"Lágrimas:
El lenguaje mudo de tu pena,
la callada voz de tu tristeza,
la expresión mojada de tu alma,
la visible muestra de que me amas."
José José
-¡Ginny, cielo, despierta! ¡Hermione llegó! –gritó su madre desde la cocina. Y ella, antes incluso de abrir los ojos, esbozó una sonrisa. El dulce aroma de la miel y las tortitas cocinándose en el piso de abajo le recordó a sus despertares en Hogwarts.
En el reloj de la pared encontró información sobre la hora del día: 9:43. Se incorporó sobre su cama y se estiró, con el fresco aire de la mañana soplando en su cara desde la ventana abierta.
Se volteó hacia la mesita de noche, donde reposaban varios portarretratos que la encuadraban junto a un joven de ojos verdes, y volvió a sonreír pensando que ése mismo día por la tarde comería con él para celebrar su aniversario de compromiso. Besó la punta de sus dedos y los colocó cariñosamente sobre la boca impresa del muchacho en la fotografía.
-…te hacía falta ganar algo de peso. ¡Hasta se te nota en la mirada!, tienes el mismo brillo en los ojos que yo cuando… -la señora Weasley calló al mirar a través del hombro de Hermione entrar a su hija en la cocina. -¡Buenas noches! –la saludó con ironía. –Anoche no los oí llegar, por cierto. –y añadió con una sonrisa para Hermione: -seguro pasaron un muy buen rato, chicos.
Hermione se levantó de la silla para abrazar a su amiga, y fingió reprocharle por su tardanza: -Increíble eh, tengo casi veinte minutos aquí
-Cómo me ayudas… -respondió Ginny tras la asesina mirada que le echó su madre al tomar su túnica de viaje y colgarse el bolso en el hombro con actitud de ajetreo.
-Bueno chicas. -dijo la mujer despidiéndose cariñosamente de las muchachas. -Las dejo. Tengo que ir a hacer unas compras, y más vale que te apures Ginevra, que el sastre llegará en cualquier momento y no es la clase de persona que le gusta esperar. –y añadió mirando a Hermione con un pie en la chimenea: -ve si la puedes ayudar Herm, cariño. Las veo después.
-¡No lo puedo creer! –soltó Hermione con entusiasmo tan pronto como la madre de su amiga desapareció de la vista. -Dios mío… ¡te vas a casar de verdad!
Ginny río nerviosa:
-Ja… imagínate si yo no me lo creyera…
-¿Por qué dices eso?
-Olvídalo…
-No lo dirás por Harry…
-No. Bueno, lo que pasa es que…, pues él no está muy involucrado que digamos.
-Oh.
-Y no me refiero a que no le interese. Pero está muy ocupado con las gestiones del departamento y, bueno…
-Entiendo…
Ginny tomó algunos platos de la alacena empezó a servir tortitas en ellos casi sin prestar atención a lo que hacía, pasó uno a su amiga y se sentaron en la mesa de madera.
Un sonido chispeante proveniente de la chimenea las distrajo. El fuego verde de los polvos flu enmarcaba la cara de Harry, quien recorría toda la estancia con los ojos.
-Ginny, feliz aniversario, ¿cómo dormiste?
-Hola mi cielo, felicidades, dormí bien, ¿y tú? –dijo Ginny al levantarse y acercarse a la chimenea.
-No pude dormir nada. –informó Harry con pesadumbre. -¡Hermione!, ¡estás ahí! –exclamó cuando la chica se acercó a donde estaba Ginny. -¿Cómo estás?, ¡cuánto tiempo sin verte! Discúlpame por no haber ido ayer a tu casa pero he andado como loco.
-No te preocupes Harry, ya habrá tiempo para hablar. ¿Por qué has andado como loco?
-De eso precisamente quería hablar contigo Ginny. El Ministro me acaba de pedir que organice una junta con cada cabeza de departamento, voy a estar aquí todo el día, -y desviando un poco los de su prometida, que ya empezaba a recelar, agregó: -no voy a poder ir hoy a comer. Pero podríamos cenar hoy en mi casa, ¿qué dices?
