Muchas gracias a john23, ARLET, Kerosen, Kyuzo92, ligthfire, Raven-Will y a Elizabeth Salazar


El juego de computadora Age of Mithology y la serie Teen Titans no me pertenecen. Al decir esto no violo ninguna ley de derechos de autor. Este fic está escrito por diversión y sin fines de lucro.


EN LA ERA DE LOS DIOSES

CAPÍTULO I:

LO QUE ERA LA VIDA Y LA GLORIA

El escenario: una isla llena de ruinas y sangre en lo que alguna vez fueron gloriosas plazas y calles. El personaje principal: un héroe derrotado, agonizando, con una espada en su estómago, viendo como todo por lo que luchó se desploma ante él. Robin, uno de los más legendarios personajes de la antigua Atlántida. Que ahora no era más que tristes ruinas. Pero ¿qué fue lo que provocó su tan espantosa caída? Pocos aún saben la verdadera historia. Pero esto no quiere decir que no merezca contarse, porque a pesar de todo lo que ocurrió fue culpa de todos y a la vez nada de lo ocurrido fue culpa de nadie, solo el destino. Eso fue lo que arruinó todo a fin de cuentas. El destino, la avaricia y la venganza.

Robin. Apenas tenía veinticinco años. Supuestamente le quedaba una vida por delante. Sin embargo ya era una leyenda por sus proezas militares, era rico y famoso y respetado por todos. Pero nada de esto le importaba realmente. Ya nada le importaba. Solo podía mirar el cielo mientras perdía su vida, y recordaba como todo ocurrió, recordar... el principio mientras esperaba al final.

Robin yace en su hogar, casi muerto, al igual que su civilización. Pero ¿cómo fue que llegaron él, su hogar, y su civilización a la destrucción?

Para saber esto debemos de examinar esta historia muy detalladamente, pero no desde el principio, de esto solo un relato porque este es tan remoto que no nos alcanzaría la vida entera para recordarlo, ni siquiera alcanzó para vivirlo.

No. Mejor empecemos... desde la primera advertencia...


Un año y dos meses antes...

La historia (o al menos la parte de ella que intento contar) empieza en un barco, cuando un joven general descansaba de un largo viaje y regresaba a su hogar, la Atlántida.

¡Cómo podría él olvidar ese día! Acababan de salir de Grecia y volvían a la Atlántida, una gran nación-continente, llena de gloria. Había una guerra civil en Grecia y su asustado rey decidió pedir ayuda a sus aliados atlantes. Robin lideró la batalla a pesar de ser muy joven, y aún así ganó. Pero no fue sorpresa: lo que le faltaba de experiencia lo compensaba con liderazgo y una mente brillante: todo un estratega militar y un detective, además de tener una habilidad casi innata en el combate, que le valían la victoria en todas sus batallas y esta no era la excepción. De nuevo, la Atlántida se cubría de gloria. Lo celebraron en la noche que se fueron en los barcos; cinco en total. Había también un barco para las criaturas que llevaron a la guerra: no hablamos de caballos o elefantes, si había algunos caballos pero estos iban en el último barco de solo dos pisos que cargaba el cargamento y a estos porque muchos guerreros tenían su propio caballo. Aquí mas bien de lo que hablamos son de las criaturas mitológicas, aquellas de las cuales algunas se extinguieron en el hundimiento, pero de eso hablaremos ya más tarde.

Retomando el tema, de las criaturas que hablo, que ocupaban un barco entero, el más grande de todos, de cuatro pisos y del doble de largo que los demás, tenían criaturas tan increíbles, que parecen sacadas solo del mundo de los sueños, porque no podía haber manera de que existieran en la realidad, en verdad, monstruosas y fantásticas. Por ejemplo: los Behemots, criaturas de cinco metros de altura por ocho de largo, parecida a los antiguos reptiles por su piel verde y escamosa y sus ojos amarillos, con una ornamenta que funcionaba como escudo, y un cuerno en la cara que anudado a su fuerza los usaban como armas de asedio de tan potente que era su ataque. Estas criaturas tan míticas fueron de las pocas que se salvaron de la destrucción. Mencionaría ahora muchas más, pero no solo alargaría demasiado la historia, sino que te aburriría.

