LA PRINCESA Y EL MAGI

30 Oneshots Desafío OTP Magi


II

PROTEGIENDO ALGO FRÁGIL


—¿Qué haces?

La voz curiosa de Judar la sacó de sus pensamientos. De todas las personas con que podía encontrarse en el palacio, era precisamente él quien debía verla en ese momento que se sentía tan miserable.

—Nada —respondió Kougyoku, pasando a un lado del magi y siguiendo su camino.

Usualmente era bastante más amigable con Judar, no obstante, después de escuchar de parte de su hermano mayor, Kouen, que las negociaciones para que se desposara estaban finalizando, se sentía extrañamente nerviosa y hasta triste. Su pecho estaba apretado y su estómago era un nido de mariposas que revoloteaban de un lado a otro haciéndola querer vomitar… ¿Así se habría sentido su madre cuando era vendida para satisfacer a su padre?

No es bueno pensar en eso… —se recordó a sí misma, intentando dejar atrás todo recuerdo de su pasado y de la cortesana que le había dado a luz. Aquella mujer cuya gran sonrisa recordaba como un sueño de verano sólo había resultado ser una prostituta de los barrios bajos de la ciudad. Una princesa no debía recordar su vida con alguien de tan baja cuna.

—¿Sucede algo, solterona? —le preguntó Judar siguiéndola despreocupadamente con sus manos en la nuca.

Había pasado tanto tiempo enamorada de Sinbad, añorándolo en silencio, rezando para que fuese él quien la reclamara como suya. Pensó que el rey de Sindria iba a pedir su mano, pero aquello nunca había sucedido y ya bordeaba los veinte años. No podía seguir soltera y su hermano lo había dejado muy en claro. Se casaría ese otoño y no sería con Sinbad.

—Te he dicho muchas veces que dejes de llamarme así —respondió Kougyoku con algo de seriedad.

Su tono de voz era muy distinto al que normalmente usaba cuando Judar la molestaba. Si aquello ocurría, sus respuestas eran exasperadas y agudas, sus mejillas se enrojecían y agitaba los brazos buscando golpearlo. No obstante, en esa ocasión, sólo mantuvo la mirada al frente y siguió su camino. No tenía ánimos para sus habituales enfrentamientos en que él decía algo que la irritaba y ella chillaba que la dejara en paz.

—Te ves más amargada que de costumbre Kougyoku —dijo Judar siguiéndola; el humor oscuro de la princesa despertaba su curiosidad— ¿Acaso el rey idiota se va a casar o algo así? Te dije hace mucho que ese sujeto no te tomaba en serio. Pero… ¿Quién podría tomarte en serio de cualquier forma? Ya deberías estar casada hace mucho y nadie ha pedido tu mano. Sin mencionar, que ni si quiera se te ha confiado uno de los ejércitos de subyugación. Kouen realmente debe despreciarte.

Por mucho que intentase mantenerse enfocada en sus propios asuntos, Judar tenía una habilidad innata para dar justo en sus puntos débiles. Sólo escuchar el nombre de Sinbad la hizo fruncir el ceño y apretar los labios respirando profundo, pero escuchar que su hermano mayor, aquél que tanto admiraba, la despreciaba, fue más de lo que podía soportar en silencio.

—¿No deberías estar molestando a Hakuryuu-san o a Kouha-nii? —preguntó de golpe, completamente enojada.

—Hakuryuu se unió al ejercito de subyugación del norte ayer —respondió Judar sin parar de seguirla—, y Kouha está en el consejo de guerra con Koumei.

—¿Sólo porque ellos no están en el palacio me estás molestando? —preguntó Kougyoku sintiéndose cada vez más molesta mientras tomaba el pasillo hacia el jardín imperial.

—Pues… claro —respondió Judar riendo— ¿Qué otro motivo tendría para hablar con alguien como tú? No eres del todo agradable por las mañana, ¿Sabes?

Kougyoku observó a Judar de reojo mientras él reía despreocupadamente y por un momento sintió que mentía. En el fondo, muy en el fondo, a veces pensaba que Judar la seguía porque se sentía tan solo como ella en ese enorme lugar. Su miseria los unía en ese lugar oscuro y desprovisto de afecto.

Estaban solos.