Ginny no dijo nada, pero Hermione pudo advertir que se le crispaba la comisura de los labios.
-¿Por qué… no dices nada? –aventuró Harry cautelosamente.
-Pues… ¿qué quieres que te diga Harry? Si no puedes, no puedes y punto.
-Ginny, de verdad perdona, es que esto es muy importante, estamos a mitad de…
-Entiendo perfectamente. Mira, ya me tengo que ir, tengo que cancelar la reservación.
-Ginny lo que…
Pero la muchacha no lo dejó terminar, con una velocidad impresionante tomó su varita y apagó el fuego verde de la chimenea de la cocina.
-Uy… ¿te enojaste? – dijo Ron desde la puerta que daba al exterior. Acababa de llegar y llevaba el cabello rojo todo revuelto a causa del viento. Se quitó los zapatos lodosos y se sentó a masajearse los pies.
-No empieces Ron, de verdad no estoy de humor. –le advirtió Ginny.
-Milagro… -comentó con burla, pero enmudeció al ver a Hermione dirigirse a él para censurarlo y después apartarle por completo la mirada.
Ron se extrañó, sintió una ligerísima punzada en el estómago por su indiferencia pero no dijo ni hizo nada. Se limitó a mirarse las entumecidas plantas de los pies, fingiendo no escuchar a las damas; y sintiéndose sumamente acongojado dejó volar su memoria, ahí donde habitaban los recuerdos de hacía cuatro años:
"-Te pedí que no vinieras.
-Yo te pedí que no te fueras.
Hermione sonrió amargamente. La fila de personas que esperaban para entregar el boleto de avión y entrar al pasillo plegable se reducía cada vez más. Él había llegado agitado, pensando que no lo lograría.
-Después de todo, te voy a extrañar. –dijo ella, y tomó con una mano la cara del muchacho.
-Te voy a querer siempre. –suspiró el chico.
-Ron… -comenzó ella con la voz entrecortada y lo soltó. –No quiero que me esperes. Ya no quiero pasar por esto otra vez.
Él la miró directo a los ojos y lanzó una última pregunta: -¿Nunca?
-Jamás."
-Me largo. Si mamá pregunta dile que estoy en casa con Penélope. – soltó Ron de repente y de mal modo salió de la cocina, desapareciéndose en el portal.
-¿Quién es… Penélope? – preguntó Hermione con la mirada justo donde el pelirrojo había desaparecido.
Ginny, dudosa, desvió la mirada antes de responder: -Es… esta chica con la que ha estado saliendo.
-Ah, ¡qué bien!
-No lo dices en serio…
-Si, ¿por qué?
-Bueno, no, por nada pues. Es que creía que ustedes… - Vaciló, y agregó: -Nada. Es que ella no es así como que la mejor candidata para cuñada…
-Vamos Ginny, eso fue hace muchísimo tiempo. –aclaró Hermione, que entendió el verdadero sentido de su titubeo.
-Ay, Hermione, ¿me tomas como una tonta o qué? Lo de ustedes no fue una cosa de tiempo.
-Lo que haya sido Ginny, ¿me vas a decir que…?
-¿Es usted Ginevra Weasley?
Hermione y Ginny callaron en seco. Voltearon al mismo tiempo hacia la puerta de la cocina, desde la que un hombrecillo con ojos saltones y nariz puntiaguda, que vestía una horripilante túnica color ámbar, asomaba la cabeza, parecía intrigadísimo por lo que las dos muchachas discutían y miraba a la pelirroja como quien observa un saco de galeones sin dueño.
-A sus órdenes. – respondió Ginny con voz cálida y sonora, que hízole notar su interrupción.
-¿La novia de Harry Potter? –y su deleite se hizo más evidente.
-¿Se le ofrece algo?
-Ah, si, eh, eh, traía…. traía esto. -murmuraba tartamudeando mientras revolvía el contenido de su mochila. –Traía esto para usted…, sólo que permítame, eh, emmm, si…, aquí está. –sacó un pequeñísimo pedazo de pergamino enrollado delicadamente dentro de un listón rojo y apuntando con su desgastada varita su propia garganta el hombrecillo amplificó entonadamente el contenido de lo que parecía un soneto.