Todos querían fiesta, una fiesta llena de vino y camareras, todas ellas hermosas. Pero, a pesar de todo el júbilo que había, esa noche no fue agradable para Robin. No es que no consiguiera prostituta improvisada, al menos cinco le coquetearon con un descaro excepcional ¡y algunos aseguraron después que hasta veinte cuando bajó al piso inferior a la cubierta!... pero el decidió no llevarse ni una a la cama, después de todo, a pesar de que esa victoria se celebraba en cierto sentido gracias a él, y a pesar que de todos los brindis la mitad fueron en su honor (¡así estaban de borrachos!) él no estaba con ánimos de celebrar: solo quería llegar a su hogar lo más rápido posible.


—Aún no entiendo. ¿Por qué tanta indiferencia? después de todo, se suponía que él debía de estar entre los más felices.

—Pensándolo bien, no. El no tenía muchos motivos para ser feliz. Al menos no esa noche.

— ¿Porqué?

—Porque ya tenía un vago presentimiento de lo que iba a ocurrir.

—De eso entiendo menos.

—Lo sé. A veces que me pongo a pensar en ello, yo tampoco lo entiendo del todo. Pero él mismo me lo explicó después…


Robin se dirigía, como ya lo dije antes, a su camarote. Desde que partieron hacia la Atlántida él no se sintió bien del todo: de hecho, sentía una terrible opresión en el pecho. Esto, y él lo sabía, no era un síntoma de un problema del cuerpo, no. Era un síntoma de un muy mal presentimiento, el ya lo había sentido antes.

Según lo que me contó tiempo después, estaba ya en su cama dormido cuando tuvo un extraño sueño:

Era un lugar con un cielo mas rojo del normal cuando anochece o amanece, donde se podía oler un incesante y casi nauseabundo olor a azufre, sangre y cenizas. Todo aparte del cielo estaba envuelto en la niebla. Se veían columnas de humo negro manchar el cielo.

Caminaba y se encontraba solo con escombros en el camino, sin entender nada de lo que veía. Entonces escuchó los susurros arrastrados por el viento, voces que él sentía familiares pero no las reconocía. Un fuerte viento golpeo su cara, un viento que ahuyentaba momentáneamente ese terrible olor. Y de pronto sintió un frío metal atravesarle el cuerpo.

Alcanzó a ver el rostro de su asesino, o al menos su máscara: una mitad negra y otra mitad fuego, que solo dejaba expuesto al mundo un ojo, en el cual vio un brillo de triunfo y locura, cosa que le causó un terrible odio, irreconocible y fatal. Y de pronto esa persona desapareció, se esfumó en el humo.

Y Robin cayó a los brazos de una persona que no pudo reconocer, sintiendo la sangre caer y la vida abandonarlo…

Despertó bañado de sudor. Estaba muy nervioso y temblando. Todo se había sentido tan real. Por supuesto Robin no pudo volver a dormir en toda la noche.


—Así que ese fue el primer augurio…

—Sí. Y llegaron más. Terribles, incesantes, inquietantes…

—Y dudo que hayan servido de algo.

—Te equivocas. Si sirvió de algo: para que él supiera cómo afrontar la situación y para que él y los demás pudieran salvarnos a todos. Incluso a pesar de su costo, tanto para él como para los demás.

—Lo que aún no comprendo es porque estaba tan deprimido.

— ¿A qué te refieres?

—A que tú dices que no se sentía con ánimos para celebrar.

—Ya te lo dije, fue por...

—Tú no me engañas, había algo más-

—Tienes razón. Fue por un pasado que lo volvió serio y cerrado. De eso te hablaré mas tarde. Ahora debemos continuar con su llegada a la Atlántida.