Y esa soledad los había acercado como huérfanos que no tienen nada que perder. A pesar de que muchas veces Judar había dicho que nunca sería el amigo de alguien como ella, era la única persona en todo ese palacio que no tenía segundas intenciones con el Magi y sólo se había acercado a él buscado su amistad. Cualquier amistad.

Cuando se hablaban, cuando bromeaban juntos, cuando intentaba atravesarlo con su espada al perder la paciencia, cuando se escabullían en la noche para visitar la ciudad… se había acercado a él desde pequeña porque ambos no encajaban ahí. No buscaba a Judar porque desease su poder como Magi, ni porque tuviese la capacidad de hacerla una reina, sino, porque Judar estaba tan perdido como ella en esa enorme soledad. Y aunque el pelinegro pareciese no mostrar signos de que aquello lo afectara o que si quiera le importase, Kougyoku simplemente sabía que eso no era así, de lo contrario, Judar no habría buscado cada oportunidad que tenía para acercarse al resto de sus hermanos. No era sólo porque estuviese buscando un Rey, era porque Judar estaba buscando una familia.

A diferencia de ella, Judar no tenía que demostrarle nada a nadie; había nacido amado por el rukh y eso hablaba por sí mismo. Estaba en el palacio desde que era un bebé y habían cuidado de él como si se tratase de uno más de los herederos del emperador. Se había criado con todos los lujos posibles, cumpliendo cada uno de sus caprichos, siempre mimado por la emperatriz y los extraños sujetos de los cuales la mujer se rodeaba. Judar era el Magi del imperio, un mago de la creación, un sujeto con acceso ilimitado al rukh que no debía mover un dedo para fortalecer su cuerpo o su mente, pues era un elegido… era increíblemente fuerte y lo peor era que él lo sabía.

Aquello la irritaba. Ella tenía que luchar día a día para destacarse entre todas sus hermanas. Debía esforzarse para hacer que sus hermanos la escucharan e incluso había conquistado un laberinto con la intensión de volverse indispensable para el imperio Kou. Y aún así, ni si quiera podía escoger a quien amar. La única utilidad que veían en ella era su capacidad para casarse, abrir las piernas y parir niños.

—Tú tampoco eres un lecho de rosas, ¿sabes? —dijo pasando bajo uno de los sauces— No sé por qué aún sigues aquí.

—¿Dónde más iría? —preguntó Judar con curiosidad.

—¡No lo sé! —exclamó irritada— Tienes la libertad de ir donde quieras. Tienes la fuerza para crear lo que salga de tu propia imaginación… y aún así… desperdicias tu talento y tu tiempo sentado sobre los tejados comiendo melocotones. Eres un… un… ¡Idiota! —Judar la miró un tanto confundido sin comprender del todo por qué los ojos de Kougyoku se estaban llenando de lágrimas— Kouen-niisan debería haberte expulsado del palacio hace mucho tiempo. Así, podrías haber vuelto a las cloacas de donde saliste.

—Pero no lo hizo, porque a diferencia de ti, yo sí soy útil para este imperio —respondió Judar animadamente. Discutir con ella parecía ponerlo de buen humor—. Pero si algún día me mandan a las cloacas, me aseguraré de saludar a tu madre de tu parte. Todos dicen que ella aún vive allá… ¿No es ahí donde viven las putas?

Fue entonces que los pasos de Kougyoku se detuvieron y también Judar lo hizo.

Su borg se activó casi de inmediato cuando la princesa sacó su contenedor de metal de su cabello y éste se transformó en una espada que intentaba cortarlo en dos. A diferencia de otras veces, tan pronto sintió el metal frío en sus manos, supo que deseaba herir al Magi y éste se percató de ello cuando vio la forma oscura en que la joven lo observaba a través de la fina capa dorada del borg.

—¡Nunca hables de mi madre! —le gritó aplicando todo su magoi a la espada, haciendo que la barrera se trisara levemente— ¡Nunca!

Judar no dijo nada, sólo la observó con seriedad mientras ella bajaba la espada y ésta volvía a transformarse en una simple aguja de cabello.

No obstante, algo oscuro brillaba en los ojos del pelinegro, una cierta curiosidad y fascinación que antes no había estado ahí. Quizás era porque por primera vez en su vida, Judar había visto que la princesa frente a él tenía la capacidad de ser tan fuerte y decida como el resto de sus hermanos.

Kougyoku podía ser monstruosamente fuerte si se trataba de proteger aquello que era frágil para ella.