-"Luz de mi vida y de la primavera, color de los campos y selvas, amiga por siempre de sueños y anhelos, escucha por favor mis lamentos que perdones te pido con fervor y cariño.
Tus ojos como cerezas derriten su sabor en las nubes blanquísimas para colorear con tu olor todos los cielos. Acepta pues éste pensamiento como prueba de mi amor y agradecimiento eterno. Madre querida, en este día especial quiero decirte…"
-¿MADRE QUERIDA? – soltó enfurecida Ginevra Weasley. Avanzó presurosa hacia el mensajero y con un violento ademán apartó una silla que le estorbaba para llegar hacia él. Le arrebató sin reparos el papel, lo leyó, y con la varita desde la otra mano lo convirtió en cenizas. -¡Él no lo escribió! ¡Ni siquiera se tomó la molestia de leerlo! ¡NO LO PUEDO CREER!
El hombrecillo se había retirado cerca de cinco pasos de donde estaba la más pequeña de los Weasley, temeroso de que arremetiera contra él, pero sorpresivamente la chica se tapó la cara con las manos y comenzó a llorar.
-¿Señorita?
-Sabe qué, -intervino Hermione – mejor déjelo así.
-¿Puede firmar de recibido?
-Ginny, ¿qué pasa? – díjole Hermione al desaparecer el mensajero, pero la pelirroja no dejaba de llorar silenciosamente sobre la mesa cubriéndose la cara. –Si ya conoces a Harry, es de lo más despistado.
Ginny levantó su mirada para encontrar la de su amiga.
-Pero es que el ser despistado no justifica que no se preocupe por tener una atención. ¡Ni siquiera me envío una carta! –sollozó. -En cambio, mandó a Dios sabe qué asistente que consiguiera un poema de no sé donde y… Hermione, de verdad ya estoy cansada. No es la primera vez. Te dije que hoy íbamos a comer a causa de nuestro compromiso y… ¡Yo entiendo que esté ocupado, que tenga un trabajo y todo lo demás! Pero yo también tengo uno, y a pesar de él tengo que conseguir tiempo para que él me regale un minuto y planear yo sola esta boda.
-Amiga… Mira, ahorita hablas así porque estás molesta…
-No, en serio no Hermione. No estoy enojada siquiera. Estoy cansada.
-Tienes que hablarlo con él…
-¡Lo he hecho infinidad de veces! Pero siempre es lo mismo: "dame tiempo". El problema es que él ya no tiene ni un minuto. –sollozó. -¡Dímelo tú! Tienes tres días de haber llegado y no se ha dignado en ir a visitarte… Te aseguro que soy todo, menos demandante; pero a veces creo que…
-¿Qué?
Un florero con rosas rojas reposaba sobre la mesa auxiliar que había en el recibidor debajo del armario de la correspondencia. La única luz existente provenía de las velas que flotaban acompasadamente a lo largo y ancho del primer piso. La cena, fría, estaba servida sobre la vajilla más elegante de la casa al fondo, en el pequeño comedor; y una mujer esbelta, de brillante cabello rojo y piel blanca, con la mirada hacia el suelo y la cabeza sostenida por su brazo, estaba sentada frente a un plato cuyo contenido permanecía intacto.
No se inmutó cuando el dueño de la casa apareció en la habitación cruzando el umbral, ni cuando le habló acongojado.
-Ginny, perdóname. –pidió Harry con voz seca, rompiendo incómodamente el silencio.
Ella tardó en reaccionar. Llevaba mucho tiempo en aquella posición y le costó incluso despegar sus labios.
-Dime una cosa. –levantó la mirada y Harry pudo comprobar que había estado llorando. -¿Lo olvidaste?