Este continente era muy glorioso, atraía miles de turistas al año y eso incrementaba su ya próspera economía. El país de la Atlántida se conformaba de tres ciudades principales: La Atlantis del Norte (Atia) Atlántis del Sur (Atilda) y hacia el este la Atlántida Sumergida (Nidalt). Casi toda la fauna provenía de allí y sus habitantes eran diferentes en morfología a los demás atlantes: podían respirar bajo el agua y comunicarse con los animales marinos. Los habitantes de las otras ciudades no compartían sus dones por la mezcla de sangres: en busca de una vida mejor, muchos griegos, egipcios y orientales habían emigrado al continente, y la mezcla de sangres ya había hecho su efecto. Llegó al punto en que Nidalt incluso pidió ser reconocida como un país independiente, pero fue negada su solicitud y por una serie de diplomacias pacíficas logró evitarse una guerra civil.

¿Por qué ahora tocamos ese tema? porque ahora vamos a hablar de la llegada de Robin, justo cuando esta parte de la historia comenzó, la penúltima vez que el volvió a pisar esa tierra antes de que todo se arruinara, o como algunos lo llamaron después, el principio del fin.

— ¡Robin! Por fin llegas.

En el puerto lo estaban esperando su grupo de amigos. Eran como una extraña familia de hermanos. La historia de ellos, de Robin, Speedy, Aqualad, Bumblebee, Mas y Menos, comienza cuando Mas y Menos tenían solo bebes y todos los demás eran unos adolescentes y vivían todos juntos en el Cliotlahualt, el circo atlante de mayor renombre de la época.

En ese entonces Richard, Roy (ambos procedentes de Atia), Garth (procedente de Nidalt), Karen, Mas, y Menos (procedentes de Atilda) eran solo los hijos de los verdaderos actores del circo. Los padres de Richard eran trapecistas, los de Garth y Karen domadores de los animales y criaturas, los de Mas y Menos una pareja de magos y los de Speedy guardias de seguridad que vigilaban las entradas del circo armados con flechas y arcos. Robin vivió su infancia en el circo tradicional siendo trapecista junto con sus padres y jugando y entrenando junto a los demás hijos de los que trabajaban allí, y en esa época se podría asegurar que fue realmente feliz. Pero un después ocurrió el incendio.

Lo quemó todo hasta los cimientos. Fue una tragedia, en la Atlántida durante meses no se hablaba de otra cosa, se hizo una leyenda. Incluso a pesar de haber sido un accidente muchos rumoraron que fue premeditado, pero nadie pudo comprobarlo.

Ellos sobrevivieron, pero sus padres, con la mayoría de los animales, criaturas y actores, perecieron.

Fueron adoptados por distintas familias y todos hicieron sus vidas por separado. No se volvieron a reencontrar sino hasta un homenaje a las víctimas del incendio varios años después. Al darse cuenta del tiempo transcurrido decidieron reunirse cada tres meses en el mismo lugar. Así lo hicieron hasta que comenzaron a adquirir fama cada uno por su lado, Robin y Speedy como vigilantes, Aqualad como embajador y soldado de Nidalt, Karen como espía del gobierno atlante. Solo Más y Menos aún no habían adquirido renombre alguno, pero si esperaban comenzar a entrenar para seguir los pasos de los otros.

Volviendo a ese día y hablando de ellos, los gemelos no tardaron en irse mientras los demás marchaban a caballo hacia la ciudadela.

— ¡Dios, creí que nunca se irían! —Comentó Abeja, frotándose las sienes.

—Yo tampoco, ya me empezaba a doler la cabeza. —Bromeó Aqualad. Luego volteó hacia la mujer—Y dime ¿cómo está mi espía favorita?

— ¡Soy la única espía que conoces!

—Además es secreto, recuerda que no deberías volver a mencionarlo en vos alta.

—Vamos Robin, nadie nos oye, estamos cabalgando hacia el templo mayor, no hay forma de que alguien escuche nuestra conversación.

—Eso tampoco lo deberías de decir.

