REMINISCENCE
Capítulo uno (II)
Terrenos de Hogwarts, setiembre de 1976
—Juntaros más —dijo Lily con la cámara en una mano y haciendo señas con la otra—. Peter, júntate más a Sirius.
Los cuatro chicos posaban radiantes bajo la haya junto al arroyo. El sol brillaba y el agua estaba más azul y cristalina que nunca. En el pecho de Sirius se extendía la placentera sensación de que estando allí eran infinitos y que nada podría salir mal si estaban todos juntos bajo aquel haya de largas ramas verdes que caían sobre ellos como una cascada.
—Remus, sonríe —dijo Lily mirando por el objetivo de la cámara que tenía en las manos—. A la de tres. Uno, dos, tres… ¡YA!
Los cuatro chicos se destensaron y caminaron hasta ella y se abalanzaron sobre la cámara para ver la fotografía que se estaba revelando. Lily había traído su cámara instantánea muggle que había conseguido hechizar para que las imágenes se movieran.
—Cornamenta, sales horrible —se mofó Sirius revolviéndole el pelo—. Pero es que si te pones a mi lado te arriesgas a compararte conmigo.
—Eres un capullo, Canuto —James lo empujó siguiendo con la broma—. ¿Y tu te has visto la cara? Parece que estés bizco.
—Mientes —Sirius le quitó la foto a Lily de la mano nervioso y comprobó si realmente bizqueaba o no—. ¡Ves como no! ¿A que salgo muy guapo, Lunático?
—Déjame ver —Remus le quitó la foto y la inspeccionó—. Puede que tengas razón, Cornamenta… Si que parece un poco bizco.
Todos rieron menos Sirius que lo miró iracundo.
—No es verdad.
—¿Si sabes que estás guapo para qué preguntas? —le recriminó Remus.
—Por que me gusta escuchártelo decir.
—Eres un egocéntrico.
—Es parte de mi encanto.
—¡Iros a un hotel! —bramó James.
Sin que ninguno se diera cuenta, Sirius se había guardado la fotografía en el bolsillo. Pensaba colgarla en su habitación en cuanto llegará a casa aquellas navidades. Iba a hechizarla con toda la magia que llevaba dentro para que nadie nunca pudiera despegarla.
Los cinco se sentaron a la sombra del árbol. La luz de media tarde hacía centellear el agua del arroyo. Se oían algunas voces lejanas de otros alumnos y el suave ulular del viento, de esa suave brisa que compaña el canto de los árboles. Sirius apoyó la cabeza sobre el mulso de Remus. Lily se sentó entre las piernas de James entrelazando las manos y Peter se tumbó cerca de una raíz que sobresalía. Sirius nunca se había sentido tan en paz consigo mismo. Sólo sus amigos conseguían amansar su animal interior y ellos eran los únicos capaces de hacerle sentir fuerte y seguro. La magia se acumulaba en su pecho cuando estaban así, siendo ellos mismos bajo aquel árbol, tranquilos, entre risas, el correr del agua del arroyo y el suave susurro del viento. Eran infinitos y Sirius lo sentía muy dentro de su ser, mientras estuvieran juntos nada podría salir mal.