Harry abrió mecánicamente la boca pero no salió de ella ningún sonido. Enseguida desvió los ojos hacia la mesa y encontró una ensalada esmeradamente decorada, y distinguió entre los vegetales su favorito. Un golpe de remordimiento sacudió su cabeza y respondió con vergüenza:
-Perdóname Ginny, de verdad. Pero nunca me respondiste ni me dijiste si sí querrías cenar aquí…
Ella no hizo ningún ademán. Delicadamente se puso de pie, luciendo un bellísimo vestido color verde esmeralda y tacones cobrizos; regresó la silla a su estado original, susurró un vago "Buenas noches" y caminó por el pasillo hacia la puerta sin voltear atrás. Harry, presuroso, la alcanzó y tomó por un brazo mientras ella giraba la perilla.
-Ginny, déjame que te explique. Lo que pasó fue que…
-Me estás lastimando Harry.
Él la soltó porque entendió, ya que en realidad no estaba ejerciendo ninguna fuerza; ella le dirigió una sonrisa forzada y desapareció un instante después.
-¡Expelliarmus!
La varita se le soltó de las manos y fue a parar al suelo, a cinco metros de donde él se encontraba; instintivamente se llevó una mano a la vieja cicatriz de la frente pero esta, apagada desde hacía años, no reveló aquella presencia que tanto le angustiaba reencontrar. Aquel instante de distracción le costó que su invisible atacante arremetiera nuevamente contra él: recibió en el estómago el golpe digno de las fuerzas de un colacuerno.
-¿Quién eres? – preguntó resoplando, tratando de incorporarse.
-Alguien con quien no quieres tener problemas. – respondió una voz amenazadora apresuradamente. –Si sabes lo que te conviene, retira tus propuestas del Wizengamot.
Harry soltó un dejo de burla, tratando de ocultar el hecho de que se sentía en desventaja absoluta.
-Esas mejoras están pensadas precisamente para que mierda como tú deje de circular. -Necesitarás mucho más que…- Un golpe seco en la nariz lo hizo callar y caer de nuevo. -¡Cobarde! ¡Muéstrate! – lo retó sintiendo chorrear en su boca un caudal de sangre.
-Cállate infeliz… Y escúchame bien: si tú no detienes esa campaña la que va a dejar de circular va a ser la perra esa Weasley. – dijo con desprecio una voz diferente.
-La advertencia ha sido muy clara, no te vayas a sorprender. -puntualizó la otra voz.
Harry se levantó sin pensar, y arrojándose contra el aire sin encontrar resistencia agarró su varita del suelo y, sin despegar la mirada del vacío, gritó:
-¡No se atrevan a ponerle un dedo encima!
¡Crac! Se habían desaparecido. Y ahí, de pie sobre el jardín, se quedó él casi sin respirar, temblando, sofocado y sangrando.
Entró en el recibidor sintiendo la rabia y el miedo apoderarse de su cuerpo, se sentía humillado y desconcertado al mismo tiempo, porque en todos sus años trabajando en la jefatura de Aurores, jamás se había encontrado en una situación semejante: en la que el motivo de la afrenta fuera directamente vinculada con los manejos internos. Y todo lo que antes le había inspirado meras sospechas, ahora le resultaba tan burdo como la vulgar corrupción, la más baja de las canalladas. Algo con lo que no estaba dispuesto a lidiar.
En un arrebato de cólera pateó con fuerza la mesa que sostenía el florero con las rosas, y después de tirarla al suelo descubrió que portaban una nota, escrita delicadamente y que manaba un aroma delicioso, el mismo que Ginny había dejado a su camino al marcharse:
Harry, mi vida:
Quisiera saber decirte cómo te quiero. Entregarme para siempre no basta, es el comienzo.
Hoy te amo.
Ginny W.
El hombre cerró los ojos como si le doliera ver la hoja. Pensó en ir corriendo a casa de su prometida y arrodillarse por disculpas, pero reconoció que sólo la asustaría y empeoraría las cosas. Aún sangraba y tenía la cara desencajada.
Pensó en qué le diría y cómo, y si sería suficiente, pero pensar sólo le hizo asegurarse de que la estaba perdiendo definitivamente.