El paseo hasta la capital de la Atlántida situada en un puerto revelaba toda la gracia y belleza de este lugar. Simplemente, todo en el continente era... :

Las casas: gigantescas. Los atlantes tenían la costumbre de hacerlas para albergar a generaciones enteras, por lo mismo ponían mucho cuidado en su decoración. Y las murallas... fabricadas con la mejor cantera, decoradas con metales preciosos, de cinco metros de altura y uno y medio de grosor. Estas hermosas murallas cubrían las ciudades y además a la pequeña isla artificial en cuyo centro estaba el templo mayor a Poseidón.

Recibía este templo miles de turistas al año que iban solo a ver el exterior en un barco pequeño, para conseguir entrar al interior tenías que formar parte del gobierno o la religión. Todos lo veían y se maravillaban. En las paredes exteriores había un mural en relieve de la historia de cómo pasó la Atlántida del gobierno del titán Atlas al del dios Poseidón: oro en las ropas, mármol en los cuerpos, plata y bronce en los cabellos y armaduras, cobre en las bestias, zafiro en los cielos, diamante en las nubes, esmeralda en los valles y colinas, rubí en las antorchas… Estaba tan ricamente adornada que tenían más centinelas y guardias que las otras murallas del resto del continente. Una hermosa cascada localizada a la esquina noroeste mostraba desde un ángulo un bello arcoíris. Violetas de Persia, rosas de Oriente, palmeras de Egipto, y más tipos de árboles y plantas que impregnaban todo de un maravilloso perfume.

Y el templo… arriba de la isleta estaba una construcción mas imponente que un palacio: una construcción de mármol blanco de 140 metros de alto por 70 de frente, decorado aún mas esplendorosamente que la muralla, en la entrada llena de estatuas de oro, con los distintos héroes de la Atlántida del lado este, y del lado oeste con todos sus gobernantes. La entrada era una puerta de bronce con un baño de oro. Y en el centro... la esencia del templo, su alma misma: la estatua mayor del dios Poseidón. La estatua, con el dios sentado en un trono, sosteniendo un tridente con ambas manos. El trono en el que descansaba era de marfil y oro, lo mismo que las sandalias, la toga que lo cubría y la corona con forma de coral. Los ojos eran de cristal de roca y despedían un brillo terrible. Para que el marfil no se agrietara por todo el templo había ventanas de forma que se filtraba brisa de la cascada manteniendo el templo húmedo.

—Pasen, por favor.

Entrar era un lujo reservado solo para los héroes, los generales principales, los gobernantes, los sacerdotes mayores y los descendientes de estos, tan así que era usado para discutir los asuntos más importantes de estado. Uno de los principales gobernantes, el teócrata, capitán de los vigilantes, y antiguo militar James Gordon, era el que solicitó verlos, y tras enterarse por boca de Robin y Aqualad de los detalles de la batalla se llevó en privado a un corredor a Bumblebee para darle otra de sus misiones secretas. Luego pidió hablar a solas con Robin.

— ¡No pienso ir al asedio de Troya! —exclamó Robin perdiendo los estribos—esta tan avanzada la guerra que no tendríamos nada que hacer en ella.

—Pero aún así debes de ir, la Atlántida se beneficiaría mucho. Además, Agamenón ya no para de enviarme mensajeros para quejarse en lugar de dar detalles sobre este asedio: se queja de que no prestamos atención a las colonias griegas, de que Chico Bestia es demasiado joven y lo irrita que trate de hacerse el gracioso, ya lo conoces, que si le dejas toda la gloria a Speedy su ego lo va a hacer explotar, a ese también ya le conoces el carácter... No, debes ir tú antes de que esto termine con su paciencia y con la mía.

Robin se frotó las sienes. Normalmente el deber era primero, pero esa vez le parecía completamente innecesario. Sin embargo no quería discutir con él, se conocían desde hace años, fueron familia y ambos estaban realmente comprometidos con las tierras atlantes. Al final Gordon decidió por convocar al consejo al día siguiente para valorar si la participación de la Atlántida era necesaria. Apenas salió por fin del templo Robin se dirigió hacia su casa, en la zona oeste de la ciudad.

