este tinglado, pero nosotros volvemos al Santuario.
—Tenemos asuntos pendiente que tratar— gruñó Deathmask haciendo crujir sus nudillos, al tiempo que su tripa hacía coro por el hambre que tenía.
El Balrog compuso una cara de terror al ver que los tres dorados se marchaban del Tribunal.
—¡No os vayáis!— gritó—. ¡Por favor! ¡Sólo un día más!
Pero ellos no hicieron siquiera el mínimo movimiento para volver la vista atrás.