Mientras recorría las calles, tan ordenadas, y tan llenas de vida como siempre, comenzó a recordar escenas de su propia juventud en cada esquina que pasaba. Cuando su caballo salpicó un charco con su pata recordó los juegos que solían tener en los jardines de la ciudad después de la lluvia. Llegó al mercado, donde al pasar por los puestos recordó cuando un león se escapó del circo y lo había logrado acorralar en esa zona. El animal estaba enloquecido y tuvo que matarlo con el cuchillo que un pescador había dejado olvidado. La multitud pasó del terror a la euforia y fue allí que supo que había hallado su verdadera vocación y soñó con ser un héroe, sin saber que el destino lo empujaría cuando el incendio destruyó todo y fue adoptado por un vigilante nocturno. Salió del mercado, y al doblar en la siguiente calle vio el callejón donde dos años había detenido un delincuente por primera vez, tiempo después del incendio, cuando Batman ya lo había entrenado. Continuó cabalgando. Otro jinete casi tropieza con él, pero alcanzó a detenerse, y recordó también cuando así se había enamorado por primera vez: Ambos corrían detrás del mismo delincuente por la azotea de una casa, y ambos casi chocaron por accidente. Se miraron fascinados, pero sin haberse reconocido a causa de las máscaras. En la Atlántida era común que vigilantes enmascarados aplicaran la ley, estaban lo suficientemente avanzados como para dejar de lado ciertos prejuicios. Casi una hora después llegó a un templo de la zona, donde se casaron. Sonrió, pero un dejo de tristeza. Tomó las riendas con fuerza y retomó el paso, viendo más recuerdos, hasta que llegó por fin a la gran casa de la zona Oeste.

Cuando llegó Alfred, el antiguo mayordomo de Bruce, salió a recibirlo. Él estaba encargado de los gastos de la casa y el resto de los criados, ya que al contrario de Grecia en la Atlántida no se usaban los esclavos.

— Escuché que le fue bien en Grecia, señor.

—No me puedo quejar—Richard bajó del caballo y guiando al caballo comenzaron a caminar hacia la gran casa. Alfred había sido un gran agente al servicio de Grecia, pero luego se retiró y se dedicó a servir a su entonces joven amo Bruce. Era la única persona a quien Robin confiaba su casa y su familia cuando tenía que partir.

— ¿Cómo estuvieron en mi ausencia?

—No causaron ningún problema. En este momento deben de estar en el jardín.

Apenas terminó Alfred de decir esto cuando Robin le entregó su caballo a uno de sus sirvientes y caminó por toda la gran casa hasta entrar al jardín principal donde jugaban dos niños; uno era de seis años, cabello negro, ondulado con reflejos azules, y otra de cuatro años, cabello lacio, negro azabache, y ojos cafés. En lugar de entrar Robin se recargó en la pared y miró a los niños, que corrían tratando de atrapar una mariposa. Lian era más lenta que el niño, pero era la que más reía y corría, y Robin no pudo evitar sonreír.

Cinco años atrás Speedy había ido en una misión para cazar a una asesina muy peligrosa, pero algo salió mal: se enamoraron. Tuvieron un apasionado romance hasta que él se marchó, para no entregarla. Parecía que todo volvía a la normalidad pero casi un año después ella lo encontró. Estaba enfurecida, dispuesta a matarlo, y Robin apenas logró llegar a tiempo para impedirlo, pero la sorpresa fue mayúscula cuando antes de escapar ella reveló que de esa aventura había quedado embarazada y tenían un hijo. Speedy se volvió loco buscándola, hasta que por fin logró dar de nuevo con ella, y con la hija quien no tardó en convertirse en la alegría de su vida. Ella acabó por aceptar que se la llevara, porque sabía que con él la bebé tendría una vida mejor. Con ayuda de sus amigos Speedy la crió, y antes de partir a Troya se la había confiado a Robin, esa pequeña era como su sobrina. El otro niño era todavía más especial para él: era su hijo. Su llegada había sido sorpresiva, incluso el dudó si podría ser un bien padre, pero había logrado criarlo solo, siendo el niño su mayor orgullo. Se llamaba Michael, pero los vecinos le habían dado el sobrenombre de Mutt. La mariposa voló más alto, y los niños se detuvieron, tratando de saltar para atraparla. Continuó volando hasta avanzar al otro lado del jardín, donde se encontraba Robin. Ambos niños dejaron escapar un grito emocionado y corrieron hacia él, quien se hincó y extendió los brazos para recibirlos. Los tres cayeron abrazados hacia el pasto, riendo, y luego la mariposa volaba más y más lejos.

Cuando había terminado de anochecer los tres estaban acostados en el pasto, mirando las estrellas aparecer. Alfred llegó momentos después al jardín para informarles que la cena estaba lista. Robin tomó a Lian en brazos y a Mutt de la mano para llevarlos al interior de la casa, mientras el niño comenzó a preguntar por su abuelo Jim. Los cuatro se dirigían al comedor cuando escucharon quejas y voces preocupadas de varios de los criados en la entrada de la casa. Robin depositó a Lian en una silla mientras Alfred caminaba a toda prisa para averiguar qué era lo que estaba pasando.

—Niños, quédense aquí.

Robin llegó a la entrada de su casa, donde una escolta de cinco soldados atlantes pedían entrar a hablar con el general. Cuando lo vieron uno de los hombres se acercó a él extendiendo un pergamino.

— ¡Señor, se solicita su presencia en el templo mayor!

Por un momento Robin sintió que perdería la paciencia.

— ¿Es sobre el asedio de Troya? —preguntó mientras desenrollaba el pergamino.

Los criados al oír "Troya" pararon su escándalo y agudizaron el oído como solo un criado puede hacerlo, el tema de Troya era el escándalo favorito de la temporada. Alfred se dio cuenta y comenzó a regresarlos a la casa, mientras Robin continuaba leyendo. Al terminar miró a los soldados con una expresión incrédula.

— ¿El faro del Triandel?

—Asaltado por una horda de piratas, se requiere su presencia inmediata.

En ese faro estaba un tridente, pero no era cualquier tridente: era el tridente que Poseidón usó en la primera batalla de los atlantes para guiarlos hacia la victoria. Cuando la guerra entre dioses y titanes acabó, el hizo emerger del agua ese montículo de tierra cerca de Nidalt y le entregó su tridente al nuevo gobernante. Este decidió construir en el montículo un faro en cuyo interior se guardara el tridente, como símbolo del nuevo poder de la Atlántida. Robin volvió a leer. Los piratas de la isla de Cadmos. ¿De todas las sabandijas tenían que ser estas a las que se les ocurría llegar a hacer sus robos?

—Primero iré al faro.

En el camino Robin se encontró con Bee y ambos fueron en uno de los barcos más veloces hacia el Triandel. Ambos estaban muy preocupados porque Aqualad era uno de los encargados de vigilar el faro. Cuando llegaron se encontraron con más de treinta barcos de la flota Atlante. En Nidalt estaban tan enfurecidos y enojados que los sacerdotes y brujos maldecían a los ladrones mientras los habitantes amenazaban con disturbios si el tridente no era recuperado. Cuando llegaron se encontraron con hombres sacando al menos una docena de cadáveres y con Aqualad y otros seis soldados siendo curados de sus heridas. Se dirigieron una mirada rápida y corrieron hacia él. Robin se hincó frente a Aqualad mientras Bumblebee se sentaba a un lado de él.

—Vine lo más rápido que pude. ¿Qué ocurrió?

—Asaltaron el faro. —Dijo Aqualad llevándose las manos a la cabeza. Robin puso sus manos en los hombros del otro atlante.

— ¿Y el tridente? ¿Qué pasó con el tridente?

Vieron en Aqualad un gesto de culpa y dolor y se dieron cuenta de la respuesta.

—Una neblina cubrió el faro y entró por todas las ventanas. Apenas podíamos ver.

Robin estaba furioso. Ya antes le habían provocado muchos dolores de cabeza porque les gustaba asaltar la Atlántida, pero ahora habían cruzado definitivamente la línea. Cuando llegó al templo pidió autorización al consejo para dirigir la búsqueda, pero este impuso una condición: podría salir de la ciudad, pero después tendría que participar en el asedio.